miércoles 9 de diciembre de 2009

El ombligo del mundo





“Así, todas las especies de la tierra, hombres y bestias, y especies marinas, y reses y aves de vivos colores, se precipitan en la pasión y el fuego: el amor es igual para todos.”
Virgilio, Bucólicas

Los días y las muertes se sucedieron, en el transcurso del viaje de Atenas a Roma. Un ciclo de tiempo en donde las víctimas romanas de la guerra contra Mitrídates pasaban por las manos de mi abuelo Musa a cada instante. Veía a su principal paciente, el temible Sila, cada mañana y cada noche, y el resto del día lo pasaba atendiendo a las tropas heridas junto a su asistente y compañero de viaje, Adelphos. En el intervalo de aquellos meses Adelphos había profundizado su práctica en la medicina quirúrgica, sus manos se movían como guiadas por los dioses zurciendo costuras humanas, amputando miembros, mientras mi abuelo velaba por esas heridas y por los males que podían curarse. La presencia de Pandora había producido en Adelphos un cambio extraordinario; muy pronto la joven esclava macedonia comenzó a ser considerada por Musa como la natural concubina. La encantadora muchacha había perdido los miedos de aquella primera noche y cuidaba de Musa con gran respeto y de Adelphos con verdadero amor. Limpiaba varias veces al día su instrumental quirúrgico y estaba a su lado en las operaciones más complicadas. Musa le había hablado una noche claramente.
—A los ojos del resto de la gente de este campamento eres mi esclava, pequeña, recuerda que aunque Adelphos y yo no seamos romanos, por el momento, al menos, somos libres. En cuanto me sea posible te daré la libertad, pero mientras tanto procura no meterte en problemas, estar siempre cerca nuestro para que podamos protegerte, aunque no creo que nadie se atreva a hacerte daño, después de todo para ellos eres la esclava del hombre que salvó la vida de su general.
Pandora solía responder siempre con los ojos más que con las palabras. Por alguna razón o por ninguna en particular, prefería decir a través de su mirada. Sus ojos expresaban la enorme gratitud que sentía por la delicadeza con que Musa la trataba, así como una especie de admiración por la humanidad que aquel hombre demostraba con cada uno de sus pacientes. Esa misma mirada de Pandora era capaz de enfriarse a la hora de actuar como asistente de los médicos, se ensombrecía hasta la más absoluta oscuridad ante los muertos que quedaban en el camino, se llenaba de dulzura cuando era alcanzada por la mirada de Adelphos. Las pocas veces que hablaba Adelphos y Musa lo vivían como un gran acontecimiento, ahora eran ellos quienes se quedaban mudos, pues sabían que las palabras habían sido meditadas tras largas horas de silencio.
Luego de la cena los tres compartían largas conversaciones, en las que Musa intentaba transferir conocimientos a ambos, así como incitarlos a la reflexión científica.
—No debéis olvidar prestar atención siempre y en primerísimo lugar al semblante de los pacientes, a su parecido o desemejanza al de una persona sana. Y aún agregaría más: observad si se parece a sí mismo.
—¿Y cómo es que sabremos si alguien a quien tal vez apenas conozcamos se parece a sí mismo?, preguntó asombrada Pandora.
—¿Qué es lo contrario a un rostro saludablemente humano? Unos ojos hundidos, una nariz excesivamente afilada, unas sienes deprimidas, unas orejas contraídas, frías, la frente tensa, dura, reseca, la piel amarillenta u oscura… Si observamos estos rasgos, y todos aquellos que nuestra mente nos arroje como datos de un rostro enfermo, deberemos entonces comenzar por preguntar: ¿ha tenido insomnio, diarrea, hambre? Si nos contesta que sí podemos buscar en estas causas la respuesta a aquel rostro enfermo. Así, quizás, controlando esas fuentes de los males: dar de comer al hambriento, buscar la forma de conciliar su sueño, controlar la dieta y las aguas que ingiere, resolveremos en un día y una noche el caso que nos ocupa. Pero si nos contesta que no a todas ellas podremos estar en presencia de un caso mortal.
—Los ojos específicamente, Musa, dicen mucho acerca de la enfermedad o la salud de las personas, acotó Adelphos.
—¡Es verdad! Los ojos reflejan la mente y el cuerpo, su dolor o su ausencia, su armonía o su caos, agregó Pandora.
—¡Eso es Pandora! Los ojos son todo un síntoma en sí mismos. Debemos observar si rehuyen la luz, si lagrimean involuntariamente, si bizquean, si uno se hace más pequeño que el otro, si lo blanco se mantiene rojo o lívido, si aparecen venillas negras en ellos, o lagañas en torno a sus órbitas, si están inquietos, saltones o fuertemente hundidos, continuó Musa.
—Cuando la muerte se avecina, Musa, los párpados se ponen lívidos, sentenció Adelphos recordando la muerte.
—Y también los labios, aunque a veces se vuelven blanquecinos, se entreabren, y siempre se enfrían, porque no hay nada más frío que la muerte, ¿verdad Musa?, inquirió Pandora.
Y así, discurriendo sobre la vida y la muerte de los otros, intentaban olvidar que su mundo y todo aquello que tanto habían amado, se encontraba disperso entre los despojos de aquella guerra que aún no había concluido. Las noches compartidas se hacían menos solitarias para estas tres personas que se habían visto obligadas, bajo las circunstancias de la historia, a vivir bajo un mismo techo. Los unía la incertidumbre, la muerte, el espanto, y una gran lealtad. Antes de que los tres alcanzaran las puertas de Roma, además de dejar atrás los pedazos de un mundo devastado, habían construido los lazos de una inquebrantable amistad.
Muchos de los más bellos rincones de su amada Grecia habían sido arrasados. El puerto del Pireo y la admirable armería de Filón, tras más de cuatro siglos de antigüedad, habían sido reducidos a cenizas. La ciudad de los Panapeos había sido asolada, la de los Lebadeos saqueada, hasta su famoso oráculo había sido despojado sin piedad. En una de esas largas treguas entre lucha y lucha los soldados, hartos de sangre y de penurias, comenzaron a dispersarse anárquicamente por todos los rincones de las inmediaciones del campamento, cebándose con el saqueo y la rapiña. Sus trofeos eran sobre todo vinos, mujeres y todo aquello de valor que se interpusiera en su camino. Y no es que Sila lo aprobase ni se alegrara con ello, sino que le era prácticamente imposible detener a esos hombres que habían acumulado un odio agónico, alimentado en el hambre y la miseria, tras un tiempo de espera interminable. Sila no podía encontrar la forma de reagrupar a esos miles de hombres, ni infundirles los ánimos indispensables para librar los combates que los llevarían por fin a la victoria final.
Cafis el focio se presentó una mañana en la tienda de Sila mientras mi abuelo Musa realizaba su revisión matutina. Su cara estaba roja de impotencia y de ira ante los desmanes de las huestes del ejército romano. Sila comprendió al instante la acusación que le hacía su mirada encendida:
–¿Qué pasa Cafis? ¡Pareces salido de la fragua de Vulcano! Ya sé, ni falta hace que me lo digas: ¡mis hombres están desaforados! Y lo peor es que Arquelao no quiere presentar batalla, prefiere justamente esto, desgastarnos, quemarnos con la espera. ¡Ayúdame Musa, dime cómo puedo detener esta locura, como puedo recomponer la mente de mis tropas! Decididamente, han enloquecido…
