martes, 18 de agosto de 2009

Destino Roma


"Son pocos los que esperan la libertad, lo que desea la mayoría son amos justos”

Cayo Salustio Crispo, (86 -34 a .C.)

Quien escribe soy, Antonia Musa Caliópila, nacida libre y romana. Gracias a mi padre y sobre todo gracias a mi madre. Como mi segundo nombre es de origen griego, podéis deducir correctamente que alguno de mis antepasados fue, o bien un esclavo liberto, o bien un extranjero que pasó a engrosar la clientela de un romano. El extranjero, que se salvó por muy poco de ser esclavo, fue mi abuelo paterno, el médico ateniense Musa. Perteneció por algún tiempo a esa clase de habitantes de Roma cuya patria de origen había sido derrotada, a ese grupo clientelístico de la capital del Imperio conformado por los extranjeros sin patrón. Pero aunque no se le permitía residir en su ciudad, y fue obligado a emigrar a Roma, nunca había sido declarado oficialmente esclavo. Por fin obtuvo su ciudadanía y pasó a formar parte de la clientela de Cayo Antonio Crético, padre de Marco Antonio el Triunviro.

Escribo en el duodécimo consulado de Augusto, annus 749 después de la fundación de Roma, y en el 772 después de la primera olimpíada.[1] Hace unos treinta y nueve años que Augusto, venerado por muchos y no tanto por otros, dejó de ser Cayo Octavio para transformarse en Cayo Julio César Octaviano, hijo adoptivo del asesinado dictador popular Cayo Julio César.

Soy conocida en mi ciudad como Musa gnata,[2] aunque en la intimidad sea simplemente Caliópila, que es uno de esos apodos híbridos entre el griego y el latín, muy comunes en Roma. Con lo cual, sin padre o madre de orígenes patricios tengo, gracias al destino, tria nomina.[3] Con las leyes augustas podría haber sido Cornelia, como mi madre, en lugar de Antonia Musa, puesto que los Cornelio son de mayor alcurnia que los Antonios (mi abuelo materno es un Lucio Cornelio Celso). Pero mis padres sintieron siempre gran debilidad por las Musas. Que yo fuera una Musa era para ellos algo muy especial. Además, después de todo, la familia de mi madre se transformó en Cornelia gracias al patronazgo de Sila. ¡Desde Sila Roma está plagada de Cornelios libertos, manos ejecutoras de sus proscripciones, eficaces cortadores de cabezas! Las miles de cabezas que coronaron los rostra en el foro fueron el siniestro remate de la primera gran guerra civil entre romanos. Aunque tampoco parece que mis ancestros Cornelios hayan sido esclavos, y mucho menos pertenecientes a aquellas famosas bandas de decapitadotes silanos.

Los Cornelios Celso casi con seguridad eran de origen galo. Según pude saber se unieron a las tropas romanas en la Galia Transalpina, en la época en que fuera ocupada por el procónsul Domicio Ahenobarbo, quien construyera la vía Vía Domicia[4] para asegurar el camino hacia Hispania, y no contento con ello fundó la ciudad de Narbo Martius.[5] Esto sucedió allá por el consulado de Quinto Marcio Rex, ni más ni menos que el bisabuelo de Julio César.[6]

Mi tatarabuelo, el primer Aulio Celso, se alistó por entonces en las legiones, o tal vez lo reclutaran a la fuerza. Sea como fuere, las razones tendrían que ver con su supervivencia. Siempre me he preguntado: ¿cómo sería su nombre galo? Imposible saberlo. A través de lo que pude preguntar a quienes lo conocieron sólo me ha llegado que se le llamaba Aulio Celso. El “Aulio” podría haber surgido de un mote, que le vendría por su aspecto: de estatura elevada, sobre todo comparándola con la de un romano. Y el “Celso” no haría más que rematar la misma idea de altura, pero agregando un sentido de excelso originado en su perfección como copista de obras de arte. Al parecer era un artesano de exquisito talento. Aún hoy conservamos, después de tanto tiempo, algunas pequeñas obras que se han salvado de ser vendidas. De bronce o de hierro, representan extraños dioses que seguramente jamás conoceré, pero que en la niñez suscitaban en mi imaginación historias de bosques lejanos. Aquel galo y primer Celso pronto aprendió a hablar, a escribir y a leer en latín, lo que probaría aún más el sentido predestinado de su nombre.

