martes, 11 de mayo de 2010

La llegada de la Bona Dea








I

El tiempo abrazó las vidas de mi abuela Cecilia y mi abuelo Musa con la intensidad de un amor que crecía en cada gesto, en cada palabra, entre las noches y los días de aquella vertiginosa ciudad, confluencia de hombres y mujeres de un mundo guiado por el dominio romano. Habitada por casi un millón de personas, entre ciudadanos libres, extranjeros y esclavos, sólo unos pocos privilegiados de entre todos ellos detentaban las más altas magistraturas, pues para formar parte del orden senatorial se debía contar con una renta demostrable de un millón de sestercios anuales. Al menos en teoría. Muchos importantes cargos eran elegidos por ciudadanos de menores ingresos, por lo que, a la hora de emitir su voto, los ciudadanos de las provincias solían viajar durante muchos días hasta Roma para participar de los comicios. Y aunque los candidatos hacían uso y abuso del soborno como algo casi natural, si bien era considerado un acto ilegal, los romanos se dejaban llenar las bolsas de monedas, aunque votaran a quienes consideraban los más justos para el pueblo.

Algo había cambiado en los últimos tiempos. El joven Cayo Julio César había sido elegido Pontífice Máximo, en unas elecciones que los conservadores tenían aún atravesadas en la garganta. Julio César era todo un popular, a pesar de pertenecer a una familia patricia que hacía mucho tiempo no ocupaba una magistratura. El joven Julio, cuyo padre había muerto siendo él apenas un niño, había contado desde siempre con el apoyo de su tío político, el gran líder popular Cayo Mario, casado con la hermana de su padre, su querida tía Julia., ya fallecida Pero una vez que su tío muriera, la vida de Cayo Julio César no había sido sencilla. Perseguido por Sila, quien le puso precio a su cabeza con sólo dieciocho años de edad, fue “perdonado” finalmente gracias a la intercesión de sus tíos maternos, los Aurelio Cota, y retomó su carrera política, intentando respetar en todo el cursus honorum. Sus hazañas como abogado y como soldado eran festejadas por las clases populares, quienes le habían visto crecer entre las calles del barrio del Subura. Sólo las abandonó tras su nombramiento como Pontífice Máximo, cuando había casi terminando la treintena de su vida, y exclusivamente porque el estado ponía a su disposición la Domus publica, anexa a la Casa de las vírgenes vestales, quienes quedaban, tras su nombramiento, bajo su protección. Este cargo era vitalicio, y hacía muchos años que no era electo a través de comicios populares, pues anteriormente lo votaban los colegios sacerdotales. Este cambio de raíces populares era fruto de la política de César, así como la recuperación de los derechos del tribunado de la plebe. La sociedad romana estaba cambiando, sin lugar a dudas. Los populares lentamente volvían a hacerse notar y el pueblo volvía a sentirse representado por una persona que consideraban como cercana a sus esperanzas.

Durante los casi diez años de matrimonio Musa y Cecilia no habían tenido la suerte de engendrar un hijo. Muchas veces habían conversado sobre la posibilidad de adoptar, pero la sombra de la muerte de su querido hijo adoptivo Arato acechaba siempre a mi abuela. En el patio en donde sus cenizas habían sido esparcidas por el viento mi abuela había construido un pequeño altar, donde se mezclaban las figuras de dioses griegos, romanos y de alguno que otro galo que los hermanos Celso habían aportado como homenaje a su pequeño amigo. Y no es que mi abuela fuera demasiado creyente, sino que sentía la necesidad de honrar la memoria de su querido Arato. Muchas veces Musa se acercaba al altar y el recuerdo de aquel niño evocaba también el de sus hijos mayores, desaparecidos en las guerras entre Mitrídates y Roma.

