martes, 11 de mayo de 2010

La llegada de la Bona Dea








I

El tiempo abrazó las vidas de mi abuela Cecilia y mi abuelo Musa con la intensidad de un amor que crecía en cada gesto, en cada palabra, entre las noches y los días de aquella vertiginosa ciudad, confluencia de hombres y mujeres de un mundo guiado por el dominio romano. Habitada por casi un millón de personas, entre ciudadanos libres, extranjeros y esclavos, sólo unos pocos privilegiados de entre todos ellos detentaban las más altas magistraturas, pues para formar parte del orden senatorial se debía contar con una renta demostrable de un millón de sestercios anuales. Al menos en teoría. Muchos importantes cargos eran elegidos por ciudadanos de menores ingresos, por lo que, a la hora de emitir su voto, los ciudadanos de las provincias solían viajar durante muchos días hasta Roma para participar de los comicios. Y aunque los candidatos hacían uso y abuso del soborno como algo casi natural, si bien era considerado un acto ilegal, los romanos se dejaban llenar las bolsas de monedas, aunque votaran a quienes consideraban los más justos para el pueblo.

Algo había cambiado en los últimos tiempos. El joven Cayo Julio César había sido elegido Pontífice Máximo, en unas elecciones que los conservadores tenían aún atravesadas en la garganta. Julio César era todo un popular, a pesar de pertenecer a una familia patricia que hacía mucho tiempo no ocupaba una magistratura. El joven Julio, cuyo padre había muerto siendo él apenas un niño, había contado desde siempre con el apoyo de su tío político, el gran líder popular Cayo Mario, casado con la hermana de su padre, su querida tía Julia., ya fallecida Pero una vez que su tío muriera, la vida de Cayo Julio César no había sido sencilla. Perseguido por Sila, quien le puso precio a su cabeza con sólo dieciocho años de edad, fue “perdonado” finalmente gracias a la intercesión de sus tíos maternos, los Aurelio Cota, y retomó su carrera política, intentando respetar en todo el cursus honorum. Sus hazañas como abogado y como soldado eran festejadas por las clases populares, quienes le habían visto crecer entre las calles del barrio del Subura. Sólo las abandonó tras su nombramiento como Pontífice Máximo, cuando había casi terminando la treintena de su vida, y exclusivamente porque el estado ponía a su disposición la Domus publica, anexa a la Casa de las vírgenes vestales, quienes quedaban, tras su nombramiento, bajo su protección. Este cargo era vitalicio, y hacía muchos años que no era electo a través de comicios populares, pues anteriormente lo votaban los colegios sacerdotales. Este cambio de raíces populares era fruto de la política de César, así como la recuperación de los derechos del tribunado de la plebe. La sociedad romana estaba cambiando, sin lugar a dudas. Los populares lentamente volvían a hacerse notar y el pueblo volvía a sentirse representado por una persona que consideraban como cercana a sus esperanzas.

Durante los casi diez años de matrimonio Musa y Cecilia no habían tenido la suerte de engendrar un hijo. Muchas veces habían conversado sobre la posibilidad de adoptar, pero la sombra de la muerte de su querido hijo adoptivo Arato acechaba siempre a mi abuela. En el patio en donde sus cenizas habían sido esparcidas por el viento mi abuela había construido un pequeño altar, donde se mezclaban las figuras de dioses griegos, romanos y de alguno que otro galo que los hermanos Celso habían aportado como homenaje a su pequeño amigo. Y no es que mi abuela fuera demasiado creyente, sino que sentía la necesidad de honrar la memoria de su querido Arato. Muchas veces Musa se acercaba al altar y el recuerdo de aquel niño evocaba también el de sus hijos mayores, desaparecidos en las guerras entre Mitrídates y Roma.

Pero esas sombras no eran capaces de empañar el amor que crecía entre Musa y Cecilia. El alba los sorprendía diariamente a uno en brazos del otro. Cada noche era única y nueva la necesidad de buscarse y encontrase, lejos de todo temor, de la historia, del pasado, del futuro. Musa le había descubierto a Cecilia un mundo desconocido que Cecilia no deseaba abandonar ya nunca más. El pensamiento de la maternidad no era un tema que perturbara sus vidas. Si habría de suceder sucedería, pero con el correr de los años la posibilidad de un hijo de ambos les parecía irrealizable. Musa jamás había vuelto a Atenas, pero había enviado mensajeros que le habían contado que su hogar había sido arrasado por las llamas y una familia romana había construido sobre aquellas cenizas una bella domus. Mi abuelo tenía la certeza de que su amada Dina descansaba bajo aquella casa. De sus hijos nada había sabido en veinte años, aunque muchas veces cuando recordaba las fechas de sus nacimientos solía comentarle a Cecilia.

—¡Y pensar que mis niños ya serían mayores que tú!

El amor que mi abuelo sentía por Cecilia era de una naturaleza diferente al que había sentido por Dina. A Cecilia lo acercaba una llama inmensa e incombustible; admiraba tanto su ser, su valor, su enfrentarse cotidiano al mundo y a él mismo, como su entrega incondicional, su búsqueda del placer como un fin en sí mismo. Musa perdía muchas veces el sentido del tiempo, olvidaba que era casi septuagenario y era la misma Cecilia la que le obligaba al descanso.

—¡Ya está bien por hoy, mi querido mortal, que deseo que me dures toda la vida! Soñémonos mejor, Musa mío, recuerda que ni tú eres Luperco ni yo soy una madre del Lacio.

Más acá del amor mi abuelo había visto acrecentar su clientela considerablemente. Llevaba casi veinte años en Roma y su nombre se había vuelto prestigioso entre familias de gran notoriedad. A mi abuela le encantaba enterarse por mi abuelo de los pormenores de la política romana, y ella era visitada asiduamente por muchas damas patricias y plebeyas. Y no sólo eso, se había transformado en una verdadera comadrona de la alta sociedad romana. En realidad sólo ayudaba a traer al mundo a los hijos de sus amigas más queridas, o a amigas de sus amigas. Los conocimientos médicos que había alcanzado junto a su marido en los diez años que llevaban juntos eran de inestimable valor, ya que también atendía antes y después del parto a sus amigas pacientes (como solía llamarlas) y a sus niños. Pero no todo era trabajo en la vida de Cecilia. Había establecido una tarde especial en la semana, en la que mi abuelo Musa salía a visitar a sus pacientes, para juntarse junto a un nutrido grupo femenino. En ellas solían conversar de aquellos temas que los hombres creían que les pertenecían sólo a ellos, además de los muchos otros temas femíneos de siempre…

Aquella tarde de enero se habían reunido siete mujeres en el peristilo, no en triclinos sino en cómodas sillas de mimbre, dispuestas alrededor de una mesa en la que se ofrecían frutos secos y pastelillos de miel y canela, la especialidad de Cecilia Metela. La mesa se encontraba justo enfrente de la entrada al triclinium, y el aroma de las flores y la infinidad de hierbas del parterre, que mi abuela con sumo arte y esmero plantaba y cuidaba, acariciaban, despertaban los sentidos o los acompañaban apaciblemente de acuerdo a la dirección de los vientos. Formaban parte del locuaz y animado grupo mi abuela Cecilia, Julia (madre del ya joven Marco Antonio y prima hermana de Julio César), Aurelia (madre de Cayo Julio César), Terencia (esposa de Cicerón) y su cuñada Pomponia (casada con Quinto Cicerón y hermana de Tito Pomponio, apodado Ático, el librero editor más importante de Roma), Atia (sobrina de Julio César y madre del pequeño Cayo Octavio), Servilia (amante de Julio César y hermanastra de Catón el Joven). A pesar que según el calendario debería de ser invierno, no hacía el frío que habría de esperarse para la época, pues por aquellos años había un desfasaje de unos tres meses entre el las estaciones reales y las fechas institucionales.

—No tienes muy buena cara esta tarde, Cecilia… ¿Estás descansando bien últimamente?, preguntó Julia a mi abuela.

—Estoy durmiendo órficamente, Julia. El problema es que mi cuerpo no hace más que desear el sueño noche y día.

—¿No será culpa de tu Musa, Cecilia? ¿No estará pulsando la lira sin cesar para enamorarte como Orfeo a su bella Eurídice?, apuntó con picardía la sensual Servilia, mientras recogía algunos de sus bucles castaños dorados que se deslizaban hacia su cuello.

—¡Pues te diré que aun pasada la sexta década mi Musa sigue blandiendo la lira con muchísimo arte y esmero!, le contestó Cecilia tras soltar una carcajada. En realidad pienso que tal vez se deba a algún mal gástrico. Sobre todo por las mañanas, me levanto con muchísima fatiga, y no tengo muchos deseos de comer, excepto mis mágicos pastelillos de miel.

—Sueño, fatiga, pastelillos de miel… ¿No has pensado en que puedes estar encinta, Cecilia?, preguntó Aurelia con una dulce y plácida sonrisa y un brillo de sabiduría en sus ojos grises, que conjugaban suavemente con el gris plateado de su cabellos.

