miércoles, 9 de diciembre de 2009

El ombligo del mundo





“Así, todas las especies de la tierra, hombres y bestias, y especies marinas, y reses y aves de vivos colores, se precipitan en la pasión y el fuego: el amor es igual para todos.”
Virgilio, Bucólicas

Los días y las muertes se sucedieron, en el transcurso del viaje de Atenas a Roma. Un ciclo de tiempo en donde las víctimas romanas de la guerra contra Mitrídates pasaban por las manos de mi abuelo Musa a cada instante. Veía a su principal paciente, el temible Sila, cada mañana y cada noche, y el resto del día lo pasaba atendiendo a las tropas heridas junto a su asistente y compañero de viaje, Adelphos. En el intervalo de aquellos meses Adelphos había profundizado su práctica en la medicina quirúrgica, sus manos se movían como guiadas por los dioses zurciendo costuras humanas, amputando miembros, mientras mi abuelo velaba por esas heridas y por los males que podían curarse. La presencia de Pandora había producido en Adelphos un cambio extraordinario; muy pronto la joven esclava macedonia comenzó a ser considerada por Musa como la natural concubina. La encantadora muchacha había perdido los miedos de aquella primera noche y cuidaba de Musa con gran respeto y de Adelphos con verdadero amor. Limpiaba varias veces al día su instrumental quirúrgico y estaba a su lado en las operaciones más complicadas. Musa le había hablado una noche claramente.
—A los ojos del resto de la gente de este campamento eres mi esclava, pequeña, recuerda que aunque Adelphos y yo no seamos romanos, por el momento, al menos, somos libres. En cuanto me sea posible te daré la libertad, pero mientras tanto procura no meterte en problemas, estar siempre cerca nuestro para que podamos protegerte, aunque no creo que nadie se atreva a hacerte daño, después de todo para ellos eres la esclava del hombre que salvó la vida de su general.
Pandora solía responder siempre con los ojos más que con las palabras. Por alguna razón o por ninguna en particular, prefería decir a través de su mirada. Sus ojos expresaban la enorme gratitud que sentía por la delicadeza con que Musa la trataba, así como una especie de admiración por la humanidad que aquel hombre demostraba con cada uno de sus pacientes. Esa misma mirada de Pandora era capaz de enfriarse a la hora de actuar como asistente de los médicos, se ensombrecía hasta la más absoluta oscuridad ante los muertos que quedaban en el camino, se llenaba de dulzura cuando era alcanzada por la mirada de Adelphos. Las pocas veces que hablaba Adelphos y Musa lo vivían como un gran acontecimiento, ahora eran ellos quienes se quedaban mudos, pues sabían que las palabras habían sido meditadas tras largas horas de silencio.
Luego de la cena los tres compartían largas conversaciones, en las que Musa intentaba transferir conocimientos a ambos, así como incitarlos a la reflexión científica.
—No debéis olvidar prestar atención siempre y en primerísimo lugar al semblante de los pacientes, a su parecido o desemejanza al de una persona sana. Y aún agregaría más: observad si se parece a sí mismo.
—¿Y cómo es que sabremos si alguien a quien tal vez apenas conozcamos se parece a sí mismo?, preguntó asombrada Pandora.
—¿Qué es lo contrario a un rostro saludablemente humano? Unos ojos hundidos, una nariz excesivamente afilada, unas sienes deprimidas, unas orejas contraídas, frías, la frente tensa, dura, reseca, la piel amarillenta u oscura… Si observamos estos rasgos, y todos aquellos que nuestra mente nos arroje como datos de un rostro enfermo, deberemos entonces comenzar por preguntar: ¿ha tenido insomnio, diarrea, hambre? Si nos contesta que sí podemos buscar en estas causas la respuesta a aquel rostro enfermo. Así, quizás, controlando esas fuentes de los males: dar de comer al hambriento, buscar la forma de conciliar su sueño, controlar la dieta y las aguas que ingiere, resolveremos en un día y una noche el caso que nos ocupa. Pero si nos contesta que no a todas ellas podremos estar en presencia de un caso mortal.
—Los ojos específicamente, Musa, dicen mucho acerca de la enfermedad o la salud de las personas, acotó Adelphos.
—¡Es verdad! Los ojos reflejan la mente y el cuerpo, su dolor o su ausencia, su armonía o su caos, agregó Pandora.
