lunes, 21 de septiembre de 2009

El Rostro de la Muerte


“¡Ah, puerto de Hades nunca purificado!

¿Por qué a mí precisamente, por qué me aniquilas?

¿Qué palabras dices?

Nueva muerte has dado a un hombre que ya estaba muerto.”

(Creonte, en Antígona de Sófocles)



A partir de aquella noche en que soñó con los ojos de mi abuela, Cecilia Metela, durante muchos días y noches el desfigurado rostro de Sila volvió a asaltar la memoria de mi abuelo Musa. Cada vez que intentaba conciliar el sueño, la imagen de aquel romano muerto asomaba entre una niebla espesa que traspasaba la vigilia. Después de muchos años una mujer volvía a perturbarlo; ese sentimiento le recordaba que alguna vez había sido un hombre capaz de deseo.

Mi abuelo Musa había nacido en Atenas, en el año en que el rey de Pérgamo, Atala II, dejó como legado su reino a Roma.[1] Se había casado a los veinte años, una edad relativamente normal para un joven griego. Su esposa, Dina, entonces una bella muchacha de dieciséis años, había sido una mujer sencilla y delicada que no sólo disfrutaba de las tareas propias del gineceo,[2] sino que había sabido ser una gran compañera. Era Dina una secretaria muy especial, que había ido escribiendo a lo largo de todos aquellos años que habían compartido juntos un herbolario en el que compendiaba todas aquellas hierbas que mi abuelo utilizaba, así como sus combinaciones y resultados. Por las noches, después de cenar, con voz cálida pero obstinada, solía atiborrar de preguntas al pobre médico, tomando las notas que luego volcaba en su minucioso sumario. Pero no creáis que a Musa le desagradaba aquel acoso. Aquel intercambio solía ser el preludio del ejercicio amor, pues cuantas más notas tomaba Dina más apasionadas eran las noches. Cada día, antes de salir a trabajar, se acercaba a Dina para preguntarle:

— ¿Y qué dicen “nuestros rollos”, hermosa esposa mía?

Y ella con los ojos iluminados de satisfacción le leía sus nuevas anotaciones, que mi abuelo escuchaba con los ojos entornados, con el recuerdo aún tibio por la confusión de los cuerpos que se habían encontrado. Dina provenía de una familia de fabricantes de ánforas que se había esmerado en brindar a su hija una digna educación. Desde que mi abuelo Musa pudiera recordarlo, ellos siempre habían estado destinados el uno al otro. Y jamás lo había lamentado: ella era para él la mujer perfecta, aunque no hubiese tenido tiempo de soñarla, aunque casi hubiesen nacido teniéndose.

Mi abuelo, de familia de médicos, podía considerarse un buen partido, ya que en aquella época los médicos atenienses tenían en la ciudad de Atenea un estatus mucho mayor que en la sociedad romana. Marido y mujer nunca se habían cuestionado el amor, pues siempre había estado allí y la fortuna nunca los había abandonado demasiado. Cuando las huestes de Sila se cruzaron en su camino era imposible saber si los dos hijos engendrados por la pareja continuaban con vida. Ambos habían sido reclutados por los ejércitos del tirano Aristón. Lisipo, de dieciocho años, y Poliarco, de veinte, se habían despedido en las primerísimas horas de una mañana clara. Dina les había preparado sus bolsas con todo el detalle del que una madre puede ser capaz; mi abuelo había dispuesto, a su vez, una talega con distintas drogas que pudieran serles útiles para distintas dolencias, y sobre todo el antídoto para la mayor de las dolencias: una muerte deshonrosa o una vida sentenciada a la esclavitud. Musa recordaba una y otra vez aquella despedida casi con ensañamiento, como una forma de mantener viva la imagen de sus eternos pequeños hombres. Dibujaba la última imagen de sus hijos en la memoria: Lisipo y Poliarco irradiaban una mezcla del orgullo del guerrero y una inconciencia juvenil que los hacía aún más hermosos a los ojos de su padre.

— ¡Sonreíd padres, acabaremos con los romanos antes de que podáis llorar tres veces!, exclamó Lisipo con tono bravucón y desenvainando la espada al aire.