Mi bisabuelo nació poco después en un campamento romano; como corresponde a la tradición del primogénito, también fue un Aulio Celso, y heredó de tal forma la pasión por la escritura que con el tiempo se transformaría en un excelente escribiente. Mi abuelo Lucio nacería también en un castrum,[7] siendo el menor de cinco hijos varones, de los cuales sobrevivirían sólo dos: él y el mayor, el tío Aulio.

Lucio demostró de pequeño tantas dotes para las letras y las ciencias como todos los Celso. En época de Sila, siendo apenas un niño de doce años, ya trabajaba en el campamento como alfabetizador de los soldados. Su padre Aulio llegó a ser asistente de Crisógono, el secretario liberto de Sila, quien al volver a Roma y transformarse en dictador le concedió la ciudadanía.[8] De todas formas, sus hijos ya eran ciudadanos romanos, e incluso Cornelios, pues su concubina, mi bisabuela, era una romana pobre, pero romana al fin. Cornelia tuvo que ganarse la vida como artesana en las legiones, pues su padre había estado muy cerca de ser esclavizado por deudas. Formar parte del gran grupo femenino de los castra fue para ella una gran fortuna: era una opción mejor a la esclavitud, a la prostitución, o a ambas cosas.

Mi bisabuelo Aulio y mi abuelo Musa se conocieron durante el sitio de Sila a Atenas.[9] Y casualmente juntos reiniciaron sus vidas en Roma. Inmediatamente surgió entre ellos una amicitia que se haría extensiva a sus jóvenes hijos, Aulio y Lucio. Aquella amistad se nutriría de intercambiar información sobre literatura, filosofía, ciencias… Mi bisabuelo Aulio moriría dos años después de llegar a Roma; mi abuelo Musa honró su amistad protegiendo a sus hijos como si fueran propios.

La diferencia de edad entre mis dos abuelos era, por lo tanto, considerable: ¡por lo menos tres décadas! Por eso mismo Musa pudo ayudarles a los dos hermanos huérfanos a pasar el trance que significó para ellos situarse en la que era la urbe más importante del mundo. Musa venía de una gran metrópoli como Atenas, los Celso habían vivido siempre circunscriptos a los límites de los campamentos militares. Los tres se encontraban diariamente, hacia la hora novena o décima del día,[10] en los alrededores del foro para visitar alguna taberna y comer algo ligero después de trabajar. Tras compartir la deliciosa rutina de los baños se dedicaban a su mayor vicio: un paseo por las librerías de los alrededores del foro. Por aquella época mi abuelo Musa vivía en el barrio del Subura, y los muchachos le acompañaban desde el foro, por el Argileto, hasta su casa. Durante toda su vida les llamó “mis lictores”,[11] pues cuando el sol caía sobre la ciudad, no era fácil la soledad en Roma. Siempre que debía visitar pacientes a deshoras en rincones inhóspitos lo hacía acompañado de sus elevados y jóvenes amigos pelirrojos. Era complicado, aún lo es, encontrar la entrada a los callejones de Roma, pero aún más difícil lo era hallar la salida.

Ya entonces la zona del Argileto comenzaba a ser un paseo codiciado por el pequeño sector de aficionados a la lectura e intelectuales de la ciudad. Muchas veces los tres hombres se detenían a la salida del Vicus Tuscus, junto a la estatua de Vertumno, el dios etrusco de las estaciones, a comentar sus hallazgos librescos. No era secillo para los ciudadanos que no pertenecían a la primera clase comprar algún volumina. La mayor parte de las veces lo adquirían reuniendo los ahorros entre los tres; otras, simplemente, tomaban anotaciones en humildes codex o cuaterni de ocho hojas rectangulares, cocidos en los bordes. Mi abuelo Musa acostumbraba conseguir libreros entre sus pacientes, especialmente para que le permitieran copiar durante un par de horas al día los textos a los que le sería imposible acceder de otra forma. Para aquella tarea contaba con la inestimable ayuda de los Celso, quienes tenían una rapidez y una claridad en la escritura que él no poseía. Mientras Aulo leía Lucio copiaba, y el médico Musa escuchaba embelesado, ya que la presteza de los hermanos era ciertamente asombrosa.