—¡Eso es Pandora! Los ojos son todo un síntoma en sí mismos. Debemos observar si rehuyen la luz, si lagrimean involuntariamente, si bizquean, si uno se hace más pequeño que el otro, si lo blanco se mantiene rojo o lívido, si aparecen venillas negras en ellos, o lagañas en torno a sus órbitas, si están inquietos, saltones o fuertemente hundidos, continuó Musa.
—Cuando la muerte se avecina, Musa, los párpados se ponen lívidos, sentenció Adelphos recordando la muerte.
—Y también los labios, aunque a veces se vuelven blanquecinos, se entreabren, y siempre se enfrían, porque no hay nada más frío que la muerte, ¿verdad Musa?, inquirió Pandora.
Y así, discurriendo sobre la vida y la muerte de los otros, intentaban olvidar que su mundo y todo aquello que tanto habían amado, se encontraba disperso entre los despojos de aquella guerra que aún no había concluido. Las noches compartidas se hacían menos solitarias para estas tres personas que se habían visto obligadas, bajo las circunstancias de la historia, a vivir bajo un mismo techo. Los unía la incertidumbre, la muerte, el espanto, y una gran lealtad. Antes de que los tres alcanzaran las puertas de Roma, además de dejar atrás los pedazos de un mundo devastado, habían construido los lazos de una inquebrantable amistad.
Muchos de los más bellos rincones de su amada Grecia habían sido arrasados. El puerto del Pireo y la admirable armería de Filón, tras más de cuatro siglos de antigüedad, habían sido reducidos a cenizas. La ciudad de los Panapeos había sido asolada, la de los Lebadeos saqueada, hasta su famoso oráculo había sido despojado sin piedad. En una de esas largas treguas entre lucha y lucha los soldados, hartos de sangre y de penurias, comenzaron a dispersarse anárquicamente por todos los rincones de las inmediaciones del campamento, cebándose con el saqueo y la rapiña. Sus trofeos eran sobre todo vinos, mujeres y todo aquello de valor que se interpusiera en su camino. Y no es que Sila lo aprobase ni se alegrara con ello, sino que le era prácticamente imposible detener a esos hombres que habían acumulado un odio agónico, alimentado en el hambre y la miseria, tras un tiempo de espera interminable. Sila no podía encontrar la forma de reagrupar a esos miles de hombres, ni infundirles los ánimos indispensables para librar los combates que los llevarían por fin a la victoria final.
Cafis el focio se presentó una mañana en la tienda de Sila mientras mi abuelo Musa realizaba su revisión matutina. Su cara estaba roja de impotencia y de ira ante los desmanes de las huestes del ejército romano. Sila comprendió al instante la acusación que le hacía su mirada encendida:
–¿Qué pasa Cafis? ¡Pareces salido de la fragua de Vulcano! Ya sé, ni falta hace que me lo digas: ¡mis hombres están desaforados! Y lo peor es que Arquelao no quiere presentar batalla, prefiere justamente esto, desgastarnos, quemarnos con la espera. ¡Ayúdame Musa, dime cómo puedo detener esta locura, como puedo recomponer la mente de mis tropas! Decididamente, han enloquecido…
En los días que siguieron a la curación de la terrible enfermedad de Lucio Cornelio había nacido entre Musa y el general una estrecha relación, que no podía llamarse exactamente amicitia, pero sí una mutua confianza entre ambos hombres. Sila apreciaba la sabiduría y la compañía del médico griego, su humildad y también la integridad de sus convicciones. A su vez, Musa había aprendido bastante acerca de la naturaleza de este hombre tan inhumanamente cruel con sus enemigos, tan exacerbadamente generoso con sus amigos. Musa intentaba en todo momento distanciarse afectivamente Sila, como de cualquier otro enfermo cuya suerte dependiera de su arte, aunque muchas veces su cuerpo y su mente se encontrasen al límite de la estallar. Siempre que Lucio Cornelio lo consultaba respondía con total sinceridad, y el general romano lo sabía perfectamente.
—Supongo que esta actitud es una forma de supervivencia momentánea Lucio Cornelio, ellos saben que en cualquier momento las luchas comenzarán y desean gozar violentamente, incluso cruelmente, de sus vidas. Creo que no deberías darles reposo, Sila, no los dejes expuestos a un libre albedrío que no pueden controlar, hazlos trabajar hasta que te rueguen por favor que los lleves a la batalla, recomendó Musa.
—Muy bien, Cafis, envía a traer a Marco Ateyo ahora mismo, que tengo algo en mente, dijo Sila mientras sonreía con los ojos repentinamente iluminados.
Era evidente que el centurión no esperaba ser llamado a la tienda del general, su aspecto era lamentable: algo ebrio, con una barba de varios días, y una sonrisa cómplice en los labios.