Poliarco, el más joven aunque el más conciente de los dos, extendió un brazo hacia su madre y otro hacia su padre. Y cerrando los ojos dijo:

—Haremos cuanto esté a nuestro alcance por salvar nuestra patria y por salvar nuestros pellejos, queridos padres…

Lisipo envainó su espada y se unió al abrazo. Y mi abuelo habló.

—La patria ya está perdida, hijos, luchad por vuestras vidas. Sea lo que sea lo que nos suceda a los cuatro no olvidéis que Atenas no es libre ni en manos de Mitrídates ni en manos romanas. Estamos del lado en que los dioses nos han arrojado, pero ninguno de estos dos lados sea tal vez justo. Sólo os pido y me comprometo ante vosotros, a quienes amo por sobre todo lo que existe, a luchar por lo que nos quede de libertad, no la de nuestra patria que ya hace tiempo se ha perdido, sino la de nuestras conciencias. Intentemos mantenernos vivos siempre y cuando podamos ser libres. Y si no, ya sabéis el camino, a veces la muerte puede ser el más preciado de los bienes, no permitáis que os la roben.

Sus brazos no podían transmitir lo que los cuatro sentían. Hasta entonces habían disfrutado de muchos momentos de felicidad. Las retinas del abuelo Musa retuvieron las fuertes y jóvenes espaldas de sus hijos partiendo hacia la muerte, hasta que fueron dos puntos imperceptibles perdidos en el horizonte. Tal vez ese y no otro había sido el comienzo del fin.

El origen de la guerra entre Atenas y Roma había sido una disputa entre Mitrídates VI y Nicomedes IV, rey de Bitinia, por el control de Capadocia, una antigua provincia de Asia. Mitrídates VI, llamado Eupator, era rey del Ponto Euxino y un apasionado de la cultura helénica tanto como del poder. A la muerte de su padre Mitrídates V, siendo aún muy niño, hubo de huir para salvar su vida, llevando durante siete años una vida salvaje. Con veinte años regresó para vengar a su padre, asesinando a su madre Gespaepyris y a su hermano Mitrídates Chrestos, el Ungido, casándose con su hermana Laódice. Pero Mitrídates no era exclusivamente un hombre decidido e implacable con sus enemigos, poseía además formidables conocimientos: políglota, conocedor de veintidós lenguas, gran lector, estudioso de las ciencias y de las artes. Desde muy joven estaba decidido a encontrar un antídoto universal contra los venenos. Cada día sus médicos le suministraban pequeñas dosis de las más diversas sustancias. Mi abuelo Musa estaba seguro que era de esa generosa pócima diaria que se auto procuraba de dónde provenía el magnífico brillo que veían en sus ojos cuántos le conocieron.

Mitrídates comenzó apoderándose de la Cólquida, país que había sido recuperado por Alejandro Magno de las garras persas.[3] Aquella zona era un excelente comienzo para el despiadado monarca: sus orígenes míticos le daban un aura de protección divina. Se decía que de allí había tomado Jasón el Vellocino de oro, verdadero símbolo de realeza, obsequio de los dioses que aportaba la prosperidad a quienes lo poseían. Según la leyenda, a la Cólquida había acudido Jasón junto a sus argonautas, en busca del vellón del carnero alado Crisomallo. El rey de la Cólquida, Eetes, había prometido cedérselo a cambio de ciertos trabajos. Tenía Jasón que uncir dos bueyes que exhalaban fuego por la boca y arar un campo con ellos. Una vez arado, debía sembrar en los surcos los dientes de dragón que Eetes previamente le había entregado. Jasón no tuvo más remedio que aceptar aquellas increíbles condiciones. Medea, hija del rey y de la ninfa Idía, conocedora de las artes mágicas a través de su tía, la hechicera Circe, amó a Jasón desde el primer momento en que lo vio. Por ello visitó su tienda aquella misma noche ofreciéndole las pócimas y ungüentos necesarios para realizar sus hazañas, además de su propio cuerpo. Cumplidos sus encargos reclamó Jasón su premio al rey, pero Eetes enterado del fraude, se negó a entregar el vellocino. Medea, empleando nuevamente sus oficios mágicos, intervino durmiendo a la serpiente eternamente insomne que custodiaba el vellón. Sabiendo que ya nunca sería perdonada, huyó junto a Jasón y sus argonautas.

