miércoles, 24 de febrero de 2010

La Via Appia o el camino de la libertad



“¡Ah, empecinados errores causantes de la muerte, de razones que son sinrazones! ¡Ah de vosotros quienes véis a quienes han matado y a los muertos!

Creonte, Antígona de Sófocles



Hacía ya más de un año que mi abuelo Musa y mi abuela Cecilia se habían casado. Los treinta años de diferencia que había entre ambos no los separaban, como muchos podían imaginar, sino que los unían aún más. La gran pasión de Cecilia por aprenderlo todo y su gran sensibilidad ante el dolor ajeno la acercaban a la profesión de mi abuelo naturalmente. A su vez, mi abuela Cecilia, abría a mi abuelo Musa el universo de las clases patricias romanas. Sin que en realidad él lo hubiese buscado, este matrimonio le daba un brillo inusitado a su carrera: su esposa era una descendiente de patricios y los hijos que tendrían lo serían también.

Desde su llegada a Roma mi abuelo Musa había pasado a ser, de un simple médico griego, a nada menos que un ciudadano romano: Antonio Musa, en virtud de la protección y amistad de Marco Antonio, hijo del célebre Marco Antonio Orator, quien había luchado junto a Sila durante las guerras civiles que lo enfrentaron a Mario. Este Marco Antonio era, a su vez, padre de quien sería el más célebre Marco Antonio, el triunviro. Padre e hijo tenían el mismo encanto, la misma relación de profunda camaradería hacia aquellos que consideraban sus amigos, sean de su misma clase, simples clientes o incluso esclavos. Cuando Sila se encontraba ya al borde de la muerte, un año después de haber dejado su puesto de dictador, Musa compartió muchas tardes y noches junto al padre del futuro triunviro. Juntos partían cada diez días hacia Campania, hacia la retirada villa de Puteoli en la que Sila había decidió quemar los últimos días de su vida, entre actores y bailarines, empapado de toneles de vino y toda la lujuria que sus ojos eran capaces de ver, aunque no de disfrutar. Su última esposa, la bella Valeria Mesala, era una mujer joven pero madura, que parecía encajar a la perfección con el lujo y el libertinaje en el que Sila la había inmerso. Y si no era así, hasta el momento había sabido disimularlo bastante bien.

Aquella tarde juntos, los tres hombres, ultimaban un pequeño refrigerio en el patio a la luz del atardecer, rodeados del verde y las flores de la campiña. Muchas veces Sila le había dicho a Musa que deseaba concederle la ciudadanía romana. Aquella tarde no fue la excepción. Como cada vez que aparecía el tema, mi abuelo se había resistido con evasivas.

—Gracias Lucio Cornelio. Pero: ¿para qué necesito yo la ciudadanía? ¿Es que acaso no soy un hombre libre?

—¡Por todos los dioses y criaturas del Olimpo, Musa del Hades! ¡Eres el único griego en el mundo que se hace el idiota cuando un patricio le ofrece lo que todo hombre en el mundo desea! ¿Es que acaso te disgusta ser romano?

Mi abuelo sólo sonreía de forma esquiva y desviaba el tercio de la conversación hacia temas médicos.

—De lo que tienes que preocuparte es de esta vida disipada que llevas últimamente, Lucio Cornelio. ¡Tanta fiesta, tanto vino! Padeces una enfermedad aguda y lo sabes muy bien. ¿Acaso quieres acortar el tiempo que te queda de vida?

—¿Acortarlo? ¿Cuánto? ¿Aún más? ¡Vamos Musa, dime cuánto, a ver si vale la pena renunciar al placer de follar y beber hasta morir después de haber entregado tantos años de mi vida a la meretriz de mi amada Roma!

—Soy médico y no adivino Lucio Cornelio. Pero tus entrañas no resistirán mucho tiempo más. Esos ardores, vómitos y diarreas terminarán por desahuciarte. ¡A que no te has tomado en serio la dieta que te he prescripto!

Marco Antonio exclamó mientras observaba detenidamente el vuelo de los pájaros:

—¡No mientas Lucio Cornelio Sila Felix, que lo que tú haces es ver follar! ¡Prueba tragarte esa sagrada tisana de cebada y verás como tu Príapo vuelve a la vida!

—¡Déjate de imbecilidades Marco Antonio, que a mi Príapo ya no lo despiertan ni las sirenas de la Isla de los Bienaventurados! Además, mi querido médico Musa, tú lo sabes mejor que yo: ya estoy desahuciado desde hace muchísimo tiempo. ¡Crees que me salvará de las parcas esa tisana ridícula de cebada por mucho gluten saludable que tenga! Mi intestino no es más que una extensión de nuestra maravillosa cloaca máxima. Tú, futuro Cornelio Musa, ve preparando una buena dosis concentrada de ese jarabe de adormidera y no estés demasiado lejos para evitarme sufrimientos.