—Buenos días mi general, dijo escondiendo a medias la sonrisa y con un balanceo leve sobre sus pies.
—Buenos días Marco Ateyo, dijo Sila secamente, clavando sus gélidos ojos sobre los enormes ojos de buey del centurión. Me gustaría saber de qué mierda te ríes. ¿Pero qué es lo que os pasa, creéis que la guerra se ganará sola mientras vosotros os llenáis de vino hasta el culus? ¡Yo puedo hacer lo mismo que vosotros, vaya si puedo! Pero Roma nos espera y no podemos defraudarla. Por lo tanto mentula floja informarás a las tropas que saldremos del campamento a mudar el curso del río Cefiso ahora mismo.
–¿Que qué?
—¡Lo que has escuchado vespa bovina, que se acabó la fiesta! ¡A cavar fosos y más fosos! Quiero a todas las tropas alineadas en media hora. Y he dicho toda, no quiero terminar diezmándolos, aunque los precise vivos no vacilaré en hacerlo si se me desbanda un solo pajarraco ebrius. Yo mismo supervisaré los trabajos, haremos guardias de día y de noche, de manera que el tiempo que no trabajéis os dediquéis a descansar lo mínimo imprescindible para seguir avanzando en las obras.
Y así fue. Al cabo de tres días, mientras Sila caminaba entre las tropas sudorosas, con un enorme sobrero de paja para cubrirse del sol, y observaba minuciosamente reprendiendo a quienes permanecieran parados más de lo permitido, la soldadesca comenzó a rogarle:
—¿Cuánto tiempo más estaremos sin luchar, general?
—¡Por favor, Lucio Cornelio, llévanos frente al enemigo!
—¡Lo que vosotros queréis no es luchar o acabar con esta guerra, pedazo de holgazanes, ladrones y borrachos, sino escapar del trabajo! Pero sabéis lo que os digo: que igual me da. ¡Los que queráis dejar las palas y cambiarlas por vuestros gladius podéis hacerlo! ¡Tomad vuestros escudos y vuestras espadas y demostremos a esas meretrices orientales lo que significa ser un milite romano!
El ejército de Arquelao –que triplicaba en número al silano– al mando de Taxiles debía avanzar desde el norte por un profundo valle hasta Queronea. Las órdenes de Mitrídates, contrarias a los deseos de Arquelao, eran presentar batalla lo antes posible. El primer movimiento de Sila fue ocupar la ciudad en ruinas de Parapotamos, una posición casi inexpugnable que dominaba los vados de la calzada que conducía a Queronea. En cuanto las tropas enemigas aparecieron en el horizonte Sila fingió una retirada, atrincherándose tras la empalizada y los fosos que tanto esfuerzo les había costado construir. Los noventa carros de guerra de Arquelao (de los cuales carecían absolutamente los romanos) se estrellaron contra las trincheras. Los caballos enloquecieron y, entre flechas y jabalinas que los azotaban sin piedad, retrocedieron hacia las falanges griegas, creando una inesperada confusión. La matanza fue devastadora: de los ciento diez mil efectivos sólo quedaron unos diez mil para ser vendidos como esclavos, mientras que Sila sólo perdió a doce de sus hombres.
Las fiestas de la victoria de Queronea se celebraron en Tebas, gracias a la importante recaudación con las que se gravó a la ciudad, que no fue perdonada. Junto a la fuente de Edipodea Sila bebió y se regocijó junto a sus hombres y a su querido Crisógono, que estaba exultante. Todos estaba felizmente borrachos, el propio Sila no podía tenerse en pie. Hubo hasta un desfile de de histriones encabezados por uno que imitaba a Sila, acompañado de un Crisógono de andar sinuoso, con peluca rizada incluida, que divirtieron mucho a la soldadesca. Aunque faltaba mucho para la victoria final, todos tenían la sensación que ya nada podría detenerlos.
Mientras tanto el ejército leal a Roma y al popular Lucio Cornelio Cinna, al mando de Lucio Valerio Flaco, llegaba con la misión de combatir a Mitrídates VI, invalidando así todo accionar de Sila. Lucio Valerio había sido nombrado cónsul suffecto en nombre del fallecido Cayo Mario con la misión secreta de acabar más bien con las tropas silanas que con las mitrídacas. Pero Sila ni se inmutó. Envió a sus hombres a sembrar la discordia en el ejército de Flaco. El resultado fue el esperado: los hombres de Flaco se negaron a combatir. Fue el mismísimo tribuno de los soldados quien se lo hizo saber:
—¡No hemos sido llamados a las filas para combatir contra nuestros hermanos romanos, Lucio Valerio! ¡No derramaremos más sangre romana! ¡Lucharemos solamente contra los enemigos de Roma!