Mitrídates se complacía en decir:

—¡Reino sobre una verdadera terra mitica!

Con la ayuda del reino de Armenia Mitrídates se hizo finalmente con Bitinia y Capadocia. Cuando Manio Aquilio, gobernador romano del territorio griego de Anatolia, llegó para imponer las condiciones de Roma ante el avance descarado de Mitrídates, éste accedió a retirarse. Pero cuando Aquilio le pidió que le cediese parte de sus tropas e indemnizase al rey Nicomedes contestó:

—Mis tropas son tan escasas como mis bienes, Marco Aquilio. ¿Con qué quieres que le pague a Nicomedes, si mi dinero está en manos de los senadores que he tenido que sobornar vanamente en tu maldita Roma?

Como resultado de las negociaciones, mientras Aquilio empujaba a Nicomedes a invadir el Ponto, Mitrídates instalaba a su hijo en Capadocia.[4] La guerra total contra Roma había sido así declarada. Aquilio frente a su ejército fue finalmente vencido; el gobernador romano fue entregado por la ciudad de Mitilene y ajusticiado por los vencedores. La mayoría de las ciudades de Asia Menor recibieron a Mitrídates como al justo liberador del yugo romano.

Sin embargo, Mitrídates fracasó en el asedio de Rodas. Y fue tan atroz su resentimiento ante este primer fracaso de importancia, que en un ataque de furia desbocada hizo matar a los ochenta mil habitantes itálicos y romanos que residían en la zona. Familias enteras fueron masacradas sin piedad. La ironía del destino se ensañaba con ellas, pues la gran mayoría no eran romanas sino itálicas. Ellas mismas ya habían sido víctimas de la expansión imperial de Roma en su propia tierra, y habían huido hacia Oriente en busca de paz y seguridad. Así, los vapuleados itálicos, por la mera similitud de sus costumbres, fueron inmolados en honor a sus opresores históricos.

Cada tarde, miles de niños, mujeres y hombres eran arrojados de sus casas, alineados en la plaza pública y sentenciados a ser traspasados por anónimas espadas. Aquella matanza se haría tristemente célebre con el nombre de las "Vísperas asiáticas".[5] A partir de aquella masacre las ciudades griegas sabían que no podían escapar a su suerte: si Roma vencía, su venganza sería directamente proporcional al horror cometido por Mitrídates. El pacto con el rey del Ponto quedaba así sellado con la sangre de las víctimas.

Una de las grandes razones de que todos estos pueblos odiasen a los romanos eran los publicani,[6] quienes ahogaban la economía de las ciudades dependientes del imperio desde hacía décadas. Estos actuaban como intermediarios entre las colonias y el estado, cobrando impuestos o realizando cualquier tipo de explotación que les pareciera interesante. Mientras a Roma llegaran los excedentes que mantuvieran el nivel de vida de sus ciudadanos, tenían carta libre para cobrar a sus súbditos cuanto y como quisiesen. Con lo cual Mitrídates no necesitaba demasiado para seducir a los pueblos que deseaba someter: perdonó los tributos de Asia durante cinco años y abolió la mitad de las deudas. Acuñó tetradracmas de oro y se puso en contacto con los sublevados de Grecia continental, igualmente explotada por Roma.

En Atenas, el jefe de los conspirados fue el pseudo pensador y filósofo Aristión, quien asumió la función de estratega, al servicio de Mitrídates, prometiendo restablecer el antiguo sistema democrático, así como la manumisión de una gran cantidad de esclavos. La base social de las revueltas eran los sectores más desfavorecidos, pues la aristocracia desde hacía tiempo había alcanzado grandes prerrogativas públicas y privadas, llegando incluso a adquirir cierto poder en Roma. A estas alturas la guerra había adquirido el carácter de una insurrección de todo el Oriente contra la explotación romana.