—Yo sólo espero que no te ahogues en un vómito una noche de estas, o te vayas del mundo defecando tu alma, Lucio Cornelio. De todas formas ya le he dejado a tu esposa un preparado por si los dolores se te hacen insoportables. Ya sabes que todas las drogas, de acuerdo a las dosis que se utilicen, diferencian el paso entre la vida y la muerte, el placer y la nada.

—Tú deja de preocuparte ya, que si es rápido me da igual. ¡Y vete sabiendo que más tarde o más temprano serás un Cornelio!

Marco Antonio miró el rostro consternado de mi abuelo. Era un hombre de una enorme sensibilidad, sabía perfectamente lo que pasaba por la cabeza de Musa en ese momento, a pesar de que nunca hubiesen tocado el tema directamente, así que se apresuró a agregar:

—Ve cambiando la lista de bromas, Lucio Cornelio, porque yo ya he comenzado a tramitar la ciudadanía de nuestro mutuo y querido médico Musa. Espero que tú y tu Príapo aguantéis unos días más para que podamos festejar el que sea ya Antonio Musa, médico romano.

—¿Y cómo es que no me lo habíais dicho antes, obscenos conspiradores? ¿Os habéis estado riendo todo este tiempo de mí a mis espaldas?

Marco Antonio lanzó una sonora carcajada.

—¡Es que, sin despreciar a Antonio Musa, siempre tenemos tantos temas de los que hablar, sobre todo con nuestro venerado y común amigo Dionisio!

—Eres terrible Marco Antonio, y encima ya le llamas “Antonio”. ¡Marcharos ya mismo antes de que os patee el culus a ambos!

Muchas noches, de regreso a Roma, Marco Antonio llevaba a mi abuelo de tabernae y putas por las calles del Subura. Algunas veces el romano, de impecables raíces plebeyas, había terminado tan borracho que Musa lo había tenido que acostar en su propia cama, en su pequeña vivienda alquilada de aquel mismo barrio marginal. Padre primero, e hijo después, ambos Marco Antonio, fueron siempre fieles seguidores de Baco-Dionisio. La pena, el profundo dolor de mi abuelo, solo en el mundo –con ese remordimiento acosador que experimentan los supervivientes de las guerras, una inquietud oscura del espíritu culpable, más aún que el revoloteo de las parcas tras la más sangrienta de las batallas– lo acercaban a ese romano seductor, cuya alegría, desparpajo, compañerismo, hicieron nacer en mi abuelo el instinto protector que anidaba en él. Muchas mañanas, luego de sumergirlo en agua helada, le había dejado en la puerta de su casa, a primerísimas horas, para que el distinguido plebeyo atendiera a su enorme clientela.

Aquella noche cuando salieron de la casa de Sila un profundo hilo de afecto los unía entre el silencioso rumor del sonar de los cascos de los caballos sobre la Vía Appia, camino de Roma.

—¿Por qué lo has hecho Marco Antonio?

—¿Por qué he hecho qué? ¿Acaso no te lo había dicho ya? No he mentido, sólo que había obviado decírtelo. Ya formas parte de mi clientela querido amigo. De hecho no fue a mí exactamente a quién se le ocurrió. Sabes que mi pequeño Marco Antonio te quiere muchísimo. Le encantan tus historias de héroes griegos cada vez que vienes a atenderle por algunos de sus incontables males infantiles. Hace tiempo me preguntó por qué cuando venías a acompañarme por las mañanas no te quedabas a verme junto con los demás clientes. “¿Tú que crees?”, le pregunté, y él me respondió: “Es que seguro que tiene muchos enfermos que sanar, pater”. Y eso es todo, flamante Antonio Musa. Espero que algún día que tengas poco trabajo te quedes por la mañana a arreglar nuestros temas pendientes y luego, si te parece, podría buscarte una esposa.

—Yo ya tengo una esposa…

—¡Vamos Musa, tú sabes mejor que yo que no hay rastros de tu familia! ¿Cuántas veces crees que he intentado buscar huellas de ella? Hace cinco años ya, y nada sabemos.

—Ni una palabra más sobre ese tema Marco Antonio. Sólo quisiera pedirte me dieras la posibilidad de adoptar a aquel niño que suele ser mi paciente en el prostíbulo de “Afrodita Cupida”.

—¿Te has vuelto loco? ¡Si el pequeño Dionisio es el esclavo preferido de la dueña, la voluptuosa Vela!