Pero esas sombras no eran capaces de empañar el amor que crecía entre Musa y Cecilia. El alba los sorprendía diariamente a uno en brazos del otro. Cada noche era única y nueva la necesidad de buscarse y encontrase, lejos de todo temor, de la historia, del pasado, del futuro. Musa le había descubierto a Cecilia un mundo desconocido que Cecilia no deseaba abandonar ya nunca más. El pensamiento de la maternidad no era un tema que perturbara sus vidas. Si habría de suceder sucedería, pero con el correr de los años la posibilidad de un hijo de ambos les parecía irrealizable. Musa jamás había vuelto a Atenas, pero había enviado mensajeros que le habían contado que su hogar había sido arrasado por las llamas y una familia romana había construido sobre aquellas cenizas una bella domus. Mi abuelo tenía la certeza de que su amada Dina descansaba bajo aquella casa. De sus hijos nada había sabido en veinte años, aunque muchas veces cuando recordaba las fechas de sus nacimientos solía comentarle a Cecilia.

—¡Y pensar que mis niños ya serían mayores que tú!

El amor que mi abuelo sentía por Cecilia era de una naturaleza diferente al que había sentido por Dina. A Cecilia lo acercaba una llama inmensa e incombustible; admiraba tanto su ser, su valor, su enfrentarse cotidiano al mundo y a él mismo, como su entrega incondicional, su búsqueda del placer como un fin en sí mismo. Musa perdía muchas veces el sentido del tiempo, olvidaba que era casi septuagenario y era la misma Cecilia la que le obligaba al descanso.

—¡Ya está bien por hoy, mi querido mortal, que deseo que me dures toda la vida! Soñémonos mejor, Musa mío, recuerda que ni tú eres Luperco ni yo soy una madre del Lacio.

Más acá del amor mi abuelo había visto acrecentar su clientela considerablemente. Llevaba casi veinte años en Roma y su nombre se había vuelto prestigioso entre familias de gran notoriedad. A mi abuela le encantaba enterarse por mi abuelo de los pormenores de la política romana, y ella era visitada asiduamente por muchas damas patricias y plebeyas. Y no sólo eso, se había transformado en una verdadera comadrona de la alta sociedad romana. En realidad sólo ayudaba a traer al mundo a los hijos de sus amigas más queridas, o a amigas de sus amigas. Los conocimientos médicos que había alcanzado junto a su marido en los diez años que llevaban juntos eran de inestimable valor, ya que también atendía antes y después del parto a sus amigas pacientes (como solía llamarlas) y a sus niños. Pero no todo era trabajo en la vida de Cecilia. Había establecido una tarde especial en la semana, en la que mi abuelo Musa salía a visitar a sus pacientes, para juntarse junto a un nutrido grupo femenino. En ellas solían conversar de aquellos temas que los hombres creían que les pertenecían sólo a ellos, además de los muchos otros temas femíneos de siempre…

Aquella tarde de enero se habían reunido siete mujeres en el peristilo, no en triclinos sino en cómodas sillas de mimbre, dispuestas alrededor de una mesa en la que se ofrecían frutos secos y pastelillos de miel y canela, la especialidad de Cecilia Metela. La mesa se encontraba justo enfrente de la entrada al triclinium, y el aroma de las flores y la infinidad de hierbas del parterre, que mi abuela con sumo arte y esmero plantaba y cuidaba, acariciaban, despertaban los sentidos o los acompañaban apaciblemente de acuerdo a la dirección de los vientos. Formaban parte del locuaz y animado grupo mi abuela Cecilia, Julia (madre del ya joven Marco Antonio y prima hermana de Julio César), Aurelia (madre de Cayo Julio César), Terencia (esposa de Cicerón) y su cuñada Pomponia (casada con Quinto Cicerón y hermana de Tito Pomponio, apodado Ático, el librero editor más importante de Roma), Atia (sobrina de Julio César y madre del pequeño Cayo Octavio), Servilia (amante de Julio César y hermanastra de Catón el Joven). A pesar que según el calendario debería de ser invierno, no hacía el frío que habría de esperarse para la época, pues por aquellos años había un desfasaje de unos tres meses entre el las estaciones reales y las fechas institucionales.

—No tienes muy buena cara esta tarde, Cecilia… ¿Estás descansando bien últimamente?, preguntó Julia a mi abuela.

—Estoy durmiendo órficamente, Julia. El problema es que mi cuerpo no hace más que desear el sueño noche y día.

—¿No será culpa de tu Musa, Cecilia? ¿No estará pulsando la lira sin cesar para enamorarte como Orfeo a su bella Eurídice?, apuntó con picardía la sensual Servilia, mientras recogía algunos de sus bucles castaños dorados que se deslizaban hacia su cuello.