La flota de Mitrídates, al mando de Arquelao, se apoderó de la sagrada Delos y fue bien acogida en todo el Pireo. El gobernador romano de Macedonia, Sencio, a través de su legado Bretio Sura, intentó intervenir.[7] Enfrentando a Arquelao en tres sangrientas batallas, Bretio Sura demostró gran valor y prudencia, logrando la victoria en todos los casos. Expulsó rápidamente al comandante de Mitrídates de Queronea, arrojándolo nuevamente al mar. Pero Lucio Licinio Lúculo, legado de Sila, le pidió a Bretio que se mantuviera al margen: esta no era su guerra, sino la de Sila. Y fue Sila quien con cinco legiones, logró recuperar toda Beocia, y cercar por fin al puerto del Pireo y Atenas.

Atenas, la ciudad sitiada, se estremecía mientras sus ciudadanos intentaban conciliar el sueño. Mi abuelo Musa pretendía dormir en el andrón[8] echado en su kliné[9] preferido; su asistente Adelphos hacía lo propio en otro. A veces conversaban en voz baja en la oscuridad, como si no quisieran despertar ni a los vivos ni a los muertos.

— ¿Piensas que estarán vivos mis queridos muchachos, Adelphos?

— Que aún no hayas tenido noticias de ellos es muy bueno Musa…

—Nada bueno puede sucedernos amigo. Los romanos no perdonan a un enemigo en armas. Nuestras vidas, o mejor dicho, nuestra muerte es sólo cuestión de tiempo.

—Con suerte nos hacen esclavos. ¡Tú serías un buen esclavo, Musa, a ti no te matan seguro! Eres demasiado buen médico para que acaben contigo…

Mi abuelo rió, iluminando levemente el silencio.

— ¿Eso crees? No estaría tan seguro, a lo mejor me matan antes de saber lo que soy o lo que sé mi querido Adelphos. Además, ya lo sabes bien, me prefiero muerto a esclavo. Cada uno de los que habitamos en esta casa ya tenemos nuestro frasquillo preparado, tenemos nuestro viaje al más allá asegurado.

— ¡Pero Musa, tú puedes salvar muchas vidas, no deberías morir! Posees demasiada sabiduría para que las moiras aprueben tu muerte. Y yo sé bastante de la profesión médica, ¿no me dices siempre que tengo grandes dotes para la cirugía? Si no hubiera sido por esta maldita guerra hubiera viajado a Egipto a aprender tantas técnicas milenarias... ¡Ahora con suerte podría ser un buen médico de esclavos!

Adelphos soltó su risa cristalina, era uno de esos hombres capaces de bromear ante la precisa mirada de la propia muerte.

— ¿Y por qué no te alistaste Adelphos?

—Imagínate, me hubiese tocado estar en las tropas auxiliares, curando a todos esos asesinos amigos del Eupator ése, violadores, matricidas, fraticidas y enfermos mentales que copulan con sus hermanas. ¡Por todos los dioses que habría estado tentado de dejar morir a más de uno! Aunque no me hago demasiadas ilusiones, porque en cualquier momento me vienen a reclutar a la fuerza. Además, Musa, bien sabes que nunca me gustó ese imbécil de Aristón, no es más que un demagogo, no le creo una sola palabra de lo que promete. Sólo intenta salvarse a sí mismo. Y ese Mitrídates, es un monstruo de mil cabezas, ¡tiene una por cada veneno que se embute!

Musa sonrió a pesar de sí mismo. Volvieron a sumergirse en un mutismo que pretendía imitar al sueño. Ninguno de los tres sirvientes que quedaban en la casa descansaba en sus habitaciones. Dina, permanecía en el gineceo junto a la cocinera y su ayudante personal, y el anciano Meles se había atrincherado en la puerta de entrada, como si pudiese hacer algo para impedir la entrada de algún fantasmal invasor.

En medio de la noche unos golpes atronadores hirieron el simulado reposo nocturno. Las seis personas que entonces habitaban la casa corrieron aterradas hasta el patio central. Mi abuelo hizo un gesto con su mano derecha instándolos al silencio.

— Si golpean no es una mala señal, demasiada amabilidad para pasarnos por la espada. ¡Ocultaos!, ordenó en voz baja pero firme.

Sólo Adelphos acompañó a mi Abuelo. Los dos recorrieron rápidamente el pasillo que llevaba a la puerta de entrada, mientras el anciano Meles se apresuraba a esconder a las mujeres.