—¿Es que acaso la comadrona más solicitada de Roma no es capaz de reconocerse a sí misma?, exclamó Terencia parándose y moviendo sus hombros y sus formidables pechos con una actitud entre cómica y desafiante, mientras acercaba su rostro al rostro de Cecilia y la miraba agudamente, entrecerrando suspicazmente sus enormes ojos negros.

Instintivamente Cecilia se llevó la mano a su vientre. ¿Estarían sus amigas en lo cierto? Hacía unos tres meses que el período se le había retirado. Siempre estaba por comentárselo a Musa, pensando en que tal vez se encontrara a las puertas de la menopausia, pues se hallaba bastante avanzada en la treintena. Algunas veces se le había cruzado por la cabeza la posibilidad de hallarse encinta, pero le parecía un sueño demasiado hermoso como para animarse a admitirlo.

—No creáis amigas que no he pensado en ello. Pero después de diez años de matrimonio, y dada la edad de mi Musa y la mía no lo sé, me resisto a creerlo.

—¡Por los Junos, geniis dii genitalis de tu Musa septuagenario helénico! ¡Que sí, que sí, que se viene el Antonio Musa nacido en Roma, mitad Cecilio, mitad Homérico! ¡Mirad allí amigas mías!, exclamó Pomponia con su agudísima voz.

Una serpiente pequeña se deslizaba suavemente entre los tallos de unas enormes verbenas de color lila; con un lento y preciso movimiento su piel amarronada jaspeada se fundió entre la tierra y el verdor profuso del jardín.

—¡Es la Bona Dea, Cecilia! ¡Ha venido a decirte que has sido fecundada! Te lo dice la madre del Pontífice Máximo.

Mi abuela lanzó una sonora carcajada.

—¡Qué devota te has puesto querida Aurelia a estas alturas de tu vida! Qué intrigantes sois mujeres romanas. Ahora resulta que todo lo que suceda a partir de ahora serán señales, prodigios, manifestaciones divinas de un único hecho: que estoy encinta.

—Después de los sufrimientos que me ha hecho padecer mi Julio, no hago más que estudiar cada detalle de la religión romana, Cecilia, y debes darme crédito: la Bona Dea se te nos acaba de manifestar, no tengo duda de ello.

—¡Ya está bien Aurelia!, gimió Cecilia tomándose la cara entre las manos.

—Dime, Aurelia, hablando de tu Pontífice: ¿es cierto aquello que se comentó por allí que cuando Cayo Julio partió de tu casa el día de las elecciones a Pontificex Máximus te abrazó y te dijo: “¡Volveré Pontífice Máximo o no volveré, mater!”?, preguntó Pomponia a Aurelia con un mohín inquisidor.

—La verdad Pomponia es que ese día fue un verdadero martirio para mí, no recuerdo las palabras exactas de mi hijo. Sólo sé que apenas pudimos pegar un ojo la noche anterior, con excepción de mi nuera Pompeya, que aunque el cielo se despedace sobre Roma es capaz de dormir plácidamente. De madrugada ya estábamos en pie los dos, Cayo Julio y yo, casi sin hablarnos, cada uno trabajando en su despacho. Mi nieta, la pequeña Julia, también se había desvelado, así que le permití como excepción quedarse a mi lado leyendo algunos pasajes de la Odisea. Los tres sabíamos que si Cayo Julio perdía esas elecciones habría de exiliarse, pues sus acreedores lo tenían con la soga al cuello. Así que, en realidad, cuando partió nos abrazamos los tres y nos dijo algo así como: “¡No os preocupéis mujeres mías, que volveré siendo Pontificex Maximus!” Y ya en la puerta se volvió para molestarnos un poco, como a él le gusta: “¡O no volveré!” O sea que no fue más que un toque de humor negro de mi brillante filius.

—Perdona que te pregunte, Aurelia: ¿y qué es de la vida de Pompeya, la esposa de César?, inquirió Terencia.

—Sabes bien, Terencia, que las amistades de mi nuera Pompeya dejan mucho que desear. Es una mujer tan bella como tonta. Después de perder a su esposa, nuestra querida Cornelia, poco después del parto de Julilla, tanto Cayo Julio como yo nos dedicamos por entero a la niña. Pero con el correr de los años se hizo necesario que volviera a casarse…

—¡Se hizo necesario! ¡Qué triste es tener que casarse por necesidad Aurelia!, interrumpió mi abuela Cecilia.

—Mi querida radical. Tú sabes perfectamente que es muy difícil, si quieres llegar a ser alguien en la vida política de Roma, dejarse llevar por los sentimientos. Yo misma me casé con Julio César, el padre de mi hijo, por amor. Su familia era de noble cuna, pero bastante venida a menos. Era un hombre apuesto, culto, inteligente, y yo era un buen partido para él, pues a pesar de ser de una familia plebeya, hemos tenido buenos cargos los últimos años, y no había deudas en mi familia. Yo creo que de no haber muerto tan joven seguramente podría haber subido en el cursus honorum. Pero siempre he pensado que yo fui una buena dote para él.

—Pero no te vayas por las ramas Aurelia, por Juno, que hablábamos de Pompeya.

—Perdonadme amigas, es que soy la mayor de todas vosotras, y el pasado siempre está seduciéndome a la hora de narraros cualquier cosa. En realidad, como recordaréis, yo se la puse ante sus ojos. Me pareció una candidata perfecta. Guapísima, con un padre como el difunto Quinto Pompeyo Rufo, que había sido consular, con una madre como la hija del propio Cornelio Sila, con esos ojazos verdes y esa melena pelirroja. No pensé que, a pesar de su voluptuosidad, sería una mujer tan superficial, tan…

—Pero, mi querida Aurelia, ¡es tan tonta que tu hijo no tiene ni ganas de hacerle un hijo!, replicó Servilia.

—¿Celosa, Servilia?, preguntó Terencia.

—¿Celosa? Amigas mías, sólo os diré que el año que ha pasado ha sido uno de los años más felices de mi vida, a pesar de Catilina… Y cada vez me siento más cerca de César, es para mí un gran amigo y creo que yo también soy una gran amiga para él. Yo estoy casada, y él lo está de la misma manera. Y no os digo nada más. Pero yo no creo que hayas elegido bien Aurelia. En cualquier momento Pompeya terminará en brazos de otro, si es que ya no lo está.

—Pues si así fuere ya sabes lo que sucederá: Julio César la repudiará rápidamente. Además que sabes perfectamente que Cayo Julio tiene una buena red de informantes. De algo le servido vivir toda su vida en el Subura, contestó Aurelia.

—¡Qué mundo inmundo, desigual, absurdo! Ahora resulta que Julio César puede tener cuantas amantes quiera. Pero, ojo, señoras: ¡que no descubran que una mujer tiene un único amante, pues será repudiada!, agregó Cecilia.

—No siempre sucede eso. Depende de lo descarada de una relación, o de lo que aporte una mujer al matrimonio. Ahí tenemos a Servilia. Recordaréis aquel escándalo del Senado, cuando en plena reunión por el problema de los rebeldes catilinarios, en la que se decidía sobre la vida y la muerte de varios ilustres romanos. César recibe un mensaje y el hermanastro de Servilia, Catón –que no sé que le ha picado con mi hijo, porque le odia ciegamente– le obliga a leerlo en voz alta…, acotó Aurelia con malicia.

—Y tu hijo, siempre tan caballero, le arrojó el mensaje a Catón… Y dicen, Servilia querida, ¡que a tu hermanastro pelirrojo se le encendieron hasta las orejas!, añadió Terencia con una carcajada.

—Ya sabéis lo imbécil que puede ser mi hermanastro Catón. ¡Es que no ve más allá de su enorme nariz! ¿Cómo podía creer que los catilinarios le iban a enviar nada a César en plena sesión? Absurdo… Y además el mensaje no era para tanto. ¡Queréis saber lo que decía ¿verdad? os morís por saberlo! Pues decía: “Si todo sale bien, amigo mío, te estaré esperando para celebrarlo. Donde siempre y a la hora de siempre. Tuya. Servilia”

—Discúlpame Servilia. Un mensaje bastante vulgar, considerando que seguramente gracias a él todo sucedió de la peor manera que podía suceder, murmuró Julia, la madre de Marco Antonio.

Un silencio oscuro se posó violentamente sobre las voces de las seis mujeres. Julia había tenido la desgracia de perder a su marido en aquel terrible día. Todas las mujeres sintieron una profunda vergüenza compartida. Terencia fue la primera en hablar.

—Quiero que sepas Julia querida, que yo no estuve de acuerdo con la decisión de matar a los supuestos implicados en la conjuración de Catilina. Creo que es una sombra que mi, a veces estúpido, marido ha levantado en su carrera. Él se siente muy pater patriae, pero espera a que pase el tiempo, y la historia le cobrará sin dudas muy caro el que haya ahorcado a sus iguales sin un juicio justo. Y la verdad es que yo ya no sé si estaré a su lado cuando eso ocurra.

—¡Qué dices Terencia!, exclamo horrorizada Aurelia.

