lunes, 2 de noviembre de 2009

El rostro de Eros

“Un gemido recorre también la ciudad: gimen las torres; gime el suelo que amaba a esos hombres." (Esquilo, Los siete contra Tebas)

“Hay en sus sueños apariciones que le hacen sufrir, que sólo le traen una alegría vacía, pues mientras está viendo aquello que le hace feliz, la visión se le escapa inmediatamente de los brazos, se esfuma en compañía de los alados caminos del sueño.” (Esquilo, Agamenón)

De pronto la noción del tiempo y del espacio se evaporó en la noche. Mi abuelo Musa se dejó llevar por la escolta de soldados romanos como si fuera un caballo más, guiado por las riendas de algún jinete desconocido. Sólo cuando se halló frente al inmenso castrum romano volvió a tomar conciencia de la situación en que se encontraba. Nunca había tenido la posibilidad de entrar en un campamento de semejante magnitud, aunque había leído a Polibio y recordaba que todos ellos presentaban la misma estructura. Frente a lo que Musa imaginó que sería una de las puertas principales, una voz desde ultratumba exclamó:

—“¿Qué puede haber más resistente que la roca y más inconsistente que el agua?”

—“Y sin embargo la resistente roca es horadada por la inconsistente agua”, respondió Marco Ateyo.

Entonces el puente descendió sobre el foso que rodeaba la ciudadela. Musa observó el agger, el terraplén por encima del cual se levantaba el vallum, un imponente muro de piedra y madera atentamente vigilado por legionarios encaramados sobre torretas. El grupo original de los seis que habían partido desde la casa de Musa se dirigieron hacia la tienda del general, mientras los demás milites se encargaban de los caballos. Antes de llegar, en lo que parecía ser un pequeño forum, un hombre salió a recibirlos y se presentó, dirigiéndose a Musa en un griego nativo:

—Supongo que tú serás el ansiadamente esperado médico griego Musa. Mi nombre es Crisógono, soy el secretario personal de Lucio Cornelio Sila. A ver si eres capaz de demostrarle a estos imbéciles medici romanos de que los griegos somos más capaces que ellos.

—Haré cuanto esté a mi alcance señor.

— ¡Cuanto esté a tu alcance y fuera de él, médico griego, que si no, no sales vivo de este castrum!

Crisógono hablaba con la mirada fija en su interlocutor. Un destello amarillo felino se desprendía de sus ojos, incitando a quien era observado por ellos a no descuidarse ni por un instante de un zarpazo sorpresivo. Era un hombre de una belleza extraordinaria, vestía una túnica clara, lo suficientemente corta como para dejar ver sus magníficas piernas. Ni demasiado alto, ni tan bajo como un legionario romano. Llevaba su cabello rizado cuidadosamente peinado, pero no de un modo que resultase femenino. El centurión Marco Ateyo lo miraba con cierta mueca de disgusto. Cuando Crisógono se adelantó con paso rápido para dirigir la comitiva hacia la tienda de Sila, instalando cada parte de su cuerpo en su sitio adecuado, cual si de un Apolo de Praxíteles se tratara, Ateyo le pegó un codazo al soldado Manio Gelio y comenzó a imitar el andar de Crisógono, pero meneando exageradamente el culo. El joven Aulio Celso se tapó la boca para no lanzar una carcajada. La espada de Marco Ateyo se movía como un péndulo hacia los lados, mientras el robusto hombretón se levantaba el faldón militar que colgaba por debajo de la espalda y ajustaba la túnica marcando sus nalgas. Musa se sorprendió a sí mismo dibujando una mueca, casi una sonrisa.

En cuanto llegaron a la tienda de Sila y atravesaron la puerta fuertemente custodiada por cuatro guardias pretorianos, un calor desagradable se apoderó del cuerpo de Musa. La habitación estaba lujosamente adornada con tapices y alfombras de estilo oriental; el humo del incienso y la mirra quemándose no hacía sino enrarecer aún más el sopor que allí se respiraba. A la luz de una lámpara de aceite, en una cama revuelta y atestada de almohadones, apenas tapado con el típico taparrabos romano, un subligaculum minúsculo, el paciente se retorcía de prurito y de dolor. Con las manos nerviosamente entrelazadas, realizaba movimientos espasmódicos, rozando o presionando algunas partes de su cuerpo con los nudillos, para no herirse con las uñas. A pesar de que tendría algo más de cincuenta años, su aspecto era el de un hombre muchísimo más anciano. Su extrema delgadez dejaba al descubierto la flacidez de un cuerpo que antes habría sido fuerte e incluso grueso. El horror que se pintaba en su piel no podría haber sido imaginado ni por el propio Homero: de un blanco amarillento, fruto probablemente de algún trastorno hepático, presentaba pequeños cráteres volcánicos al rojo vivo esparcidos sobre la cara y el pecho. Las erupciones estaban salpicadas de antiguos rastros de piel humana y de polvos de talco, los célebres diapasmata con los que las féminas romanas cubrían las imperfecciones de su rostro, ayudadas por pomponcillos de plumas de cisne. Poco quedaba en sus ojos de aquel azul glacial que alguna vez le había hecho famoso: un gris velado y torturado perseguía en la penumbra la razón, el fin de un martirio desconocido. Las uñas sucias, resignadas a crecer indefinidamente, asomaban desde los dedos de las manos y los pies, inmunda extensión de una animalidad infrahumana. Algunos pocos mechones de cabello dorado se pegaban a su cráneo, como si hubiesen sido colocados allí por alguna mano compasiva que quisiera recordarnos que tras esta especie bestial se escondía un hombre.