—¿Voluptuosa? ¡Por Zeus, Marco Antonio, esa mujer es una bola de sebo! Debes saber que ese niño nació libre en Atenas, su nombre es Arato y no Dionisio. Conocí a parte de su familia hace ya muchísimos años. Su cara me resultaba familiar, así que alguna vez que tuve la ocasión conversamos sobre su familia. De hecho su tío abuelo fue paciente mío. No creo que allí tenga un buen futuro, en realidad no creo que tenga allí ningún otro futuro que el de ser el efebo de patricios afeminados o patricias corruptas. Tú lo has dicho: estoy casi solo en el mundo, no tengo más familia que algunos amigos, pero nadie que viva conmigo excepto un par de esclavos, y he pensado que, ya que tengo que aceptar tener un nombre romano, formar parte de la ciudad de los asesinos de mi familia, al menos me permitirás salvar una vida. Es un pobre consuelo, pero…

—¡Ay, qué griego eres a la hora de la persuasión, maldito griego Musa! Pues te diré que eso significa más dinero de mi bolsa y mucha de esa oratoria que a ti te sobra de mi parte para convencer a la pingua magna de la meretriz de Vela. Tienes la cara muy dura y el corazón muy grande, Musa. Pero: ¿sabes lo que te digo? Que me siento tan feliz de que aceptes llevar mi nombre hasta la tumba que… lo haremos amigo Antonio Musa. Ahora bien, tendremos que comprar al niño como a un esclavo cualquiera, y ya luego veremos la manera de transformarlo en ciudadano. Todo paso a paso, amicus, que la sociedad romana es muy dura y debes entrar en ella suavemente y con elegancia.

Y así fue como el pequeño Arato se transformó en el primer hijo romano de Antonio Musa, más allá de la ley romana. Muy poca gente sabía de la existencia de este pequeño, que tenía ocho años en el momento de su adopción de hecho y trece en el momento en que mi abuelo se casó con mi abuela. El niño vivió esa experiencia con gran alegría. Mi abuela Cecilia le amó como a un hijo desde el primer momento en que lo conoció. A pesar de que por entonces todavía Arato era un esclavo ante la legislación romana, mi abuelo siempre le había tratado como a un hijo y estaba ahorrando el dinero para comprar su libertad. Desgraciadamente, parte de ese dinero se había esfumado con los gastos de la boda, pero era sólo cuestión de tiempo que Arato fuese nuevamente un hombre libre.

Tras el casamiento con mi abuela Cecilia, mi abuelo Musa, que no había querido aceptar una casa en el barrio del Esquilino, tal como le había ofrecido su suegro Cecilio Metelo, prefirió mudarse a la planta baja de la insulae en que vivía. Dejó el pequeño apartamento del tercer piso, y se mudó a una vivienda bastante más amplia y digna en la planta baja, que contaba incluso con un bello patio. Mi abuela Cecilia se trajo también algunos esclavos de su casa, su ayudante de cámara, la jovencísima Helena, y el esclavo médico Epícteto, viejo amigo de su ahora esposo, Antonio Musa. Ellos se sumaron a una esclava mayor egipcia y a un esclavo galo de enorme tamaño llamado Secuo, que compartían la vida con Musa. En la misma insulae vivían el gran compañero de Musa y antiguo secretario, el ahora cirujano Cornelio Adelphos –en virtud de la ciudadanía que le fuera concedida por Lucio Cornelio Sila antes de morir, unos años atrás– junto a su concubina, la bella macedonia y ex esclava Pandora, que había sido liberada y romanizada por la intercesión de la última esposa de Sila, y sus dos hijos, Cornelio Manio (en homenaje a aquel soldado amigo muerto en la batalla de Atenas) y la pequeña Cornelia. El viejo secretario de Musa, Adelphos, había dejado su puesto al joven romano Marco Acilio, un brillante estudiante de las artes médicas de la cuarta clase. Su familia era lo bastante pobre como para que sus miembros tuvieran que ganarse la vida trabajando, pero eran romanos desde tiempos inmemoriales.

Por aquella época de grandes cambios en la vida de Musa los acontecimientos de la guerra generada por la rebelión de Espartaco conmocionaban la realidad romana. Por la noche, tras la cena, como era costumbre desde que se hubiera hecho cargo del niño, Musa y Arato solían leer y repasar algunas obras clásicas. Sólo que ahora Cecilia solía sumarse a las clases, que eran mucho más breves, ya que desde su casamiento con mi abuela Cecilia, Musa se acostaba mucho más temprano.

—Entonces, mi amigo Arato, ¿has repasado la Antígona de Sófocles?

—La he leído varias veces Musa, me ha impresionado muchísimo la temeridad de la heroína al desafiar al poder establecido para cumplir con sus ritos ancestrales. Ella siente que debe enterrar a su hermano, aunque le cueste la propia vida.

—Entonces: ¿de qué lado estás Arato, del de Antígona o del de Creonte?, –preguntó mi abuela Cecilia.

—Sin duda, del lado de Antígona, Cecilia. El amor que siente por su hermano Polinices está más allá de todo temor. Los dioses la apoyaban, su cólera se manifiestaba en señales inequívocas: los cuervos y los perros arrancaban trozos del cadáver de Polinices y los dejaban en los altares de los templos y de los hogares.

—¡Qué brillante eres Arato! Estoy orgulloso de ti amigo mío. En cuanto ahorremos el dinero que nos falta tendrás tu libertad a los ojos del mundo, pues para mí, bien lo sabes que jamás serás un esclavo sino mi hijo, le dijo Musa con admiración y afecto.