Lucio Valerio se dirigió entonces al Helesponto. Para el pobre Flaco esta había sido una campaña complicada desde todos los flancos. Su legado Cayo Flavio Fimbria era un personaje molesto y competitivo, indigno de su confianza y demasiado generoso con las tropas. No era mucho el dinero con el que contaban y las raciones no eran demasiado abundantes, los milites estaban cada vez más agresivos y Fimbria no hacía más que atizar el fuego del amotinamiento. Lo cierto es que gran número de soldados desertaron cambiándose al bando silano. En lo personal, Lucio Valerio Flaco no estaba interesado en luchar contra Sila, así que prefirió dirigir sus tropas contra Mitrídates, combatiendo en los estrechos del Bósforo y el Helesponto.
En las orillas de las lagunas de Orcómenos, una zona pantanosa de la llanura de Beocia, Sila volvió a enfrentarse a las fuerzas del Ponto, unos ciento cincuenta mil hombres. Sila se agazapó en aquel lugar ideal para que su pequeño ejército tuviera posibilidades de éxito: un sitio estrecho, con defensas naturales y un suelo propicio para construir rápidas trincheras y empalizadas. Pero Arquelao, a pesar de ser acorralado, invistió con toda la fuerza de su ejército y los romanos comenzaron a retroceder. Paradójicamente, la presión provocó que los legionarios acabaran formando una barrera impenetrable de espadas y escudos, que avanzó sobre el campo de batalla como un puño blindado, haciendo trizas la línea de combate de Arquelao y tomando a viva fuerza el campamento. Las fuerzas del Ponto se desbandaron, y la batalla se convirtió en una inmensa matanza.
Aquella noche Sila estaba ebrio de júbilo:
—¡Os dais cuenta que soy un favorito de los dioses! Soy sin duda el más felix de los hombres, no en el sentido de dichoso, pues con esta cara tan maltratada por el dios Marte sería imposible serlo, pero sí porque siempre obtengo inmejorables resultados. ¡Allá vamos Roma! ¡No desesperes, que los días del reinado de Cinna están contados!
Y este camino, el de su hogar deshecho entre las cenizas de la guerra, volvía a transitarlo la mente de mi abuelo, el médico Musa, mientras se dirigía hacia la casa de mi abuela Cecilia Metela. Durante meses había efectuado el mismo recorrido, casi a diario, para rehabilitar su pierna enferma. Había incluso ensayado una sencilla operación, que el brillante Adelphos, junto a su maestro Erasistro Apolonio había realizado con gran éxito. Por fin estaba listo aquel adminículo extensor que mantendría los músculos y tendones lo más saludablemente estirados posibles, para evitar el desplazamiento de la cadera y la deformación de la espalda, así como un par de sandalias cerradas cuyo pie izquierdo tenía un alza de diez centímetros para equiparar la altura a la de la pierna sana.
El fin de aquellos días que se reducían a esperar los encuentros y las charlas con mi abuela Cecilia se acercaba, y una extraña angustia perturbaba la mente de mi abuelo, que no se atrevía a confesarse las causas de esa turbada inquietud. Era feliz recordando las palabras de Cecilia, la luz de sus ojos y el leve contacto con su piel. Día a día se había permitido sólo admirarla, escucharla, provocar algún enojo, compartir el mismo aire, su risa, su…
—¿Tú también crees que estoy loca médico Musa?, le preguntó Cecilia una de aquellas mañanas en que mi abuelo sostenía y acompañaba su pie enfermo con suavidad, mientras Cecilia movía su pierna desde la rodilla hacia arriba y hacia abajo para fortalecer el cuadriceps.
—No, no lo creo, de ninguna manera.
—¿Y qué piensas de la esclavitud, médico Musa?
Marco Acilio, el joven romano asistente de Musa, giró la cabeza para mirar de frente a mi abuelo, y el esclavo griego y antiguo amigo de mi abuelo, Epícteto, también se puso en estado de alerta. Musa sonrió de una forma casi circular, como si quisiera purificar la atmósfera herido con la pregunta de aquella mujer que para el resto del mundo no era más que una insensata.
—Es una circunstancia.
Cecilia lanzó una de esas carcajadas contagiosas y cristalinas. Ligeramente se acercó al oído de mi abuelo y él creyó escuchar algo así como:
—Te quiero.