De pronto tomó conciencia de la presencia de los hombres en la tienda.

—¡Qué hacéis, multitud de idiotas! ¡Es que no os he dicho que me dejéis en paz!, gritó arqueando la cintura boca arriba, agarrándose fuertemente a los lados de la cama.

—Querido Sila, por fin ha llegado el médico griego que estábamos esperando, dijo con una voz empalagosa Crisógono.

Como si la sola presencia de su secretario lo devolviera algo de cordura, Sila comenzó a dar órdenes.

—Bien: Marco Ateyo y Manio Gelio retiraos a descansar. El joven Aulio que espere afuera. Cafis, preséntame a tu recomendado y al otro que está a su lado también.

—Como tan bien has deducido éste es el médico Musa, del que tanto te he hablado, y el otro es su asistente, el cirujano Adelphos.

Adelphos se creció con aquella presentación. No sabía muy bien por qué Cafis había exagerado al hablar de él, pero hubo un triple cruce de miradas entre Adelphos, Musa y Cafis. Era evidente que estaba intentarlo protegerlo. ¿Cuál era la razón? Seguramente el focio intuía que Sila podría querer deshacerse del joven griego y había preferido adelantarse a los hechos exaltando y acaso exagerando sus virtudes.

—¡A ver qué puedes hacer por esta mierda de cuerpo mío, médico griego! ¿Puedes creer que de los cincuenta médicos romanos que me han visto ninguno haya logrado detener esta puta maldición? ¡Ah, cómo quisiera crucificarlos de a uno, después de dibujarles la espalda a latigazos! Pero no soy tan cruel, médico Musa. Aunque la realidad es que los necesito para que cuiden de mis soldados, por el momento no puedo darme el lujo de deshacerme de ellos. ¡Pero ya les llegará su hora a ese atado de inútiles!

Cogió una jarra de vino y bebió directamente de ella. Lanzó una breve carcajada demencial, suspiró, miró a Musa intensamente y agregó.

—No te mentiré: sólo te necesito si eres capaz de devolverme a la buena vida. De lo contrario puedes imaginarte lo peor, igual que tu asistente y quien te acompañe en el camino. Así que ponte a trabajar de una puta vez, griego.

—Antes que nada me gustaría saber qué tipo de tratamiento estás tomando en este momento y cuánto tiempo llevas con esta afección.

—¿Tomando? Vino con vino, nada de agua. Y extracto de corteza de sauce blanco para los dolores de cabeza.

—¿Vomitas a menudo?

—Sólo cuando mi estómago se rebasa de líquido, pero sí, a diario.

—Bien, Lucio Cornelio, sólo quiero que sepas que si mi vida depende de tu curación, tu vida depende de que sigas al pie de la letra mis consejos. Tu cuerpo es el barco y yo su timonel. Necesito como buen piloto de tormentas que me otorguéis el beneficio de tu confianza para llegar a buen puerto.

—¿Por cuánto tiempo?, lo interrumpió Sila.

—En principio, deberíamos tener una mejoría en cuarenta y ocho horas y luego calculo que en una semana podrás salir a la calle evitando la luz del sol, si mi diagnóstico es correcto…

—¿Y si no lo es?

—Yo seré hombre muerto, pero tú también. Yo soy tu última esperanza.

—Y yo también soy la tuya, médico griego.

—No, Lucio Cornelio, yo ya he perdido toda esperanza. Pero quédate tranquilo, haré bien mi trabajo, y luego moriré.

—Una semana dices, pues olvídalo, cuarenta y ocho horas, al tercer día te corto el cuello. Médico griego, para Platón la medicina se encontraba entre los bienes más bajos en la escala humana, era un bien de tercera clase, oficio de esclavos y libertos, valía por lo que se podía ganar gracias a ella, por sus beneficios. Pues bien: si haces bien tu trabajo ganas tu vida, mi agradecimiento de por vida, y el de Roma. Si lo haces mal, ya que tu vida te interesa tan poco, me quedaré con la tuya y con la de tu asistente, por lo menos. No quiero morir, pero estoy harto de resistir. Necesito regresar del Hades para poder terminar con esta puta historia de Mitrídates antes de que sea demasiado tarde, volver a Roma, recuperarla y poner nuestra ciudad en orden.

