martes, 21 de julio de 2009

Nacer mujer en la Roma de Augusto


“No podemos decir cuál fue el tercer nombre de Gayo Mario, al modo que no se sabe tampoco el de Quinto Sertorio, que mandó en España, ni el de Lucio Mumio, que tomó a Corinto, porque el de ‘Acaico’ fue sobrenombre que le vino de sus hechos, como el de Africano a ‘Escipión’ y el de ‘Macedonio’ a Metelo. Por esta razón principalmente parece que reprende Posidonio a los que creen que el tercer nombre era el propio de cada uno de los romanos, como Camilo, Marcelo y Catón, porque quedarían sin nombre- decía- los que sólo llevasen dos. Mas no advierte que con este modo de discurrir deja sin nombre a las mujeres, pues a ninguna se le pone el primero de los nombres, que es el que Posidonio tiene por nombre propio para los romanos. De los otros, uno era común por el linaje, como los Pompeyos, los Manlios, los Cornelios, al modo que si uno de nosotros dijera los Heraclidas y los Pelópidas, y otro era sobrenombre de un adjetivo que indicaba la índole, los hechos, la figura del cuerpo o sus defectos, como Macrino, Torcuato y Sila, a la manera que entre nosotros Mnemón, Gripo y Calinico. En esta materia, pues, la anomalía de la costumbre da ocasión a muchas disputas.” (Vidas Paralelas, Plutarco)


En tiempos de Caliópila el origen de una mujer romana era su destino y el de sus hijos. Aun cuando no estuvieran casadas con romanos siempre engendraban hijos romanos. Se decía que en Roma “los niños seguían a su madre”, formaban parte de sus entrañas. Los recién nacidos conservaban invariablemente la condición de aquella que los había procreado. Si al ser concebidos su madre era esclava, serían esclavos; si era liberta, libertos; si era ciudadana serían ciudadanos o ciudadanas… La denominación legal era origo (origen). Con la expansión del Imperio, y gracias a las leyes augustas, fueron considerados romanos todos aquellos que hubieran nacido bajo la condición de ciudadanos en cualquiera de las ciudades incorporadas a la supremacía imperial. Quienes nacían de un ciudadano romano poseían la origo de su padre, pero quienes nacían fuera del matrimonio conservaban la de su madre. Aunque el origen paterno no era su lugar de nacimiento, sino la ciudad de la cual lo extraía. La ciudadanía de los ascendientes se prolongaba como un largo tentáculo en la de los descendientes.

Desde el punto de vista materno la madre proporcionaba la prima origo. El hijo o hija, desde el momento del parto, tomaban la ciudadanía que la madre poseía en ese instante. Pero al ser la “primera”, la ciudadanía local sólo le venía a partir de la madre, no iba más allá. Lo que provenía de la mujer no se situaba en una sucesión temporal, sino que representaba siempre un comienzo absoluto. Con respecto a la adopción, las mujeres romanas estaban incapacitadas para hacerlo, ya que ni siquiera tenían bajo su potestad a los niños que habían parido. El hecho de que siendo solteras pudieran dar la ciudadanía a sus hijos no significaba que tuvieran su custodia. Las madres, de acuerdo a la lex romana, estaban siempre privadas de la tutela de sus hijos menores. En el caso de no poseer marido legal esos niños quedaban bajo el amparo del pater familias de su madre, sea quien fuere este hombre: el padre de la mater, o si éste hubiera muerto algún familiar paterno (abuelo, tío, hermano, sobrino…). Libertad, esclavitud o ciudadanía eran transmitidas en el nacimiento como señal de que una vida emanaba de la otra. Y eso era todo. A partir de allí cada uno llevaría su propia existencia…