El abuelo Musa había tenido la desdicha de perder a su familia a manos de los soldados de Sila. En el contexto de la lucha de Roma contra Mitrídates, rey del Ponto, Atenas, gobernada por el tirano Aristón se había transformado en un títere de los pónticos. Después de un durísimo cerco el mismo Sila, a la cabeza de sus tropas, atravesó a medianoche las murallas de la ciudad causando el terror y el espanto con el sonido de los clarines y de una infinidad de trompetas, entre los gritos y la satisfacción de los soldados, a los que dio entera libertad para el robo y la matanza. Las legiones entraron corriendo desbocadas por las calles, con las espadas desenvainadas. Fue imposible saber cuál fue el número de muertos…

Los Celso eran ahora toda su familia, y para ellos él también lo era de algún modo. Sin padre y con una madre inmersa en un luto que llevaría de por vida, la compañía de mi abuelo, un hombre sabio con una increíble energía que se alimentaba de salvar vidas humanas, era una parte trascendente de su existencia. Cuando mi abuelo Musa pisó Roma por primera vez tenía cuarenta y seis años. Creía que era el fin de su vida y lo era, por lo menos de una de sus vidas. Le habían arrancado todo cuanto había poseído: a quien fuera su mujer y compañera durante veintiséis años, a sus dos hijos, su casa, su patria, su prestigio como médico, hasta su nombre ya no era el mismo. Sin embargo no era fácil descubrir el dolor en su rostro. Sólo algunas veces sus ojos, de un verde otoñal, miraban hacia el cielo, como si quisieran buscar o recuperar algo de todo cuanto se había desvanecido.

Durante diez años visitó a los enfermos de Roma y veló por sus vidas haciendo honor al juramento hipocrático:

Juro por Apolo el Médico y Esculapio y por Hygeia y Panacea y por todos los dioses y diosas, poniéndolos de jueces, que este mi juramento será cumplido hasta donde tenga poder y discernimiento. A aquel quien me enseñó este arte, le estimaré lo mismo que a mis padres; él participará de mi mantenimiento y si lo desea participará de mis bienes. Consideraré su descendencia como mis hermanos, enseñándoles este arte sin cobrarles nada, si ellos desean aprenderlo. Instruiré por precepto, por discurso y en todas las otras formas, a mis hijos, a los hijos del que me enseñó a mí y a los discípulos unidos por juramento y estipulación, de acuerdo con la ley médica, y no a otras personas. Llevaré adelante ese régimen, el cual de acuerdo con mi poder y discernimiento será en beneficio de los enfermos y les apartará del perjuicio y el terror. A nadie daré una droga mortal aun cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin. De la misma manera, no daré a ninguna mujer pesarios abortivos. Pasaré mi vida y ejerceré mi arte en la inocencia y en la pureza. No cortaré a nadie ni siquiera a los calculosos, dejando el camino a los que trabajan en esa práctica. A cualesquier casa que entre, iré por el beneficio de los enfermos, absteniéndome de todo error voluntario y corrupción, y de lascivia con las mujeres u hombres libres o esclavos. Guardaré silencio sobre todo aquello que en mi profesión, o fuera de ella, oiga o vea en la vida de los hombres que no deban ser públicos, manteniendo estas cosas de manera que no se pueda hablar de ellas. Ahora, si cumplo este juramento y no lo quebranto, que los frutos de la vida y el arte sean míos, que sea siempre honrado por todos los hombres y que lo contrario me ocurra si lo quebranto y soy perjuro.

Cuando algunos de sus pacientes pertenecientes a altos cargos o al orden senatorial lo impelían a alistarse en las legiones para acrecentar su fortuna, Musa decía ser demasiado viejo para ello. La verdad era que no podía soportar el ambiente de la guerra sin recordar las consecuencias que habían tenido en los suyos, los cuerpos desgarrados, el sonido del chocar de las espadas, el olor de las ciudades ardiendo, los gritos, el llanto impotente de las mujeres y los niños, muchedumbres enteras corriendo enloquecidas entre las llamas. O tal vez fuera que no deseaba volver a curar a quienes habían acabado con todo cuanto había amado. Se dedicó a sanar a los enfermos de esa ciudad que lo había absorbido, sobre todo niños, mujeres y ancianos. No sólo asistía a los ciudadanos medios y pobres, sino también a muchas de las familias acomodadas. Fue en una de ellas, la de los Cecilio Metelos, donde conoció a mi abuela Cecilia.