—Lo sé Musa, pero quisiera dejar de acudir al colegio. Muchos niños no cesan de llamarme esclavo. Hoy mismo un grupo me acompañó hasta la puerta de casa coreando unas estrofas bastante desagradables. Hubiese deseado molerlos a golpes, y la verdad es que no podré resistirlo por más tiempo.

—¿Quieres decirme lo que te decían, hijo?, le preguntó Musa desencajado.

—“¡De la mano de Espartaco todos los esclavos buscan su libertad, pero de la mano de Craso uno a uno os colgarán!”

—Hablaré mañana mismo con el maestro, ya verás que te dejarán en paz.

—No te molestes Musa, no volveré jamás a la escuela.

—¿Es que te has vuelto loco Arato? ¿No comprendes que así ganan ellos?, le dijo Musa tomándolo de los hombros dulcemente.

—Mi cabeza intenta comprender muchas cosas últimamente Musa. La esclavitud, la libertad. ¿Qué es lo que hace que unos hombres sean libres y otros esclavos? ¿Qué es lo que hace que algunos esclavos prefieran la esclavitud a la libertad y otros entreguen su vida por ella?, respondió Arato con sus ojos llenos de lágrimas.

—Las circunstancias, querido niño, como alguna vez le contesté a Cecilia. Es muy difícil luchar contra ellas. Una sociedad como la romana sólo es posible que subsista gracias a la esclavitud y para ello hacen la guerra. Las guerras se hacen para someter a otros pueblos, hacerlos esclavos, porque los poderosos lo son en virtud de la esclavitud. Además existen distintos grados de esclavitud. Todos aquellos que trabajamos para sobrevivir somos esclavos de quienes nunca han necesitado hacerlo.

—¿Y si todos los esclavos se negaran a ser esclavos, si prefirieran morir a que su vida tuviera amos? ¿Acaso no nos necesitan ellos a nosotros pero nosotros no los necesitamos a ellos?

—¡Qué dulce eres Arato! Ese es un sueño que algunos locos, como tú y yo tenemos, respondió mi abuela Cecilia. Pero mientras tanto sólo nos queda la posibilidad de realizar pequeños actos de justicia individual y no callar nuestra verdad cada vez que nos sea posible. Hay tanto por cambiar en el mundo… Y ahora vayamos a descansar que mañana nos espera un largo día. ¿Que os parece si lo meditamos y mañana, Arato, te dedicas a arreglar las notas de tu padre del herbolario, y ya luego pensamos qué es lo mejor para ti, mi pequeño filósofo?

Pero aquella noche el joven Arato no pudo dormir. Por la mañana muy temprano un mensajero trajo a mi padre una carta desde Creta. El hombre era un centurión que traía por fin noticias de Marco Antonio. Hacía más de dos años que Marco Antonio, tras su pretorado, había partido con la orden del senado de barrer las costas mediterráneas de la piratería. Sin embargo los resultados habían sido desastrosos, en lugar de enfrentarse a los piratas Marco Antonio había terminado atacando a los cretenses, que se habían aliado a su vez a los piratas. La derrota fue deshonrosa, pues no sólo había perdido casi todos sus navíos, sino que tuvo que firmar un tratado tremendamente desfavorable a Roma. Desde entonces en Roma esperaban su regreso y lo llamaban con sorna “Antonio Crético”. Su esposa Julia, tía de Julio César, y que era llamada en virtud de su matrimonio Julia Antonia, estaba desesperada, puesto que la única noticia que tenía era que Marco Antonio no había partido nunca de Creta. Ambos hombres se dirigieron hacia el despacho de mi abuelo.

—¿Cómo te llamas soldado?, preguntó con amabilidad Musa al mensajero.

—Soy el centurión Quinto Amato, Antonio Musa.

—¿Qué noticias tienes de Marco Antonio, Quinto Amato?

—Mis noticias son la carta que te traigo y el pedido expreso de Marco Antonio que trasmitas su contenido a su esposa Julia y a sus hijos, así como a su sobrino político Julio César. Me dice que él sabrá que hacer y que nadie debe saber de esta carta más que los que te he mencionado. También traigo su anillo de sello y sus restos mortales.

—Bien Quinto Amato, toma asiento, si me permites, quisiera leerla antes de que te vayas. ¿Puedo ofrecerte algo de tomar, tal vez?

—Muchas gracias, pero no es necesario, contestó el centurión.