Aunque esta norma aparentemente rígida no lo era en la práctica. Los padres del derecho occidental también, una vez hecha la ley, organizaban las trampas. Aun sin ser alterada la ley podía ser escamoteada. Desde la época republicana, más allá de la norma, las viudas criaban solas a sus hijos, controlando su manutención y educación hasta su emancipación en la edad adulta. Igualmente era bastante común que, en caso de divorcio, la mujer obtuviera de su marido la custodia de sus hijos. Ya en el 100 a.C. una fórmula testamentaria citada por Quinto Mucio Escévola prescribe que “se críe a los hijos y las hijas allí donde su madre quiera que se eduquen”. La historia nos brinda innumerables ejemplos de romanos criados por sus madres, desde los hermanos Graco, pasando por Catón de Utica, hasta el propio Augusto. En todo caso estas “licencias” legales no eran más que eso.

Mientras era el pater familias de cada fémina quien elegía a sus esposos, los hombres no se cortaban a la hora de elegir mujer por el hecho de si estas eran o no romanas. Si un romano tenía suficiente dinero para comprar la libertad del padre de una mujer, aun siendo ésta una esclava, más tarde o más temprano podía transformarla en su esposa legal. Esposa que engendraría romanos y romanas. Aunque esto no estaba del todo bien visto, sobre todo en las primeras clases, las leyes y costumbres continuaban admitiendo excepciones. Y transgresiones. Como en todas las épocas, existían entonces “grandes hombres”, casi próceres en vida, que se sentían lo suficientemente poderosos como para pasar por encima de lo que la gran tradición mandaba.

Citemos al ultra conservador Catón el Viejo (234 a.C-149 a.C) –¡Marco Porcio Catón Priscus el Censor!–que se casó en segundas nupcias con una joven y voluptuosa esclava pelirroja llamada Salonia. Toda una vida de virtud y conservadurismo tirada a la basura en su cenit en pos de un cuerpo tierno y bello. Los hijos del primer matrimonio dejaron bien claro para el porvenir que eran los “catonianos licinianos” (descendientes de su primera difunta esposa, una aristócrata romana de la gens Licinia) y que los de la segunda camada eran los “salonianos”, simples descendientes de esclavos. No volvieron a dirigirle la palabra ni al pater Catón ni a sus descendientes pseudo romanos. Pero, por esas compensaciones de la diosa Fortuna, será un retoño de la nueva rama el que hará historia: Catón el joven –Marco Porcio Catón el Uticence– (95 a. C.-46 a.C.). Este biznieto del Censor fue inflexible, escrupuloso como senador. Jamás dejó de asistir a una sesión del senado, criticando públicamente a aquellos que no lo hacían. Desde el primer día se alineó con los optimates (los mejores), la facción más conservadora del Senado. Muchos de los optimates de aquel momento habían sido amigos personales de Sila, a quien Catón había desdeñado desde su juventud, pero el pelirrojo saloniano se forjó un nombre devolviendo a la facción a sus raíces republicanas originarias. Enemigo acérrimo de Cayo Julio César (quien fuera por largo tiempo amante de la hermanastra de Catón, Servilia Cepionis, madre de uno de los futuros asesinos de César, Marco Junio Bruto) prefirió arrojarse sobre su espada a la indignidad de soportar la clemencia del dictador populista.

Si comparamos las leyes romanas con las griegas observamos que las ciudades helénicas nunca transmitieron su estatus a los hijos ilegítimos. En estas ciudades un ciudadano y una extranjera daban luz a bastardos, un extranjero y una ciudadana a extranjeros. Sólo más tarde se concederá el derecho a la ciudadanía a los hijos bastardos de padre ciudadano y madre extranjera. En Grecia la transmisión se daba únicamente a través del padre. Serán, por lo tanto, los romanos (también los judíos) de la antigüedad quienes revaloricen a la mujer a través del estatus natural que ésta transmitía a sus hijos al nacer.