—¡Pues te diré que aun pasada la sexta década mi Musa sigue blandiendo la lira con muchísimo arte y esmero!, le contestó Cecilia tras soltar una carcajada. En realidad pienso que tal vez se deba a algún mal gástrico. Sobre todo por las mañanas, me levanto con muchísima fatiga, y no tengo muchos deseos de comer, excepto mis mágicos pastelillos de miel.

—Sueño, fatiga, pastelillos de miel… ¿No has pensado en que puedes estar encinta, Cecilia?, preguntó Aurelia con una dulce y plácida sonrisa y un brillo de sabiduría en sus ojos grises, que conjugaban suavemente con el gris plateado de su cabellos.

—¿Es que acaso la comadrona más solicitada de Roma no es capaz de reconocerse a sí misma?, exclamó Terencia parándose y moviendo sus hombros y sus formidables pechos con una actitud entre cómica y desafiante, mientras acercaba su rostro al rostro de Cecilia y la miraba agudamente, entrecerrando suspicazmente sus enormes ojos negros.

Instintivamente Cecilia se llevó la mano a su vientre. ¿Estarían sus amigas en lo cierto? Hacía unos tres meses que el período se le había retirado. Siempre estaba por comentárselo a Musa, pensando en que tal vez se encontrara a las puertas de la menopausia, pues se hallaba bastante avanzada en la treintena. Algunas veces se le había cruzado por la cabeza la posibilidad de hallarse encinta, pero le parecía un sueño demasiado hermoso como para animarse a admitirlo.

—No creáis amigas que no he pensado en ello. Pero después de diez años de matrimonio, y dada la edad de mi Musa y la mía no lo sé, me resisto a creerlo.

—¡Por los Junos, geniis dii genitalis de tu Musa septuagenario helénico! ¡Que sí, que sí, que se viene el Antonio Musa nacido en Roma, mitad Cecilio, mitad Homérico! ¡Mirad allí amigas mías!, exclamó Pomponia con su agudísima voz.

Una serpiente pequeña se deslizaba suavemente entre los tallos de unas enormes verbenas de color lila; con un lento y preciso movimiento su piel amarronada jaspeada se fundió entre la tierra y el verdor profuso del jardín.

—¡Es la Bona Dea, Cecilia! ¡Ha venido a decirte que has sido fecundada! Te lo dice la madre del Pontífice Máximo.

Mi abuela lanzó una sonora carcajada.

—¡Qué devota te has puesto querida Aurelia a estas alturas de tu vida! Qué intrigantes sois mujeres romanas. Ahora resulta que todo lo que suceda a partir de ahora serán señales, prodigios, manifestaciones divinas de un único hecho: que estoy encinta.

—Después de los sufrimientos que me ha hecho padecer mi Julio, no hago más que estudiar cada detalle de la religión romana, Cecilia, y debes darme crédito: la Bona Dea se te nos acaba de manifestar, no tengo duda de ello.

—¡Ya está bien Aurelia!, gimió Cecilia tomándose la cara entre las manos.

—Dime, Aurelia, hablando de tu Pontífice: ¿es cierto aquello que se comentó por allí que cuando Cayo Julio partió de tu casa el día de las elecciones a Pontificex Máximus te abrazó y te dijo: “¡Volveré Pontífice Máximo o no volveré, mater!”?, preguntó Pomponia a Aurelia con un mohín inquisidor.

—La verdad Pomponia es que ese día fue un verdadero martirio para mí, no recuerdo las palabras exactas de mi hijo. Sólo sé que apenas pudimos pegar un ojo la noche anterior, con excepción de mi nuera Pompeya, que aunque el cielo se despedace sobre Roma es capaz de dormir plácidamente. De madrugada ya estábamos en pie los dos, Cayo Julio y yo, casi sin hablarnos, cada uno trabajando en su despacho. Mi nieta, la pequeña Julia, también se había desvelado, así que le permití como excepción quedarse a mi lado leyendo algunos pasajes de la Odisea. Los tres sabíamos que si Cayo Julio perdía esas elecciones habría de exiliarse, pues sus acreedores lo tenían con la soga al cuello. Así que, en realidad, cuando partió nos abrazamos los tres y nos dijo algo así como: “¡No os preocupéis mujeres mías, que volveré siendo Pontificex Maximus!” Y ya en la puerta se volvió para molestarnos un poco, como a él le gusta: “¡O no volveré!” O sea que no fue más que un toque de humor negro de mi brillante filius.