—Digo lo que no puedo decir en otros sitios. Que Cicerón es un soberbio y que lo que has hecho, sin proponértelo Servilia, es mandar a la muerte a cinco romanos sin juicio previo.

—¿Yo?, preguntó sin exaltarse demasiado Servilia.

—Tú, inconsciente amiga. Pues cuando tras la brillante defensa de César, cuando ya todos estaban convencidos de que los conjurados debían ponerse bajo custodia en casa de romanos ilustres hasta ser juzgados, ahí justo llega tu mensajillo. Catón se puso como loco: ¡su familia puesta en ridículo por Cayo Julio César, ese hombre considerado “el amante de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos”, su enemigo político de toda la vida. Y como es lógico para tan cortísima mente, pidió la pena de muerte, y el inestable mental de mi marido se lanzó por la roca Tarpeya política. Porque recordad lo que os digo: más tarde o más temprano Cicerón perderá la cabeza. Pero lo más inmediato es que terminará exiliado en cualquier sitio alejado de Roma.

—Y tú con él, agregó maliciosamente Servilia.

—¡Ni por los colei de Júpiter!, exclamó Terencia poniéndose de pie.

—¡No blasfemes, Terencia, por favor!, le replicó Aurelia haciéndose la piadosa. ¿Y cómo está tu Marco Antonio, Julia?, preguntó suavizando el tono, cambiando el tercio de la conversación que ya estaba tornándose resbaladiza.

—Todavía desolado y sediento de venganza. Jamás le perdonará a Cicerón lo que ha hecho a su padrastro Publio Cornelio. Y lo peor es que está juntándose con ese Publio Clodio Pulcher y su banda de dionisíacos. Está incontrolable, tanto él como sus hermanos. He hablado con César y espero que me ayude a encarrilarlo porque me desespera verle tan perdido.

—Ya se encontrará Julia, yo hablaré también con César para que se encargue de tus niños, y ya verás como todo se normaliza, la tranquilizó Aurelia. ¿Y cómo está mi sobrino biznieto, mi pequeño Apolo Cayo Octavio, Atia?

—Muy bien, Aurelia, gracias. No es muy fuerte, siempre está resfriándose, pero es un niño muy vivaz, siempre lo está curioseando todo con sus enormes ojos azules. Además le encanta cuando venimos a Roma a casa de su abuela Julia. Después de todo allí nació gracias a Cecilia. ¿Lo recuerdas Cecilia?

—¡Cómo para olvidarlo! La fuerza que hizo el pobre Cayo Octavio, tan pequeñito pero con semejante cabeza. No faltaba nadie en la domus de tus padres del Palatino aquel día. Y Aurelia fue una gran asistente, por cierto. Y recuerdo muy bien a tu padre, ese romano hispano tan encantador, Atio Balbo, estaba más nervioso que nadie. No veía la hora de tenerlo en sus brazos. Cada tanto golpeaba la puerta preguntando: “¿Y, para cuando señoras?” Sabes, querida Julia, que no deberías animar a la familia a que llamen al pequeño Cayo Octavio por ese horrible apodo “Turino”… La vida, estoy segura, le deparará algo mejor.

—Tienes razón Cecilia, esa victoria contra las huestes de Espartaco en Turio que obtuvo su padre no es nada de lo cual jactarse. Te aseguro que no soy yo quien la fomentó, sino los amigos de mi marido.

—¡Pues a ver cuándo me lo traes para verle Atia!


***


Nocturna supressio



Mientras las mujeres continuaron conversando animadamente la mente de mi abuela se evaporó hacia otros pensamientos. Sí, no le cabía duda, estaba embarazada. Sentía todos los síntomas que ella observaba en las mujeres que se encontraban encintas… Cuando por la noche, después del baño y de la cena mi abuelo Antonio Musa atravesó la puerta de su habitación se encontraba radiante de felicidad. A pesar de que cada uno de ellos tenía su cubículo de dormir, que se hallaban conectados por una pequeña puerta interior, normalmente terminaban durmiendo en la habitación de Cecilia. Mi abuelo era bastante desordenado con sus cosas, sus rollos de libros que paseaban por toda la casa no evitaban el cuarto de dormir. Mi abuela, sin embargo era muy prolija a la hora de arreglar su cuarto, y además tenía una ventana por la que les gustaba mirar las estrellas, o la lluvia, o la oscuridad en las noches cerradas.

—¿A qué se debe este recibimiento mi bella esposa?, preguntó Musa abrazándola en la cama.

—A que tengo la gran y maravillosa sorpresa de estar encinta, médico Musa.

—¿Y me lo dices así, tan tranquila, tan segura?

—¡Y cómo quieres que te lo diga! Llevo casi cuatro meses sin ver mi período, y si a eso les sumamos mi náuseas, mis vómitos, mi deseo permanente de dormir, el tamaño de mis pechos…

Mientras Cecilia hablaba Musa ya no la escuchaba. O la escuchaba como si de un coro de serafines o el canto de una lira distante se tratase. Él comenzó a revisarla, puso sus manos en el bajo vientre, su oreja, agudizó el oído. Tomó una trompetilla del cofre que mi abuela utilizaba para reconocer a sus pacientes.

—Sh, silencio Cecilia…

Y de pronto su cuerpo sintió una enorme sensación de vértigo. Una nube de recuerdos se agolparon en su mente: su primera esposa, Dina, sus hijos perdidos, Lisipo y Poliarco. Los latidos de los corazones de sus dos hijos ausentes se fundieron en ese latido apenas perceptible que llegaba desde las entrañas de Cecilia… Miedo, alegría, desconcierto, una sinestesia de sensaciones se apoderaron de su mente y su cuerpo hasta envolverlo en el vértigo de una caída sin fin. ¿Acaso nuevamente se acercaba el fin? Sabía los riesgos de mortalidad que un embarazo significaba en la vida de una mujer, más aún considerando que era el primer embarazo y que Cecilia rondaba casi la cuarentena. Y él sería un padre abuelo. ¿Cuántos años podría proteger a este hijo, si ni siquiera podía haber sido capaz de proteger a los otros, siendo entonces mucho más joven y más fuerte? Intentó tranquilizarse, vivir el momento, abrazó a Cecilia, besó sus cabellos. Con un brillo muy extraño en la mirada le susurró al oído:

—Gracias, Cecilia. Ahora tengo que cuidarte más que nunca, y tú también tienes que cuidarte y cuidarle.

—¿Me parece o tienes miedo, médico Musa?

—En este momento tú eres todo lo que tengo en el mundo, y no quiero perderte, no me lo perdonaría jamás.

—No tengo la menor intención de perderme, amor mío. Para encontrarme sólo necesito que no te vayas nunca demasiado lejos, o que si te alejas regreses por las noches, te acuestes a mi lado, y que me acaricies casi como a nuestro viejo can Tiresias.

Y Cecilia se enroscó en Musa fundiéndose en el calor de su cuerpo, enredando sus pies a los pies de su hombre, del padre de su hijo, con los hilos invisibles de un amor tan profundo como todos los océanos del mundo.

Esa noche Musa tuvo una larga pesadilla. Soñó todas las batallas libradas por los romanos narradas por Polibio, guerras de conquista sangrientas, indispensables para obtener la mano de obra esclava necesaria para salvaguardar el nivel de vida de unas pocas familias adineradas y para mantener a los ciudadanos romanos de las clases inferiores, que formaban parte del censo por cabeza. En medio del fragor de luchas sangrientas los rostros de sus hijos perdidos relucían entre los gritos de espanto y el choque de los cuerpos y las espadas. A veces podía ver rodar las cabezas de sus niños por los aires. Al instante eran niños pequeños, que recién comenzaban a andar, y crecían y volvían a ser hombres, como la última vez que los viera partir hacia la muerte. Una y otra vez los patricios y plebeyos gobernantes se habían visto en la necesidad de repartir grano gratis entre el populacho, para detener los conflictos sociales, además de pagar juegos y festejos que los mantuvieran entretenidos y tranquilos, y el dinero con que pagaban el silencio de los romanos pobres venía de las masacres, de la esclavitud, del horror de los vencidos. Él podía ver entre gritos y lamentos a sus hijos masacrados, esclavos o padeciendo el horror de los vencidos.

Desde que acabaran con el último rey, Lucio Tarquino el Soberbio, los plebeyos romanos habían logrado acceder a las magistraturas. Tarquino se colaba en sus sueños para destruir todos los santuarios y altares sabinos, para cometer el sacrilegio de nivelar la cima de la roca Tarpeya, para retirar de ella los altares construidos por los sabinos, tan amados por el pueblo romano. Hacía erigr en el mismo sitio desolado por su mano el templo dedicado a Júpiter Capitolino y justo en la cima el otro, el dedicado a Saturno (que aún contenía el tesoro de Roma) provocando por fin la ira del pueblo. Podía ver a Tarquino abucheado por las calles de Roma enviar a sus guardias a callar a los revoltosos. De pronto su hijo Sexto se le acercaba en medio de la calle y le decía con una cara inflada como un globo deforme:

—¿Entonces… puedo, padre?