—Sila, para mi compatriota Platón, ya que lo has mencionado, los médicos somos artesanos, capaces de discernir entre lo posible y lo imposible, continuamos o abandonamos nuestra tarea según se trate del primero o el segundo de los casos. A pesar de que no tengo elección, puedo ver que no has tenido el tratamiento adecuado y creo que es posible detener tu mal. No pienso mentirte: es probable que si logramos curarte tu rostro guarde cicatrices imposibles de borrar...

—Lo que me dices es demasiado bueno para ser cierto. ¿Cicatrices? Si llego a tenerlas serán sólo condecoraciones de una guerra más larga de lo que mi cuerpo ha sido capaz de soportar.

—Bien, empecemos por el principio: suspender el extracto de corteza de sauce, que es muy bueno para los dolores o las fiebres, pero que puede acentuar los picores y la afección de tu piel.

—¿Crees que sea algún tipo de sarna persistente, médico Musa?, preguntó Crisógono.

—No lo creo. Si te fijas bien las erupciones en este caso se presentan sobre todo en el rostro, los codos, las rodillas, ¿las muñecas? –preguntó Musa mientras cogía las manos de Sila– sí, en las uniones de las articulaciones. La sarna produce unas pequeñas vejigas rojas cubiertas de color café, diferentes a las que podemos ver en Lucio Cornelio. Se manifiestan además a lo largo de los brazos, las nalgas, los genitales ¿cómo andas por allí abajo Sila?

—Con el espíritu caído pero sin picores –dijo Sila sonriendo– nada que merezca la pena ser visto por el momento.

—¿Cuánto hace que te encuentras en este estado, Sila?

—Comenzó de a poco, hace un año tal vez, con algunos manchones leves, pero desde hace unos tres o cuatro meses se ha ido intensificando hasta la amargura.

—Creo que es una afección que tiene que ver más con el tipo de piel que tienes, Sila, tan fina, tan blanca; este tiempo que has estado a la intemperie, sin los cuidados que deberías haber tenido dada tu naturaleza, sumado al entorno del campamento y una alimentación poco adecuada, han hecho mella en ella. A lo que le sumamos la época del año: la primavera, época del nacimiento de las flores, de Afrodita y del polen yendo y viniendo por los aires…

—A lo que podemos agregar tratamientos inadecuados por parte de los médicos que lo han atendido, agregó el secretario pestañeando profusamente.

—¿Me pareció escuchar que hablabas de alimentación, Musa? –volvió a interrumpirlos Sila– ¡Si estos perros de los senadores populares nos han cagado de hambre a mí y a mis soldados con la esperanza de sepultarnos en Grecia! ¡Hambre más que alimentos es lo que hay en este campamento griego!

—Agregaré otro factor: el emocional, tu hybris, noble Sila. La piel palidece o enrojece, Lucio Cornelio, de acuerdo a nuestro estado de ánimo. En tu caso ha estallado, evidentemente, con esos dos tremendos frentes que tienes pendientes: Mitrídates y sus aliados por un lado, más tus enemigos romanos por el otro.

—¡Sigue, Musa, que ya casi me estás seduciendo! Esos ojos iluminados por la sabiduría, ese pelo plateado, esa seguridad tan griega aún al borde de la muerte. Te creces en el peligro. Estoy empezando a confiar en ti, tanto que hasta creo que ya me voy sintiendo algo mejor.

—Resumiendo el diagnóstico: tenemos insoportables picores, enrojecimiento, inflamación, secreciones de la piel, costras, descamación, piel disecada, manchas blancas en las zonas que ya hemos visto. ¿Dolor de espalda?

—También, contestó Sila, sin salir de su asombro.

—Empezaremos por esta tienda. ¡Fuera todas las alfombras –continuó Musa dirigiéndose ahora a Crisógono– ni una sola alfombra y ni un solo cojín! Debéis limpiar esta tienda hasta que brille, que no haya una sola pizca de polvo en toda su superficie. Evitad que la lona junte suciedad, impedid la presencia de todo tipo de animales, dijo señalando a un bello gatito que dormía a los pies del desolado general.

Sila lo cogió y se lo entregó a Crisógono, como si a medida que la voz de Musa iba adquiriendo fuerza él se fuera transformando en un niño pequeño y obediente, entregado a los preceptos de sus mayores. Musa continuó.

—Los caballos dejadlos lo más lejos posible de esta tienda. Mi asistente Adelphos te preparará un baño en el que te sumergirás completamente entre una o dos veces al día, durante veinte minutos. Alternaremos con compresas de agua hervida con sal, previamente enfriada que aplicaremos en las zonas afectadas y una preparación que realizaré yo mismo de una pomada cuya base es la planta nosotros llamamos alos, la que en oriente llaman aloe, y que vuestros médicos llaman aloe vera. Cortaremos esas uñas que juntan suciedad, e incluso esos ridículos mechones largos de pelo que sólo sirven para recoger sudor. Y por último, regularemos los apetitos controlando como un tirano vuestra dieta. Reduciremos la ingesta de vino.

