martes, 14 de julio de 2009

En torno a la Venus Calipigia


"La estatua de Venus Calipigia, la de las hermosas nalgas, se miraba el trasero mientras se desvestía o vestía, nunca lo supe bien del todo. Pero lo que más me gustaba de ella era que había sido un regalo de mi abuelo Celso a mi madre en el día de su boda. Mi madre me contó que aquel día, en brazos de su padre (como es la costumbre en nuestra ciudad), al atravesar el atrio mi abuelo no la entregó rápidamente a su flamante esposo –mi padre, el médico Musa– sino que, casi corriendo, se acercó hacia el patio iluminado por antorchas y le susurró al oído:;

— ¡Que Venus te sea propicia, a ti, mi pequeña, digna hija de Venus!

Cuando mi madre, apartando su velo color azafrán con una mano y sosteniendo su corona de verbenas de flores blancas con la otra, miró por encima de su hombro izquierdo, vio una Venus que, con gesto descarado en su inocencia, se miraba las nalgas desnudas. Su risa espontánea contagió a mi abuelo, y mi padre salió también al patio sumándose a las risas. Cuando por fin se detuvieron mi padre preguntó.

— ¿No os estaréis riendo de mí verdad?

Y los tres volvieron a reír.

El abuelo Celso decía haber traído la estatua de Siracusa en donde estaba su templo original. Pero mi madre nunca le creyó, aunque le encantase la estatua. Tal vez tuviera razón, pues a lo largo de mi vida he visto en nuestra ciudad otras tantas estatuas romanas de esta Venus, muy similares a la que tenemos en nuestro jardín… Cuando hace algunos años, pude visitar el templo de origen griego de la diosa en la ciudad siciliana observé, por ejemplo, que la Afrodita Calipigia, no era de mármol sino de bronce, aunque la similitud en los rasgos era extraordinaria, al igual que el gesto de la versión romana: sostener la túnica para mirarse o exhibir las nalgas.

El origen del culto de esta Afrodita de las Bellas Nalgas (no sé si sabréis que en griego “kalos” significa bello y “piges” nalgas) es controvertido. A mi me gusta aquel corrillo popular según el cual el templo fue erigido por dos acaudaladas hermanas de dotadas nalgas. Cuentan las antiguas que las dos hijas de un granjero relativamente próspero, bellas, alegres y de agudo ingenio, apostaron un atardecer de estío siciliano por la belleza de sus traseros, a ver cuál de los dos era merecedor del primer premio.

—Salgamos y enseñemos nuestras retaguardias al primer muchacho guapo que pase por el camino, dijo Aspasia, la más joven.

—Pero tú le hablas primero, aclaró Helena, la mayor.

— ¡Y tú le enseñas primero las nalgas!, contestó Aspasia.

— ¡Hecho!

Las muchachas vivían en las afueras de la ciudad, por lo cual debieron esperar mucho tiempo hasta dar con el juez apropiado. Dejaron pasar a un par de transeúntes: al primero porque era demasiado viejo, al segundo porque era demasiado feo. Por fin apareció por la cuesta del camino un hombre joven, de anchos hombros y túnica cuidada. En el preciso momento en que llegó hasta donde ellas estaban y las vio, Helena se levantó la túnica y sonriendo se miró las nalgas. Pero él no vio sólo sus nalgas, sino a toda ella: vio su gesto descarado, su mirada divertida y sin lascivia, el mohín de su boca, el verde en sus ojos iluminados por la puesta de sol asomarse bajo oscuras pestañas, la piel dorada dibujar sus piernas, las manos sosteniendo la túnica…

Así es que cuando Apasia le contó sobre la apuesta y a su vez le enseñó las propias nalgas, él ya no podía pensar más que en el culo de Helena. Por supuesto que votó a favor de ésta. De hecho se enamoró de ella (con sus nalgas incluidas). Tanto que cuando volvió a la ciudad le contó a su hermano menor lo que había sucedido. El hermano menor, muerto de curiosidad, fue a las afueras de la ciudad tan pronto como pudo para ver a las muchachas, y se enamoró de la hermana pequeña, incluso mucho antes de tener la suerte de ver su trasero desnudo. Así fue que cuando el padre de los muchachos, un caballero acaudalado, intentó hacer que sus hijos se casaran con mujeres de su posición, no pudo persuadirlos. Por fin trajo a las hermanas desde el campo, con el permiso de su padre, y las casó con sus hijos.

Cuando Helena y Apasia se casaron decidieron construir un templo en honor a Afrodita y llamaron a la imagen de la diosa Afrodita Calipigia, tal vez porque creyeron que una intervención de la divina fue lo las llevó a mostrarse y encontrar así el amor.

Lo cierto es que cuando mi abuelo entregó mi madre a mi padre lo hizo con una advertencia casi religiosa:

—Aunque parezca mortal, ésta que te entrego es una diosa…

Por lo que sucedió después coincidiréis conmigo que mi padre lo entendió justo al revés.


Por Viviana Cecilia Atencio

*Extraído de las memorias "Romanas" de Antonia Musa Caliópila (44 a.C - 40 d.C)

5 comentarios:

  1. Excelente! Esperando el siguiente post...

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  2. Nunca antes un par de nalgas se habían merecido tanto decir y página.

    Extraordinario primer post, querida amiga.

    Un fuerte abrazo.

    Daniel.

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  3. Gracias Dazz y Daniel! Qué bueno que tener un par de lectores!

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  4. Me parece estupendo indagar en la historia. Es un blog interesante. Gracias Vivi!!

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  5. Muy buena la Historia. Y bien narrada.
    (llegué aquì por el enlace que hizo RoseMarie en FaceBook)
    Luis Alberto García

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