— ¡Quién llama!, preguntó Musa a viva voz.

— ¡Médico Musa, abre, soy Cafis! ¿Me recuerdas? ¡Soy Cafis, el focio!

A pesar del tiempo que hacía que Musa no escuchaba el acento jónico y el peculiar tono agudo de aquella voz, lo reconoció al instante. La mente de mi abuelo ató cabos en una décima de segundo. Se decía que Cafis estaba del lado romano, luego: los romanos estaban buscándole. Se apresuró a abrir la puerta. Tres hombres con capas griegas oscuras escoltaban a Cafis, igualmente cubierto con una sencilla clámide. Descubrió su rostro a Musa y con la velocidad de un rayo uno de los que venían atrás empujó a Cafis hacia el interior de la casa y los otros dos hicieron lo propio con Musa y Adelphos.

Los seis hombres se encontraron en un instante en el patio central de la casa. Los tres que acompañaban a Cafis se despojaron de las prendas griegas, mostrándose como lo que eran: tres recios milites romanos. Bajo la tenue luz de las antorchas Musa podía verlos al descubierto. Eran decididamente soldados de distintas categorías. El mayor de unos treinta y tantos años, era quien con sus gestos dominaba la situación; el segundo más joven, de unos veinte tantos, de cabello castaño rizado y vivaces ojos oscuros, con aspecto de gladiador, no perdía el más mínimo movimiento de Cafis, de Musa o de Adelpho y no separaba su manaza derecha de la empuñadura de la espada, su cara se veía surcada de antiguas y flamantes cicatrices; el tercero era casi un adolescente, aunque mucho más alto que los otros dos, un Apolo con un rostro de rasgos inconfundiblemente galos, se mantenía expectante en un tercer plano. Cafis habló espaciando cada una de las palabras que pronunciaba.

—Perdónanos Musa por esta visita tan inesperada… Estos amigos que me acompañan son romanos, como habrá notado…

— ¡Imposible ignorarlo Cafis! Pero disculpa que te interrumpa, amigo, hay algo que me intriga sobremanera… ¿Cómo es que habéis logrado cruzar sin problemas la muralla?

Cafis sonrió. Era uno de esos hombres de sonrisa fácil, pero no cualquiera, sino la justa, la precisa. La gentileza de su trato confería a Musa una cierta tranquilidad. Mi abuelo Musa intentaba parecer relajado, procuraba mirar lo menos posible a los otros tres, quienes no presentaban una imagen demasiado alentadora, con sus músculos alerta, eran tres lobos expectantes, al acecho del peligro o de una posible presa. Fue el mayor de los tres soldados el que respondió:

—Aquí, el joven milite Aulio Celso ha descubierto en su ronda por las inmediaciones el derrumbe de un lienzo de la muralla sudeste de la ciudad. ¿No es verdad Aulio Celso?

El enorme pelirrojo, el más joven de los tres romanos, se puso aún más colorado todavía de lo que era. Miró al más viejo, quien asintió con la cabeza, como dando su consentimiento para que tomase la palabra. Con una voz grave, que intentaba ocultar su naturaleza todavía juvenil, y que dejaba traslucir su orgullo por el descubrimiento, Aulio contestó con sinceridad:

—En realidad escuché casualmente por la tarde a unos ancianos que comentaban que era una locura que hubieran descuidado aquella zona, que no entendían por qué no se había reparado aún. Así que me acerqué con el caballo desde la zona de la muralla de Temístocles, donde me encontraba, hacia la puerta Sacra y encontré en el trayecto el derrumbe del que hablaban los viejos. ¡Lo bueno es que por allí no sólo somos capaces de pasar nosotros, sino cualquier ejército!

Un escalofrío recorrió la espina dorsal del médico Musa. Esa simple frase del muchacho confirmaba la sentencia de muerte de su amada Atenas.

—Esto que ha descubierto Aulio Celso es muy importante para el fin de esta guerra, que es lo que todos queremos, se apresuró a agregar Cafis.