Los romanos creían en la fuerza del nombre propio y crearon complejos rituales y ceremoniales a la hora del nacimiento. ¿Cuándo se proporcionaba el nombre a los recién nacidos? En primera instancia el recién nacido debía ser reconocido como persona, y lo era si reunía tres requisitos: a) nacer vivo: respirar, hacer algún movimiento, emitir algún sonido; b) poseer un cuerpo completamente separado del cuerpo de su madre una vez cortado el cordón umbilical; c) tener forma humana.

El niño o niña debía ser legitimado primero por su pater familias, en el curso de una ceremonia que tenía lugar delante del hogar doméstico: la tollere filium. Para las niñas sucedía en el octavo día de existencia, para los niños, en el noveno; en ambos casos se denominaba dies lustricus (día de la purificación). Durante esta ceremonia, el pater familias –padre, abuelo paterno, bisabuelo paterno o en su ausencia, la persona que ocupe su lugar– debía elevar al niño o a la niña desde el suelo (tollere filium: sostener tomar al niño; no obstante consideremos la pluralidad de significados del verbo “tollo”: levantar, elevar, cobrar o infundir valor, educar, engendrar, matar, aniquilar, anular…) hacia los cielos. En ese gesto, a viva voz y ante testigos, indicaba que lo reconocía como hijo propio, aunque el niño no fuera necesariamente hijo natural suyo. Non tollere filium significaba condenarle a la muerte por exposición. A continuación el niño era purificado (lustratus) y se le ponía alrededor del cuello la bulla (medallón con amuletos), que podía ser de oro (aurea) o de cuero (scortea). Recién entonces se le imponía su praenomen.
El recién nacido (pupus) adquiría el praenomen (equivalente al nombre de pila actual) al nacer, además de un nomen (el nombre de la gens, familia o linaje a la cual pertenecía) y un cognomen (que indicaba la rama familiar dentro de una misma gens), si era patricio. Así Cayo Julio César, pertenecía a la rama de los Julios denominada César, los de buena cabellera, o “peludos”; algo irónico si pensamos que César era bastante calvo. En caso de ser plebeyo sólo poseía los dos primeros. Algunas veces se añadía además un agnomina, agnomen honorario o cognomen ex-virtue. Éste se transformaba en el tercer nombre, en caso de ser plebeyo o cuarto nombre, en caso de ser patricio. Si era patricio diferenciaba aún más una sub rama familiar de otra y se daba producto de alguna hazaña o característica de algún miembro de la familia, al cual se le permitía engalanarse con un cuarto nombre, transfiriendo el orgullo a su descendencia, aunque en la mayoría de los casos no era transferible o heredable. Por ejemplo Publio Cornelio Escipión luego de sus victorias militares en África pasó a llamarse Publio Cornelio Escipión el Africano. Como éste era un agnomen su hija, la madre de los hermanos Graco, llegó a ser conocida como Cornelia la Africana. Sin embargo los hermanos Graco no heredaron dicho agnomen. En el caso de Cneo Pompeyo, éste no tenía orígenes patricios, sino que provenía de una familia de ricos caballeros rurales. Una vez hubo ascendido en la escala social pasó a llamarse Cneo Pompeyo Magno, es decir que agregó un agnomen honorario a sus praenomen y nomen.

Con relación a los nombres femeninos originariamente sólo se les daba el nomen del padre en su forma femenina, si tenían padre romano, o el del abuelo materno si sólo la madre era romana. Así que si era hija o nieta de un Antonio la llamaban Antonia, y si tenían más de una hija las numeraban: Antonia Prima, Antonia Secunda y así, sucesiva y monótonamente, hasta la última. Si eran sólo dos podían ser Antonia Maior y Antonia Minor. Cuando alguien externo a la familia se quería referir, por ejemplo, a la Julia hija de Julio César, para diferenciarla de otras Julias, lo hacía indicando el caso posesivo del cognomen paterno, y si el padre carecía de uno utilizaba el nomen del esposo, en caso de estar casada. Así que, si se referían a la hija de Cayo Julio César, la llamarían Julia Caesaris (Julia de César).