—Perdona que te pregunte, Aurelia: ¿y qué es de la vida de Pompeya, la esposa de César?, inquirió Terencia.

—Sabes bien, Terencia, que las amistades de mi nuera Pompeya dejan mucho que desear. Es una mujer tan bella como tonta. Después de perder a su esposa, nuestra querida Cornelia, poco después del parto de Julilla, tanto Cayo Julio como yo nos dedicamos por entero a la niña. Pero con el correr de los años se hizo necesario que volviera a casarse…

—¡Se hizo necesario! ¡Qué triste es tener que casarse por necesidad Aurelia!, interrumpió mi abuela Cecilia.

—Mi querida radical. Tú sabes perfectamente que es muy difícil, si quieres llegar a ser alguien en la vida política de Roma, dejarse llevar por los sentimientos. Yo misma me casé con Julio César, el padre de mi hijo, por amor. Su familia era de noble cuna, pero bastante venida a menos. Era un hombre apuesto, culto, inteligente, y yo era un buen partido para él, pues a pesar de ser de una familia plebeya, hemos tenido buenos cargos los últimos años, y no había deudas en mi familia. Yo creo que de no haber muerto tan joven seguramente podría haber subido en el cursus honorum. Pero siempre he pensado que yo fui una buena dote para él.

—Pero no te vayas por las ramas Aurelia, por Juno, que hablábamos de Pompeya.

—Perdonadme amigas, es que soy la mayor de todas vosotras, y el pasado siempre está seduciéndome a la hora de narraros cualquier cosa. En realidad, como recordaréis, yo se la puse ante sus ojos. Me pareció una candidata perfecta. Guapísima, con un padre como el difunto Quinto Pompeyo Rufo, que había sido consular, con una madre como la hija del propio Cornelio Sila, con esos ojazos verdes y esa melena pelirroja. No pensé que, a pesar de su voluptuosidad, sería una mujer tan superficial, tan…

—Pero, mi querida Aurelia, ¡es tan tonta que tu hijo no tiene ni ganas de hacerle un hijo!, replicó Servilia.

—¿Celosa, Servilia?, preguntó Terencia.

—¿Celosa? Amigas mías, sólo os diré que el año que ha pasado ha sido uno de los años más felices de mi vida, a pesar de Catilina… Y cada vez me siento más cerca de César, es para mí un gran amigo y creo que yo también soy una gran amiga para él. Yo estoy casada, y él lo está de la misma manera. Y no os digo nada más. Pero yo no creo que hayas elegido bien Aurelia. En cualquier momento Pompeya terminará en brazos de otro, si es que ya no lo está.

—Pues si así fuere ya sabes lo que sucederá: Julio César la repudiará rápidamente. Además que sabes perfectamente que Cayo Julio tiene una buena red de informantes. De algo le servido vivir toda su vida en el Subura, contestó Aurelia.

—¡Qué mundo inmundo, desigual, absurdo! Ahora resulta que Julio César puede tener cuantas amantes quiera. Pero, ojo, señoras: ¡que no descubran que una mujer tiene un único amante, pues será repudiada!, agregó Cecilia.

—No siempre sucede eso. Depende de lo descarada de una relación, o de lo que aporte una mujer al matrimonio. Ahí tenemos a Servilia. Recordaréis aquel escándalo del Senado, cuando en plena reunión por el problema de los rebeldes catilinarios, en la que se decidía sobre la vida y la muerte de varios ilustres romanos. César recibe un mensaje y el hermanastro de Servilia, Catón –que no sé que le ha picado con mi hijo, porque le odia ciegamente– le obliga a leerlo en voz alta…, acotó Aurelia con malicia.

—Y tu hijo, siempre tan caballero, le arrojó el mensaje a Catón… Y dicen, Servilia querida, ¡que a tu hermanastro pelirrojo se le encendieron hasta las orejas!, añadió Terencia con una carcajada.