A pesar de intentar enfriar la situación, Musa pudo ver la angustia que reflejaban los ojos verde esmeralda del focio. Sabía que era sincero, que deseaba el fin de la guerra. Incluso lo envidiaba, pues Cafis había decidido de qué lado estar, y él sólo se había atrincherado entre las paredes de su hogar a esperar que lo cazasen como a una pobre rata. Quiso persuadirse: ¿y si los romanos eran el mal menor? ¿Acaso alguna vez el cónsul romano Flaminio no había sido capaz de declarar a Grecia libre de todo impuesto[10] y de toda guarnición, siendo aclamado por el pueblo griego como liberador de las garras de Filipo de Macedonia? ¿No podría ser acaso Lucio Cornelio Sila, ese patricio romano, una suerte de libertador?

—Dime Cafis, ¿qué queréis de mí?

—Lucio Cornelio Sila necesita de tus servicios como médico.

—¡Vamos Cafis, no juegues con mi dignidad! ¿No me dirás que le faltan médicos a este gran noble romano?

—Los que tiene no dan en el clavo, Musa. Empeora día a día… Me disculparás que te haya mencionado, pero no conozco un médico mejor que tú en Atenas. ¡Aunque los haya mucho más ricos, claro!

A pesar de lo tirante de la situación los dos sonrieron. Musa acotó:

—Me ha parecido escuchar algún corrillo popular que decía…

—“¡Si una mora amasaras con harina hallarás entonces el retrato de Sila!”, respondió el joven Aulio rematando a Musa con un griego ático perfectamente imitado. Los tres milites soltaron unas fuertes carcajadas que volvieron a estremecer la columna del acorralado médico.

— ¡Si que eres listo muchacho!, dijo el mayor de los milites admirado, y agregó:

—Permitidme presentarme, médico Musa, soy el centurión Marco Ateyo, éste fortachón es mi sombra, el soldado Manio Gelio y el muchacho que nos mira desde arriba ya te lo han presentado; este Aulio Celso es el cerebro que los dioses se olvidaron de darnos a Manio y a mí mismo en el cuerpo de un futuro coloso. Soltó otra carcajada, festejando sus propias palabras, e instantáneamente miró a mi abuelo a los ojos e infló su pecho acorazado. Puso su pesada mano sobre el hombro de Musa y lo presionó con sus dedos.

—Si Cafis de Focea cree que puedes ayudar a Sila es que puedes, médico Musa. Ni se te ocurra escapar, ni se te ocurra hacer algo para acabar con tu vida hasta que nuestro Imperator no esté en condiciones de presentar batalla. Si lo haces, volveremos aquí y quemaremos tu casa con los que hay adentro. Es más: si no logras que nuestro comandante pueda ponerse en pie en cuarenta y ocho horas te incluiremos también en la fogata. ¿Entendido médico griego?

—Entendido Marco Ateyo. Ahora necesito saber todos los síntomas de Sila para cargar la medicación conveniente: ¿tiene fiebres, picazones…?

Fue Cafis quien respondió procurando aliviar la tensión:

—Todo eso y un gran estado de… locura. Es necesario por el bien de Atenas y de Roma que lo cures para poder poner fin a este sitio lo más pronto posible, Musa. Estoy seguro, confío en que puedes aliviarlo.

—Bien, os suplico que me deis algunos minutos...

—Sabes que cuantos menos mejor, respondió el focio.

—Bien Musa, adelante –asintió Marco Ateyo. Acompáñalo Aulio Celio, a partir de ahora tú serás su sombra. Si él muere o escapa, tú mueres, su familia muere y la tuya, que está en el campamento, a lo mejor muere también.

El muchacho inspiró e hizo un leve asentimiento con su cabeza. Mi abuelo sintió una espontánea corriente de simpatía por el pobre muchacho, le recordó a su hijo más pequeño, y un nudo le traspasó la garganta. Dirigiéndose a Adelphos, que se había mantenido alerta en todo momento, le indicó:

—Trae todo lo que consideres necesario, mientras yo recojo algunos enseres personales y otras drogas que puedan sernos útiles, Adelphos. Enseguida estoy con ustedes señores…