—¡Ah, no Musa, eso sí que no! ¡Lo que tú quieras, pero el vino no puedes quitármelo!

Musa tomó la jarra de vino de la que bebía Sila, bebió un sorbo muy pequeño con total desparpajo.

—¡Pero si este es el peor vino que he bebido en mi vida! ¡Por el perro del Hades que no vivirás mucho si continúas tragando este veneno Sila, te doy mi palabra de ello!

—¿Acaso no decía vuestro poeta Alceo que en el vino estaba la verdad? Además Musa, lo que es bueno para mis soldados lo es para mí.

—Médico Musa –aclaró Crisógono– en realidad lo que bebe Sila es acetum, vino agrio, sólo que él no le agrega agua. Los soldados preparan con él la posca, mezclándole también huevos, oleum de oliva, sal y hasta servicia, todos ellos elementos de lujo por estos días.

—Pues será muy bueno para los soldados que lo saben mezclar tan bien, aunque como cualquier droga, todo depende de la cantidad. La medida justa es lo que decide sus resultados. Eso que bebes tiene demasiado alcohol. Beber algo de vino es muy saludable, pero si te excedes vendrán alteraciones del sueño, acidez en el estómago y hasta podrás desarrollar tumores. No olvides que la mayor parte de las drogas puede servir tanto para curar como para matar. Además el alcohol enciende aún más tu piel, sin lugar a dudas. En principio cambiaremos la esencia de la posca esa que estás tomando, o como le llamen, por un vino de mejor calidad rebajado con agua de manantial…

—¿Y de dónde crees brillante médico griego que podremos sacar un buen vino y agua que no esté medio podrida, si apenas tenemos que comer?, lo increpó Sila.

—Podríamos pedirle a Cafis que realice una incursión a casa de nuestro común amigo el mercader Epamino, allí encontraréis excelentes vinos y agua de la mejor, pues tiene un manantial privado.

Cafis, casi invisible y mudo en un rincón, asintió con un leve movimiento de cabeza. El agotamiento comenzaba a hacer mella en el pobre focio, pronunciar una palabra significaba un esfuerzo demasiado intenso para él.

—Con ese vino que conseguiréis, mi asistente te preparará una pócima, que incluirá algo de opium entre otros elementos. Y ya veremos mañana que ha sido de ti.

Durante el resto de la noche Adelphos y Crisógono permanecieron junto a Sila, cumpliendo al pie de la letra las instrucciones de mi abuelo Musa. Musa fue instalado muy cerca de allí junto a Aulio Celso, su enorme sombra pelirroja.

—Escucha Musa, yo duermo armado, al menor movimiento tengo el gladius preparado para… no sé muy bien qué. Porque lo que yo tengo que hacer es evitar que te escapes y que te mates. ¿Qué haría si decidieras dejar de respirar, darte una palmada en la espalda, por ejemplo? Sería muy complicado que intentaras cualquiera de las dos cosas, para ti, para mí, para tu amigo Adelphos, y la lista sería muy larga. Así que si te parece bien nos echamos una siestita de tres o cuatro horas hasta el primer toque de tuba.

Los dos hombres mezclaron sus sonrisas y se echaron en sus catres. Aulio se durmió en una décima de segundo. Musa ingresó en un estado de semiinconsciencia: se veía a si mismo cubriendo con una manta a sus hijos cuando eran pequeños y podía tener la certeza de que respiraban muy cerca. Acercaba su mano bajo la nariz para saber si inspiraban o espiraban. Seguramente en algún momento el sueño finalmente lo venció… Hipnos, el hermano de Tanatos, la muerte sin violencia, lo transportaba hacia la oscuridad de su cueva negra como la ceguera, hasta las orillas del río del olvido. Allí Musa cargaba en sus brazos a Dina, mientras el Leteo los empapaba con sus tibias aguas. Eran las fiestas de las grandes Panaceas, ambos estaban ebrios y felices. El cuerpo de Dina no le pesaba, si no que flotaba sobre su vientre; el calor que irradiaba su mejilla derecha reposando sobre su pecho le infundía un vigor sobrenatural; el cobre de sus despeinados cabellos movidos por la brisa acariciaba su rostro; el perfume de su piel se confundía con el de los lirios blancos y morados de la diadema de flores que a duras penas se sostenía sobre su cabeza.

—Huele mis lirios Ariómico, su esencia no te permitirá dormir hasta que no me hallas llevado a nuestro puerto, le susurraba Dina al oído.