Mi abuelo rompió el inconfundible sello del anillo de Marco Antonio, y leyó, con el corazón latiéndole apresuradamente, aquellas líneas escritas con la sencillez y honestidad que aseguran una mutua confianza:


“Querido amigo Antonio Musa: mi querido médico y fiel compañero de tantos momentos de alegrías, juergas, enfermedades y confidencias. Sabes que luché por tener el mando de las tropas contra esa lacra ancestral que son los piratas. Lo hice por Roma y también lo hice por mí mismo y por los míos. Las deudas son un mal endémico que atormenta a quienes aspiramos a las máximas magistraturas. Mi bolsa no estaba ya vacía, porque había perdido hasta la bolsa, después de haber llenado unas cuántas otras bolsas menores para alcanzar la pretura. Pero los cretences prefirieron ponerse del lado de los piratas, y sin su apoyo se me hacía imposible avanzar en mi empresa de despejar las aguas mediterráneas. Así que, sé que tú comprenderás, no me quedó más alternativa que presentar batalla a esos traidores. Sin embargo su alianza con los secuestradores y saqueadores de los mares puso la balanza de su parte. No sólo perdimos la batalla, sino que además, puesto que la verdad la cuentan los vencedores, destrozaron mi reputación diciendo a los cuatro vientos, y directamente al senado de Roma, que había saqueado la región. Lo cierto es que estoy mucho peor que cuando he llegado, sin un sestercio con el que pagar mis deudas y con mi reputación arruinada. Haré lo que todo romano que se precie haría en estos casos. Volver a Roma significa exponerme a jucio, para la vergüenza propia y sobre todo la de mis hijos. No me siento culpable, he luchado y he perdido, y he salvado la vida de mis hombres para que puedan volver a enfrentarse a nuevas batallas cuando soplen vientos más propicios. ¿O es que acaso esperaban que los dejara ir sin piedad al matadero? Quiero silencio sobre mi muerte. Quinto Amato quemará mis restos mortales y te entregará mis cenizas, que tú entregarás a mi familia, para evitarles el desagradable espectáculo de los abucheos y las burlas de mis enemigos si se efectuase un funeral tradicional. También tiene mi anillo de sello, que deberás entregar a mi querido hijo mayor, Marco Antonio. A él y a mi amada Julia Antonia le permitirás leer estas líneas que luego quemaréis. También, si fuera posible, citarás a mi sobrino político, Julio César, pues es el hombre de mayor valía que nos queda en ambas familias. Ruégale que proteja y ayude a mis queridos hijos, sobre todo que haga lo posible e imposible porque al menos Marco Antonio pueda seguir el cursus honorum. No veo otra alternativa de que case a mi Julia lo antes posible con un buen hombre que la proteja y se haga cargo de mi familia. El nombre de los Julio César es muy ambicionado por los candidatos de buena familia, además de ser una mujer muy atractiva y de buen carácter. Adiós, mi querido Antonio Musa. Que los dioses te protejan y protejan a todos aquellos que he amado. Marco Antonio”


La natural ecuanimidad con la que Marco Antonio expresaba sus últimos deseos hizo que el afecto que por él sentía mi abuelo Musa se ahondara aún más. Se sintió orgulloso de que su viejo amigo y protector hubiera hecho lo correcto. El mismo nudo, cuyo grosor conocía de otros momentos en que la muerte había tocado a su puerta, apretó su garganta. Miró a los ojos cansados de Quinto Amato y éste le entregó una bolsa, Musa sacó de ella el pequeño y sencillo cofre de plata y el pesado anillo de oro blanco con el sello y las iniciales enlazadas, el mismo que había arrancado al abrir la carta.

Musa despidió al soldado e hizo ir a buscar a los hermanos Celso por intermedio de Secuo. Al galo le encantaba juntarse con los Celso, pues los muchachos le ayudaban en sus progresos con el latín, y él a su vez, les traía historias de dioses que ellos nunca habían conocido pero que pertenecían a las entrañas de su pasado. Mientras tanto le contó las terribles nuevas a Cecilia, que estaba muy ansiosa por saber qué significaba aquella inusual visita de un milite en su hogar.

—Me imaginaba que tendría que ver con Marco Antonio. Hace ya días que esperaba lo peor. Debemos decírselo urgentemente a Arato, sabes cuánto aprecia al pequeño Marco Antonio…

Cecilia fue en busca del joven pero no volvió con él, sino con una carta que el muchacho había dejado sobre su cama. Sus piernas le temblaban, arrojó la carta con desesperación a Musa.

—¡Por todos los dioses, se ha ido, se ha ido!

—¡Cálmate mujer!¿Desde cuándo crees en las artes adivinatorias? Siéntate y escucha. ¡Tantos meses sin recibir noticias de nadie, y hoy tenemos dos misivas en un par de horas!

Déjate de hablar, Musa, y lee antes de que enloquezca.

En el fondo Musa temía lo peor, mientras sus dedos desplegaban el pequeño rollo atado con una hebra de lana. Inspiró profundamente y leyó en voz alta sintiendo la mirada de Cecilia clavada en sus labios.