Musa caminó rápidamente atravesando el patio, con el joven Aulio pegado a sus talones. Mi abuelo era un hombre de estatura mediana, un poco más alto que un romano medio, muy delgado, se movía como una gacela. Cuando Musa daba cuatro pasos Aulio daba dos, con sus largas, increíbles piernas. Casi al unísono ingresaron al andrón; Musa abrió una pequeña puerta que había en una esquina. Entraron a una especie de despensa en la que algunas hileras de vajillas y jarrones se exponían cuidadosamente en estanterías, junto a frasquillos muy pequeños casi diminutos, recipientes de fármacos diversos. Musa corrió una cortina y atravesó un estrecho pasillo, en el fondo del mismo se hallaba una portezuela de la mitad del tamaño de una puerta normal. Mi abuelo dio tres golpes pequeños, luego dos, luego uno. La portezuela se abrió. Allí estaban los demás habitantes de la casa, pero sólo Dina salió a gatas. Musa le ofreció su mano para ayudarla a incorporarse y la abrazó unos segundos en silencio.

—Este joven es mi guardia personal, Dina, se llama Aulio Celso y nuestras vidas dependen una de la otra. Si me deja morir ustedes morirán y él y su familia también, así que podemos hablar con confianza delante de él. Me llevan donde Sila, parece que el romano está muy enfermo. No sé cuándo volveré, pronto las tropas atravesarán las murallas…

—Qué extraño me resulta todo esto. ¿No tiene acaso médicos romanos ese gran señor?

—Lo mismo les dije yo. Pero parece que no dan con la cura correcta. Fue Cafi de Focea quien les habló de mí, ¿lo recuerdas?

—Por supuesto, un hombre agradabilísimo, muy bien relacionado, sobre todo con los romanos.

Aulio Celso se separó un par de metros con la madurez de un joven anciano, comprendiendo lo delicada de la situación, se puso casi de espaldas confiando en que mi abuelo no haría nada por escapar. Musa sabía que el joven hablaba un griego bastante bueno, así que intentó bajar la voz todo lo que pudo. Marido y mujer se susurraban al oído, con los cuerpos muy cerca, casi abrazados uno al otro.

—Ve tranquilo esposo. Ya lo hemos conversado con Meles y las mujeres. Todos ellos son mayores y no quieren cambiar de amo y yo jamás seré una esclava. Si nuestros hijos no están muertos pronto lo estarán...

— ¡Por todos los dioses, Dina, no os apresuréis ni cometáis locura alguna! Esperad a que regrese…

— Mi querido Ariómico…

Antes de continuar, Dina le tomó el rostro con ambas manos para poder ver sus ojos mientras le hablaba. ¡Hacía tanto tiempo que al médico Musa no le llamaban de aquella manera! Una sensación de vértigo le subió por las piernas. Era ese su apodo de niño, así le decían su madre y su padre; Ariómico: “el jefecito” de la casa. Dina continuó:

—Me dices: “no sé cuándo volveré, pronto atravesarán las murallas”, luego: “esperad a que regrese”. Tú sabes mejor que yo lo que harán de nosotros los romanos cuando atraviesen las murallas. ¿Crees que te dejarán salvarnos antes? ¡No delires Ariómico! Nuestra ciudad no se ha rendido, cuando se harten de matar, si acaso tienen ganas, nos venderán como esclavos. No me pidas lo que no somos capaces de darte. Si puedes conserva la vida de ese joven, hazlo, hasta soy capaz de pedírtelo por favor, querido mío, la de él y la de su familia; después de todo tu vida es lo único que él necesita ahora mismo para evitar la muerte. El destino ha querido que este muchachito esté del lado de los vencedores, pero su suerte bien podría haber sido la de nuestros hijos. Permíteme emigrar a ese otro lugar a donde sólo se encuentran los justos, y si como decía Platón no hay mal alguno para los buenos cuando se vive o cuando se muere, ¿no crees que haya sido lo suficientemente buena para librarme de más dolor?

Un silbido agudo interrumpió a Dina.

—Es Marco Ateyo, médico Musa, hora de irnos –dijo Aulio Celso. Me voy adelantando para que se despida de su esposa, pero de prisa, se lo ruego.

—Gracias muchacho.

Cuando Aulio comenzó a andar Musa abrazó a Dina.