Hacia finales de la República, y sobre todo durante la época de Augusto, se produce un cambio significativo en los nombres de las mujeres, quienes pasarían a heredar el cognomen paterno en su versión femenina, como ya lo venían haciendo los hijos varones. Un ejemplo clásico que se utiliza para referirse a este cambio lo tenemos en Livia, la esposa de Augusto. Livia Drusila era hija de Marco Livio Druso y heredaría tanto su nomen como su cognomen en la versión femenina. Otro cambio iniciado por Augusto consistía en que el nombre de la mujer reflejara sus conexiones familiares más importantes, sin importar que ésta se casara. Si la mujer había sido hija o nieta, por ejemplo, de un hombre distinguido su nomen no cambiaría por el de la gens de su marido al contraer matrimonio, reflejando así en su nombre la importancia de su linaje; pero si se casaba con un hombre de estirpe más distinguida podía, si le apetecía, cambiar su nombre y ganar más estatus. Sucedió con Julia, la hija del emperador Augusto, que mantuvo su nombre a pesar de haberse unido en matrimonio con Marco Vipsanio Agripa, gran amigo de su padre, perteneciente a una rica familia ecuestre, pero de rango inferior. Dentro de la misma línea legal, la primera hija de este matrimonio es llamada Julia Agripina y no Vipsania. Con el tiempo sería conocida, sin embargo, como Agripina La Mayor. La nieta de Augusto –a diferencia de su madre Julia, que terminó exiliada en la isla de Pandataria, acusada de libertina por su propio padre– fue una mujer ejemplar. Condenada al exilio por Tiberio, a quien acusaba como principal inductor de la muerte de Germánico, su esposo, murió en el 33 d.C. en la misma isla que su madre. Aunque tal vez su gran mácula para la historia fuera parir al cruel Emperador Calígula (el botitas)… Es importante esta innovación producida durante el gobierno de Augusto, ya que el sistema para designar el nombre familiar de las mujeres y de sus hijos deja de basarse estrictamente en el sexo de sus antepasados, pasando a considerarse la distinción del linaje. Desconocemos por las fuentes qué sucedía exactamente con las clases inferiores, aunque a través del las memorias "Romanas" de Antonia Musa Caliópila encontraremos algunas respuestas que pueden resultar interesantes…


Por Viviana Cecilia Atencio


martes, 14 de julio de 2009

En torno a la Venus Calipigia


"La estatua de Venus Calipigia, la de las hermosas nalgas, se miraba el trasero mientras se desvestía o vestía, nunca lo supe bien del todo. Pero lo que más me gustaba de ella era que había sido un regalo de mi abuelo Celso a mi madre en el día de su boda. Mi madre me contó que aquel día, en brazos de su padre (como es la costumbre en nuestra ciudad), al atravesar el atrio mi abuelo no la entregó rápidamente a su flamante esposo –mi padre, el médico Musa– sino que, casi corriendo, se acercó hacia el patio iluminado por antorchas y le susurró al oído:;

— ¡Que Venus te sea propicia, a ti, mi pequeña, digna hija de Venus!

Cuando mi madre, apartando su velo color azafrán con una mano y sosteniendo su corona de verbenas de flores blancas con la otra, miró por encima de su hombro izquierdo, vio una Venus que, con gesto descarado en su inocencia, se miraba las nalgas desnudas. Su risa espontánea contagió a mi abuelo, y mi padre salió también al patio sumándose a las risas. Cuando por fin se detuvieron mi padre preguntó.

— ¿No os estaréis riendo de mí verdad?

Y los tres volvieron a reír.

El abuelo Celso decía haber traído la estatua de Siracusa en donde estaba su templo original. Pero mi madre nunca le creyó, aunque le encantase la estatua. Tal vez tuviera razón, pues a lo largo de mi vida he visto en nuestra ciudad otras tantas estatuas romanas de esta Venus, muy similares a la que tenemos en nuestro jardín… Cuando hace algunos años, pude visitar el templo de origen griego de la diosa en la ciudad siciliana observé, por ejemplo, que la Afrodita Calipigia, no era de mármol sino de bronce, aunque la similitud en los rasgos era extraordinaria, al igual que el gesto de la versión romana: sostener la túnica para mirarse o exhibir las nalgas.