—Ya sabéis lo imbécil que puede ser mi hermanastro Catón. ¡Es que no ve más allá de su enorme nariz! ¿Cómo podía creer que los catilinarios le iban a enviar nada a César en plena sesión? Absurdo… Y además el mensaje no era para tanto. ¡Queréis saber lo que decía ¿verdad? os morís por saberlo! Pues decía: “Si todo sale bien, amigo mío, te estaré esperando para celebrarlo. Donde siempre y a la hora de siempre. Tuya. Servilia”

—Discúlpame Servilia. Un mensaje bastante vulgar, considerando que seguramente gracias a él todo sucedió de la peor manera que podía suceder, murmuró Julia, la madre de Marco Antonio.

Un silencio oscuro se posó violentamente sobre las voces de las seis mujeres. Julia había tenido la desgracia de perder a su marido en aquel terrible día. Todas las mujeres sintieron una profunda vergüenza compartida. Terencia fue la primera en hablar.

—Quiero que sepas Julia querida, que yo no estuve de acuerdo con la decisión de matar a los supuestos implicados en la conjuración de Catilina. Creo que es una sombra que mi, a veces estúpido, marido ha levantado en su carrera. Él se siente muy pater patriae, pero espera a que pase el tiempo, y la historia le cobrará sin dudas muy caro el que haya ahorcado a sus iguales sin un juicio justo. Y la verdad es que yo ya no sé si estaré a su lado cuando eso ocurra.

—¡Qué dices Terencia!, exclamo horrorizada Aurelia.

—Digo lo que no puedo decir en otros sitios. Que Cicerón es un soberbio y que lo que has hecho, sin proponértelo Servilia, es mandar a la muerte a cinco romanos sin juicio previo.

—¿Yo?, preguntó sin exaltarse demasiado Servilia.

—Tú, inconsciente amiga. Pues cuando tras la brillante defensa de César, cuando ya todos estaban convencidos de que los conjurados debían ponerse bajo custodia en casa de romanos ilustres hasta ser juzgados, ahí justo llega tu mensajillo. Catón se puso como loco: ¡su familia puesta en ridículo por Cayo Julio César, ese hombre considerado “el amante de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos”, su enemigo político de toda la vida. Y como es lógico para tan cortísima mente, pidió la pena de muerte, y el inestable mental de mi marido se lanzó por la roca Tarpeya política. Porque recordad lo que os digo: más tarde o más temprano Cicerón perderá la cabeza. Pero lo más inmediato es que terminará exiliado en cualquier sitio alejado de Roma.

—Y tú con él, agregó maliciosamente Servilia.

—¡Ni por los colei de Júpiter!, exclamó Terencia poniéndose de pie.

—¡No blasfemes, Terencia, por favor!, le replicó Aurelia haciéndose la piadosa. ¿Y cómo está tu Marco Antonio, Julia?, preguntó suavizando el tono, cambiando el tercio de la conversación que ya estaba tornándose resbaladiza.

—Todavía desolado y sediento de venganza. Jamás le perdonará a Cicerón lo que ha hecho a su padrastro Publio Cornelio. Y lo peor es que está juntándose con ese Publio Clodio Pulcher y su banda de dionisíacos. Está incontrolable, tanto él como sus hermanos. He hablado con César y espero que me ayude a encarrilarlo porque me desespera verle tan perdido.

—Ya se encontrará Julia, yo hablaré también con César para que se encargue de tus niños, y ya verás como todo se normaliza, la tranquilizó Aurelia. ¿Y cómo está mi sobrino biznieto, mi pequeño Apolo Cayo Octavio, Atia?

—Muy bien, Aurelia, gracias. No es muy fuerte, siempre está resfriándose, pero es un niño muy vivaz, siempre lo está curioseando todo con sus enormes ojos azules. Además le encanta cuando venimos a Roma a casa de su abuela Julia. Después de todo allí nació gracias a Cecilia. ¿Lo recuerdas Cecilia?