“Querido pater Musa: sé que comprenderás la razón de mi partida. Hay hombres que deben aguardar toda una vida para comprender la razón de la misma. Hay algunos que jamás la encuentran. Creo, sé, que la única razón de mi vida es la libertad. ¿Cuántas veces esperamos que la historia nos dé la posibilidad de cambiarla? No puedo permanecer con los brazos cruzados mientras miles de hombres se unen para luchar contra las cadenas del opresor romano. Ellos mataron a los míos, ellos mataron a los tuyos, ellos continuarán matando para que algunos pocos gordos y avariciosos de enormes togas blancas vivan a costa de nuestras vidas. Pero yo no moriré siendo su esclavo. No te sientas culpable por no haber podido comprar aún mi libertad. No quiero que gastes un solo sestercio en mí, porque no quiero pagar por ella y menos aún llenar las arcas del tesoro del maldito Imperio Romano. Te guardaré siempre en mi corazón, a ti y a la única romana que merece mi amor, nuestra bella Cecilia. Gracias queridos padres, y no temáis por mí, sabré luchar con valor porque la justicia sólo puede estar del lado de la libertad. Jamas os olvidaré. Arato”


Cecilia, con la cabeza entre sus manos, alzó los ojos hacia el cielo:

—¡Debemos ir a buscarlo Musa! Enviemos a tus muchachos Celso junto a Julio César que está luchando en los ejércitos de Marco Licinio Craso. Y de paso que le busquen en el camino, Arato llevará una diez horas de marcha. Lo último que se sabe de la huestes de Espartaco es que que han ido hacia el sur.

En cuanto llegaron los Celso marcharon hacia el sur en busca de Julio César y de Arato. César conocía muy bien a mi abuela Cecilia, antes de que ésta enfermara las familias habían pensado inclusive en casarlos, pues ambas familias eran de una impecable cuna. Pero luego de que el mal transformara a Cecilia en una mujer coja el tema jamás volvió a tocarse. Mi abuelo tenía una excelente relación con Aurelia, la madre viuda de Julio César, pues muchas veces había visitado su casa para atenderla, tanto a ella como a sus hijas, e incluso al propio Julio César.

Musa decidió esperar noticias de Julio César para hablar con Julia Antonia y el pequeño Marco Antonio. Guardó con sumo cuidado los restos de su benefactor y el preciado anillo. Las horas de aquellos día parecían interminables. Esclavos y hombres libres se unieron en la búsqueda y en traer noticias de los acontecimientos de la lucha espartaquista. Cada rumor era una forma de acercarse al paradero del muchacho prófugo. Finalmente, después de tres días, un fuerte rumor aseguraba que los rebeldes habían decidido enfrentarse por fin a Craso, pues ya no tenían escapatoria. Se decía que Espartaco había luchado de pie, que antes de la lucha había atravesado con su espada a su caballo diciendo: “La victoria me dará bastantes caballos de entre los enemigos, y si soy derrotado, ya no lo necesitaré.” Se decía también que en realidad todos los hombres siguieron su ejemplo y lucharon de pie, hasta encontrar la muerte, porque ninguno deseaba ser tomado prisionero por el ejército romano; se murmuraba que de los ochenta mil hombres del ejército de los esclavos sesenta mil habían dejado su vida a orillas del Río Silario, entre ellos el propio Espartaco, quien herido en una pierna sigó luchando de rodillas hasta deshacerse en la batalla. Se señalaba que algunos pocos habían logrado escapar y que unos seis mil habían sido capturados por Marco Craso. Pero lo peor que se decía era que Marco Craso había decidido crucificar a cada uno de esos prisioneros a todo lo largo de la Vía Apia, entre Capua y Roma, para que este macabro espectáculo sirviera de escarmiento, para que ya nunca más ningún esclavo se atreviera a enfrentar el poderío de Roma.

—Musa, debemos realizar un último esfuerzo para hallar a Arato. Yo enviaré una esquela a Julia Antonia explicándole la situación de Arato y avisándole que tenemos noticias de su marido; no podemos esperar más tiempo. Le pediré prestada una litera y saldré a recorrer la Vía Appia…

—¿Es que te has vuelto loca mujer? ¿Cómo crees que pueda haber hecho Arato para unirse tan pronto a los rebeldes?

—No lo sé, Musa, tengo un triste presentimiento. Sí, ya sé que es una posibilidad entre miles, pero no quisiera dejarla pasar. Si su cuerpo está colgado en algún punto no podré perdonármelo jamás.

—Y si así fuera: ¿crees que te dejarán recuperarlo?

—Por eso mismo. Vé tu adelante con buenos caballos y que Adelphos te acompañe, ya que los Celso no están. De todas formas tendrás que encontrarlos volviendo por la misma Vía. Intenta llegar hasta donde esté Julio César, él es el único que puede ayudarnos. No se negará, estoy segura.

—¿Tan bien le conoces, Cecilia?

—Por todos los dioses, no intentarás ser irónico conmigo en estas circunstancias. Pero si quieres saberlo: Julio César no es de los que se acuestan con mujeres cojas.

—Discúlpame Cecilia, los nervios me hacen decir estupideces. Haremos como tu has dicho, ya no hay nada que perder.

—Nada que perder… respondió mi abuela Cecilia como una autómata.

Y ambos esposos se abrazaron tiernamente, infundiéndose las fuerzas que sólo pueden tomarse del amor para enfrentar las sombras que refleja la muerte.