Aquel había sido un año trágico para Roma. Un grupo de gladiadores se había sublevado en una escuela de Capua,[12] en la zona de Campania, dando comienzo a la llamada “guerra de los esclavos”. Aunque no era la primera vez que algo similar sucedía, la última había sucedido hacía más de cincuenta años, en la lejana provincia de Sicilia. La rebelión se hallaba ahora demasiado cerca de la urbe como para que el terror se apoderara de la ciudad. Mientras Pompeyo y Quinto Cecilio Metelo Pío acababan con los últimos focos de la facción de Mario en Hispania, Roma temblaba ante la perspectiva de una invasión de esclavos.

De los supuestos setenta y cuatro gladiadores iniciales fugados, la suma se había ido multiplicando de una manera asombrosa. Sus líderes eran unos tales Espartaco, Criso y Enomao; el primero de aparente origen tracio y los dos últimos de supuesto origen galo. Otros nombres sonaban, eran los de Cánico y Casto. Habían huido de la escuela matando a los guardias con lo que encontraron a mano: desde cuchillos de cocina hasta utensilios de limpieza. La fortuna les había sido tan propicia que en la fuga se toparon con una caravana que transportaba cientos de armas para gladiadores. Se comentaba que rápidamente el liderazgo de Espartaco había ganado fuerza, que el tracio había militado en las tropas auxiliares romanas y que, habiendo desertado, se le capturó y fue convertido en esclavo. Fue vendido en una subasta a Léntulo Batiato, comerciante de gladiadores, dueño de la conocida ludus de Capua. Con buen ojo y conocimiento elegía a esclavos con formación o antecedentes militares. La crueldad de este comerciante en la instrucción de sus gladiadores era tan afamada como la calidad de sus espectáculos.

Se decía de los hombres de Espartaco que tomaban las decisiones como bárbaros, en consejos de iguales, que repartían equitativamente los botines entre sus seguidores, que los esclavos de las haciendas por las que pasaban se sumaban por centenares a sus filas, acabando primero con las vidas de sus antiguos amos. Se comentaba acerca de la capacidad de liderazgo de Espartaco que era incomparable a la de los anteriores líderes rebeldes, ni siquiera al profeta de los esclavos siciliano, el mago Euno.

Los rebeldes, por fin, se habían atrincherado en la boca misma del mons Vesuvius. El Vesubio era un monte consagrado al héroe y semidiós Hércules. Pensar que ese lugar divino era profanado por una horda de sublevados de servii producía aún más recelo en los romanos. ¿Qué pensarían los dioses de todo aquello? Las laderas de aquel monte estaban cubiertas de viñedos y flores, pero su ascenso hacia la cima era escarpado, y presentaba una suerte de anfiteatro de precipicios perpendiculares. Lo remataba en la cumbre un llano lo suficientemente espacioso como para situar el campamento del ejército de los esclavos. El primer grupo de soldados que fue enviado en su captura fue barrido rápidamente. La consecuencia inmediata fue que los esclavos cambiaron las armas de gladiadores por los sólidos pertrechos del ejército romano.

Alarmado, el senado envió a tres mil hombres bajo el mando de Clodio Glabro, quien estableció el campamento a los pies del Vesubio justo donde terminaba el único camino que descendía del monte. Pensando que lograría rendirlos de hambre y menospreciando al ejército servil, Glabro no tuvo la precaución de establecer una barrera de contención, tal como lo hubiera hecho cualquier general que se precie. Los esclavos fabricaron cuerdas y escalas con las parras y arbustos que crecían en las laderas del Vesubio. Por la noche, se descolgaron desde el precipicio del lado opuesto al campamento de Glabro. La sorpresa fue decisiva, ocasionaron numerosas bajas al ejército senatorial, obligando a los sobrevivientes a dispersarse en una desordenada fuga.

En un tercer intento Roma asignó la represión de los insurrectos al pretor Varinio con dos legiones,[13] que no sólo no pudieron derrotar a rebeldes, sino que además el propio Varinio pudo escapar por un pelo de ser capturado. Los esclavos fugitivos se fortalecían tras las batallas sumando más armas y más seguidores a su causa. Finalmente, con un ejército de setenta mil hombres se prepararon para la lucha futura. Jamás un ejército de esclavos había humillado de tal forma a los representantes del senado y del pueblo de Roma. La ciudad fundada por Rómulo y Remo temblaba de expectativa ante lo que sucedería. El ambiente era pesimista, apocalíptico. En ese marco mi abuelo Musa visitó la casa de Lucio Cecilio Metelo en una de las zonas más aristocráticas del Palatino. Su madre agonizaba. Acompañado del cirujano de origen griego Erasistro Apolonio, y de su asistente, el romano Marco Acilio, se presentó muy temprano por la mañana.