Sabía que un dios infinitamente generoso le había pedido y obsequiado a un tiempo esa grata tarea de transportar el cuerpo de su amada y que le esperaba, tras la labor, el más dulce de los premios. Musa debía recorrer el camino contrario de la procesión panatenáica: partían desde el Odeón, donde algunos músicos rezagados aún continuaban tocando. No sabía cómo ni porqué ni cuándo Dina se había despojado de casi toda su ropa, sólo una fina túnica la cubría sin cubrirla. A veces se detenían en rincones igualmente sombríos o iluminados por la luz de antorchas móviles. Ella bailaba sobre los brazos de Musa que acompañaban los movimientos de sus caderas, de sus hombros, de sus pies, de sus brazos. Él sonreía y disfrutaba de esa danza extraña que se detenía y se reiniciaba sin más sentido que el de provocarlo y el de provocarse. Cuando atravesaban el ágora, parado en una tarima, un último recitador solitario y semidesnudo los saludaba sonriendo y agitando su mano:

—¡Corred Dina en brazos de Musa y Musa en tu deseo de Dina que los dioses os esperan!

—¿Y a dónde es que nos esperan los dioses?, preguntó Musa.

En el fuego sutil que arde en vuestros cuerpos, donde todo lo ligero discurre, donde los ojos vagan libres de mirar y ser mirados y los oídos crean su propio y dulce canto.

—Vamos, llévame allí Ariómico, le suplicó Dina.

—Creo que es allí donde estamos, contestó Musa fundiéndose en un beso largo.

Y el poeta se desvaneció en el aire y la noche de Atenas los envolvió entre sus estrellas y su ebriedad colectiva. Ellos reían hasta que llegaban, despojados de sus ropas y de toda historia humana, a la puerta de su hogar. Atravesaban la puerta girando como un único cuerpo enlazado en sí mismo hasta el patio de su casa. Era verano, y un par de clinés descansaban bajo la noche. Suavemente Musa se despojó del cuerpo de Dina y ella se estiró como un felino.

—No enciendas las antorchas –le dijo Dina– acércate en la oscuridad.

–No hay noche en tu cuerpo mi Dina, brillas en mí, dijo Musa mientras se recostaba junto a ella para confundirse en su ser.

Y a medida que sus cuerpos se encendían, se penetraban, se disolvían, una claridad blanca los esfumaba hasta perderse en la brisa. Mientras se evaporaban, en las calles los músicos continuaban tocando, cada vez con más fuerza y en el inicio del éxtasis final el sonido se transformaba en el primer toque ensordecedor de la tuba que devolvió a Musa a la realidad del campamento romano. Cuando abrió los ojos se encontró frente al rostro casi infantil de Aulio:

—Apresúrate médico Musa, que tenemos que desayunar antes de que visites a Sila, porque sino morirás de hambre.

—Muchas gracias por tu preocupación, Aulio.

—Estoy ansioso por ver si tu cura progresa Musa, ni te imaginas cuánto.

—Dime entonces cuánto es aproximadamente “cuánto”…

—Algo parecido al precio de la libertad. Significa entrar de una vez en combate, tomar Atenas y lo que venga después, volver por fin a Roma.

Musa terminó de arreglarse en silencio. No tenía ningún interés personal, se sentía un ser ajeno al presente, un muerto sin lazos con la vida. No tenía deseos porque no tenía ilusiones; aunque en algún rincón de su mente anhelaba un desenlace feliz, el destino era para él un pozo lúgubre, sombrío.

En una gran tienda con unas cuántas mesas dispuestas a lo largo, sentado en bancos, Musa compartió la comida de la mañana. Comió por primera vez en la vida esas galletas extranjeras de las que tanto había escuchado hablar, las buccellata, hechas con una mezcla de cereales variable, de acuerdo a la existencia con la que contaba el castrum; pasó de beber la posca y prefirió algo de agua, y eso le pareció suficiente para sobrevivir durante algún tiempo más. Deseaba volver a ver a Adelphos lo antes posible, saber cómo había transcurrido la noche. Antes de partir se cruzaron con un hombre anciano, de aspecto poco saludable.

—¡Padre!, exclamó Aulio, deja que te presente a Musa, el médico griego que fuimos a buscar para curar a Sila. Este es mi padre Aulio Celso, Musa, es artesano jefe.

—Muchísimo gusto médico Musa, espero tenga más suerte que los que ya lo han intentado.

—El gusto es mío Aulio Celso, tiene usted un hijo muy competente.

—Lo sé, lo sé Musa, ojalá esta guerra acabe pronto para que pueda formarse y tener otra profesión que la de la espada.

Musa sintió una pena instintiva por aquel hombre, era evidente que no le quedaban muchos años de vida, el color de su piel, el velo gris que cubría sus ojos. Tendría que echarle un buen vistazo en cuanto le fuera posible.

Al llegar a la carpa del general el cambio en tan pocas horas era evidente. Adelphos se encontraba sentado en el escritorio de Sila leyendo en voz alta. Sila, sentado en la cama escuchando con los ojos cerrados, presentaba un aspecto mucho menos feroz e inmaculado. La habitación parecía otra, se veía limpia y aireada. Al verlo entrar a Musa Adelphos se calló y le sonrió con cansancio y satisfacción.

—¿Por qué callas Adelphos? Continúa, por favor, dijo Sila con la suavidad de quien ha bebido su jarabe de amapolas.

—Es que ha entrado Musa, Sila.