—Puedes… contestaba Tarquino y empezaba a reír y a reír y a reír.

Musa podía ver la casa de Lucrecia, esa mujer romana casada con Lucio Tarquino Colatino, primo de Sexto. ¡Seguro que la pobre Lucrecia ni siquiera había elegido a su marido, un marido que no era capaz de protegerla de absolutamente nada! Sexto llegaba a la domus invitado por el propio Lucio Tarquino, y tras una cena de tres, el dúo infame hacían brindar a la pobre mujer con vino aguado y opium, por si intentaba resistirse a su inmolación sin causa divina. Musa se retorcía de impotencia por no poder avisarle a Lucrecia del engaño al que estaba siendo sometida. Pero la mente de Musa no podía reproducir el abuso criminal. De la noche el sueño saltaba a la mañana, Lucrecia se despertaba semidesnuda, con una túnica de dormir blanca destrozada y recordaba, como una pesadilla dentro de otra, la deshonra. Sin atreverse a responder si era verdad aquel horror, o acaso lo había soñado, salía enloquecida al patio de su casa y gritando llamaba a todos sus esclavos.

—¡Decidme si es verdad o mentira que Sexto me ha transformado en una mujer impura!

Pero los esclavos no se atrevían a mirarle a la cara; una y otra vez Lucrecia los cogía de los hombros zamarreándolos uno por uno. Las mujeres eran las primeras en llorar, y luego también algunos ancianos, los hombres apretaban las mandíbulas y tragaban saliva desviando las miradas.

—Este olor inmundo me indica lo que vosotros no sois capaces de decir: estoy impura, Roma está impura, pero sobre todo: los Tarquinos están impuros. Este hedor maldito me condena y los condena. Estas marcas azules y agudas que surcan mi cuerpo, son las señales de la impiedad que los dioses han grabado para que no olvide que estoy impura, impura, impura…

Sin que nadie se atreviera a detenerla, Lucrecia corría hasta su cuarto. Mientras las lágrimas limpiaban todo rastro de dolor, una serenidad de ultramundo se apoderaba de su rostro. Pedía a su asistenta que le preparara un baño y que echara en él todas las esencias que encontrara en la casa, desde pino, lavanda, cilantro y menta hasta almendras amargas y que le recogieran rosas blancas del jardín. Luego se vestía con sus mejores ropas, se peinaba y pedía que no la molestaran.

—Pero domina, no cometerás una locura…

—No Helia, la locura ya está cometida, ¡Vete y déjame sola!

Por la noche su marido, que había partido en la oscuridad de la noche hacia la casa del rey Tarquino, regresaba a la domus. Golpeaba la puerta de su dormitorio, pero viendo que nadie le respondía abría la puerta y encontraba a Lucrecia tendida, con un ramo de flores en las manos y un frasco de cristal vacío cuidadosamente depositado sobre una mesilla de noche. En sus manos se delineaban algunos hilos de sangre seca, pues había preferido coger amorosamente los tallos espinados, como si hubiera deseado escribir en su piel un mensaje que llevaría personalmente a los habitantes del Hades. Las flores blancas también revelaban mensajes escritos por la sangre de Lucrecia. Lucio Tarquino Colatino no se asombraba del todo, tal vez lo esperaba, o tal vez no. Seguramente ni siquiera amaba verdaderamente a su esposa, pero por alguna razón prefería ir en busca de un pariente del rey Soberbio, Lucio Junio Bruto. Bruto había padecido en carne propia la cruel locura del monarca y había salvado su vida haciéndose el torpe, por lo cual se había ganado el apodo de Bruto. Hacía tiempo que Colatino había escuchado rumores en torno a una conspiración urdida por Bruto y una parte importante del senado… Por ello buscaba el apoyo de los conspiradores, quizás porque pensaba que ni Lucrecia ni Roma merecían semejante afrenta, o acaso porque imaginaba que el pueblo romano, desde hacía tiempo silenciosamente impaciente, se rebelaría contra semejante ignominia y especulaba que poniéndose del lado de los justos podría salvar su pellejo.

Cuando Bruto escuchaba el relato de los acontecimientos no perdía un instante. Roma estaba ya harta de los Tarquinos y de los reyes. Convocaba al Senado, y se decidía por fin la expulsión de Tarquino y la fundación de la República. Los dos primeros cónsules serían el viudo Tarquino Colatino y Bruto; pero la presión popular, que no podía resistir ya a ningún Tarquino en el poder, llevaba a Bruto a exigir la renuncia a Colatino, quien se retiraba sin mujer pero junto a todas sus posesiones a Lavinio, mientras Publio Valerio Publícola era electo en su lugar. Y así terminaba el sueño de Musa, con una multitud de Tarquinos huyendo de Roma en literas, carros, caballos, cargados de tesoros y con muy poca vergüenza. El escenario era la Via Appia, como siempre, partiendo de Roma o hacia Roma.

Cuando por la mañana Musa se despertó intentó descifrar qué podía significar aquel sueño. No porque lo embargase un temor religioso, sino porque pensaba que algo en su mente lo había llevado hacia Lucrecia. Y especuló que tal vez él se sentía como un violador en la vida de Cecilia. Tan bella, inclusive a pesar de su cojera, tan inteligente, tan culta, tan romana. ¿Había venido él a estropearlo todo? Su intención sólo había sido amarla, estar junto a ella el resto de su vida, protegerla contra todo y contra todos… De hecho, jamás se hubiera atrevido a pedirle nada si no hubiera sido ella la primera en dar un paso hacia el encuentro. Pero alejó todo el horror de su mente y se dijo a sí mismo:

—Lucharé por ese hijo como desearía estar luchando por los que he perdido, lucharé por Cecilia como no he podido hacerlo por Dina. Madre naturaleza: ¡dame toda la vida que puedas darme porque debo, necesito vivir!


Viviana Cecilia Atencio


Ilustración de Nocturna supressio: Paloma Blázquez Crespo


miércoles, 24 de febrero de 2010

La Via Appia o el camino de la libertad



“¡Ah, empecinados errores causantes de la muerte, de razones que son sinrazones! ¡Ah de vosotros quienes véis a quienes han matado y a los muertos!

Creonte, Antígona de Sófocles



Hacía ya más de un año que mi abuelo Musa y mi abuela Cecilia se habían casado. Los treinta años de diferencia que había entre ambos no los separaban, como muchos podían imaginar, sino que los unían aún más. La gran pasión de Cecilia por aprenderlo todo y su gran sensibilidad ante el dolor ajeno la acercaban a la profesión de mi abuelo naturalmente. A su vez, mi abuela Cecilia, abría a mi abuelo Musa el universo de las clases patricias romanas. Sin que en realidad él lo hubiese buscado, este matrimonio le daba un brillo inusitado a su carrera: su esposa era una descendiente de patricios y los hijos que tendrían lo serían también.

Desde su llegada a Roma mi abuelo Musa había pasado a ser, de un simple médico griego, a nada menos que un ciudadano romano: Antonio Musa, en virtud de la protección y amistad de Marco Antonio, hijo del célebre Marco Antonio Orator, quien había luchado junto a Sila durante las guerras civiles que lo enfrentaron a Mario. Este Marco Antonio era, a su vez, padre de quien sería el más célebre Marco Antonio, el triunviro. Padre e hijo tenían el mismo encanto, la misma relación de profunda camaradería hacia aquellos que consideraban sus amigos, sean de su misma clase, simples clientes o incluso esclavos. Cuando Sila se encontraba ya al borde de la muerte, un año después de haber dejado su puesto de dictador, Musa compartió muchas tardes y noches junto al padre del futuro triunviro. Juntos partían cada diez días hacia Campania, hacia la retirada villa de Puteoli en la que Sila había decidió quemar los últimos días de su vida, entre actores y bailarines, empapado de toneles de vino y toda la lujuria que sus ojos eran capaces de ver, aunque no de disfrutar. Su última esposa, la bella Valeria Mesala, era una mujer joven pero madura, que parecía encajar a la perfección con el lujo y el libertinaje en el que Sila la había inmerso. Y si no era así, hasta el momento había sabido disimularlo bastante bien.

Aquella tarde juntos, los tres hombres, ultimaban un pequeño refrigerio en el patio a la luz del atardecer, rodeados del verde y las flores de la campiña. Muchas veces Sila le había dicho a Musa que deseaba concederle la ciudadanía romana. Aquella tarde no fue la excepción. Como cada vez que aparecía el tema, mi abuelo se había resistido con evasivas.

—Gracias Lucio Cornelio. Pero: ¿para qué necesito yo la ciudadanía? ¿Es que acaso no soy un hombre libre?

—¡Por todos los dioses y criaturas del Olimpo, Musa del Hades! ¡Eres el único griego en el mundo que se hace el idiota cuando un patricio le ofrece lo que todo hombre en el mundo desea! ¿Es que acaso te disgusta ser romano?

Mi abuelo sólo sonreía de forma esquiva y desviaba el tercio de la conversación hacia temas médicos.