En los días que siguieron a la curación de la terrible enfermedad de Lucio Cornelio había nacido entre Musa y el general una estrecha relación, que no podía llamarse exactamente amicitia, pero sí una mutua confianza entre ambos hombres. Sila apreciaba la sabiduría y la compañía del médico griego, su humildad y también la integridad de sus convicciones. A su vez, Musa había aprendido bastante acerca de la naturaleza de este hombre tan inhumanamente cruel con sus enemigos, tan exacerbadamente generoso con sus amigos. Musa intentaba en todo momento distanciarse afectivamente Sila, como de cualquier otro enfermo cuya suerte dependiera de su arte, aunque muchas veces su cuerpo y su mente se encontrasen al límite de la estallar. Siempre que Lucio Cornelio lo consultaba respondía con total sinceridad, y el general romano lo sabía perfectamente.
—Supongo que esta actitud es una forma de supervivencia momentánea Lucio Cornelio, ellos saben que en cualquier momento las luchas comenzarán y desean gozar violentamente, incluso cruelmente, de sus vidas. Creo que no deberías darles reposo, Sila, no los dejes expuestos a un libre albedrío que no pueden controlar, hazlos trabajar hasta que te rueguen por favor que los lleves a la batalla, recomendó Musa.
—Muy bien, Cafis, envía a traer a Marco Ateyo ahora mismo, que tengo algo en mente, dijo Sila mientras sonreía con los ojos repentinamente iluminados.
Era evidente que el centurión no esperaba ser llamado a la tienda del general, su aspecto era lamentable: algo ebrio, con una barba de varios días, y una sonrisa cómplice en los labios.
—Buenos días mi general, dijo escondiendo a medias la sonrisa y con un balanceo leve sobre sus pies.
—Buenos días Marco Ateyo, dijo Sila secamente, clavando sus gélidos ojos sobre los enormes ojos de buey del centurión. Me gustaría saber de qué mierda te ríes. ¿Pero qué es lo que os pasa, creéis que la guerra se ganará sola mientras vosotros os llenáis de vino hasta el culus? ¡Yo puedo hacer lo mismo que vosotros, vaya si puedo! Pero Roma nos espera y no podemos defraudarla. Por lo tanto mentula floja informarás a las tropas que saldremos del campamento a mudar el curso del río Cefiso ahora mismo.
–¿Que qué?
—¡Lo que has escuchado vespa bovina, que se acabó la fiesta! ¡A cavar fosos y más fosos! Quiero a todas las tropas alineadas en media hora. Y he dicho toda, no quiero terminar diezmándolos, aunque los precise vivos no vacilaré en hacerlo si se me desbanda un solo pajarraco ebrius. Yo mismo supervisaré los trabajos, haremos guardias de día y de noche, de manera que el tiempo que no trabajéis os dediquéis a descansar lo mínimo imprescindible para seguir avanzando en las obras.
Y así fue. Al cabo de tres días, mientras Sila caminaba entre las tropas sudorosas, con un enorme sobrero de paja para cubrirse del sol, y observaba minuciosamente reprendiendo a quienes permanecieran parados más de lo permitido, la soldadesca comenzó a rogarle:
—¿Cuánto tiempo más estaremos sin luchar, general?
—¡Por favor, Lucio Cornelio, llévanos frente al enemigo!
—¡Lo que vosotros queréis no es luchar o acabar con esta guerra, pedazo de holgazanes, ladrones y borrachos, sino escapar del trabajo! Pero sabéis lo que os digo: que igual me da. ¡Los que queráis dejar las palas y cambiarlas por vuestros gladius podéis hacerlo! ¡Tomad vuestros escudos y vuestras espadas y demostremos a esas meretrices orientales lo que significa ser un milite romano!
El ejército de Arquelao –que triplicaba en número al silano– al mando de Taxiles debía avanzar desde el norte por un profundo valle hasta Queronea. Las órdenes de Mitrídates, contrarias a los deseos de Arquelao, eran presentar batalla lo antes posible. El primer movimiento de Sila fue ocupar la ciudad en ruinas de Parapotamos, una posición casi inexpugnable que dominaba los vados de la calzada que conducía a Queronea. En cuanto las tropas enemigas aparecieron en el horizonte Sila fingió una retirada, atrincherándose tras la empalizada y los fosos que tanto esfuerzo les había costado construir. Los noventa carros de guerra de Arquelao (de los cuales carecían absolutamente los romanos) se estrellaron contra las trincheras. Los caballos enloquecieron y, entre flechas y jabalinas que los azotaban sin piedad, retrocedieron hacia las falanges griegas, creando una inesperada confusión. La matanza fue devastadora: de los ciento diez mil efectivos sólo quedaron unos diez mil para ser vendidos como esclavos, mientras que Sila sólo perdió a doce de sus hombres.
Las fiestas de la victoria de Queronea se celebraron en Tebas, gracias a la importante recaudación con las que se gravó a la ciudad, que no fue perdonada. Junto a la fuente de Edipodea Sila bebió y se regocijó junto a sus hombres y a su querido Crisógono, que estaba exultante. Todos estaba felizmente borrachos, el propio Sila no podía tenerse en pie. Hubo hasta un desfile de de histriones encabezados por uno que imitaba a Sila, acompañado de un Crisógono de andar sinuoso, con peluca rizada incluida, que divirtieron mucho a la soldadesca. Aunque faltaba mucho para la victoria final, todos tenían la sensación que ya nada podría detenerlos.
Mientras tanto el ejército leal a Roma y al popular Lucio Cornelio Cinna, al mando de Lucio Valerio Flaco, llegaba con la misión de combatir a Mitrídates VI, invalidando así todo accionar de Sila. Lucio Valerio había sido nombrado cónsul suffecto en nombre del fallecido Cayo Mario con la misión secreta de acabar más bien con las tropas silanas que con las mitrídacas. Pero Sila ni se inmutó. Envió a sus hombres a sembrar la discordia en el ejército de Flaco. El resultado fue el esperado: los hombres de Flaco se negaron a combatir. Fue el mismísimo tribuno de los soldados quien se lo hizo saber:
—¡No hemos sido llamados a las filas para combatir contra nuestros hermanos romanos, Lucio Valerio! ¡No derramaremos más sangre romana! ¡Lucharemos solamente contra los enemigos de Roma!
Lucio Valerio se dirigió entonces al Helesponto. Para el pobre Flaco esta había sido una campaña complicada desde todos los flancos. Su legado Cayo Flavio Fimbria era un personaje molesto y competitivo, indigno de su confianza y demasiado generoso con las tropas. No era mucho el dinero con el que contaban y las raciones no eran demasiado abundantes, los milites estaban cada vez más agresivos y Fimbria no hacía más que atizar el fuego del amotinamiento. Lo cierto es que gran número de soldados desertaron cambiándose al bando silano. En lo personal, Lucio Valerio Flaco no estaba interesado en luchar contra Sila, así que prefirió dirigir sus tropas contra Mitrídates, combatiendo en los estrechos del Bósforo y el Helesponto.
En las orillas de las lagunas de Orcómenos, una zona pantanosa de la llanura de Beocia, Sila volvió a enfrentarse a las fuerzas del Ponto, unos ciento cincuenta mil hombres. Sila se agazapó en aquel lugar ideal para que su pequeño ejército tuviera posibilidades de éxito: un sitio estrecho, con defensas naturales y un suelo propicio para construir rápidas trincheras y empalizadas. Pero Arquelao, a pesar de ser acorralado, invistió con toda la fuerza de su ejército y los romanos comenzaron a retroceder. Paradójicamente, la presión provocó que los legionarios acabaran formando una barrera impenetrable de espadas y escudos, que avanzó sobre el campo de batalla como un puño blindado, haciendo trizas la línea de combate de Arquelao y tomando a viva fuerza el campamento. Las fuerzas del Ponto se desbandaron, y la batalla se convirtió en una inmensa matanza.
Aquella noche Sila estaba ebrio de júbilo:
—¡Os dais cuenta que soy un favorito de los dioses! Soy sin duda el más felix de los hombres, no en el sentido de dichoso, pues con esta cara tan maltratada por el dios Marte sería imposible serlo, pero sí porque siempre obtengo inmejorables resultados. ¡Allá vamos Roma! ¡No desesperes, que los días del reinado de Cinna están contados!