—Pues termina la estrofa de la invocación para agradecerle a las musas de Musa…

Y Adelphos concluyó aquella estrofa del Agamenón de Esquilo:

—“Zeus, quienquiera que sea, si así le place ser llamado, con este nombre yo lo invoco… Ninguna salvación me puedo imaginar, excepto la de Zeus, si de verdad debo expulsar esta inútil angustia de mi pensamiento.”

—¡Musa, Musa! ¡Gracias a ti médico del nombre maravilloso! ¡Cómo no fui capaz de verlo desde el momento en que te vi, desde que me nombraron tu nombre! ¡Perdóname Musa por no haber creído en ti! Dime Musa, ¿cuál es el número de la fortuna, nueve como las musas de Hesíodo en un perfecto tres veces tres?, ¿ocho como proclamaban los pitagóricos según sus esferas celestes?, ¿siete, como las musas de Lesbos?

—Sí, Musa, –acotó Adelphos mientras Sila se quedaba extasiado mirando sin ver– le ha pegado fuerte la adormidera, pero por lo demás progresa estupendamente.

—No hables demasiado Sila, esperemos a que vayamos disminuyendo la dosis para que no digas nada de lo que pueda arrepentirte. Si te parece yo me quedaré contigo mientras Adelphos descansa y luego por la noche hacemos el recambio.

—Lo que tú digas es para mí sacrum. Aulio, acompaña a Adelphos y hazlo descansar, y gracias por los baños y por la compañía. Regresa por Musa en… ¿Cuánto tiempo Musa?

—Ocho horas me parece bien.

Una vez que se quedaron solos Sila suspiró y volvió a la carga.

—¡Cuál es el número entonces de las Musas, Musa!

—En esencia sólo hay una musa, que es la unidad en la pluralidad.

—Me gusta, me gustas, la unidad en la pluralidad, la unidad en la pluralidad…

Y Sila continuó repitiendo aquella frase hasta que se quedó dormido. El día pasó sin mayores incidentes, la mejoría de Sila era evidente. Cuando Adelphos llegó para reemplazarlo Musa le indicó:

—La dosis de adormidera la disminuiremos a una tercera parte de la medida de anoche, reforzaremos con algo de vino resinado con cannabis que ha dejado Cafis el focio de su incursión a la bodega de Epamino.

—Me parece perfecto. Por lo menos se pondrá contento e irá volviendo al mundo. Es increíble lo que has logrado en tan poco tiempo con el cuerpo de este hombre Musa.

—Lo que hemos logrado, tú, yo y Lucio Cornelio mismo, creo que sus deseos de volver a Roma le aportan una energía extraordinaria.

Adelphos pasó su segunda noche junto a Sila y cuando Musa volvió por la mañana se asombró al ver al general ya vestido con una túnica impecable, sentado en su mesa de trabajo. Se lo veía alegre, el rojo había desaparecido de su cara dando paso a manchas sonrosadas. Sus ojos habían ganado en brillo y vivacidad.

—¡Bien Musa, parece que lo has conseguido y aún no han pasado las cuarenta y ocho horas! Échame un vistazo y vete a recorrer el campamento, a ver si puedes hacer algo por mis legionarios enfermos. Si todo va bien esta noche prescindiré de Adelphos, y la pasaré solo con Crisógono. Gracias a ti mañana será un gran día: entraremos por fin en Atenas. Por supuesto que todo lo que escuches de mi boca no podrás repetírselo a nadie, pues siempre existe la clara posibilidad de que te quedes sin cabeza.

Sila lanzó una de esas carcajadas con las que sólo se festejaba a sí mismo, Musa intentó devolverle una sonrisa. Se acercó luego a Sila para verlo mejor.

—Procura no beber demasiado Sila, comer liviano y descansar. Si quieres salir a dar un paseo hazlo de noche, evita el sol a cualquier precio.

—¿Crees que convendrá a mi salud que el asalto a Atenas sea nocturno?

—Por supuesto, pero también procura no encender grandes fuegos pues el calor podría resultarte fatal.

—¡Qué listo eres médico Musa! Eres un griego, embaucador hasta la médula: lo que quieres es evitar que haga arder tu ciudad. ¡Vete antes de que me arrepienta de mi bondad! A propósito, descansa todo lo que puedas, para que puedas disfrutar de un presente que quiero darte.

—Muchas gracias Lucio Cornelio.

Antes de que cayera la noche Aulio invitó a Musa y a Adelphos a comer en la tienda de su familia. Allí Musa tuvo oportunidad de hablar y conocer en profundidad al viejo Aulio Celso, a su esposa romana, Cornelia, y al pequeño Lucio Celso de doce años. Se quedó gratamente impresionado y hasta emocionado por que le permitiesen formar parte de esa humilde reunión familiar. No podía entender cómo en medio de la guerra podían vivir en semejante armonía. Era evidente que el viejo Aulio comía y bebía demasiado poco. Luego de comer unos cuántos bocados le rogó a Cornelia que diese el resto de su plato al más pequeño, que ya era casi tan alto como su padre.