—De lo que tienes que preocuparte es de esta vida disipada que llevas últimamente, Lucio Cornelio. ¡Tanta fiesta, tanto vino! Padeces una enfermedad aguda y lo sabes muy bien. ¿Acaso quieres acortar el tiempo que te queda de vida?

—¿Acortarlo? ¿Cuánto? ¿Aún más? ¡Vamos Musa, dime cuánto, a ver si vale la pena renunciar al placer de follar y beber hasta morir después de haber entregado tantos años de mi vida a la meretriz de mi amada Roma!

—Soy médico y no adivino Lucio Cornelio. Pero tus entrañas no resistirán mucho tiempo más. Esos ardores, vómitos y diarreas terminarán por desahuciarte. ¡A que no te has tomado en serio la dieta que te he prescripto!

Marco Antonio exclamó mientras observaba detenidamente el vuelo de los pájaros:

—¡No mientas Lucio Cornelio Sila Felix, que lo que tú haces es ver follar! ¡Prueba tragarte esa sagrada tisana de cebada y verás como tu Príapo vuelve a la vida!

—¡Déjate de imbecilidades Marco Antonio, que a mi Príapo ya no lo despiertan ni las sirenas de la Isla de los Bienaventurados! Además, mi querido médico Musa, tú lo sabes mejor que yo: ya estoy desahuciado desde hace muchísimo tiempo. ¡Crees que me salvará de las parcas esa tisana ridícula de cebada por mucho gluten saludable que tenga! Mi intestino no es más que una extensión de nuestra maravillosa cloaca máxima. Tú, futuro Cornelio Musa, ve preparando una buena dosis concentrada de ese jarabe de adormidera y no estés demasiado lejos para evitarme sufrimientos.

—Yo sólo espero que no te ahogues en un vómito una noche de estas, o te vayas del mundo defecando tu alma, Lucio Cornelio. De todas formas ya le he dejado a tu esposa un preparado por si los dolores se te hacen insoportables. Ya sabes que todas las drogas, de acuerdo a las dosis que se utilicen, diferencian el paso entre la vida y la muerte, el placer y la nada.

—Tú deja de preocuparte ya, que si es rápido me da igual. ¡Y vete sabiendo que más tarde o más temprano serás un Cornelio!

Marco Antonio miró el rostro consternado de mi abuelo. Era un hombre de una enorme sensibilidad, sabía perfectamente lo que pasaba por la cabeza de Musa en ese momento, a pesar de que nunca hubiesen tocado el tema directamente, así que se apresuró a agregar:

—Ve cambiando la lista de bromas, Lucio Cornelio, porque yo ya he comenzado a tramitar la ciudadanía de nuestro mutuo y querido médico Musa. Espero que tú y tu Príapo aguantéis unos días más para que podamos festejar el que sea ya Antonio Musa, médico romano.

—¿Y cómo es que no me lo habíais dicho antes, obscenos conspiradores? ¿Os habéis estado riendo todo este tiempo de mí a mis espaldas?

Marco Antonio lanzó una sonora carcajada.

—¡Es que, sin despreciar a Antonio Musa, siempre tenemos tantos temas de los que hablar, sobre todo con nuestro venerado y común amigo Dionisio!

—Eres terrible Marco Antonio, y encima ya le llamas “Antonio”. ¡Marcharos ya mismo antes de que os patee el culus a ambos!

Muchas noches, de regreso a Roma, Marco Antonio llevaba a mi abuelo de tabernae y putas por las calles del Subura. Algunas veces el romano, de impecables raíces plebeyas, había terminado tan borracho que Musa lo había tenido que acostar en su propia cama, en su pequeña vivienda alquilada de aquel mismo barrio marginal. Padre primero, e hijo después, ambos Marco Antonio, fueron siempre fieles seguidores de Baco-Dionisio. La pena, el profundo dolor de mi abuelo, solo en el mundo –con ese remordimiento acosador que experimentan los supervivientes de las guerras, una inquietud oscura del espíritu culpable, más aún que el revoloteo de las parcas tras la más sangrienta de las batallas– lo acercaban a ese romano seductor, cuya alegría, desparpajo, compañerismo, hicieron nacer en mi abuelo el instinto protector que anidaba en él. Muchas mañanas, luego de sumergirlo en agua helada, le había dejado en la puerta de su casa, a primerísimas horas, para que el distinguido plebeyo atendiera a su enorme clientela.

Aquella noche cuando salieron de la casa de Sila un profundo hilo de afecto los unía entre el silencioso rumor del sonar de los cascos de los caballos sobre la Vía Appia, camino de Roma.

—¿Por qué lo has hecho Marco Antonio?

—¿Por qué he hecho qué? ¿Acaso no te lo había dicho ya? No he mentido, sólo que había obviado decírtelo. Ya formas parte de mi clientela querido amigo. De hecho no fue a mí exactamente a quién se le ocurrió. Sabes que mi pequeño Marco Antonio te quiere muchísimo. Le encantan tus historias de héroes griegos cada vez que vienes a atenderle por algunos de sus incontables males infantiles. Hace tiempo me preguntó por qué cuando venías a acompañarme por las mañanas no te quedabas a verme junto con los demás clientes. “¿Tú que crees?”, le pregunté, y él me respondió: “Es que seguro que tiene muchos enfermos que sanar, pater”. Y eso es todo, flamante Antonio Musa. Espero que algún día que tengas poco trabajo te quedes por la mañana a arreglar nuestros temas pendientes y luego, si te parece, podría buscarte una esposa.

—Yo ya tengo una esposa…

—¡Vamos Musa, tú sabes mejor que yo que no hay rastros de tu familia! ¿Cuántas veces crees que he intentado buscar huellas de ella? Hace cinco años ya, y nada sabemos.

—Ni una palabra más sobre ese tema Marco Antonio. Sólo quisiera pedirte me dieras la posibilidad de adoptar a aquel niño que suele ser mi paciente en el prostíbulo de “Afrodita Cupida”.

—¿Te has vuelto loco? ¡Si el pequeño Dionisio es el esclavo preferido de la dueña, la voluptuosa Vela!

—¿Voluptuosa? ¡Por Zeus, Marco Antonio, esa mujer es una bola de sebo! Debes saber que ese niño nació libre en Atenas, su nombre es Arato y no Dionisio. Conocí a parte de su familia hace ya muchísimos años. Su cara me resultaba familiar, así que alguna vez que tuve la ocasión conversamos sobre su familia. De hecho su tío abuelo fue paciente mío. No creo que allí tenga un buen futuro, en realidad no creo que tenga allí ningún otro futuro que el de ser el efebo de patricios afeminados o patricias corruptas. Tú lo has dicho: estoy casi solo en el mundo, no tengo más familia que algunos amigos, pero nadie que viva conmigo excepto un par de esclavos, y he pensado que, ya que tengo que aceptar tener un nombre romano, formar parte de la ciudad de los asesinos de mi familia, al menos me permitirás salvar una vida. Es un pobre consuelo, pero…

—¡Ay, qué griego eres a la hora de la persuasión, maldito griego Musa! Pues te diré que eso significa más dinero de mi bolsa y mucha de esa oratoria que a ti te sobra de mi parte para convencer a la pingua magna de la meretriz de Vela. Tienes la cara muy dura y el corazón muy grande, Musa. Pero: ¿sabes lo que te digo? Que me siento tan feliz de que aceptes llevar mi nombre hasta la tumba que… lo haremos amigo Antonio Musa. Ahora bien, tendremos que comprar al niño como a un esclavo cualquiera, y ya luego veremos la manera de transformarlo en ciudadano. Todo paso a paso, amicus, que la sociedad romana es muy dura y debes entrar en ella suavemente y con elegancia.

Y así fue como el pequeño Arato se transformó en el primer hijo romano de Antonio Musa, más allá de la ley romana. Muy poca gente sabía de la existencia de este pequeño, que tenía ocho años en el momento de su adopción de hecho y trece en el momento en que mi abuelo se casó con mi abuela. El niño vivió esa experiencia con gran alegría. Mi abuela Cecilia le amó como a un hijo desde el primer momento en que lo conoció. A pesar de que por entonces todavía Arato era un esclavo ante la legislación romana, mi abuelo siempre le había tratado como a un hijo y estaba ahorrando el dinero para comprar su libertad. Desgraciadamente, parte de ese dinero se había esfumado con los gastos de la boda, pero era sólo cuestión de tiempo que Arato fuese nuevamente un hombre libre.