Y luego volvió a elevar su voz, pues si algo le ha gustado siempre a mi abuela es llamar la atención, pero no por simple narcisismo, sino porque disfrutaba provocando reacciones en cuantos la rodeaban, y formar parte de ellas, como si se divirtiera escribiendo el guión de una sátira en cuyo inicio todos, menos ella, improvisaban, pero cuyo final era inesperado inclusive para ella misma.
—Me gusta tu respuesta. ¡Y vaya si me gusta! Eso significa que los dioses no deciden quién es o no esclavo, que en nada se diferencia un esclavo de un hombre libre. Sí, querido médico Musa, la esclavitud, como tantas otras cosas, es un mero accidente. Todos los que estamos aquí somos iguales, la diferencia es una apariencia, un espejismo inducido en virtud de un mero incidente. Deberían saberlo quienes van tras Espartaco y dejarlo marchar en paz.
—¡Basta ya, por Júpiter, Cecilia! Deja trabajar en paz a esta gente, hija mía, interrumpió Flavio, su madre, angustiada. ¿Es que no tiene usted algo para curar la insensatez, médico Musa? Mire el brillo que adquieren sus ojos cuando ve que todo el mundo…
—¿Qué tiene todo el mundo con el brillo de los ojos de mi niña? la interrumpió su marido Lucio Cecilio Metelo, mientras atravesaba la habitación.
—Es al revés marido, sus ojos, los ojos de Cecilia son los que provocan. ¡Y ya no es una niña!
Cecilio se acercó a su hija, tomó su rostro entre sus manos y la miró a los ojos.
—Sus ojos sólo pueden provocar admiración, mujer. Mira esa carita, si no fuera por esa triste enfermedad ya estaría casada hace mucho tiempo y para mí siempre será una niña. A lo mejor eso es lo que da luz a sus ojos, su falta de maldad, su inocencia.
—¡Deja ya de consentirla, Lucio! Sabes tan bien como yo que si no se ha casado es porque los espanta con esas locas ideas que tiene en su cabeza. Pero lo peor, médico Musa, es que no hay como callarla, que no siente miedo de nada ni de nadie. Y la culpa de todo es de su padre, que nunca ha querido castigarla como se merece. ¡Y no es porque a ti no te la haya jugado Lucio Cecilio!
—¡Basta ya, mujer! ¿Es que no te parece suficiente castigo el que ya le han dado los dioses? ¡Y a ti también te consiento, que ya has hablado demasiado y todavía no te he castigado por ello! Y dejemos trabajar en paz a estos médicos, que todavía les queda un largo el día por delante.
Y eso había sido casi todo, era el último día de un tratamiento que hubiera deseado que perdurase toda su vida, y a esa nueva angustia se sumaban los recuerdos que lo golpeaban sin compasión. Habían pasado diez años desde que atravesara las murallas de esta enorme ciudad, desde que Lucio Cornelio Sila desembarcara en Brindisi, desde que Dina y sus hijos se habían transformado en una dolorosa ausencia. Diez años de soledad, seco de todo deseo, sobreviviendo por amistad a los huérfanos de Aulio Celso. Aulio Cornelio Celso, ese galo romano de abierto corazón que sólo pudo resistir hasta acomodar por fin a su familia en una casa verdadera, para que dejaran de ser por fin un eslabón más dentro de un campamento romano. Aulio Celso había aceptado formar parte de los clientes de Cornelio Crisógono, y así fue como se había transformado en romano, gracias a otro extranjero, como él. Aulio Celso, había luchado por su vida hasta el último instante, sin que Musa pudiera hacer nada por retenerlo junto a los suyos. Y murió sin saber los horrores que esa bestia con cara de ángel llamada Crisógono llegó a cometer, antes de que el propio Sila ordenara que tiraran a su amado y corrupto favorito desde la roca Tarpeya. Musa vio morir a Crisógono, sin sentir ninguna pena por quien había inventado y alentado las proscripciones silanas, para quedarse con él mismo con el dinero de los muertos, cuya culpa no había sido ser contrarios al régimen, sino simplemente haber acumulado riquezas codiciables por otros más corruptos que ellos.
Culpa, culpa, culpa. ¿Cómo había sido capaz de permanecer con vida después de tanto horror? ¿Por qué el pasado lo torturaba de ese modo? ¿Por qué los gritos de los miles y miles de soldados populares degollados por Sila en el Campo de Marte, tras su victoria contra los sucesores de Cinna, retumbaban en su cabeza con mayor nitidez aún que aquella primera noche, tras las puertas de Roma? Invitado por el propio Lucio Cornelio Sila, en un rincón tras las cortinas del senado reunido en la Cura juliana, pudo escuchar cuando uno de los senadores le preguntaba:
—Perdona Lucio Cornelio que te lo pregunte, nos gustaría saber, si la guerra ha terminado, qué significan esos gritos que atraviesan la ciudad como si la batalla aún continuase.