— ¡Golpea tú Marco, que eres el más joven y el más fuerte!

Un esclavo de edad avanzada les abrió después de largo rato de espera y los acompañó a través del vestíbulo y del atrio hasta el peristilo. Allí los recibieron dos mujeres, sentadas y sombrías. La mujer mayor les pidió, en un murmullo casi incomprensible, que la acompañaran hasta el cubículo en donde una anciana acurrucada en posición fetal agonizaba. El olor a muerte se abría paso a través del aire, nauseabundo, a pesar del incienso, la mirra y el especial aseo de la habitación.

—Ya no come ni habla. Sólo se queja. Hemos traído a los mejores médicos romanos y nos han dicho que queda muy poco por hacer. Han decidido no suministrarle medicina alguna. Pero es que a veces comienza a gritar y se retuerce como si un dolor insoportable se apoderara de su cuerpo.

Después de revisarla durante más de media hora, y hacer varias preguntas de rigor, el médico Musa fue conducido al tablinum.

–No quisiera defraudar la confianza que vuestra familia ha puesto en mí. Sé que soy su última esperanza, pero es evidente que algún tumor maligno ha avanzado provocado esta situación. Sólo su corazón resiste, seguramente ha sido una mujer que ha llevado una vida muy sana. Estos tumores malignos pueden ser tremendamente dolorosos. Creo lo mejor que podemos hacer por la señora es quitarle el dolor y el sufrimiento con jarabe de adormidera.

— ¿Insinúa usted que lo único que podemos hacer por ella es suministrarle un jarabe para niños?

—Así es. ¿Acaso no es esa la muerte que todos desearíamos? Vivir todos los años que la señora ha vivido, y deslizarnos en un sueño infantil hacia el mundo de los dioses.

—Déjeme pensarlo unos días…

—Muy bien, tal vez desee consultarlo con médicos más romanos que yo. Pero, a pesar de que su suegra se está muriendo, debemos compadecernos de su dolor. A veces el dolor puede ser mucho más terrible que la muerte.

—No, por favor, médico Musa, no piense que no confío en usted. Terencia, la sobrina de su amigo Terencio Varrón me ha hablado mucho de usted. Sé que es usted un médico de una gran dignidad. Si usted fue capaz de salvar a Sila de la muerte después de lo que él hizo con su familia y su ciudad, sé que sería incapaz de mentirme.

A mi abuelo no le gustaba que le recordaran aquella historia. Pero después de todo a él se también se le había escapado su situación de “pseudo romano”.

—Simplemente temo no tomar la decisión adecuada, médico Musa. Mi marido llega en pocos días y…

—Señora, un día ya puede ser demasiado tarde.

—Bien, médico Musa, haré lo que usted juzgue conveniente. Y puede usted llamarme por mi nombre, Flavia.

—Flavia: ¿Cultiva usted adormideras en su jardín?

—Sí, médico Musa, por supuesto, y de las mejores, las de flores blancas. Además tengo un esclavo médico que es un excelente recolector.

—Me gustaría conversar con él acerca de la concentración del preparado.

—Llamaré a Epícteto.

— ¿Epícteto, el ateniense?

—Si, ¿lo conoce usted?

— ¡Pero si estudiamos juntos en Atenas!

Flavia (mi bisabuela) acompañó a Musa hasta el atrio, hizo llamar a Epícteto y dejó, con gran sentido del pudor, solos a los hombres.

—Os dejo para que os pongáis de acuerdo sobre el preparado.

Cuando se retiró ambos hombres se abrazaron y seguramente algunas lágrimas rodaron por sus mejillas.

—He oído hablar de ti Musa, me alegra saber que no eres esclavo. ¡O es que debo llamarte Antonio, ahora que eres un romano!

—No seas cínico Epícteto, por favor, apenas soy un maldito híbrido.

—Eres un médico ateniense, amigo, que ha podido conservar su libertad gracias a la caridad de un buen romano. No te sientas culpable.