No pasaron un par de horas cuando Julia Antonia llegó a toda prisa acompañada del pequeño Marco Antonio. Con sus doce años era un muchacho robusto como un cachorro de buey. Sus enormes ojos castaños de espesas pestañas tenían un brillo profundo y seductor, su presencia jamás pasaba desapercibida.

—Gracias querida amiga por acudir a mi auxilio, y veo que has venido con muy buena compañía. ¿No crees que nuestro pequeño amigo debería quedarse a esperarnos en casa?

—No estoy segura amiga mía. El muchacho es súmamente listo y tal vez podría sernos de utilidad. He venido con cuatro esclavos fuertes transportando la litera y dos más como guardaespaldas, que son de mi cuñada Aurelia, la madre de Julio César. A propósito de él, ha llegado un mensajero diciéndole a su madre que se ha encontrado con tus amigos los Celso, y que vienen camino de Roma, así que supongo que se encontrán con tu esposo y sus acompañantes. ¿Con quién va Musa?

—Le acompañan Adelphos y Marco Acilio, Antonia.

—Entonces pongámonos en marcha y encomendémonos a Juno Lucetia para que nos alumbre el camino, mi querida Cecilia.

Y la comitiva improvisada partió en busca del muchacho. Todos, excepto los guardaespaldas que montaron a caballo, prefirieron hacerlo de a pie, pues optaron por no cargar los hombros de los portadores de la litera para aligerar el paso. Atravesaron las murallas, y un vez que hubieron alcanzado el tramo de la Vía Appia fuera de Roma el paisaje se tornó infame. Una hilera de cuerpos desnudos la surcaba impidadosamente a ambos lados, simétricamente, con la eficacia propia del mortal aparato militar romano, cada tres pies un cuerpo, y luego otro, y otro, hasta perderse en la tortuosa e infinita visión del imperio de un Hades jamás imaginado por ningún dios de figura humana o animal.

—¡Julia Antonia, con qué impía celeridad actúan los jefes de nuestra milicia que son capaces de sembrar el mundo de un espectáculo tan obsceno! ¡Qué dioses pueden ser capaces de imaginar semejante abominación! ¡Qué animales que no sean los hombres pueden crear semejante espectáculo macabro!

—Si hemos de creer en los dioses, éstos harán pagar muy caro al mayor culpable de este sacrificio. Espero vivir los suficiente como para ver caer desde lo alto de su avaricia a Marco Licinio Craso. El maldito no quería que Pompeyo, que llega de Hispania a ayudarle en la represión, le ganara de mano, o acaso oscureciera su infame victoria.

Nubes grises cubrían el cielo mientras la tarde descendía sobre el camino más importante de la más grande de las ciudades del mundo. Al cabo de tres lentas millas, en las que Cecilia a un lado y el pequeño Marco Antonio al otro, indagaban atentamente los rostros de las víctimas, Cecilia se acercó a un perro que los esperaba al borde del camino. Era el perro de Arato, Tiresias –un galgo mediano de pelo castaño claro atigrado, cuyos extraños ojos grises asemejaban los de un ciego– quien los esperaba pacientemente, pues su olfato le avisaba que habían venido a buscarlos, a él y a su amo.

—¿Dónde está Arato, Tiresias?, le preguntó con voz temblorosa mi abuela Cecilia.

Y a paso rápido y moviendo la cola con una extraña alegría el animal los llevó tres cruces más adelante. Allí estaba el muchacho, con una dulce sensación de paz en el rostro, su cuerpo desnudo y sin heridas visibles, su cabeza inclinada como su hubiese sido alcanzada por el sueño. La comitiva se acercó a pasos agigantados, los esclavos dejaron la litera al costado del camino. No había guardias que custodiaran los cuerpos, pero a cierta distancia podía verse venir un grupo de una decena de soldados con dirección a Roma.

—¡Pronto, antes de que sea demasiado tarde, si ya no lo es, que los hombres ayuden a bajar la cruz!, exclamó mi abuela Cecilia.

—¿No crees que deberíamos esperar a que llegue ese grupo de soldados, Cecilia?

—La muerte no sabe esperar, Julia, cuando lleguen ya veremos qué decir.

Con el mayor de los cuidados los cuatro esclavos desenterraron la cruz mientras el cuerpo sujeto por las muñecas y los pies oscilaba hacia delante. Mientras tanto, los dos guardaespaldas de Aurelia custodiaban el camino. Una vez tendieron a Arato en el suelo, Cecilia y el joven Marco Antonio se unieron para desatar los miembros de Arato.

—¡No te quedes ahí parada, mater, ayúdanos a quitarle esta mierda de cruz!, espetó Marco Antonio a su madre

—¡Cuida esa boca, Marco Antonio, no faltes el respeto a las parcas!

—¡Las espanto, madre, las espanto, que todavía puede estar vivo!

Y lo estaba. Cecilia acercó su oreja derecha al pecho del muchacho, luego de cubrirlo de la cintura para abajo con una manta. Su espalda esta cruzada por una innumerable cantidad de latigazos, y algún milite piadoso había tenido la gracia de romperle las piernas, para que su muerte fuese menos lenta.