Y este camino, el de su hogar deshecho entre las cenizas de la guerra, volvía a transitarlo la mente de mi abuelo, el médico Musa, mientras se dirigía hacia la casa de mi abuela Cecilia Metela. Durante meses había efectuado el mismo recorrido, casi a diario, para rehabilitar su pierna enferma. Había incluso ensayado una sencilla operación, que el brillante Adelphos, junto a su maestro Erasistro Apolonio había realizado con gran éxito. Por fin estaba listo aquel adminículo extensor que mantendría los músculos y tendones lo más saludablemente estirados posibles, para evitar el desplazamiento de la cadera y la deformación de la espalda, así como un par de sandalias cerradas cuyo pie izquierdo tenía un alza de diez centímetros para equiparar la altura a la de la pierna sana.
El fin de aquellos días que se reducían a esperar los encuentros y las charlas con mi abuela Cecilia se acercaba, y una extraña angustia perturbaba la mente de mi abuelo, que no se atrevía a confesarse las causas de esa turbada inquietud. Era feliz recordando las palabras de Cecilia, la luz de sus ojos y el leve contacto con su piel. Día a día se había permitido sólo admirarla, escucharla, provocar algún enojo, compartir el mismo aire, su risa, su…
—¿Tú también crees que estoy loca médico Musa?, le preguntó Cecilia una de aquellas mañanas en que mi abuelo sostenía y acompañaba su pie enfermo con suavidad, mientras Cecilia movía su pierna desde la rodilla hacia arriba y hacia abajo para fortalecer el cuadriceps.
—No, no lo creo, de ninguna manera.
—¿Y qué piensas de la esclavitud, médico Musa?
Marco Acilio, el joven romano asistente de Musa, giró la cabeza para mirar de frente a mi abuelo, y el esclavo griego y antiguo amigo de mi abuelo, Epícteto, también se puso en estado de alerta. Musa sonrió de una forma casi circular, como si quisiera purificar la atmósfera herido con la pregunta de aquella mujer que para el resto del mundo no era más que una insensata.
—Es una circunstancia.
Cecilia lanzó una de esas carcajadas contagiosas y cristalinas. Ligeramente se acercó al oído de mi abuelo y él creyó escuchar algo así como:
—Te quiero.
Y luego volvió a elevar su voz, pues si algo le ha gustado siempre a mi abuela es llamar la atención, pero no por simple narcisismo, sino porque disfrutaba provocando reacciones en cuantos la rodeaban, y formar parte de ellas, como si se divirtiera escribiendo el guión de una sátira en cuyo inicio todos, menos ella, improvisaban, pero cuyo final era inesperado inclusive para ella misma.
—Me gusta tu respuesta. ¡Y vaya si me gusta! Eso significa que los dioses no deciden quién es o no esclavo, que en nada se diferencia un esclavo de un hombre libre. Sí, querido médico Musa, la esclavitud, como tantas otras cosas, es un mero accidente. Todos los que estamos aquí somos iguales, la diferencia es una apariencia, un espejismo inducido en virtud de un mero incidente. Deberían saberlo quienes van tras Espartaco y dejarlo marchar en paz.
—¡Basta ya, por Júpiter, Cecilia! Deja trabajar en paz a esta gente, hija mía, interrumpió Flavio, su madre, angustiada. ¿Es que no tiene usted algo para curar la insensatez, médico Musa? Mire el brillo que adquieren sus ojos cuando ve que todo el mundo…
—¿Qué tiene todo el mundo con el brillo de los ojos de mi niña? la interrumpió su marido Lucio Cecilio Metelo, mientras atravesaba la habitación.
—Es al revés marido, sus ojos, los ojos de Cecilia son los que provocan. ¡Y ya no es una niña!
Cecilio se acercó a su hija, tomó su rostro entre sus manos y la miró a los ojos.
—Sus ojos sólo pueden provocar admiración, mujer. Mira esa carita, si no fuera por esa triste enfermedad ya estaría casada hace mucho tiempo y para mí siempre será una niña. A lo mejor eso es lo que da luz a sus ojos, su falta de maldad, su inocencia.
—¡Deja ya de consentirla, Lucio! Sabes tan bien como yo que si no se ha casado es porque los espanta con esas locas ideas que tiene en su cabeza. Pero lo peor, médico Musa, es que no hay como callarla, que no siente miedo de nada ni de nadie. Y la culpa de todo es de su padre, que nunca ha querido castigarla como se merece. ¡Y no es porque a ti no te la haya jugado Lucio Cecilio!
—¡Basta ya, mujer! ¿Es que no te parece suficiente castigo el que ya le han dado los dioses? ¡Y a ti también te consiento, que ya has hablado demasiado y todavía no te he castigado por ello! Y dejemos trabajar en paz a estos médicos, que todavía les queda un largo el día por delante.
Y eso había sido casi todo, era el último día de un tratamiento que hubiera deseado que perdurase toda su vida, y a esa nueva angustia se sumaban los recuerdos que lo golpeaban sin compasión. Habían pasado diez años desde que atravesara las murallas de esta enorme ciudad, desde que Lucio Cornelio Sila desembarcara en Brindisi, desde que Dina y sus hijos se habían transformado en una dolorosa ausencia. Diez años de soledad, seco de todo deseo, sobreviviendo por amistad a los huérfanos de Aulio Celso. Aulio Cornelio Celso, ese galo romano de abierto corazón que sólo pudo resistir hasta acomodar por fin a su familia en una casa verdadera, para que dejaran de ser por fin un eslabón más dentro de un campamento romano. Aulio Celso había aceptado formar parte de los clientes de Cornelio Crisógono, y así fue como se había transformado en romano, gracias a otro extranjero, como él. Aulio Celso, había luchado por su vida hasta el último instante, sin que Musa pudiera hacer nada por retenerlo junto a los suyos. Y murió sin saber los horrores que esa bestia con cara de ángel llamada Crisógono llegó a cometer, antes de que el propio Sila ordenara que tiraran a su amado y corrupto favorito desde la roca Tarpeya. Musa vio morir a Crisógono, sin sentir ninguna pena por quien había inventado y alentado las proscripciones silanas, para quedarse con él mismo con el dinero de los muertos, cuya culpa no había sido ser contrarios al régimen, sino simplemente haber acumulado riquezas codiciables por otros más corruptos que ellos.
Culpa, culpa, culpa. ¿Cómo había sido capaz de permanecer con vida después de tanto horror? ¿Por qué el pasado lo torturaba de ese modo? ¿Por qué los gritos de los miles y miles de soldados populares degollados por Sila en el Campo de Marte, tras su victoria contra los sucesores de Cinna, retumbaban en su cabeza con mayor nitidez aún que aquella primera noche, tras las puertas de Roma? Invitado por el propio Lucio Cornelio Sila, en un rincón tras las cortinas del senado reunido en la Cura juliana, pudo escuchar cuando uno de los senadores le preguntaba:
—Perdona Lucio Cornelio que te lo pregunte, nos gustaría saber, si la guerra ha terminado, qué significan esos gritos que atraviesan la ciudad como si la batalla aún continuase.
—¡Lo que escucháis no es más que el castigo a unos cuántos sinvergüenzas! ¡Y habrás más, muchos más, senadores, pues de sinvergüenzas está enferma esta ciudad!
Lucio Cornelio Sila Felix acabó hasta con el último de sus enemigos. Tras cuatro años de dictadura murió, por fin, como privatus, casi un año después de entregar el poder. Intentó divertirse en Puteoli hasta el fin de sus días; rodeó su finca con muchos de los ciento veinte mil soldados que le habían acompañado en sus últimos años, e intentó por fin ser feliz y olvidar el horror del que había formado parte. Pero un tumor, lo suficientemente maligno como para aterrarlo y acorralarlo con terribles hemorragias, acabó muy pronto con su vida.