—Es tanto lo que quiero saber de ti, amigo. ¿Tienes algún rato libre como para juntarnos en algún sitio?

—Es muy difícil, pero dime algún lugar y una hora fija e intentaré escaparme algún día de estos.

—La estatua de Vertumno, a la hora décima. Y del preparado para la anciana Cecilia ni hablar, ¡si tú lo conoces mejor que yo! Sólo dime: ¿quién te ha hecho esclavo?

—Yo mismo Musa. Me era imposible sobrevivir en Atenas, me he vendido y enviado el dinero de mi subasta a mi hermana que tiene tres niños. Su marido, ¿lo recuerdas?, el pedagogo Ágaton, también se ha vendido.

Musa suspiró y e intentó sonreír.

— ¡Me alegra saber que estáis vivos Epícteto, tú y ese maestro cabezón con voz de trueno!

— ¡Me alegra tenerte cerca querido Musa!

Marco Acilio y Erasistro Acilio miraban la escena en silencio, como si de una ceremonia religiosa se tratase. Luego de ser presentados los cuatro hombres se separaron y ya estaban accediendo al vestíbulo cuando alguien chistó suavemente desde el peristilo. Era la joven mujer de rostro agradable que estaba junto a Flavia en el jardín.

—Disculpe, médico Musa…

— ¿Perdón?

—Me gustaría hablar un momento con usted. Primero: eso que usted dijo de deslizarnos hacia el mundo de los dioses con el sueño de un niño, me gustó, es una bella metáfora. En fin, que lo que usted quería era que mi madre comprendiera que, para poder morir en paz, mi pobre abuela debe dejar de sufrir. A muchos médicos romanos sólo les preocupan los enfermos cuando tienen cura, porque son rentables. Los que están con un pie en el inframundo ya están muertos para su bolsa. Usted profesa un humanismo que sólo un helénico puede sentir. Le confesaré: yo fui quien primero le habló a mi madre de usted. Mi amiga Terencia me había hablado muchísimo de usted, así que le pedí que hablara con mi madre...

— ¿Con que fue usted? Algo me comentó su madre.

Mi abuelo se miró la punta de las sandalias, y luego miró a la mujer a los ojos. Y entonces la descubrió. Sus ojos irradiaban una fuerza extraña, que no acababa de descifrar.

—Entonces… ¿Eres la hija de Lucio Cecilio?

—Así es, encantada de conocerlo médico Musa, dijo mi abuela Cecilia mientras esbozaba media sonrisa.

—Igualmente. ¿Cecilia?

— ¿Es usted adivino? ¿De que otra forma podría llamarme? Médico Musa, admiro lo que usted hace por sus pacientes. Hay algunas preguntas que me gustaría hacerle sobre mi salud. En realidad, quisiera que cuando regrese mi padre nos reunamos para consultarle sobre mi enfermedad.

—Si a su padre le parece bien.

—Le parecerá, le parecerá...

Entonces se paró y mi abuelo puedo ver que tenía una bella figura, pero que una de sus piernas se adivinaba deforme bajo la larga túnica color crema. Anduvo unos pasos, muy despacio, simulando elegancia, tratando de parecer lo menos torpe posible, pero el balanceo era inevitable.

— ¿Entonces, nos visitará usted mañana para ver a mi abuela?, preguntó la joven Cecilia.

—Por supuesto. A la misma hora de hoy, si le parece bien.

—Me parece perfecto. Hasta mañana a la hora segunda del día, médico Musa.

—Hasta mañana, Cecilia.

Cuando salió por fin a la calle sentía que sus mejillas ardían, su corazón latía a un ritmo más acelerado que el normal. Sus pies querían correr por sí solos. Tanto que Erasistro como Marco Acilio se apresuraban sin aliento detrás de él.

— ¿Y qué sucedió con la muchacha? ¿Qué quería?, preguntó Marco Acilio.

Pero mi abuelo no lo escuchaba… ¡Qué mujer, por todos los dioses! ¡De dónde habrá salido!

— ¿Y qué te ha dicho que te has echado a correr como Perseo?, lo apuró el joven.

—Me ha dicho que cuando vuelva Lucio Meteleo tenemos que volver a ver a la joven Cecilia.

— ¿Para pedir su mano, viejo Musa?

— ¡Que dices pedazo de romano idiota!, respondió mi abuelo con una carcajada.