—¡Lo que escucháis no es más que el castigo a unos cuántos sinvergüenzas! ¡Y habrás más, muchos más, senadores, pues de sinvergüenzas está enferma esta ciudad!
Lucio Cornelio Sila Felix acabó hasta con el último de sus enemigos. Tras cuatro años de dictadura murió, por fin, como privatus, casi un año después de entregar el poder. Intentó divertirse en Puteoli hasta el fin de sus días; rodeó su finca con muchos de los ciento veinte mil soldados que le habían acompañado en sus últimos años, e intentó por fin ser feliz y olvidar el horror del que había formado parte. Pero un tumor, lo suficientemente maligno como para aterrarlo y acorralarlo con terribles hemorragias, acabó muy pronto con su vida.

Y él, Antonio Musa, con ese nombre prestado por un romano que apenas había conocido; él, cuyo cuerpo debería haberse secado junto a su propio espíritu, allí estaba, vivo con casi sesenta años, estremeciéndose ante la presencia de una mujer a la cual seguramente doblaba en edad.
Antes de llegar a la domus de los Cecilio Metelo se detuvo en la esquina, miró al cielo, inspiró y espiró, acomodó la tela con la que había envuelto las sandalias y esa especia de media pierna con toda dulzura, y caminó hacia la despedida. Solo.
Una vez que hubiera ayudado a Cecilia a colocarse los avíos médicos, Musa disfrutaba de la alegría de Cecilia que caminaba con mucho menos torpeza que cuando la conoció casi un año atrás.
—¡Madre, padre! ¡Venid! Nunca desde mi enfermedad he caminado mejor, esto tenemos que celebrarlo. Invitemos esta noche a cenar a mi salvador para agradecérselo como corresponde.
—Imposible resistirnos a tu sonrisa Cecilia. ¿Qué le parece Antonio Musa? ¿Acepta usted una cena sencilla con nosotros a la hora undécima?, preguntó Cecilio Metelo.
—Por supuesto Cecilio Metelo, con muchísimo gusto.
—Permítame que sea yo quien lo acompañe con mi nuevo pie hasta la puerta, Musa.
Y tomándolo del brazo mi abuela Cecilia lo arrastró a través del vestíbulo, antes de llegar a la puerta mirando hacia ambos lados, se estiró para besarlo en los labios.
—Gracias Musa, le dijo.
Pero Musa no pudo devolverle el beso como hubiera deseado, pensó o quiso pensar que sólo se trataba de agradecimiento. Le sonrió y le dijo:
—No he hecho más que cumplir con mi deber, Cecilia.
—¿Sólo eso? ¡No, no te creo, Musa, estoy segura de que sientes lo mismo que yo! ¿Acaso cada vez que tomabas dulcemente mi pie, no te recordaba que era tuyo, que fuimos una esfera celeste con dos caras, cuatro piernas y cuatro brazos? ¿Acaso no te acuerdas que tú eras sol y yo tierra y ambos unidos fuimos luna? ¿No recuerdas que no invocábamos entonces ningún dios, que nuestro ser en uno y en el otro nos bastaba contra todo y contra todos? ¿No te acuerdas de la ira del rayo de Zeus, que no pudo soportar la libertad de un cuerpo que se gozaba a sí mismo hombre mujer, mujer hombre? ¿Seguiremos condenaremos a anhelarnos, ahora que por fin hemos encontrado nuestra mitad perdida?
—¡Basta ya Cecilia! Es que…
—Dilo: es que te has vuelto loca. No, tú sabes bien que no estoy loca, tú sabes que me amas pero no quieres confesarlo y te comprendo. Pero no te seguiré en tu cobardía, en tu silencio, en tu temor. Que tú hayas nacido en Atenas ha sido otra circunstancia, así como que yo haya nacido en Roma. ¡Por favor, déjame hacer!
Entonces mi abuelo le alzó la barbilla y le rozó los labios.
—¡Haz lo que quieras, Cecilia! ¿Acaso no es lo que pensabas hacer?
—¡Vete, Musa, y regresa por la noche! Ni se te ocurra escapar, pues correré al Subura con mi pie nuevo, y te traeré nuevamente hasta mí.
En cuanto Musa se fue, mi abuela Cecilia se acercó al despacho de su padre.