Y él, Antonio Musa, con ese nombre prestado por un romano que apenas había conocido; él, cuyo cuerpo debería haberse secado junto a su propio espíritu, allí estaba, vivo con casi sesenta años, estremeciéndose ante la presencia de una mujer a la cual seguramente doblaba en edad.
Antes de llegar a la domus de los Cecilio Metelo se detuvo en la esquina, miró al cielo, inspiró y espiró, acomodó la tela con la que había envuelto las sandalias y esa especia de media pierna con toda dulzura, y caminó hacia la despedida. Solo.
Una vez que hubiera ayudado a Cecilia a colocarse los avíos médicos, Musa disfrutaba de la alegría de Cecilia que caminaba con mucho menos torpeza que cuando la conoció casi un año atrás.
—¡Madre, padre! ¡Venid! Nunca desde mi enfermedad he caminado mejor, esto tenemos que celebrarlo. Invitemos esta noche a cenar a mi salvador para agradecérselo como corresponde.
—Imposible resistirnos a tu sonrisa Cecilia. ¿Qué le parece Antonio Musa? ¿Acepta usted una cena sencilla con nosotros a la hora undécima?, preguntó Cecilio Metelo.
—Por supuesto Cecilio Metelo, con muchísimo gusto.
—Permítame que sea yo quien lo acompañe con mi nuevo pie hasta la puerta, Musa.
Y tomándolo del brazo mi abuela Cecilia lo arrastró a través del vestíbulo, antes de llegar a la puerta mirando hacia ambos lados, se estiró para besarlo en los labios.
—Gracias Musa, le dijo.
Pero Musa no pudo devolverle el beso como hubiera deseado, pensó o quiso pensar que sólo se trataba de agradecimiento. Le sonrió y le dijo:
—No he hecho más que cumplir con mi deber, Cecilia.
—¿Sólo eso? ¡No, no te creo, Musa, estoy segura de que sientes lo mismo que yo! ¿Acaso cada vez que tomabas dulcemente mi pie, no te recordaba que era tuyo, que fuimos una esfera celeste con dos caras, cuatro piernas y cuatro brazos? ¿Acaso no te acuerdas que tú eras sol y yo tierra y ambos unidos fuimos luna? ¿No recuerdas que no invocábamos entonces ningún dios, que nuestro ser en uno y en el otro nos bastaba contra todo y contra todos? ¿No te acuerdas de la ira del rayo de Zeus, que no pudo soportar la libertad de un cuerpo que se gozaba a sí mismo hombre mujer, mujer hombre? ¿Seguiremos condenaremos a anhelarnos, ahora que por fin hemos encontrado nuestra mitad perdida?
—¡Basta ya Cecilia! Es que…
—Dilo: es que te has vuelto loca. No, tú sabes bien que no estoy loca, tú sabes que me amas pero no quieres confesarlo y te comprendo. Pero no te seguiré en tu cobardía, en tu silencio, en tu temor. Que tú hayas nacido en Atenas ha sido otra circunstancia, así como que yo haya nacido en Roma. ¡Por favor, déjame hacer!
Entonces mi abuelo le alzó la barbilla y le rozó los labios.
—¡Haz lo que quieras, Cecilia! ¿Acaso no es lo que pensabas hacer?
—¡Vete, Musa, y regresa por la noche! Ni se te ocurra escapar, pues correré al Subura con mi pie nuevo, y te traeré nuevamente hasta mí.
En cuanto Musa se fue, mi abuela Cecilia se acercó al despacho de su padre.
—Padre, necesito hablar contigo.
—Claro, hija, dime.
—Tú sabes que hasta ahora no he querido casarme con ningún hombre que me lo haya pedido. Por distintas razones.
—¿Razones? A ti no te van las razones, hija, lo tuyo son las sin razones.
—No bromeo, padre. Si tú hubieras estado en mi lugar seguramente hubieras hecho lo mismo que yo. Todos ellos eran tan ignorantes que pensaban que podría traer al mundo niños enfermos o deformes, cuando tú y yo sabemos que mi enfermedad es fruto de una epidemia estival que ataca tanto a ricos como a pobres, y que no la traemos al nacer si no que nos ataca en la niñez.
—Lo sé. A propósito, he hablado mucho con Antonio Musa sobre el tema, y me ha tranquilizado muchísimo: si te casas no engendrarás niños enfermos.
—Muy bien, de eso se trata padre: quiero casarme.
—¡Caramba! ¿Y quién es el afortunado?
—En primer lugar quiero que sepas que él no me ha pedido que sea su esposa, nunca se atrevería a hacerlo, por lo tanto quiero que seas tú el que se lo pidas a él.
—Hija mía, es que ¿de verdad te has vuelto loca? Vamos por partes: ¿es él soltero?
—Posiblemente divorciado o viudo.
—¿Muy mayor?
—No lo sé padre, pero es bastante mayor que yo.
—Supongo que será romano.
—Lo es, pero no ha nacido en Roma.
—No será un liberto.
—No, jamás ha sido esclavo.
—¡Ay hija, me estoy temiendo lo peor!
—Mírame a los ojos padre: no me casaré con ningún otro hombre que no sea él, no tendré hijos con ningún otro hombre que no sea él. Si no me autorizas lucharé hasta que…
—¿Quién es él?
—Puedes leerlo en mis ojos padre.
Y Cecilio Metelo leyó lentamente en los amados ojos de mi abuela Cecilia y descubrió que no era locura sino amor la fuente de su fascinadora luz.
—Antonio Musa.
—O sólo Musa.
—Tu madre enloquecerá.
—¿Aún más?
Aquella tarde el clima era inmejorable. Cecilia convenció a su madre para realizar la cena en el jardín, bajo las galerías. La luz de algunas antorchas y el aroma de las hierbas y las flores daban marco a una cena que quería ser perdurable. Sólo dos personas, Cecilio Metelo y mi abuela Cecilia, conocía la trama de la historia. Musa se esperaba lo peor. Imaginaba que a lo mejor debería dejar Roma por un tiempo, que muchos de sus pacientes creerían que había sido capaz de seducir a la joven Cecilia, pero por momentos una confianza ciega en su amor le hacía sentir una vaga alegría. Como sólo eran cuatro personas dispusieron la mesa con un triclinium en el centro en el que se sentaron Lucio Cecilio a la derecha y Musa a la izquierda, y las dos mujeres a los lados, Flavio a la derecha y Cecilia Metela a la izquierda, cada una en una silla, pues por aquella época aún no estaba bien visto que las mujeres se reclinaran en sillones a la hora de comer. Hablaron de Homero, del fantasma de Helena, del poeta Ennio, de las diferencias y coincidencias entre los dioses griegos y los dioses romanos.
Después del gustatio con huevos, alcaparras, aceitunas, dátiles, trocitos secos de garum sobre el pan, pistachos, un exquisito ephippium de paté de aceitunas negras y queso con hierbas, acompañado con tiernas hogazas de pan y mosto hervido con mucha miel rebajado con agua, siguió una entrada de unos delicados porros cum colicolorum, puerros envueltos en hojas de col y pierna de cerdo con cebada acompañado de diversas ensaladas. Le sirvieron con los platos principales un vino que Musa reconoció como un Falerno de excelente calidad, lo cual lo relajó aún más, sobre todo considerando que los romanos patricios solían tener tres clases diferentes de vinos, de peor a mejor, de acuerdo con la calidad de los invitados a su mesa. A la hora del postre los ánimos estaban relajados; mi abuela Cecilia estaba exultante, tan bella a la luz del fuego, con sus mejillas sonrosadas por los tenues calores de un Dioniso sutil, que ya Musa había olvidado todo temor. Por fin llegaron los postres, dátiles rellenos de frutos secos, pimentados y caramelizados con miel, y unas tyropatinam, cremosas natillas que aromatizaban el aire con sus vapores de canela.
—Padre: ¿hablas tú o hablo yo?
—Como tú quieras hija. Yo creo que tú eres más divertida que yo, así que adelante Cecilia mía.
—Bien, escuchadme los tres, por favor. Y sobre todo tú, madre.
—¡Ay, que te conozco Cecilia! Cuando haces que la gente agudice sus oídos es porque te traes una tormenta en ciernes.
—Escucha madre: es muy simple lo que quiero decirte. Cumpliré muy pronto treinta años, una edad muy avanzada para que una romana continúe soltera. De todos los posibles hombres que han querido ser mis maridos ninguno me ha parecido aceptable, o bien por que ellos no me merecían a mí o bien porque yo no los merecía a ellos. He encontrado al único hombre al que soy capaz de amar, el único hombre que sé que no temerá engendrar hijos cojos conmigo, si es que aún me fuera posible engendrarlos. Con este hombre puedo hablar de Safo, de Ennio, de Sófocles, de Platón, de hierbas egipcias y mesopotámicas, de Polibio y de Hipócrates, y decir y preguntar sin temor a que me crean loca. No lo dejaré ir. Y no pienses que ha hecho nada por seducirme, ni siquiera yo misma he hecho nada por seducirle, simplemente es el hombre que he esperado sin saberlo desde que tú me has dado vida. ¡No lo dejaré marchar, me colgaré cojeando de su cuello hasta el fin del mundo!
Mi abuelo Musa sentía que su cuerpo abandonaba su mente, no estaba seguro si caía o si subía, pero mientras Cecilia hablaba, casi sin darse cuenta, le había tomado la mano, como si temiera que fuera a evaporarse de su vista en cualquier momento.
—¡Por todos los dioses! ¿Qué sabes tú de todo esto Lucio Cecilio Metelo?
—Poco más que tú, Flavia, sé que nuestra hija está dispuesta a casarse con Antonio Musa, de forma unilateral y absoluta, y que ya es demasiado mayor como para darle vueltas al asunto. Lo que me gustaría saber es qué piensa nuestro amigo Antonio Musa de todo esto.
Sin soltar la mano de Cecilia, que a su vez sostenía la suya infundiéndole valor, con la voz ahogada por la turbación.
—Yo creía que no había ya nada que pudiera desear en el mundo, pues todo aquello que amé y que me amó se ha perdido. Sin embargo, desde que conocí a vuestra hija, no he hecho más que luchar contra un sentimiento que creo que no merezco. Nada me haría más feliz que vivir junto a Cecilia el resto de mi vida, si vosotros permitís, mis queridos anfitriones, que ella sea mi esposa.
Y hubo más exclamaciones, hasta gritos, cruces de palabras, apretones de manos, abrazos, y un beso furtivo en el portal. Los esclavos cuchicheaban por los pasillos y reían, y corrían a dar la buena nueva al amigo de Musa, el griego Epícteto. Lo cierto es que cuando Musa bajó hacia su casa en el Subura sus pies volaban junto a su espíritu, no había espacio para la muerte en su mente ni en su cuerpo. Recordó a Amor, el primer dios que fuera concebido sobre la Tierra, según Hesíodo. Porque al Caos había seguido la Tierra inmensa, que era el cimiento de todas las cosas, y junto a ella había nacido Amor, el más antiguo de todos los dioses, y de todos ellos el que más felicidad daba a la Humanidad, porque no existía mayor alegría que poseer un amor y ser poseído por él, ni para el objeto de ese amor había mayor felicidad que amar siendo objeto del amor. No había nacimiento, ni honores, ni riquezas capaces de inspirar tanto sentir como el Amor. El amor inspiraba hasta la vergüenza del mal y el deseo del bien. No había nada que ocupara el ser de Musa en ese instante más que el deseo de ser libre de decirle a Cecilia que la amaba desde siempre, desde que descubrió su mirada por primera vez, desde que escuchó su valor y su dolor ante un mundo que jamás aceptaría.
Musa miró el cielo de Roma como si lo descubriese por primera vez a través de su necesidad de ella. Desesperado por contarle, por pedirle que no sufriera, que recordara aquel pasaje del Fedro de Platón sobre que era posible que si, por una especie de encantamiento, un estado o un ejército pudieran componerse de amantes y de amados, no habría pueblo que llevase más allá el horror a causar la pena o la muerte en el otro y la búsqueda de la felicidad del otro. Los seres amantes, y amados, unidos de este modo, podrían vencer al mundo entero, porque no hay ser en el mundo tan cobarde a quien el amor no inspire el mayor valor y no lo haga semejante a un héroe. Y pidió perdón a todos sus recuerdos porque si algo no deseaba Musa aquella noche era morir.