Y agregó:

—Volveremos para hacer algo por su pierna enferma. Y me he puesto las sandalias de Perseo porque de lo contrario no veremos ni a la mitad de nuestros enfermos de hoy. Así que: ¡a volar mei medici!

Lo cierto es que durante el resto del día la imagen de Cecilia lo asaltaba una y otra vez. Por la noche grabó en su memoria todas las preguntas que pensaba hacerle cuando sucediese la consulta. ¿Había nacido con ese defecto? ¿O era el tipo de parálisis flácida que aquejaba a los niños y niñas menores de quince años durante la época estival? Sin embargo, no fue con su pierna con lo que soñó aquella noche, sino con sus ojos. Soñó que despertaba en medio de la oscuridad y que sus ojos estaban allí velándolo. Cecilia, acostada a su lado, lo miraba mientras sonreía, con la misma sonrisa de por la mañana. Acariciaba su rostro mientras le susurraba:

—No temas, Musa, aquí estoy, vuélvete a dormir…


[1] Año 5 a.C.

[2] gnata: adj. nacida; sust. hija.

[3] Ver en este blog: “Nacer mujer en la Roma augusta”.

[4] Año 118 a.C.

[5] Carbona.

[6] Narbona: Julio César la convertiría en la colonia romana de Nemausus (“desde el Nilo”), seguramente porque allí se asentaron muchos de los veteranos de sus campañas en el Nilo.

[7] 98 a.C.

[8] Año 83 a.C.

[9] Año 86 a.C.

[10] Tres o cuatro de la tarde.

[11] Funcionarios públicos de la Roma Republicana que escoltaban a los magistrados curules, garantizaban el orden público y custodiaban prisioneros.

[12] Año 73 a.C.

[13] Unos diez mil soldados.

Por Viviana Cecilia Atencio

7 comentarios:

  1. Muy bueno Cecilia. Te leíste todo sobre la historia y la vida en la sociedad romana. Y aparte muy bien combinados los protagonistas con varias generaciones de romanos históricos.
    Felicitacíones!!! Una ventana a la gran civilización romana es tu blog!
    Luis

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  2. Gracias Luis, es todo un elogio viniendo de un amante de la historia como tú. Abrazos!

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  3. Querida Vivi, esa entrada desnuda en Roma del abuelo Musa, ¡con qué melancolía y significado político actual, diría yo, la describes!

    En otro orden de cosas, y como comenta L.A.G., se palpa mucha lectura (¡y sudor!) e investigación en tus descripciones. Me pregunto cuántas horas de estudio habrás empleado.

    Repito, aquí hay mucho esfuerzo e investigación, a diferencia con esa retahíla de bodrios pseudohistóricos que decoran hoy en día las estanterías de la sección de libros (léase, "antisección") de todos esos grandes almacenes que en la década de los 90 tuvieron a bien papearse mercantílmente a las verdaderas librerías de toda la vida.

    ¡Ni en sueños osaría yo emprenderla con la novela histórica! Vaya par de narices... creativas que tienes.

    Un fuerte abrazo y suerte con la empresa Caliópila.

    Daniel.

    P.D. Ya veo que los Corleone llevan sangre gala en la sangre. ¡Como para mencionárselo! ;-)

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  4. Gracias Daniel! Sobre todo porque sé que en estos tiempos no es fácil simplemente "animarse" a leer tantas líneas en los tiempos de la inmediatez (toco y me voy). Te agradezco muchísimo que te hayas acercado por aquí y valoro tu visión amigo!
    Otro gran abrazo para ti!

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  5. Querida Vivi: Por falta de tiempo, que no de interés, aún no había leido tu magnífico artículo. Felicidades y gracias por tenerme informada. Un abrazo!

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  6. Querida Viviana Cecilia, me gustaría que te pasaras por mi blog para recibir un bien que merecedo Premio al Esfuerzo Personal. ¡Y no se admite la negativa! ;-)

    http://lafabrica1.blogspot.com/2009/09/notas-para-el-viento-140909-premio-al.html

    Un fuerte abrazo y muchas gracias por seguir compartiendo con nostros la columna de tu Caliópila.

    Paz y creatividad.

    Daniel Y.

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  7. Gracias querido amigo, tu premio me da una energía extra para mi próxima entrega, un gran abrazo.
    Paz y Musas...

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