—¡Cómo para olvidarlo! La fuerza que hizo el pobre Cayo Octavio, tan pequeñito pero con semejante cabeza. No faltaba nadie en la domus de tus padres del Palatino aquel día. Y Aurelia fue una gran asistente, por cierto. Y recuerdo muy bien a tu padre, ese romano hispano tan encantador, Atio Balbo, estaba más nervioso que nadie. No veía la hora de tenerlo en sus brazos. Cada tanto golpeaba la puerta preguntando: “¿Y, para cuando señoras?” Sabes, querida Julia, que no deberías animar a la familia a que llamen al pequeño Cayo Octavio por ese horrible apodo “Turino”… La vida, estoy segura, le deparará algo mejor.

—Tienes razón Cecilia, esa victoria contra las huestes de Espartaco en Turio que obtuvo su padre no es nada de lo cual jactarse. Te aseguro que no soy yo quien la fomentó, sino los amigos de mi marido.

—¡Pues a ver cuándo me lo traes para verle Atia!


***


Nocturna supressio



Mientras las mujeres continuaron conversando animadamente la mente de mi abuela se evaporó hacia otros pensamientos. Sí, no le cabía duda, estaba embarazada. Sentía todos los síntomas que ella observaba en las mujeres que se encontraban encintas… Cuando por la noche, después del baño y de la cena mi abuelo Antonio Musa atravesó la puerta de su habitación se encontraba radiante de felicidad. A pesar de que cada uno de ellos tenía su cubículo de dormir, que se hallaban conectados por una pequeña puerta interior, normalmente terminaban durmiendo en la habitación de Cecilia. Mi abuelo era bastante desordenado con sus cosas, sus rollos de libros que paseaban por toda la casa no evitaban el cuarto de dormir. Mi abuela, sin embargo era muy prolija a la hora de arreglar su cuarto, y además tenía una ventana por la que les gustaba mirar las estrellas, o la lluvia, o la oscuridad en las noches cerradas.

—¿A qué se debe este recibimiento mi bella esposa?, preguntó Musa abrazándola en la cama.

—A que tengo la gran y maravillosa sorpresa de estar encinta, médico Musa.

—¿Y me lo dices así, tan tranquila, tan segura?

—¡Y cómo quieres que te lo diga! Llevo casi cuatro meses sin ver mi período, y si a eso les sumamos mi náuseas, mis vómitos, mi deseo permanente de dormir, el tamaño de mis pechos…

Mientras Cecilia hablaba Musa ya no la escuchaba. O la escuchaba como si de un coro de serafines o el canto de una lira distante se tratase. Él comenzó a revisarla, puso sus manos en el bajo vientre, su oreja, agudizó el oído. Tomó una trompetilla del cofre que mi abuela utilizaba para reconocer a sus pacientes.

—Sh, silencio Cecilia…

Y de pronto su cuerpo sintió una enorme sensación de vértigo. Una nube de recuerdos se agolparon en su mente: su primera esposa, Dina, sus hijos perdidos, Lisipo y Poliarco. Los latidos de los corazones de sus dos hijos ausentes se fundieron en ese latido apenas perceptible que llegaba desde las entrañas de Cecilia… Miedo, alegría, desconcierto, una sinestesia de sensaciones se apoderaron de su mente y su cuerpo hasta envolverlo en el vértigo de una caída sin fin. ¿Acaso nuevamente se acercaba el fin? Sabía los riesgos de mortalidad que un embarazo significaba en la vida de una mujer, más aún considerando que era el primer embarazo y que Cecilia rondaba casi la cuarentena. Y él sería un padre abuelo. ¿Cuántos años podría proteger a este hijo, si ni siquiera podía haber sido capaz de proteger a los otros, siendo entonces mucho más joven y más fuerte? Intentó tranquilizarse, vivir el momento, abrazó a Cecilia, besó sus cabellos. Con un brillo muy extraño en la mirada le susurró al oído:

—Gracias, Cecilia. Ahora tengo que cuidarte más que nunca, y tú también tienes que cuidarte y cuidarle.

—¿Me parece o tienes miedo, médico Musa?

—En este momento tú eres todo lo que tengo en el mundo, y no quiero perderte, no me lo perdonaría jamás.

—No tengo la menor intención de perderme, amor mío. Para encontrarme sólo necesito que no te vayas nunca demasiado lejos, o que si te alejas regreses por las noches, te acuestes a mi lado, y que me acaricies casi como a nuestro viejo can Tiresias.