El origen del culto de esta Afrodita de las Bellas Nalgas (no sé si sabréis que en griego “kalos” significa bello y “piges” nalgas) es controvertido. A mi me gusta aquel corrillo popular según el cual el templo fue erigido por dos acaudaladas hermanas de dotadas nalgas. Cuentan las antiguas que las dos hijas de un granjero relativamente próspero, bellas, alegres y de agudo ingenio, apostaron un atardecer de estío siciliano por la belleza de sus traseros, a ver cuál de los dos era merecedor del primer premio.

—Salgamos y enseñemos nuestras retaguardias al primer muchacho guapo que pase por el camino, dijo Aspasia, la más joven.

—Pero tú le hablas primero, aclaró Helena, la mayor.

— ¡Y tú le enseñas primero las nalgas!, contestó Aspasia.

— ¡Hecho!

Las muchachas vivían en las afueras de la ciudad, por lo cual debieron esperar mucho tiempo hasta dar con el juez apropiado. Dejaron pasar a un par de transeúntes: al primero porque era demasiado viejo, al segundo porque era demasiado feo. Por fin apareció por la cuesta del camino un hombre joven, de anchos hombros y túnica cuidada. En el preciso momento en que llegó hasta donde ellas estaban y las vio, Helena se levantó la túnica y sonriendo se miró las nalgas. Pero él no vio sólo sus nalgas, sino a toda ella: vio su gesto descarado, su mirada divertida y sin lascivia, el mohín de su boca, el verde en sus ojos iluminados por la puesta de sol asomarse bajo oscuras pestañas, la piel dorada dibujar sus piernas, las manos sosteniendo la túnica…

Así es que cuando Apasia le contó sobre la apuesta y a su vez le enseñó las propias nalgas, él ya no podía pensar más que en el culo de Helena. Por supuesto que votó a favor de ésta. De hecho se enamoró de ella (con sus nalgas incluidas). Tanto que cuando volvió a la ciudad le contó a su hermano menor lo que había sucedido. El hermano menor, muerto de curiosidad, fue a las afueras de la ciudad tan pronto como pudo para ver a las muchachas, y se enamoró de la hermana pequeña, incluso mucho antes de tener la suerte de ver su trasero desnudo. Así fue que cuando el padre de los muchachos, un caballero acaudalado, intentó hacer que sus hijos se casaran con mujeres de su posición, no pudo persuadirlos. Por fin trajo a las hermanas desde el campo, con el permiso de su padre, y las casó con sus hijos.

Cuando Helena y Apasia se casaron decidieron construir un templo en honor a Afrodita y llamaron a la imagen de la diosa Afrodita Calipigia, tal vez porque creyeron que una intervención de la divina fue lo las llevó a mostrarse y encontrar así el amor.

Lo cierto es que cuando mi abuelo entregó mi madre a mi padre lo hizo con una advertencia casi religiosa:

—Aunque parezca mortal, ésta que te entrego es una diosa…

Por lo que sucedió después coincidiréis conmigo que mi padre lo entendió justo al revés.


Por Viviana Cecilia Atencio

*Extraído de las memorias "Romanas" de Antonia Musa Caliópila (44 a.C - 40 d.C)

lunes, 13 de julio de 2009

Bienvenidos

Bienvenidos a las notas de Caliópila.
Personaje, mujer, romana, que un día se atrevió a escribir unas memorias...
¿Existió Caliópila en realidad? ¿Podremos recuperar su testimonio?
Este cuaderno lleva su voz y la de un deambular por los textos de una Roma de finales de la República hasta la desaparición de Augusto.