lunes 2 de noviembre de 2009

El rostro de Eros

“Un gemido recorre también la ciudad: gimen las torres; gime el suelo que amaba a esos hombres." (Esquilo, Los siete contra Tebas)

“Hay en sus sueños apariciones que le hacen sufrir, que sólo le traen una alegría vacía, pues mientras está viendo aquello que le hace feliz, la visión se le escapa inmediatamente de los brazos, se esfuma en compañía de los alados caminos del sueño.” (Esquilo, Agamenón)

De pronto la noción del tiempo y del espacio se evaporó en la noche. Mi abuelo Musa se dejó llevar por la escolta de soldados romanos como si fuera un caballo más, guiado por las riendas de algún jinete desconocido. Sólo cuando se halló frente al inmenso castrum romano volvió a tomar conciencia de la situación en que se encontraba. Nunca había tenido la posibilidad de entrar en un campamento de semejante magnitud, aunque había leído a Polibio y recordaba que todos ellos presentaban la misma estructura. Frente a lo que Musa imaginó que sería una de las puertas principales, una voz desde ultratumba exclamó:

—“¿Qué puede haber más resistente que la roca y más inconsistente que el agua?”

—“Y sin embargo la resistente roca es horadada por la inconsistente agua”, respondió Marco Ateyo.

Entonces el puente descendió sobre el foso que rodeaba la ciudadela. Musa observó el agger, el terraplén por encima del cual se levantaba el vallum, un imponente muro de piedra y madera atentamente vigilado por legionarios encaramados sobre torretas. El grupo original de los seis que habían partido desde la casa de Musa se dirigieron hacia la tienda del general, mientras los demás milites se encargaban de los caballos. Antes de llegar, en lo que parecía ser un pequeño forum, un hombre salió a recibirlos y se presentó, dirigiéndose a Musa en un griego nativo:

—Supongo que tú serás el ansiadamente esperado médico griego Musa. Mi nombre es Crisógono, soy el secretario personal de Lucio Cornelio Sila. A ver si eres capaz de demostrarle a estos imbéciles medici romanos de que los griegos somos más capaces que ellos.

—Haré cuanto esté a mi alcance señor.

— ¡Cuanto esté a tu alcance y fuera de él, médico griego, que si no, no sales vivo de este castrum!

Crisógono hablaba con la mirada fija en su interlocutor. Un destello amarillo felino se desprendía de sus ojos, incitando a quien era observado por ellos a no descuidarse ni por un instante de un zarpazo sorpresivo. Era un hombre de una belleza extraordinaria, vestía una túnica clara, lo suficientemente corta como para dejar ver sus magníficas piernas. Ni demasiado alto, ni tan bajo como un legionario romano. Llevaba su cabello rizado cuidadosamente peinado, pero no de un modo que resultase femenino. El centurión Marco Ateyo lo miraba con cierta mueca de disgusto. Cuando Crisógono se adelantó con paso rápido para dirigir la comitiva hacia la tienda de Sila, instalando cada parte de su cuerpo en su sitio adecuado, cual si de un Apolo de Praxíteles se tratara, Ateyo le pegó un codazo al soldado Manio Gelio y comenzó a imitar el andar de Crisógono, pero meneando exageradamente el culo. El joven Aulio Celso se tapó la boca para no lanzar una carcajada. La espada de Marco Ateyo se movía como un péndulo hacia los lados, mientras el robusto hombretón se levantaba el faldón militar que colgaba por debajo de la espalda y ajustaba la túnica marcando sus nalgas. Musa se sorprendió a sí mismo dibujando una mueca, casi una sonrisa.

En cuanto llegaron a la tienda de Sila y atravesaron la puerta fuertemente custodiada por cuatro guardias pretorianos, un calor desagradable se apoderó del cuerpo de Musa. La habitación estaba lujosamente adornada con tapices y alfombras de estilo oriental; el humo del incienso y la mirra quemándose no hacía sino enrarecer aún más el sopor que allí se respiraba. A la luz de una lámpara de aceite, en una cama revuelta y atestada de almohadones, apenas tapado con el típico taparrabos romano, un subligaculum minúsculo, el paciente se retorcía de prurito y de dolor. Con las manos nerviosamente entrelazadas, realizaba movimientos espasmódicos, rozando o presionando algunas partes de su cuerpo con los nudillos, para no herirse con las uñas. A pesar de que tendría algo más de cincuenta años, su aspecto era el de un hombre muchísimo más anciano. Su extrema delgadez dejaba al descubierto la flacidez de un cuerpo que antes habría sido fuerte e incluso grueso. El horror que se pintaba en su piel no podría haber sido imaginado ni por el propio Homero: de un blanco amarillento, fruto probablemente de algún trastorno hepático, presentaba pequeños cráteres volcánicos al rojo vivo esparcidos sobre la cara y el pecho. Las erupciones estaban salpicadas de antiguos rastros de piel humana y de polvos de talco, los célebres diapasmata con los que las féminas romanas cubrían las imperfecciones de su rostro, ayudadas por pomponcillos de plumas de cisne. Poco quedaba en sus ojos de aquel azul glacial que alguna vez le había hecho famoso: un gris velado y torturado perseguía en la penumbra la razón, el fin de un martirio desconocido. Las uñas sucias, resignadas a crecer indefinidamente, asomaban desde los dedos de las manos y los pies, inmunda extensión de una animalidad infrahumana. Algunos pocos mechones de cabello dorado se pegaban a su cráneo, como si hubiesen sido colocados allí por alguna mano compasiva que quisiera recordarnos que tras esta especie bestial se escondía un hombre.

De pronto tomó conciencia de la presencia de los hombres en la tienda.

—¡Qué hacéis, multitud de idiotas! ¡Es que no os he dicho que me dejéis en paz!, gritó arqueando la cintura boca arriba, agarrándose fuertemente a los lados de la cama.

—Querido Sila, por fin ha llegado el médico griego que estábamos esperando, dijo con una voz empalagosa Crisógono.

Como si la sola presencia de su secretario lo devolviera algo de cordura, Sila comenzó a dar órdenes.

—Bien: Marco Ateyo y Manio Gelio retiraos a descansar. El joven Aulio que espere afuera. Cafis, preséntame a tu recomendado y al otro que está a su lado también.

—Como tan bien has deducido éste es el médico Musa, del que tanto te he hablado, y el otro es su asistente, el cirujano Adelphos.

Adelphos se creció con aquella presentación. No sabía muy bien por qué Cafis había exagerado al hablar de él, pero hubo un triple cruce de miradas entre Adelphos, Musa y Cafis. Era evidente que estaba intentarlo protegerlo. ¿Cuál era la razón? Seguramente el focio intuía que Sila podría querer deshacerse del joven griego y había preferido adelantarse a los hechos exaltando y acaso exagerando sus virtudes.

—¡A ver qué puedes hacer por esta mierda de cuerpo mío, médico griego! ¿Puedes creer que de los cincuenta médicos romanos que me han visto ninguno haya logrado detener esta puta maldición? ¡Ah, cómo quisiera crucificarlos de a uno, después de dibujarles la espalda a latigazos! Pero no soy tan cruel, médico Musa. Aunque la realidad es que los necesito para que cuiden de mis soldados, por el momento no puedo darme el lujo de deshacerme de ellos. ¡Pero ya les llegará su hora a ese atado de inútiles!