Tras el casamiento con mi abuela Cecilia, mi abuelo Musa, que no había querido aceptar una casa en el barrio del Esquilino, tal como le había ofrecido su suegro Cecilio Metelo, prefirió mudarse a la planta baja de la insulae en que vivía. Dejó el pequeño apartamento del tercer piso, y se mudó a una vivienda bastante más amplia y digna en la planta baja, que contaba incluso con un bello patio. Mi abuela Cecilia se trajo también algunos esclavos de su casa, su ayudante de cámara, la jovencísima Helena, y el esclavo médico Epícteto, viejo amigo de su ahora esposo, Antonio Musa. Ellos se sumaron a una esclava mayor egipcia y a un esclavo galo de enorme tamaño llamado Secuo, que compartían la vida con Musa. En la misma insulae vivían el gran compañero de Musa y antiguo secretario, el ahora cirujano Cornelio Adelphos –en virtud de la ciudadanía que le fuera concedida por Lucio Cornelio Sila antes de morir, unos años atrás– junto a su concubina, la bella macedonia y ex esclava Pandora, que había sido liberada y romanizada por la intercesión de la última esposa de Sila, y sus dos hijos, Cornelio Manio (en homenaje a aquel soldado amigo muerto en la batalla de Atenas) y la pequeña Cornelia. El viejo secretario de Musa, Adelphos, había dejado su puesto al joven romano Marco Acilio, un brillante estudiante de las artes médicas de la cuarta clase. Su familia era lo bastante pobre como para que sus miembros tuvieran que ganarse la vida trabajando, pero eran romanos desde tiempos inmemoriales.

Por aquella época de grandes cambios en la vida de Musa los acontecimientos de la guerra generada por la rebelión de Espartaco conmocionaban la realidad romana. Por la noche, tras la cena, como era costumbre desde que se hubiera hecho cargo del niño, Musa y Arato solían leer y repasar algunas obras clásicas. Sólo que ahora Cecilia solía sumarse a las clases, que eran mucho más breves, ya que desde su casamiento con mi abuela Cecilia, Musa se acostaba mucho más temprano.

—Entonces, mi amigo Arato, ¿has repasado la Antígona de Sófocles?

—La he leído varias veces Musa, me ha impresionado muchísimo la temeridad de la heroína al desafiar al poder establecido para cumplir con sus ritos ancestrales. Ella siente que debe enterrar a su hermano, aunque le cueste la propia vida.

—Entonces: ¿de qué lado estás Arato, del de Antígona o del de Creonte?, –preguntó mi abuela Cecilia.

—Sin duda, del lado de Antígona, Cecilia. El amor que siente por su hermano Polinices está más allá de todo temor. Los dioses la apoyaban, su cólera se manifiestaba en señales inequívocas: los cuervos y los perros arrancaban trozos del cadáver de Polinices y los dejaban en los altares de los templos y de los hogares.

—¡Qué brillante eres Arato! Estoy orgulloso de ti amigo mío. En cuanto ahorremos el dinero que nos falta tendrás tu libertad a los ojos del mundo, pues para mí, bien lo sabes que jamás serás un esclavo sino mi hijo, le dijo Musa con admiración y afecto.

—Lo sé Musa, pero quisiera dejar de acudir al colegio. Muchos niños no cesan de llamarme esclavo. Hoy mismo un grupo me acompañó hasta la puerta de casa coreando unas estrofas bastante desagradables. Hubiese deseado molerlos a golpes, y la verdad es que no podré resistirlo por más tiempo.

—¿Quieres decirme lo que te decían, hijo?, le preguntó Musa desencajado.

—“¡De la mano de Espartaco todos los esclavos buscan su libertad, pero de la mano de Craso uno a uno os colgarán!”

—Hablaré mañana mismo con el maestro, ya verás que te dejarán en paz.

—No te molestes Musa, no volveré jamás a la escuela.

—¿Es que te has vuelto loco Arato? ¿No comprendes que así ganan ellos?, le dijo Musa tomándolo de los hombros dulcemente.

—Mi cabeza intenta comprender muchas cosas últimamente Musa. La esclavitud, la libertad. ¿Qué es lo que hace que unos hombres sean libres y otros esclavos? ¿Qué es lo que hace que algunos esclavos prefieran la esclavitud a la libertad y otros entreguen su vida por ella?, respondió Arato con sus ojos llenos de lágrimas.

—Las circunstancias, querido niño, como alguna vez le contesté a Cecilia. Es muy difícil luchar contra ellas. Una sociedad como la romana sólo es posible que subsista gracias a la esclavitud y para ello hacen la guerra. Las guerras se hacen para someter a otros pueblos, hacerlos esclavos, porque los poderosos lo son en virtud de la esclavitud. Además existen distintos grados de esclavitud. Todos aquellos que trabajamos para sobrevivir somos esclavos de quienes nunca han necesitado hacerlo.

—¿Y si todos los esclavos se negaran a ser esclavos, si prefirieran morir a que su vida tuviera amos? ¿Acaso no nos necesitan ellos a nosotros pero nosotros no los necesitamos a ellos?

—¡Qué dulce eres Arato! Ese es un sueño que algunos locos, como tú y yo tenemos, respondió mi abuela Cecilia. Pero mientras tanto sólo nos queda la posibilidad de realizar pequeños actos de justicia individual y no callar nuestra verdad cada vez que nos sea posible. Hay tanto por cambiar en el mundo… Y ahora vayamos a descansar que mañana nos espera un largo día. ¿Que os parece si lo meditamos y mañana, Arato, te dedicas a arreglar las notas de tu padre del herbolario, y ya luego pensamos qué es lo mejor para ti, mi pequeño filósofo?

Pero aquella noche el joven Arato no pudo dormir. Por la mañana muy temprano un mensajero trajo a mi padre una carta desde Creta. El hombre era un centurión que traía por fin noticias de Marco Antonio. Hacía más de dos años que Marco Antonio, tras su pretorado, había partido con la orden del senado de barrer las costas mediterráneas de la piratería. Sin embargo los resultados habían sido desastrosos, en lugar de enfrentarse a los piratas Marco Antonio había terminado atacando a los cretenses, que se habían aliado a su vez a los piratas. La derrota fue deshonrosa, pues no sólo había perdido casi todos sus navíos, sino que tuvo que firmar un tratado tremendamente desfavorable a Roma. Desde entonces en Roma esperaban su regreso y lo llamaban con sorna “Antonio Crético”. Su esposa Julia, tía de Julio César, y que era llamada en virtud de su matrimonio Julia Antonia, estaba desesperada, puesto que la única noticia que tenía era que Marco Antonio no había partido nunca de Creta. Ambos hombres se dirigieron hacia el despacho de mi abuelo.

—¿Cómo te llamas soldado?, preguntó con amabilidad Musa al mensajero.

—Soy el centurión Quinto Amato, Antonio Musa.

—¿Qué noticias tienes de Marco Antonio, Quinto Amato?

—Mis noticias son la carta que te traigo y el pedido expreso de Marco Antonio que trasmitas su contenido a su esposa Julia y a sus hijos, así como a su sobrino político Julio César. Me dice que él sabrá que hacer y que nadie debe saber de esta carta más que los que te he mencionado. También traigo su anillo de sello y sus restos mortales.

—Bien Quinto Amato, toma asiento, si me permites, quisiera leerla antes de que te vayas. ¿Puedo ofrecerte algo de tomar, tal vez?

—Muchas gracias, pero no es necesario, contestó el centurión.

Mi abuelo rompió el inconfundible sello del anillo de Marco Antonio, y leyó, con el corazón latiéndole apresuradamente, aquellas líneas escritas con la sencillez y honestidad que aseguran una mutua confianza:


“Querido amigo Antonio Musa: mi querido médico y fiel compañero de tantos momentos de alegrías, juergas, enfermedades y confidencias. Sabes que luché por tener el mando de las tropas contra esa lacra ancestral que son los piratas. Lo hice por Roma y también lo hice por mí mismo y por los míos. Las deudas son un mal endémico que atormenta a quienes aspiramos a las máximas magistraturas. Mi bolsa no estaba ya vacía, porque había perdido hasta la bolsa, después de haber llenado unas cuántas otras bolsas menores para alcanzar la pretura. Pero los cretences prefirieron ponerse del lado de los piratas, y sin su apoyo se me hacía imposible avanzar en mi empresa de despejar las aguas mediterráneas. Así que, sé que tú comprenderás, no me quedó más alternativa que presentar batalla a esos traidores. Sin embargo su alianza con los secuestradores y saqueadores de los mares puso la balanza de su parte. No sólo perdimos la batalla, sino que además, puesto que la verdad la cuentan los vencedores, destrozaron mi reputación diciendo a los cuatro vientos, y directamente al senado de Roma, que había saqueado la región. Lo cierto es que estoy mucho peor que cuando he llegado, sin un sestercio con el que pagar mis deudas y con mi reputación arruinada. Haré lo que todo romano que se precie haría en estos casos. Volver a Roma significa exponerme a jucio, para la vergüenza propia y sobre todo la de mis hijos. No me siento culpable, he luchado y he perdido, y he salvado la vida de mis hombres para que puedan volver a enfrentarse a nuevas batallas cuando soplen vientos más propicios. ¿O es que acaso esperaban que los dejara ir sin piedad al matadero? Quiero silencio sobre mi muerte. Quinto Amato quemará mis restos mortales y te entregará mis cenizas, que tú entregarás a mi familia, para evitarles el desagradable espectáculo de los abucheos y las burlas de mis enemigos si se efectuase un funeral tradicional. También tiene mi anillo de sello, que deberás entregar a mi querido hijo mayor, Marco Antonio. A él y a mi amada Julia Antonia le permitirás leer estas líneas que luego quemaréis. También, si fuera posible, citarás a mi sobrino político, Julio César, pues es el hombre de mayor valía que nos queda en ambas familias. Ruégale que proteja y ayude a mis queridos hijos, sobre todo que haga lo posible e imposible porque al menos Marco Antonio pueda seguir el cursus honorum. No veo otra alternativa de que case a mi Julia lo antes posible con un buen hombre que la proteja y se haga cargo de mi familia. El nombre de los Julio César es muy ambicionado por los candidatos de buena familia, además de ser una mujer muy atractiva y de buen carácter. Adiós, mi querido Antonio Musa. Que los dioses te protejan y protejan a todos aquellos que he amado. Marco Antonio”


La natural ecuanimidad con la que Marco Antonio expresaba sus últimos deseos hizo que el afecto que por él sentía mi abuelo Musa se ahondara aún más. Se sintió orgulloso de que su viejo amigo y protector hubiera hecho lo correcto. El mismo nudo, cuyo grosor conocía de otros momentos en que la muerte había tocado a su puerta, apretó su garganta. Miró a los ojos cansados de Quinto Amato y éste le entregó una bolsa, Musa sacó de ella el pequeño y sencillo cofre de plata y el pesado anillo de oro blanco con el sello y las iniciales enlazadas, el mismo que había arrancado al abrir la carta.