—Padre, necesito hablar contigo.
—Claro, hija, dime.
—Tú sabes que hasta ahora no he querido casarme con ningún hombre que me lo haya pedido. Por distintas razones.
—¿Razones? A ti no te van las razones, hija, lo tuyo son las sin razones.
—No bromeo, padre. Si tú hubieras estado en mi lugar seguramente hubieras hecho lo mismo que yo. Todos ellos eran tan ignorantes que pensaban que podría traer al mundo niños enfermos o deformes, cuando tú y yo sabemos que mi enfermedad es fruto de una epidemia estival que ataca tanto a ricos como a pobres, y que no la traemos al nacer si no que nos ataca en la niñez.
—Lo sé. A propósito, he hablado mucho con Antonio Musa sobre el tema, y me ha tranquilizado muchísimo: si te casas no engendrarás niños enfermos.
—Muy bien, de eso se trata padre: quiero casarme.
—¡Caramba! ¿Y quién es el afortunado?
—En primer lugar quiero que sepas que él no me ha pedido que sea su esposa, nunca se atrevería a hacerlo, por lo tanto quiero que seas tú el que se lo pidas a él.
—Hija mía, es que ¿de verdad te has vuelto loca? Vamos por partes: ¿es él soltero?
—Posiblemente divorciado o viudo.
—¿Muy mayor?
—No lo sé padre, pero es bastante mayor que yo.
—Supongo que será romano.
—Lo es, pero no ha nacido en Roma.
—No será un liberto.
—No, jamás ha sido esclavo.
—¡Ay hija, me estoy temiendo lo peor!
—Mírame a los ojos padre: no me casaré con ningún otro hombre que no sea él, no tendré hijos con ningún otro hombre que no sea él. Si no me autorizas lucharé hasta que…
—¿Quién es él?
—Puedes leerlo en mis ojos padre.
Y Cecilio Metelo leyó lentamente en los amados ojos de mi abuela Cecilia y descubrió que no era locura sino amor la fuente de su fascinadora luz.
—Antonio Musa.
—O sólo Musa.
—Tu madre enloquecerá.
—¿Aún más?
Aquella tarde el clima era inmejorable. Cecilia convenció a su madre para realizar la cena en el jardín, bajo las galerías. La luz de algunas antorchas y el aroma de las hierbas y las flores daban marco a una cena que quería ser perdurable. Sólo dos personas, Cecilio Metelo y mi abuela Cecilia, conocía la trama de la historia. Musa se esperaba lo peor. Imaginaba que a lo mejor debería dejar Roma por un tiempo, que muchos de sus pacientes creerían que había sido capaz de seducir a la joven Cecilia, pero por momentos una confianza ciega en su amor le hacía sentir una vaga alegría. Como sólo eran cuatro personas dispusieron la mesa con un triclinium en el centro en el que se sentaron Lucio Cecilio a la derecha y Musa a la izquierda, y las dos mujeres a los lados, Flavio a la derecha y Cecilia Metela a la izquierda, cada una en una silla, pues por aquella época aún no estaba bien visto que las mujeres se reclinaran en sillones a la hora de comer. Hablaron de Homero, del fantasma de Helena, del poeta Ennio, de las diferencias y coincidencias entre los dioses griegos y los dioses romanos.
Después del gustatio con huevos, alcaparras, aceitunas, dátiles, trocitos secos de garum sobre el pan, pistachos, un exquisito ephippium de paté de aceitunas negras y queso con hierbas, acompañado con tiernas hogazas de pan y mosto hervido con mucha miel rebajado con agua, siguió una entrada de unos delicados porros cum colicolorum, puerros envueltos en hojas de col y pierna de cerdo con cebada acompañado de diversas ensaladas. Le sirvieron con los platos principales un vino que Musa reconoció como un Falerno de excelente calidad, lo cual lo relajó aún más, sobre todo considerando que los romanos patricios solían tener tres clases diferentes de vinos, de peor a mejor, de acuerdo con la calidad de los invitados a su mesa. A la hora del postre los ánimos estaban relajados; mi abuela Cecilia estaba exultante, tan bella a la luz del fuego, con sus mejillas sonrosadas por los tenues calores de un Dioniso sutil, que ya Musa había olvidado todo temor. Por fin llegaron los postres, dátiles rellenos de frutos secos, pimentados y caramelizados con miel, y unas tyropatinam, cremosas natillas que aromatizaban el aire con sus vapores de canela.
—Padre: ¿hablas tú o hablo yo?
—Como tú quieras hija. Yo creo que tú eres más divertida que yo, así que adelante Cecilia mía.