—¡No hay otra mujer en el mundo que haya sido más buena para mí! Musa la besó en los labios; sus ojos, de un gris más oscuro que el acostumbrado, se cargaron de lágrimas contenidas. El recuerdo de infinitas noches atravesó su piel con el mismo filo de una daga romana.

—Y no me pidas tú tampoco lo que no puedo darte, querida, no sé cuánto tiempo me dejaré llevar como a un imbécil. Te quiero. Perdóname si no te lo he dicho más a menudo. No termino de comprender lo que nos está pasando, esta pesadilla…

—Mi Ariómico, has sido mi hermano, mi hijo, mi padre, mi esposo, mi amante. Has sido mi sino y me has hecho feliz. Si me hubiera sido dado elegirte, te hubiera elegido. ¡Haz lo correcto y vete antes de que esa mora amasada con harina se impaciente y se cargue a ese chiquillo y a su familia! Después de salvar su vida, salva la tuya de manera que te sientas en paz. Y si tienes la oportunidad de vivir con dignidad no les regales tu vida.

Aulio Celso chistó desde el fondo del pasillo e hizo un gesto con su mano derecha apurando a Musa. Musa sonrió a Dina por última vez, le besó ambas manos, la abrazó atrapando el olor de su cuello. Se besaron y acariciaron de memoria. Dina le entregó una pequeña bolsa de cuero y le sonrió rozando los labios de su esposo con los dedos por última vez. Musa se alejó, apurando la marcha, mientras Dina lo miraba deshacerse en la oscuridad. Como un autómata, el médico fue echando frasquillos en aquella bolsa a medida que recorría las estanterías que iba dejando atrás.

Desde el preciso instante en que Musa dirigió sus pasos camino del campamento romano, intentó borrar todo vestigio de su vida anterior, se transformó en un mero instrumento de un destino impropio. La casa de Musa quedaba en las inmediaciones del Ágora. A diferencia de Roma en que los barrios estaban perfectamente discriminados en cuanto a la jerarquía social de sus habitantes, en Atenas los hogares de los ricos se mezclaban con las casas más humildes. La vivienda de Musa no era excesivamente espléndida, pero poseía una sencilla dignidad. Herencia familiar, su hogar había sido embellecido por años de mediana prosperidad y escrupulosa reputación. Algunas pocas obras de arte y sobre todo sus amados libros eran sus mayores tesoros. No podía ni quería imaginar que su mundo pudiera transformarse en apenas un recuerdo.

Los seis hombres salieron a la calle dispuestos por Marco Atreyo en tres grupos de a dos: el propio Marco Atreyo junto a Cafis, Manio Gelio junto a Adelphos y mi tío abuelo Aulio Celso junto a mi abuelo Musa. Se dirigieron a pie y en absoluto silencio por el Dromos en dirección a la Puerta Dipylon, aunque se desviaron mucho antes de llegar a la misma, previendo que la vigilancia estaría reforzada en aquella zona. Pero de la totalidad del grupo era el joven Aulio quien se manejaba entre las calles de la ciudad de Atenea como si fuera un hijo de la propia diosa, decididamente era el guía perfecto. Una vez transpuesta la zona en que la muralla estaba semidestruida, un grupo de diez soldados los esperaba junto a los caballos para cabalgar hacia el final del itinerario. Habían atravesado la ciudad cubiertos por el manto de la noche, protegidos por los dioses o tal vez por el espectro moribundo de Lucio Cornelio Sila, quien esperaba en el campamento romano que mi abuelo Musa lo devolviera por fin a la vida. Si la totalidad del tiempo no era más que una única noche, éste no se había acabado aún para el médico Musa.

Por Viviana Cecilia Atencio

[1] Año 129 a. C.

[2] gineceo (gynaikeíos, de “gyné”, mujer): área de la casa destinada a las mujeres (libres y esclavas).

[3] Año 330 a. C.

[4] Año 89 a. C.

[5] del latín vesper: tarde.

[6] Cobradores de impuestos.

[7] Año 87 a. C.

[8] Habitación de los hombres, sala de reuniones, simposios o banquetes.

[9] Sofá muy similar al triclinum romano.

[10] Año 197 a. C.