Los dos guardaespaldas decidieron ir en busca del grupo de soldados que se acercaba para explicar la situación. Pero la fortuna por fin les sonreía. Los soldados que iban delante no eran sino la escolta que había traído Julio César, que cabalgaba detrás junto a rostros amigos: Musa, Adelphos, Marco Acilio, los dos Celso, el galo Secuo… Todos ellos y Julio César se apearon de los caballos que fueron recogidos por los soldados de la escolta. Marco Antonio corrió en busca de Julio César en cuanto le vió.

—¡Sabía que vendrías primo!

—Es que tú eres muy sabio, mi querido Marco Antonio. Me enorgullece encontrarte aquí.

Musa ya había alcanzado el cuerpo de Arato y comenzó a revisarle.

—¿Qué dices médico Musa?, le preguntó Cecilia con desesperación.

—Respira con mucha dificultad, es posible que sus pulmones se hayan dañado. Quien sea que haya tenido el gesto de romperle las piernas es quien le ha matado.

—¿Es que no puedes salvarle, médico Musa?, gritó Cecilia con desesperación.

—No creo que pueda Cecilia, respondió mi abuelo Musa con voz ahogada, he intentó abrazar a Cecilia.

—¡No me consueles, médico Musa! ¡Haz algo, aquí lo tienes, es tu hijo, sálvale! ¡Sálvale!, gritaba Cecilia golpeando con sus puños el pecho de Musa.

—¡Basta Cecilia Metela, por los dioses, basta!, le gritó Julio César.

Y Cecilia cayó de rodillas y abrazó el cuerpo tibio de Arato.

—Se ha ido, dijo Cecilia mirando a Musa con ternura.

El más joven de los pelirrojos y enormes Celso, mi abuelo Lucio, que sentía un enorme afecto por el joven Arato, tomó el cuerpo en sus brazos y lo depositó en la litera con enorme delicadeza. Mi abuela Cecilia dispuso las mantas y luego bajó de la litera.

—Yo volveré a pie, Julia Antonia, no sé si tú quieres ir en la litera.

—No, no, de ninguna manera, Cecilia.

Cuando los cuatro esclavos se disponían a levantar la litera, Musa los detuvo, y con un simple gesto de su mirada los Celso y Adelphos comprendieron su significado. Musa se colocó a la izquierda, acompañado del fiel Tiresias, y Adelphos a la derecha, Aulio y Lucio Celso lo hicieron detrás mientras el joven romano Marco Acilio tomaba la delantera para despejar el camino. Las mujeres se dispusieron detrás de la litera, y el joven Marco Antonio las seguía junto a Julio César, quien también, en una señal de solidaridad, decidió recorrer el camino a pie. Detrás de todos ellos iba el galo Secuo y los guardaespaldas de Aurelia, todos ellos a pie con los caballos cogidos de la bridas y luego los esclavos transportadores de la litera llevando los caballos de los improvisados porteadores. La extraña comitiva era escoltada a su vez por los soldados, que hasta hacía horas habían sido los verdugos de todos aquellos cuerpos que surcaban el camino. Un profundo respeto por la triste carga que llevaban a Roma unía a esos hombre y mujeres. Porque en las guerras los soldados no suelen elegir el bando. Como siempre decía mi abuelo Musa: las circunstancias habían puesto a unos hombres del lado de Roma, a otros del lado de los esclavos, aunque hubiera sido la presunción de un hombre romano enceguecido por sus ansias de poder la que había decidido esa masacre, para la mayor gloria de la maldita Roma.

Ya era de madrugada cuando en el patio de la casa de Musa el cuerpo del joven Arato fue colocado sobre un túmulo de piedra y madera. Todos los presentes vestían de riguroso luto. A quienes habían transportado el cuerpo a Roma se habían sumado también algunos otros, como la madre y las esposas de los Celso y los hermanos de Marco Antonio. Julio César también estaba allí y todos los demás esclavos de la casa. Cuando Musa encendió el fuego muchos de los presentes arrojaron pequeños trozos de leña, flores o puñados de mirra e incienso para alimentar las llamas. Cuando el cuerpo terminó de arder una intensa ráfaga de aire comenzó a arremolinarse sobre el cuerpo. Marco Antonio, que había permanecido todo el tiempo con la urna que contenía los restos mortales de su padre apretadas junto a su pecho, se acercó al improvisado altar y arrojó las cenizas al cielo. Todos, hombres y mujeres, libres o esclavos, elevaron sus rostros para ver como los espíritus se igualaban en la muerte; y por fin mi abuelo Musa pudo llorar, por sus hijos, por Arato, por su amada Dina, por su amigo Marco Antonio, por el mundo… Pero sólo Cecilia lo supo, pues el cielo se deshizo en una lluvia urgente que lenta, profusamente, lo barrió todo.


Viviana Cecilia Atencio



Dibujo: Paloma Blázquez Crespo;
http://palomablazquezpoemas.blogspot.com/.