Y Cecilia se enroscó en Musa fundiéndose en el calor de su cuerpo, enredando sus pies a los pies de su hombre, del padre de su hijo, con los hilos invisibles de un amor tan profundo como todos los océanos del mundo.

Esa noche Musa tuvo una larga pesadilla. Soñó todas las batallas libradas por los romanos narradas por Polibio, guerras de conquista sangrientas, indispensables para obtener la mano de obra esclava necesaria para salvaguardar el nivel de vida de unas pocas familias adineradas y para mantener a los ciudadanos romanos de las clases inferiores, que formaban parte del censo por cabeza. En medio del fragor de luchas sangrientas los rostros de sus hijos perdidos relucían entre los gritos de espanto y el choque de los cuerpos y las espadas. A veces podía ver rodar las cabezas de sus niños por los aires. Al instante eran niños pequeños, que recién comenzaban a andar, y crecían y volvían a ser hombres, como la última vez que los viera partir hacia la muerte. Una y otra vez los patricios y plebeyos gobernantes se habían visto en la necesidad de repartir grano gratis entre el populacho, para detener los conflictos sociales, además de pagar juegos y festejos que los mantuvieran entretenidos y tranquilos, y el dinero con que pagaban el silencio de los romanos pobres venía de las masacres, de la esclavitud, del horror de los vencidos. Él podía ver entre gritos y lamentos a sus hijos masacrados, esclavos o padeciendo el horror de los vencidos.

Desde que acabaran con el último rey, Lucio Tarquino el Soberbio, los plebeyos romanos habían logrado acceder a las magistraturas. Tarquino se colaba en sus sueños para destruir todos los santuarios y altares sabinos, para cometer el sacrilegio de nivelar la cima de la roca Tarpeya, para retirar de ella los altares construidos por los sabinos, tan amados por el pueblo romano. Hacía erigr en el mismo sitio desolado por su mano el templo dedicado a Júpiter Capitolino y justo en la cima el otro, el dedicado a Saturno (que aún contenía el tesoro de Roma) provocando por fin la ira del pueblo. Podía ver a Tarquino abucheado por las calles de Roma enviar a sus guardias a callar a los revoltosos. De pronto su hijo Sexto se le acercaba en medio de la calle y le decía con una cara inflada como un globo deforme:

—¿Entonces… puedo, padre?

—Puedes… contestaba Tarquino y empezaba a reír y a reír y a reír.

Musa podía ver la casa de Lucrecia, esa mujer romana casada con Lucio Tarquino Colatino, primo de Sexto. ¡Seguro que la pobre Lucrecia ni siquiera había elegido a su marido, un marido que no era capaz de protegerla de absolutamente nada! Sexto llegaba a la domus invitado por el propio Lucio Tarquino, y tras una cena de tres, el dúo infame hacían brindar a la pobre mujer con vino aguado y opium, por si intentaba resistirse a su inmolación sin causa divina. Musa se retorcía de impotencia por no poder avisarle a Lucrecia del engaño al que estaba siendo sometida. Pero la mente de Musa no podía reproducir el abuso criminal. De la noche el sueño saltaba a la mañana, Lucrecia se despertaba semidesnuda, con una túnica de dormir blanca destrozada y recordaba, como una pesadilla dentro de otra, la deshonra. Sin atreverse a responder si era verdad aquel horror, o acaso lo había soñado, salía enloquecida al patio de su casa y gritando llamaba a todos sus esclavos.

—¡Decidme si es verdad o mentira que Sexto me ha transformado en una mujer impura!

Pero los esclavos no se atrevían a mirarle a la cara; una y otra vez Lucrecia los cogía de los hombros zamarreándolos uno por uno. Las mujeres eran las primeras en llorar, y luego también algunos ancianos, los hombres apretaban las mandíbulas y tragaban saliva desviando las miradas.