—Bien, escuchadme los tres, por favor. Y sobre todo tú, madre.
—¡Ay, que te conozco Cecilia! Cuando haces que la gente agudice sus oídos es porque te traes una tormenta en ciernes.
—Escucha madre: es muy simple lo que quiero decirte. Cumpliré muy pronto treinta años, una edad muy avanzada para que una romana continúe soltera. De todos los posibles hombres que han querido ser mis maridos ninguno me ha parecido aceptable, o bien por que ellos no me merecían a mí o bien porque yo no los merecía a ellos. He encontrado al único hombre al que soy capaz de amar, el único hombre que sé que no temerá engendrar hijos cojos conmigo, si es que aún me fuera posible engendrarlos. Con este hombre puedo hablar de Safo, de Ennio, de Sófocles, de Platón, de hierbas egipcias y mesopotámicas, de Polibio y de Hipócrates, y decir y preguntar sin temor a que me crean loca. No lo dejaré ir. Y no pienses que ha hecho nada por seducirme, ni siquiera yo misma he hecho nada por seducirle, simplemente es el hombre que he esperado sin saberlo desde que tú me has dado vida. ¡No lo dejaré marchar, me colgaré cojeando de su cuello hasta el fin del mundo!
Mi abuelo Musa sentía que su cuerpo abandonaba su mente, no estaba seguro si caía o si subía, pero mientras Cecilia hablaba, casi sin darse cuenta, le había tomado la mano, como si temiera que fuera a evaporarse de su vista en cualquier momento.
—¡Por todos los dioses! ¿Qué sabes tú de todo esto Lucio Cecilio Metelo?
—Poco más que tú, Flavia, sé que nuestra hija está dispuesta a casarse con Antonio Musa, de forma unilateral y absoluta, y que ya es demasiado mayor como para darle vueltas al asunto. Lo que me gustaría saber es qué piensa nuestro amigo Antonio Musa de todo esto.
Sin soltar la mano de Cecilia, que a su vez sostenía la suya infundiéndole valor, con la voz ahogada por la turbación.
—Yo creía que no había ya nada que pudiera desear en el mundo, pues todo aquello que amé y que me amó se ha perdido. Sin embargo, desde que conocí a vuestra hija, no he hecho más que luchar contra un sentimiento que creo que no merezco. Nada me haría más feliz que vivir junto a Cecilia el resto de mi vida, si vosotros permitís, mis queridos anfitriones, que ella sea mi esposa.
Y hubo más exclamaciones, hasta gritos, cruces de palabras, apretones de manos, abrazos, y un beso furtivo en el portal. Los esclavos cuchicheaban por los pasillos y reían, y corrían a dar la buena nueva al amigo de Musa, el griego Epícteto. Lo cierto es que cuando Musa bajó hacia su casa en el Subura sus pies volaban junto a su espíritu, no había espacio para la muerte en su mente ni en su cuerpo. Recordó a Amor, el primer dios que fuera concebido sobre la Tierra, según Hesíodo. Porque al Caos había seguido la Tierra inmensa, que era el cimiento de todas las cosas, y junto a ella había nacido Amor, el más antiguo de todos los dioses, y de todos ellos el que más felicidad daba a la Humanidad, porque no existía mayor alegría que poseer un amor y ser poseído por él, ni para el objeto de ese amor había mayor felicidad que amar siendo objeto del amor. No había nacimiento, ni honores, ni riquezas capaces de inspirar tanto sentir como el Amor. El amor inspiraba hasta la vergüenza del mal y el deseo del bien. No había nada que ocupara el ser de Musa en ese instante más que el deseo de ser libre de decirle a Cecilia que la amaba desde siempre, desde que descubrió su mirada por primera vez, desde que escuchó su valor y su dolor ante un mundo que jamás aceptaría.
Musa miró el cielo de Roma como si lo descubriese por primera vez a través de su necesidad de ella. Desesperado por contarle, por pedirle que no sufriera, que recordara aquel pasaje del Fedro de Platón sobre que era posible que si, por una especie de encantamiento, un estado o un ejército pudieran componerse de amantes y de amados, no habría pueblo que llevase más allá el horror a causar la pena o la muerte en el otro y la búsqueda de la felicidad del otro. Los seres amantes, y amados, unidos de este modo, podrían vencer al mundo entero, porque no hay ser en el mundo tan cobarde a quien el amor no inspire el mayor valor y no lo haga semejante a un héroe. Y pidió perdón a todos sus recuerdos porque si algo no deseaba Musa aquella noche era morir.