Cogió una jarra de vino y bebió directamente de ella. Lanzó una breve carcajada demencial, suspiró, miró a Musa intensamente y agregó.

—No te mentiré: sólo te necesito si eres capaz de devolverme a la buena vida. De lo contrario puedes imaginarte lo peor, igual que tu asistente y quien te acompañe en el camino. Así que ponte a trabajar de una puta vez, griego.

—Antes que nada me gustaría saber qué tipo de tratamiento estás tomando en este momento y cuánto tiempo llevas con esta afección.

—¿Tomando? Vino con vino, nada de agua. Y extracto de corteza de sauce blanco para los dolores de cabeza.

—¿Vomitas a menudo?

—Sólo cuando mi estómago se rebasa de líquido, pero sí, a diario.

—Bien, Lucio Cornelio, sólo quiero que sepas que si mi vida depende de tu curación, tu vida depende de que sigas al pie de la letra mis consejos. Tu cuerpo es el barco y yo su timonel. Necesito como buen piloto de tormentas que me otorguéis el beneficio de tu confianza para llegar a buen puerto.

—¿Por cuánto tiempo?, lo interrumpió Sila.

—En principio, deberíamos tener una mejoría en cuarenta y ocho horas y luego calculo que en una semana podrás salir a la calle evitando la luz del sol, si mi diagnóstico es correcto…

—¿Y si no lo es?

—Yo seré hombre muerto, pero tú también. Yo soy tu última esperanza.

—Y yo también soy la tuya, médico griego.

—No, Lucio Cornelio, yo ya he perdido toda esperanza. Pero quédate tranquilo, haré bien mi trabajo, y luego moriré.

—Una semana dices, pues olvídalo, cuarenta y ocho horas, al tercer día te corto el cuello. Médico griego, para Platón la medicina se encontraba entre los bienes más bajos en la escala humana, era un bien de tercera clase, oficio de esclavos y libertos, valía por lo que se podía ganar gracias a ella, por sus beneficios. Pues bien: si haces bien tu trabajo ganas tu vida, mi agradecimiento de por vida, y el de Roma. Si lo haces mal, ya que tu vida te interesa tan poco, me quedaré con la tuya y con la de tu asistente, por lo menos. No quiero morir, pero estoy harto de resistir. Necesito regresar del Hades para poder terminar con esta puta historia de Mitrídates antes de que sea demasiado tarde, volver a Roma, recuperarla y poner nuestra ciudad en orden.

—Sila, para mi compatriota Platón, ya que lo has mencionado, los médicos somos artesanos, capaces de discernir entre lo posible y lo imposible, continuamos o abandonamos nuestra tarea según se trate del primero o el segundo de los casos. A pesar de que no tengo elección, puedo ver que no has tenido el tratamiento adecuado y creo que es posible detener tu mal. No pienso mentirte: es probable que si logramos curarte tu rostro guarde cicatrices imposibles de borrar...

—Lo que me dices es demasiado bueno para ser cierto. ¿Cicatrices? Si llego a tenerlas serán sólo condecoraciones de una guerra más larga de lo que mi cuerpo ha sido capaz de soportar.

—Bien, empecemos por el principio: suspender el extracto de corteza de sauce, que es muy bueno para los dolores o las fiebres, pero que puede acentuar los picores y la afección de tu piel.

—¿Crees que sea algún tipo de sarna persistente, médico Musa?, preguntó Crisógono.

—No lo creo. Si te fijas bien las erupciones en este caso se presentan sobre todo en el rostro, los codos, las rodillas, ¿las muñecas? –preguntó Musa mientras cogía las manos de Sila– sí, en las uniones de las articulaciones. La sarna produce unas pequeñas vejigas rojas cubiertas de color café, diferentes a las que podemos ver en Lucio Cornelio. Se manifiestan además a lo largo de los brazos, las nalgas, los genitales ¿cómo andas por allí abajo Sila?

—Con el espíritu caído pero sin picores –dijo Sila sonriendo– nada que merezca la pena ser visto por el momento.

—¿Cuánto hace que te encuentras en este estado, Sila?

—Comenzó de a poco, hace un año tal vez, con algunos manchones leves, pero desde hace unos tres o cuatro meses se ha ido intensificando hasta la amargura.

—Creo que es una afección que tiene que ver más con el tipo de piel que tienes, Sila, tan fina, tan blanca; este tiempo que has estado a la intemperie, sin los cuidados que deberías haber tenido dada tu naturaleza, sumado al entorno del campamento y una alimentación poco adecuada, han hecho mella en ella. A lo que le sumamos la época del año: la primavera, época del nacimiento de las flores, de Afrodita y del polen yendo y viniendo por los aires…

—A lo que podemos agregar tratamientos inadecuados por parte de los médicos que lo han atendido, agregó el secretario pestañeando profusamente.

—¿Me pareció escuchar que hablabas de alimentación, Musa? –volvió a interrumpirlos Sila– ¡Si estos perros de los senadores populares nos han cagado de hambre a mí y a mis soldados con la esperanza de sepultarnos en Grecia! ¡Hambre más que alimentos es lo que hay en este campamento griego!

—Agregaré otro factor: el emocional, tu hybris, noble Sila. La piel palidece o enrojece, Lucio Cornelio, de acuerdo a nuestro estado de ánimo. En tu caso ha estallado, evidentemente, con esos dos tremendos frentes que tienes pendientes: Mitrídates y sus aliados por un lado, más tus enemigos romanos por el otro.

—¡Sigue, Musa, que ya casi me estás seduciendo! Esos ojos iluminados por la sabiduría, ese pelo plateado, esa seguridad tan griega aún al borde de la muerte. Te creces en el peligro. Estoy empezando a confiar en ti, tanto que hasta creo que ya me voy sintiendo algo mejor.

—Resumiendo el diagnóstico: tenemos insoportables picores, enrojecimiento, inflamación, secreciones de la piel, costras, descamación, piel disecada, manchas blancas en las zonas que ya hemos visto. ¿Dolor de espalda?

—También, contestó Sila, sin salir de su asombro.

—Empezaremos por esta tienda. ¡Fuera todas las alfombras –continuó Musa dirigiéndose ahora a Crisógono– ni una sola alfombra y ni un solo cojín! Debéis limpiar esta tienda hasta que brille, que no haya una sola pizca de polvo en toda su superficie. Evitad que la lona junte suciedad, impedid la presencia de todo tipo de animales, dijo señalando a un bello gatito que dormía a los pies del desolado general.

Sila lo cogió y se lo entregó a Crisógono, como si a medida que la voz de Musa iba adquiriendo fuerza él se fuera transformando en un niño pequeño y obediente, entregado a los preceptos de sus mayores. Musa continuó.

—Los caballos dejadlos lo más lejos posible de esta tienda. Mi asistente Adelphos te preparará un baño en el que te sumergirás completamente entre una o dos veces al día, durante veinte minutos. Alternaremos con compresas de agua hervida con sal, previamente enfriada que aplicaremos en las zonas afectadas y una preparación que realizaré yo mismo de una pomada cuya base es la planta nosotros llamamos alos, la que en oriente llaman aloe, y que vuestros médicos llaman aloe vera. Cortaremos esas uñas que juntan suciedad, e incluso esos ridículos mechones largos de pelo que sólo sirven para recoger sudor. Y por último, regularemos los apetitos controlando como un tirano vuestra dieta. Reduciremos la ingesta de vino.

—¡Ah, no Musa, eso sí que no! ¡Lo que tú quieras, pero el vino no puedes quitármelo!

Musa tomó la jarra de vino de la que bebía Sila, bebió un sorbo muy pequeño con total desparpajo.

—¡Pero si este es el peor vino que he bebido en mi vida! ¡Por el perro del Hades que no vivirás mucho si continúas tragando este veneno Sila, te doy mi palabra de ello!

—¿Acaso no decía vuestro poeta Alceo que en el vino estaba la verdad? Además Musa, lo que es bueno para mis soldados lo es para mí.

—Médico Musa –aclaró Crisógono– en realidad lo que bebe Sila es acetum, vino agrio, sólo que él no le agrega agua. Los soldados preparan con él la posca, mezclándole también huevos, oleum de oliva, sal y hasta servicia, todos ellos elementos de lujo por estos días.