—Este olor inmundo me indica lo que vosotros no sois capaces de decir: estoy impura, Roma está impura, pero sobre todo: los Tarquinos están impuros. Este hedor maldito me condena y los condena. Estas marcas azules y agudas que surcan mi cuerpo, son las señales de la impiedad que los dioses han grabado para que no olvide que estoy impura, impura, impura…

Sin que nadie se atreviera a detenerla, Lucrecia corría hasta su cuarto. Mientras las lágrimas limpiaban todo rastro de dolor, una serenidad de ultramundo se apoderaba de su rostro. Pedía a su asistenta que le preparara un baño y que echara en él todas las esencias que encontrara en la casa, desde pino, lavanda, cilantro y menta hasta almendras amargas y que le recogieran rosas blancas del jardín. Luego se vestía con sus mejores ropas, se peinaba y pedía que no la molestaran.

—Pero domina, no cometerás una locura…

—No Helia, la locura ya está cometida, ¡Vete y déjame sola!

Por la noche su marido, que había partido en la oscuridad de la noche hacia la casa del rey Tarquino, regresaba a la domus. Golpeaba la puerta de su dormitorio, pero viendo que nadie le respondía abría la puerta y encontraba a Lucrecia tendida, con un ramo de flores en las manos y un frasco de cristal vacío cuidadosamente depositado sobre una mesilla de noche. En sus manos se delineaban algunos hilos de sangre seca, pues había preferido coger amorosamente los tallos espinados, como si hubiera deseado escribir en su piel un mensaje que llevaría personalmente a los habitantes del Hades. Las flores blancas también revelaban mensajes escritos por la sangre de Lucrecia. Lucio Tarquino Colatino no se asombraba del todo, tal vez lo esperaba, o tal vez no. Seguramente ni siquiera amaba verdaderamente a su esposa, pero por alguna razón prefería ir en busca de un pariente del rey Soberbio, Lucio Junio Bruto. Bruto había padecido en carne propia la cruel locura del monarca y había salvado su vida haciéndose el torpe, por lo cual se había ganado el apodo de Bruto. Hacía tiempo que Colatino había escuchado rumores en torno a una conspiración urdida por Bruto y una parte importante del senado… Por ello buscaba el apoyo de los conspiradores, quizás porque pensaba que ni Lucrecia ni Roma merecían semejante afrenta, o acaso porque imaginaba que el pueblo romano, desde hacía tiempo silenciosamente impaciente, se rebelaría contra semejante ignominia y especulaba que poniéndose del lado de los justos podría salvar su pellejo.

Cuando Bruto escuchaba el relato de los acontecimientos no perdía un instante. Roma estaba ya harta de los Tarquinos y de los reyes. Convocaba al Senado, y se decidía por fin la expulsión de Tarquino y la fundación de la República. Los dos primeros cónsules serían el viudo Tarquino Colatino y Bruto; pero la presión popular, que no podía resistir ya a ningún Tarquino en el poder, llevaba a Bruto a exigir la renuncia a Colatino, quien se retiraba sin mujer pero junto a todas sus posesiones a Lavinio, mientras Publio Valerio Publícola era electo en su lugar. Y así terminaba el sueño de Musa, con una multitud de Tarquinos huyendo de Roma en literas, carros, caballos, cargados de tesoros y con muy poca vergüenza. El escenario era la Via Appia, como siempre, partiendo de Roma o hacia Roma.

Cuando por la mañana Musa se despertó intentó descifrar qué podía significar aquel sueño. No porque lo embargase un temor religioso, sino porque pensaba que algo en su mente lo había llevado hacia Lucrecia. Y especuló que tal vez él se sentía como un violador en la vida de Cecilia. Tan bella, inclusive a pesar de su cojera, tan inteligente, tan culta, tan romana. ¿Había venido él a estropearlo todo? Su intención sólo había sido amarla, estar junto a ella el resto de su vida, protegerla contra todo y contra todos… De hecho, jamás se hubiera atrevido a pedirle nada si no hubiera sido ella la primera en dar un paso hacia el encuentro. Pero alejó todo el horror de su mente y se dijo a sí mismo:

—Lucharé por ese hijo como desearía estar luchando por los que he perdido, lucharé por Cecilia como no he podido hacerlo por Dina. Madre naturaleza: ¡dame toda la vida que puedas darme porque debo, necesito vivir!


Viviana Cecilia Atencio


Ilustración de Nocturna supressio: Paloma Blázquez Crespo