—¡Dale a Lucio, mujer, que tiene que alcanzar a su hermano de una buena vez!

Allí supo que el joven Aulio contaba sólo con dieciséis años. Por sus facciones había adivinado que tendría una corta edad, pero nunca hubiera imaginado que fuera aún tan niño. Sintió un inmediata corriente de simpatía por Cornelia, tan callada y observadora, con la mirada serena que se suponía debían tener las matronas romanas reflejada en unos enormes ojos color avellana. Muy pendiente de su familia y de sus hijos a la hora de la cena, compartía la mesa como cualquiera de los hombres, sentada a la derecha de Aulio Celso, iba y venía trayendo una frugal cena, considerando que era la comida más importante del día. Pulmentum, una papilla que en las mejores épocas era de harina de trigo, pero que dado el momento de carestía se había sustituido por harina de mijo, cebada, y huevos, y de postre algunas uvas. Musa había aportado una tinaja de vino que le había obsequiado Cafis y algunos frutos secos de la cosecha que Adelphos había tenido precaución de recoger de su casa antes de la partida.

—Musa, lamento muchísimo la historia de tu familia. Quiero que mi hijo Aulio se comprometa en este instante a recoger a tu mujer y a tus sirvientes a la hora de entrar en tu ciudad, ya veremos cómo alojarlos. Hablaré con marco Ateyo para poder traerlos al campamento sanos y salvos.

—Muchas gracias Aulio Celso, no sabes cuánto te lo agradezco. Ojalá que ya no sea demasiado tarde.

Aulio se puso de pié, levantó la mano solemnemente y mirando a su padre dijo:

—“Juro por Júpiter… o por Zeus –agregó mirando a Musa— o como quieras que te invoque, que atravesaré Atenas en la batalla y traeré con vida a la esposa de Musa y a quienes la acompañan. Si así no lo hiciere que la maldición…”

—No, por favor, Aulio, no invoques ninguna maldición contra tu persona. Yo creo en ti joven amigo, tanto como que en estos dos días me has demostrado que eres un gran hombre, tan honesto como esta familia tan extraordinaria que me has presentado. ¿Y qué he hecho yo por vosotros para merecer vuestra hospitalidad?

La voz de Musa se quebró, pero continuó:

—Haz todo lo que puedas hacer por los míos, como que siento egoístamente que lo harás sobre todo por mí. Pero si al final no logras lo que me has prometido, será porque la fuerza el destino ha sido contraria a tu voluntad. Y entonces, yo no necesitaré perdonarte por ello, pues estoy seguro que habrás dado todo de ti para cumplirla.

Desde aquella noche un manto de solidaridad unió a Musa con los Celso, unos lazos que sólo son posibles en los momentos en que la muerte se ensaña profundamente con la vida. Cuando Musa y Adelphos regresaron a descansar a su tienda se encontraron con Manio Gelio esperándolos en la puerta junto a una muchacha que se miraba los pies.

—¡Por fin llegáis, que ya estaba por disfrutar yo del regalo que os envía Lucio Cornelio! ¡Mirad qué belleza, nada menos que una rubia virgen macedonia, para adornar vuestra tienda y calentar vuestros catres!

—¡Ay Manio! ¿A ti te parece que puedo tener ganas de desflorar a esta niña en el estado de incertidumbre en que me encuentro?

A pesar de que estaba bastante borracho una oleada de vergüenza encendió aún más las mejillas de Manio. Echó un extraño bufido de buey por la boca.

—Allá tú Musa, pero yo no puedo volverme con esta niña; además estará mejor aquí que entre los demás esclavos. Cuídala, haz lo que quieras o no hagas nada, ahora es tuya por orden de Sila.

La tomó de un brazo y la empujó contra Musa y se perdió tambaleándose en la noche. Una vez dentro Musa y Adelphos sentaron a la joven en una silla y le preguntaron algo de la historia de su vida. Se llamaba Pandora, su familia había sido vendida tras la toma de Macedonia por los ejércitos silanos, algunos habían tenido la fortuna de morir, otros habían sido vendidos como esclavos, ella había sido seleccionada por el propio Sila para ser entregada como premio a algún hombre de las tropas. Pero lo que más maravilló a Adelphos y a Musa era que su padre era un farmacéutico macedonio, y que todos los integrantes de su familia trabajaban en la tienda preparando medicinas, ungüentos, aromas, pigmentos. Podía serles de gran ayuda. Mientras conversaban Pandora no dejaba de temblar y retorcerse las manos. Su cuerpo era redondeado como el de una niña pequeña, el maquillaje con el que la habían adornado no le quitaba belleza, aunque le daba el triste aspecto de una víctima sacrificial. Cuanto terminó su relato se tapó el rostro con las manos y comenzó a llorar en silencio. Adelphos no pudo evitar derramar algunas lágrimas.