—Pues será muy bueno para los soldados que lo saben mezclar tan bien, aunque como cualquier droga, todo depende de la cantidad. La medida justa es lo que decide sus resultados. Eso que bebes tiene demasiado alcohol. Beber algo de vino es muy saludable, pero si te excedes vendrán alteraciones del sueño, acidez en el estómago y hasta podrás desarrollar tumores. No olvides que la mayor parte de las drogas puede servir tanto para curar como para matar. Además el alcohol enciende aún más tu piel, sin lugar a dudas. En principio cambiaremos la esencia de la posca esa que estás tomando, o como le llamen, por un vino de mejor calidad rebajado con agua de manantial…

—¿Y de dónde crees brillante médico griego que podremos sacar un buen vino y agua que no esté medio podrida, si apenas tenemos que comer?, lo increpó Sila.

—Podríamos pedirle a Cafis que realice una incursión a casa de nuestro común amigo el mercader Epamino, allí encontraréis excelentes vinos y agua de la mejor, pues tiene un manantial privado.

Cafis, casi invisible y mudo en un rincón, asintió con un leve movimiento de cabeza. El agotamiento comenzaba a hacer mella en el pobre focio, pronunciar una palabra significaba un esfuerzo demasiado intenso para él.

—Con ese vino que conseguiréis, mi asistente te preparará una pócima, que incluirá algo de opium entre otros elementos. Y ya veremos mañana que ha sido de ti.

Durante el resto de la noche Adelphos y Crisógono permanecieron junto a Sila, cumpliendo al pie de la letra las instrucciones de mi abuelo Musa. Musa fue instalado muy cerca de allí junto a Aulio Celso, su enorme sombra pelirroja.

—Escucha Musa, yo duermo armado, al menor movimiento tengo el gladius preparado para… no sé muy bien qué. Porque lo que yo tengo que hacer es evitar que te escapes y que te mates. ¿Qué haría si decidieras dejar de respirar, darte una palmada en la espalda, por ejemplo? Sería muy complicado que intentaras cualquiera de las dos cosas, para ti, para mí, para tu amigo Adelphos, y la lista sería muy larga. Así que si te parece bien nos echamos una siestita de tres o cuatro horas hasta el primer toque de tuba.

Los dos hombres mezclaron sus sonrisas y se echaron en sus catres. Aulio se durmió en una décima de segundo. Musa ingresó en un estado de semiinconsciencia: se veía a si mismo cubriendo con una manta a sus hijos cuando eran pequeños y podía tener la certeza de que respiraban muy cerca. Acercaba su mano bajo la nariz para saber si inspiraban o espiraban. Seguramente en algún momento el sueño finalmente lo venció… Hipnos, el hermano de Tanatos, la muerte sin violencia, lo transportaba hacia la oscuridad de su cueva negra como la ceguera, hasta las orillas del río del olvido. Allí Musa cargaba en sus brazos a Dina, mientras el Leteo los empapaba con sus tibias aguas. Eran las fiestas de las grandes Panaceas, ambos estaban ebrios y felices. El cuerpo de Dina no le pesaba, si no que flotaba sobre su vientre; el calor que irradiaba su mejilla derecha reposando sobre su pecho le infundía un vigor sobrenatural; el cobre de sus despeinados cabellos movidos por la brisa acariciaba su rostro; el perfume de su piel se confundía con el de los lirios blancos y morados de la diadema de flores que a duras penas se sostenía sobre su cabeza.

—Huele mis lirios Ariómico, su esencia no te permitirá dormir hasta que no me hallas llevado a nuestro puerto, le susurraba Dina al oído.

Sabía que un dios infinitamente generoso le había pedido y obsequiado a un tiempo esa grata tarea de transportar el cuerpo de su amada y que le esperaba, tras la labor, el más dulce de los premios. Musa debía recorrer el camino contrario de la procesión panatenáica: partían desde el Odeón, donde algunos músicos rezagados aún continuaban tocando. No sabía cómo ni porqué ni cuándo Dina se había despojado de casi toda su ropa, sólo una fina túnica la cubría sin cubrirla. A veces se detenían en rincones igualmente sombríos o iluminados por la luz de antorchas móviles. Ella bailaba sobre los brazos de Musa que acompañaban los movimientos de sus caderas, de sus hombros, de sus pies, de sus brazos. Él sonreía y disfrutaba de esa danza extraña que se detenía y se reiniciaba sin más sentido que el de provocarlo y el de provocarse. Cuando atravesaban el ágora, parado en una tarima, un último recitador solitario y semidesnudo los saludaba sonriendo y agitando su mano:

—¡Corred Dina en brazos de Musa y Musa en tu deseo de Dina que los dioses os esperan!

—¿Y a dónde es que nos esperan los dioses?, preguntó Musa.

En el fuego sutil que arde en vuestros cuerpos, donde todo lo ligero discurre, donde los ojos vagan libres de mirar y ser mirados y los oídos crean su propio y dulce canto.

—Vamos, llévame allí Ariómico, le suplicó Dina.

—Creo que es allí donde estamos, contestó Musa fundiéndose en un beso largo.

Y el poeta se desvaneció en el aire y la noche de Atenas los envolvió entre sus estrellas y su ebriedad colectiva. Ellos reían hasta que llegaban, despojados de sus ropas y de toda historia humana, a la puerta de su hogar. Atravesaban la puerta girando como un único cuerpo enlazado en sí mismo hasta el patio de su casa. Era verano, y un par de clinés descansaban bajo la noche. Suavemente Musa se despojó del cuerpo de Dina y ella se estiró como un felino.

—No enciendas las antorchas –le dijo Dina– acércate en la oscuridad.

–No hay noche en tu cuerpo mi Dina, brillas en mí, dijo Musa mientras se recostaba junto a ella para confundirse en su ser.

Y a medida que sus cuerpos se encendían, se penetraban, se disolvían, una claridad blanca los esfumaba hasta perderse en la brisa. Mientras se evaporaban, en las calles los músicos continuaban tocando, cada vez con más fuerza y en el inicio del éxtasis final el sonido se transformaba en el primer toque ensordecedor de la tuba que devolvió a Musa a la realidad del campamento romano. Cuando abrió los ojos se encontró frente al rostro casi infantil de Aulio:

—Apresúrate médico Musa, que tenemos que desayunar antes de que visites a Sila, porque sino morirás de hambre.

—Muchas gracias por tu preocupación, Aulio.

—Estoy ansioso por ver si tu cura progresa Musa, ni te imaginas cuánto.

—Dime entonces cuánto es aproximadamente “cuánto”…

—Algo parecido al precio de la libertad. Significa entrar de una vez en combate, tomar Atenas y lo que venga después, volver por fin a Roma.

Musa terminó de arreglarse en silencio. No tenía ningún interés personal, se sentía un ser ajeno al presente, un muerto sin lazos con la vida. No tenía deseos porque no tenía ilusiones; aunque en algún rincón de su mente anhelaba un desenlace feliz, el destino era para él un pozo lúgubre, sombrío.

En una gran tienda con unas cuántas mesas dispuestas a lo largo, sentado en bancos, Musa compartió la comida de la mañana. Comió por primera vez en la vida esas galletas extranjeras de las que tanto había escuchado hablar, las buccellata, hechas con una mezcla de cereales variable, de acuerdo a la existencia con la que contaba el castrum; pasó de beber la posca y prefirió algo de agua, y eso le pareció suficiente para sobrevivir durante algún tiempo más. Deseaba volver a ver a Adelphos lo antes posible, saber cómo había transcurrido la noche. Antes de partir se cruzaron con un hombre anciano, de aspecto poco saludable.

—¡Padre!, exclamó Aulio, deja que te presente a Musa, el médico griego que fuimos a buscar para curar a Sila. Este es mi padre Aulio Celso, Musa, es artesano jefe.

—Muchísimo gusto médico Musa, espero tenga más suerte que los que ya lo han intentado.

—El gusto es mío Aulio Celso, tiene usted un hijo muy competente.

—Lo sé, lo sé Musa, ojalá esta guerra acabe pronto para que pueda formarse y tener otra profesión que la de la espada.

Musa sintió una pena instintiva por aquel hombre, era evidente que no le quedaban muchos años de vida, el color de su piel, el velo gris que cubría sus ojos. Tendría que echarle un buen vistazo en cuanto le fuera posible.

Al llegar a la carpa del general el cambio en tan pocas horas era evidente. Adelphos se encontraba sentado en el escritorio de Sila leyendo en voz alta. Sila, sentado en la cama escuchando con los ojos cerrados, presentaba un aspecto mucho menos feroz e inmaculado. La habitación parecía otra, se veía limpia y aireada. Al verlo entrar a Musa Adelphos se calló y le sonrió con cansancio y satisfacción.