Musa despidió al soldado e hizo ir a buscar a los hermanos Celso por intermedio de Secuo. Al galo le encantaba juntarse con los Celso, pues los muchachos le ayudaban en sus progresos con el latín, y él a su vez, les traía historias de dioses que ellos nunca habían conocido pero que pertenecían a las entrañas de su pasado. Mientras tanto le contó las terribles nuevas a Cecilia, que estaba muy ansiosa por saber qué significaba aquella inusual visita de un milite en su hogar.

—Me imaginaba que tendría que ver con Marco Antonio. Hace ya días que esperaba lo peor. Debemos decírselo urgentemente a Arato, sabes cuánto aprecia al pequeño Marco Antonio…

Cecilia fue en busca del joven pero no volvió con él, sino con una carta que el muchacho había dejado sobre su cama. Sus piernas le temblaban, arrojó la carta con desesperación a Musa.

—¡Por todos los dioses, se ha ido, se ha ido!

—¡Cálmate mujer!¿Desde cuándo crees en las artes adivinatorias? Siéntate y escucha. ¡Tantos meses sin recibir noticias de nadie, y hoy tenemos dos misivas en un par de horas!

Déjate de hablar, Musa, y lee antes de que enloquezca.

En el fondo Musa temía lo peor, mientras sus dedos desplegaban el pequeño rollo atado con una hebra de lana. Inspiró profundamente y leyó en voz alta sintiendo la mirada de Cecilia clavada en sus labios.


“Querido pater Musa: sé que comprenderás la razón de mi partida. Hay hombres que deben aguardar toda una vida para comprender la razón de la misma. Hay algunos que jamás la encuentran. Creo, sé, que la única razón de mi vida es la libertad. ¿Cuántas veces esperamos que la historia nos dé la posibilidad de cambiarla? No puedo permanecer con los brazos cruzados mientras miles de hombres se unen para luchar contra las cadenas del opresor romano. Ellos mataron a los míos, ellos mataron a los tuyos, ellos continuarán matando para que algunos pocos gordos y avariciosos de enormes togas blancas vivan a costa de nuestras vidas. Pero yo no moriré siendo su esclavo. No te sientas culpable por no haber podido comprar aún mi libertad. No quiero que gastes un solo sestercio en mí, porque no quiero pagar por ella y menos aún llenar las arcas del tesoro del maldito Imperio Romano. Te guardaré siempre en mi corazón, a ti y a la única romana que merece mi amor, nuestra bella Cecilia. Gracias queridos padres, y no temáis por mí, sabré luchar con valor porque la justicia sólo puede estar del lado de la libertad. Jamas os olvidaré. Arato”


Cecilia, con la cabeza entre sus manos, alzó los ojos hacia el cielo:

—¡Debemos ir a buscarlo Musa! Enviemos a tus muchachos Celso junto a Julio César que está luchando en los ejércitos de Marco Licinio Craso. Y de paso que le busquen en el camino, Arato llevará una diez horas de marcha. Lo último que se sabe de la huestes de Espartaco es que que han ido hacia el sur.

En cuanto llegaron los Celso marcharon hacia el sur en busca de Julio César y de Arato. César conocía muy bien a mi abuela Cecilia, antes de que ésta enfermara las familias habían pensado inclusive en casarlos, pues ambas familias eran de una impecable cuna. Pero luego de que el mal transformara a Cecilia en una mujer coja el tema jamás volvió a tocarse. Mi abuelo tenía una excelente relación con Aurelia, la madre viuda de Julio César, pues muchas veces había visitado su casa para atenderla, tanto a ella como a sus hijas, e incluso al propio Julio César.

Musa decidió esperar noticias de Julio César para hablar con Julia Antonia y el pequeño Marco Antonio. Guardó con sumo cuidado los restos de su benefactor y el preciado anillo. Las horas de aquellos día parecían interminables. Esclavos y hombres libres se unieron en la búsqueda y en traer noticias de los acontecimientos de la lucha espartaquista. Cada rumor era una forma de acercarse al paradero del muchacho prófugo. Finalmente, después de tres días, un fuerte rumor aseguraba que los rebeldes habían decidido enfrentarse por fin a Craso, pues ya no tenían escapatoria. Se decía que Espartaco había luchado de pie, que antes de la lucha había atravesado con su espada a su caballo diciendo: “La victoria me dará bastantes caballos de entre los enemigos, y si soy derrotado, ya no lo necesitaré.” Se decía también que en realidad todos los hombres siguieron su ejemplo y lucharon de pie, hasta encontrar la muerte, porque ninguno deseaba ser tomado prisionero por el ejército romano; se murmuraba que de los ochenta mil hombres del ejército de los esclavos sesenta mil habían dejado su vida a orillas del Río Silario, entre ellos el propio Espartaco, quien herido en una pierna sigó luchando de rodillas hasta deshacerse en la batalla. Se señalaba que algunos pocos habían logrado escapar y que unos seis mil habían sido capturados por Marco Craso. Pero lo peor que se decía era que Marco Craso había decidido crucificar a cada uno de esos prisioneros a todo lo largo de la Vía Apia, entre Capua y Roma, para que este macabro espectáculo sirviera de escarmiento, para que ya nunca más ningún esclavo se atreviera a enfrentar el poderío de Roma.

—Musa, debemos realizar un último esfuerzo para hallar a Arato. Yo enviaré una esquela a Julia Antonia explicándole la situación de Arato y avisándole que tenemos noticias de su marido; no podemos esperar más tiempo. Le pediré prestada una litera y saldré a recorrer la Vía Appia…

—¿Es que te has vuelto loca mujer? ¿Cómo crees que pueda haber hecho Arato para unirse tan pronto a los rebeldes?

—No lo sé, Musa, tengo un triste presentimiento. Sí, ya sé que es una posibilidad entre miles, pero no quisiera dejarla pasar. Si su cuerpo está colgado en algún punto no podré perdonármelo jamás.

—Y si así fuera: ¿crees que te dejarán recuperarlo?

—Por eso mismo. Vé tu adelante con buenos caballos y que Adelphos te acompañe, ya que los Celso no están. De todas formas tendrás que encontrarlos volviendo por la misma Vía. Intenta llegar hasta donde esté Julio César, él es el único que puede ayudarnos. No se negará, estoy segura.

—¿Tan bien le conoces, Cecilia?

—Por todos los dioses, no intentarás ser irónico conmigo en estas circunstancias. Pero si quieres saberlo: Julio César no es de los que se acuestan con mujeres cojas.

—Discúlpame Cecilia, los nervios me hacen decir estupideces. Haremos como tu has dicho, ya no hay nada que perder.

—Nada que perder… respondió mi abuela Cecilia como una autómata.

Y ambos esposos se abrazaron tiernamente, infundiéndose las fuerzas que sólo pueden tomarse del amor para enfrentar las sombras que refleja la muerte.

No pasaron un par de horas cuando Julia Antonia llegó a toda prisa acompañada del pequeño Marco Antonio. Con sus doce años era un muchacho robusto como un cachorro de buey. Sus enormes ojos castaños de espesas pestañas tenían un brillo profundo y seductor, su presencia jamás pasaba desapercibida.

—Gracias querida amiga por acudir a mi auxilio, y veo que has venido con muy buena compañía. ¿No crees que nuestro pequeño amigo debería quedarse a esperarnos en casa?

—No estoy segura amiga mía. El muchacho es súmamente listo y tal vez podría sernos de utilidad. He venido con cuatro esclavos fuertes transportando la litera y dos más como guardaespaldas, que son de mi cuñada Aurelia, la madre de Julio César. A propósito de él, ha llegado un mensajero diciéndole a su madre que se ha encontrado con tus amigos los Celso, y que vienen camino de Roma, así que supongo que se encontrán con tu esposo y sus acompañantes. ¿Con quién va Musa?