—Basta ya de tristeza, tranquilízate niña, que mientras vivas junto a nosotros dejarás de ser virgen cuando tú lo quieras y con quien quieras. Adelphos déjale tu catre hasta que consigamos otro que tú has descansado ya esta mañana. Juntemos algunas mantas para ti para que te acuestes en el suelo y todos a descansar, que mañana nos espera un día impredecible.

Y así fue. Las horas del día siguiente pasaron como un relámpago, ni Musa ni Adelphos fueron llamados a la tienda de Sila. Visitaron a varios enfermos, incluido al amable artesano, quien sería mi bisabuelo Aulio Celso, padre del joven Aulio. El movimiento en el campamento era demencial. Se decía que Sila había ordenado talar todos los árboles de cien millas a la redonda, que habían arrasado los bosques sagrados de la Academia por cuyos senderos había paseado Platón junto a sus discípulos, porque el tirano Aristón había quemado hasta el último trozo de madera para evitar que los romanos pudieran disponerla en sus maquinarias de asalto. En las horas más profundas de la noche un silencio sepulcral dio paso a gritos ensordecedores, choques metálicos, ruidos sordos, el calor del fuego, un humo asfixiante. El olor de su amada Atenas en llamas franqueó la distancia hasta llegar a la tienda de Musa y Adelphos.

En la madrugada, cuando ya el sol comenzaba a despuntar sobre un cielo gris cargado de una intensa niebla provocada por el humo, el joven Aulio entró como un torbellino. Sobre su rostro y sus manos bañados de sangre el sudor y las lágrimas dibujaban los surcos del horror. Su boca se abría y se cerraba sin poder o sin saber qué decir. Musa lo sacudió de los hombros y el Aulio calló a sus pies de rodillas. Musa asió sus manos y lo levantó cuidadosamente y apresando su rostro con ambas manos lo exhortó:

—¡Vamos Aulio, mírame y habla, dinos lo que has visto, ya todo ha pasado, estás vivo amigo!

—¡Perdónanos Musa, perdóname, no he podido traértelos, no he podido! Entramos por el lienzo caído de la muralla de Temístocles. Manio Gelio cayó antes de entrar, alcanzado en el pecho por una flecha de los arqueros de las torres aun antes de poder atravesar la muralla. Marco Ateyo, enloquecido por del odio al ver a su amigo perdido, fue el primero en lanzarse sobre la ciudad, hundió su espada en el primer cráneo enemigo que encontró con tanta fuerza que ya no pudo recuperarla, y tomando la espada del griego caído mató hasta el último ser, hombre o mujer, que se cruzó en su camino. El propio Sila entró poco tiempo después, engendrando el terror y el espanto con el sonido de los clarines y de las trompetas, con los gritos ensordecedores y la locura descontrolada de los soldados romanos hartos del hambre y la espera de todos estos meses. El general nos dio total libertad para el robo y la matanza. Corrimos por las calles con las espadas desenvainadas, no sé cuántos griegos he matado para salvar mi vida, es imposible imaginar cuántos he matado, cuántos han muerto en el asalto. Logré llegar a tu casa Musa, pero las llamas lo cubrían todo. Dicen que por fin fue Cafis el focio, que acompañaba a Sila quien le rogó clemencia, porque los dioses de Roma eran los dioses de Atenas, porque debía perdonar a los vivos por respeto a los muertos. Lo siento Musa…

—Cálmate ya amigo Aulio. ¿Sabes que pienso? Que tal vez Dina ya no estaba allí. Es probable que una vez que nos hubiéramos marchado, cuando el silencio llegara al escondite en que los dejamos, el anciano sirviente Meles, mudo como una sombra, hubiese hecho una incursión por la casa. Entonces podría haber regresado a por las mujeres y todos juntos se habrían desplazado en la noche hacia la casa de algún paciente mío con buenas relaciones con los romanos. Cuando esta guerra finalice volveremos a intentarlo, revolveremos cielo y tierra hasta dar con ellos.

Entonces Musa abrazó a Aulio como se abraza a un hijo, y Aulio abrazó a Musa como quien se abraza a una última esperanza y salió de la tienda. Ni Musa, ni Adelphos, ni Pandora deseaban hablar, se acostaron callados junto a sus mutuos duelos, solidarios a través del silencio. Cuando el sol alcanzó el día mi abuelo Musa despertó sobresaltado. Sintió en el humo el olor de la muerte que le recordaba dónde se encontraba. Se levantó y se vistió como un autómata, perdido y sin rumbo como un animal herido. Cuando buscó los cuerpos de Adelphos y de Pandora los descubrió tendidos en el suelo, juntos y abrazados sobre las mantas. La cabeza de ella reposando sobre el hombro de él, el brazo de él cubriendo el pecho de ella, los pies durmiendo sobre los pies. Una paz incomparablemente humana embellecía sus rostros. Invadido por una oleada de pudor los cubrió con una sábana y pensó que tal vez simplemente eso fuera el amor, la necesidad de un cuerpo de un único cuerpo. Dina.

* * *