—Le acompañan Adelphos y Marco Acilio, Antonia.

—Entonces pongámonos en marcha y encomendémonos a Juno Lucetia para que nos alumbre el camino, mi querida Cecilia.

Y la comitiva improvisada partió en busca del muchacho. Todos, excepto los guardaespaldas que montaron a caballo, prefirieron hacerlo de a pie, pues optaron por no cargar los hombros de los portadores de la litera para aligerar el paso. Atravesaron las murallas, y un vez que hubieron alcanzado el tramo de la Vía Appia fuera de Roma el paisaje se tornó infame. Una hilera de cuerpos desnudos la surcaba impidadosamente a ambos lados, simétricamente, con la eficacia propia del mortal aparato militar romano, cada tres pies un cuerpo, y luego otro, y otro, hasta perderse en la tortuosa e infinita visión del imperio de un Hades jamás imaginado por ningún dios de figura humana o animal.

—¡Julia Antonia, con qué impía celeridad actúan los jefes de nuestra milicia que son capaces de sembrar el mundo de un espectáculo tan obsceno! ¡Qué dioses pueden ser capaces de imaginar semejante abominación! ¡Qué animales que no sean los hombres pueden crear semejante espectáculo macabro!

—Si hemos de creer en los dioses, éstos harán pagar muy caro al mayor culpable de este sacrificio. Espero vivir los suficiente como para ver caer desde lo alto de su avaricia a Marco Licinio Craso. El maldito no quería que Pompeyo, que llega de Hispania a ayudarle en la represión, le ganara de mano, o acaso oscureciera su infame victoria.

Nubes grises cubrían el cielo mientras la tarde descendía sobre el camino más importante de la más grande de las ciudades del mundo. Al cabo de tres lentas millas, en las que Cecilia a un lado y el pequeño Marco Antonio al otro, indagaban atentamente los rostros de las víctimas, Cecilia se acercó a un perro que los esperaba al borde del camino. Era el perro de Arato, Tiresias –un galgo mediano de pelo castaño claro atigrado, cuyos extraños ojos grises asemejaban los de un ciego– quien los esperaba pacientemente, pues su olfato le avisaba que habían venido a buscarlos, a él y a su amo.

—¿Dónde está Arato, Tiresias?, le preguntó con voz temblorosa mi abuela Cecilia.

Y a paso rápido y moviendo la cola con una extraña alegría el animal los llevó tres cruces más adelante. Allí estaba el muchacho, con una dulce sensación de paz en el rostro, su cuerpo desnudo y sin heridas visibles, su cabeza inclinada como su hubiese sido alcanzada por el sueño. La comitiva se acercó a pasos agigantados, los esclavos dejaron la litera al costado del camino. No había guardias que custodiaran los cuerpos, pero a cierta distancia podía verse venir un grupo de una decena de soldados con dirección a Roma.

—¡Pronto, antes de que sea demasiado tarde, si ya no lo es, que los hombres ayuden a bajar la cruz!, exclamó mi abuela Cecilia.

—¿No crees que deberíamos esperar a que llegue ese grupo de soldados, Cecilia?

—La muerte no sabe esperar, Julia, cuando lleguen ya veremos qué decir.

Con el mayor de los cuidados los cuatro esclavos desenterraron la cruz mientras el cuerpo sujeto por las muñecas y los pies oscilaba hacia delante. Mientras tanto, los dos guardaespaldas de Aurelia custodiaban el camino. Una vez tendieron a Arato en el suelo, Cecilia y el joven Marco Antonio se unieron para desatar los miembros de Arato.

—¡No te quedes ahí parada, mater, ayúdanos a quitarle esta mierda de cruz!, espetó Marco Antonio a su madre

—¡Cuida esa boca, Marco Antonio, no faltes el respeto a las parcas!

—¡Las espanto, madre, las espanto, que todavía puede estar vivo!

Y lo estaba. Cecilia acercó su oreja derecha al pecho del muchacho, luego de cubrirlo de la cintura para abajo con una manta. Su espalda esta cruzada por una innumerable cantidad de latigazos, y algún milite piadoso había tenido la gracia de romperle las piernas, para que su muerte fuese menos lenta.

Los dos guardaespaldas decidieron ir en busca del grupo de soldados que se acercaba para explicar la situación. Pero la fortuna por fin les sonreía. Los soldados que iban delante no eran sino la escolta que había traído Julio César, que cabalgaba detrás junto a rostros amigos: Musa, Adelphos, Marco Acilio, los dos Celso, el galo Secuo… Todos ellos y Julio César se apearon de los caballos que fueron recogidos por los soldados de la escolta. Marco Antonio corrió en busca de Julio César en cuanto le vió.

—¡Sabía que vendrías primo!

—Es que tú eres muy sabio, mi querido Marco Antonio. Me enorgullece encontrarte aquí.

Musa ya había alcanzado el cuerpo de Arato y comenzó a revisarle.

—¿Qué dices médico Musa?, le preguntó Cecilia con desesperación.

—Respira con mucha dificultad, es posible que sus pulmones se hayan dañado. Quien sea que haya tenido el gesto de romperle las piernas es quien le ha matado.

—¿Es que no puedes salvarle, médico Musa?, gritó Cecilia con desesperación.

—No creo que pueda Cecilia, respondió mi abuelo Musa con voz ahogada, he intentó abrazar a Cecilia.

—¡No me consueles, médico Musa! ¡Haz algo, aquí lo tienes, es tu hijo, sálvale! ¡Sálvale!, gritaba Cecilia golpeando con sus puños el pecho de Musa.

—¡Basta Cecilia Metela, por los dioses, basta!, le gritó Julio César.

Y Cecilia cayó de rodillas y abrazó el cuerpo tibio de Arato.

—Se ha ido, dijo Cecilia mirando a Musa con ternura.

El más joven de los pelirrojos y enormes Celso, mi abuelo Lucio, que sentía un enorme afecto por el joven Arato, tomó el cuerpo en sus brazos y lo depositó en la litera con enorme delicadeza. Mi abuela Cecilia dispuso las mantas y luego bajó de la litera.

—Yo volveré a pie, Julia Antonia, no sé si tú quieres ir en la litera.

—No, no, de ninguna manera, Cecilia.

Cuando los cuatro esclavos se disponían a levantar la litera, Musa los detuvo, y con un simple gesto de su mirada los Celso y Adelphos comprendieron su significado. Musa se colocó a la izquierda, acompañado del fiel Tiresias, y Adelphos a la derecha, Aulio y Lucio Celso lo hicieron detrás mientras el joven romano Marco Acilio tomaba la delantera para despejar el camino. Las mujeres se dispusieron detrás de la litera, y el joven Marco Antonio las seguía junto a Julio César, quien también, en una señal de solidaridad, decidió recorrer el camino a pie. Detrás de todos ellos iba el galo Secuo y los guardaespaldas de Aurelia, todos ellos a pie con los caballos cogidos de la bridas y luego los esclavos transportadores de la litera llevando los caballos de los improvisados porteadores. La extraña comitiva era escoltada a su vez por los soldados, que hasta hacía horas habían sido los verdugos de todos aquellos cuerpos que surcaban el camino. Un profundo respeto por la triste carga que llevaban a Roma unía a esos hombre y mujeres. Porque en las guerras los soldados no suelen elegir el bando. Como siempre decía mi abuelo Musa: las circunstancias habían puesto a unos hombres del lado de Roma, a otros del lado de los esclavos, aunque hubiera sido la presunción de un hombre romano enceguecido por sus ansias de poder la que había decidido esa masacre, para la mayor gloria de la maldita Roma.

Ya era de madrugada cuando en el patio de la casa de Musa el cuerpo del joven Arato fue colocado sobre un túmulo de piedra y madera. Todos los presentes vestían de riguroso luto. A quienes habían transportado el cuerpo a Roma se habían sumado también algunos otros, como la madre y las esposas de los Celso y los hermanos de Marco Antonio. Julio César también estaba allí y todos los demás esclavos de la casa. Cuando Musa encendió el fuego muchos de los presentes arrojaron pequeños trozos de leña, flores o puñados de mirra e incienso para alimentar las llamas. Cuando el cuerpo terminó de arder una intensa ráfaga de aire comenzó a arremolinarse sobre el cuerpo. Marco Antonio, que había permanecido todo el tiempo con la urna que contenía los restos mortales de su padre apretadas junto a su pecho, se acercó al improvisado altar y arrojó las cenizas al cielo. Todos, hombres y mujeres, libres o esclavos, elevaron sus rostros para ver como los espíritus se igualaban en la muerte; y por fin mi abuelo Musa pudo llorar, por sus hijos, por Arato, por su amada Dina, por su amigo Marco Antonio, por el mundo… Pero sólo Cecilia lo supo, pues el cielo se deshizo en una lluvia urgente que lenta, profusamente, lo barrió todo.


Viviana Cecilia Atencio



Dibujo: Paloma Blázquez Crespo;
http://palomablazquezpoemas.blogspot.com/.