—¿Por qué callas Adelphos? Continúa, por favor, dijo Sila con la suavidad de quien ha bebido su jarabe de amapolas.

—Es que ha entrado Musa, Sila.

—Pues termina la estrofa de la invocación para agradecerle a las musas de Musa…

Y Adelphos concluyó aquella estrofa del Agamenón de Esquilo:

—“Zeus, quienquiera que sea, si así le place ser llamado, con este nombre yo lo invoco… Ninguna salvación me puedo imaginar, excepto la de Zeus, si de verdad debo expulsar esta inútil angustia de mi pensamiento.”

—¡Musa, Musa! ¡Gracias a ti médico del nombre maravilloso! ¡Cómo no fui capaz de verlo desde el momento en que te vi, desde que me nombraron tu nombre! ¡Perdóname Musa por no haber creído en ti! Dime Musa, ¿cuál es el número de la fortuna, nueve como las musas de Hesíodo en un perfecto tres veces tres?, ¿ocho como proclamaban los pitagóricos según sus esferas celestes?, ¿siete, como las musas de Lesbos?

—Sí, Musa, –acotó Adelphos mientras Sila se quedaba extasiado mirando sin ver– le ha pegado fuerte la adormidera, pero por lo demás progresa estupendamente.

—No hables demasiado Sila, esperemos a que vayamos disminuyendo la dosis para que no digas nada de lo que pueda arrepentirte. Si te parece yo me quedaré contigo mientras Adelphos descansa y luego por la noche hacemos el recambio.

—Lo que tú digas es para mí sacrum. Aulio, acompaña a Adelphos y hazlo descansar, y gracias por los baños y por la compañía. Regresa por Musa en… ¿Cuánto tiempo Musa?

—Ocho horas me parece bien.

Una vez que se quedaron solos Sila suspiró y volvió a la carga.

—¡Cuál es el número entonces de las Musas, Musa!

—En esencia sólo hay una musa, que es la unidad en la pluralidad.

—Me gusta, me gustas, la unidad en la pluralidad, la unidad en la pluralidad…

Y Sila continuó repitiendo aquella frase hasta que se quedó dormido. El día pasó sin mayores incidentes, la mejoría de Sila era evidente. Cuando Adelphos llegó para reemplazarlo Musa le indicó:

—La dosis de adormidera la disminuiremos a una tercera parte de la medida de anoche, reforzaremos con algo de vino resinado con cannabis que ha dejado Cafis el focio de su incursión a la bodega de Epamino.

—Me parece perfecto. Por lo menos se pondrá contento e irá volviendo al mundo. Es increíble lo que has logrado en tan poco tiempo con el cuerpo de este hombre Musa.

—Lo que hemos logrado, tú, yo y Lucio Cornelio mismo, creo que sus deseos de volver a Roma le aportan una energía extraordinaria.

Adelphos pasó su segunda noche junto a Sila y cuando Musa volvió por la mañana se asombró al ver al general ya vestido con una túnica impecable, sentado en su mesa de trabajo. Se lo veía alegre, el rojo había desaparecido de su cara dando paso a manchas sonrosadas. Sus ojos habían ganado en brillo y vivacidad.

—¡Bien Musa, parece que lo has conseguido y aún no han pasado las cuarenta y ocho horas! Échame un vistazo y vete a recorrer el campamento, a ver si puedes hacer algo por mis legionarios enfermos. Si todo va bien esta noche prescindiré de Adelphos, y la pasaré solo con Crisógono. Gracias a ti mañana será un gran día: entraremos por fin en Atenas. Por supuesto que todo lo que escuches de mi boca no podrás repetírselo a nadie, pues siempre existe la clara posibilidad de que te quedes sin cabeza.

Sila lanzó una de esas carcajadas con las que sólo se festejaba a sí mismo, Musa intentó devolverle una sonrisa. Se acercó luego a Sila para verlo mejor.

—Procura no beber demasiado Sila, comer liviano y descansar. Si quieres salir a dar un paseo hazlo de noche, evita el sol a cualquier precio.

—¿Crees que convendrá a mi salud que el asalto a Atenas sea nocturno?

—Por supuesto, pero también procura no encender grandes fuegos pues el calor podría resultarte fatal.

—¡Qué listo eres médico Musa! Eres un griego, embaucador hasta la médula: lo que quieres es evitar que haga arder tu ciudad. ¡Vete antes de que me arrepienta de mi bondad! A propósito, descansa todo lo que puedas, para que puedas disfrutar de un presente que quiero darte.

—Muchas gracias Lucio Cornelio.

Antes de que cayera la noche Aulio invitó a Musa y a Adelphos a comer en la tienda de su familia. Allí Musa tuvo oportunidad de hablar y conocer en profundidad al viejo Aulio Celso, a su esposa romana, Cornelia, y al pequeño Lucio Celso de doce años. Se quedó gratamente impresionado y hasta emocionado por que le permitiesen formar parte de esa humilde reunión familiar. No podía entender cómo en medio de la guerra podían vivir en semejante armonía. Era evidente que el viejo Aulio comía y bebía demasiado poco. Luego de comer unos cuántos bocados le rogó a Cornelia que diese el resto de su plato al más pequeño, que ya era casi tan alto como su padre.

—¡Dale a Lucio, mujer, que tiene que alcanzar a su hermano de una buena vez!

Allí supo que el joven Aulio contaba sólo con dieciséis años. Por sus facciones había adivinado que tendría una corta edad, pero nunca hubiera imaginado que fuera aún tan niño. Sintió un inmediata corriente de simpatía por Cornelia, tan callada y observadora, con la mirada serena que se suponía debían tener las matronas romanas reflejada en unos enormes ojos color avellana. Muy pendiente de su familia y de sus hijos a la hora de la cena, compartía la mesa como cualquiera de los hombres, sentada a la derecha de Aulio Celso, iba y venía trayendo una frugal cena, considerando que era la comida más importante del día. Pulmentum, una papilla que en las mejores épocas era de harina de trigo, pero que dado el momento de carestía se había sustituido por harina de mijo, cebada, y huevos, y de postre algunas uvas. Musa había aportado una tinaja de vino que le había obsequiado Cafis y algunos frutos secos de la cosecha que Adelphos había tenido precaución de recoger de su casa antes de la partida.

—Musa, lamento muchísimo la historia de tu familia. Quiero que mi hijo Aulio se comprometa en este instante a recoger a tu mujer y a tus sirvientes a la hora de entrar en tu ciudad, ya veremos cómo alojarlos. Hablaré con marco Ateyo para poder traerlos al campamento sanos y salvos.

—Muchas gracias Aulio Celso, no sabes cuánto te lo agradezco. Ojalá que ya no sea demasiado tarde.

Aulio se puso de pié, levantó la mano solemnemente y mirando a su padre dijo:

—“Juro por Júpiter… o por Zeus –agregó mirando a Musa— o como quieras que te invoque, que atravesaré Atenas en la batalla y traeré con vida a la esposa de Musa y a quienes la acompañan. Si así no lo hiciere que la maldición…”

—No, por favor, Aulio, no invoques ninguna maldición contra tu persona. Yo creo en ti joven amigo, tanto como que en estos dos días me has demostrado que eres un gran hombre, tan honesto como esta familia tan extraordinaria que me has presentado. ¿Y qué he hecho yo por vosotros para merecer vuestra hospitalidad?

La voz de Musa se quebró, pero continuó:

—Haz todo lo que puedas hacer por los míos, como que siento egoístamente que lo harás sobre todo por mí. Pero si al final no logras lo que me has prometido, será porque la fuerza el destino ha sido contraria a tu voluntad. Y entonces, yo no necesitaré perdonarte por ello, pues estoy seguro que habrás dado todo de ti para cumplirla.

Desde aquella noche un manto de solidaridad unió a Musa con los Celso, unos lazos que sólo son posibles en los momentos en que la muerte se ensaña profundamente con la vida. Cuando Musa y Adelphos regresaron a descansar a su tienda se encontraron con Manio Gelio esperándolos en la puerta junto a una muchacha que se miraba los pies.

—¡Por fin llegáis, que ya estaba por disfrutar yo del regalo que os envía Lucio Cornelio! ¡Mirad qué belleza, nada menos que una rubia virgen macedonia, para adornar vuestra tienda y calentar vuestros catres!

—¡Ay Manio! ¿A ti te parece que puedo tener ganas de desflorar a esta niña en el estado de incertidumbre en que me encuentro?

A pesar de que estaba bastante borracho una oleada de vergüenza encendió aún más las mejillas de Manio. Echó un extraño bufido de buey por la boca.

—Allá tú Musa, pero yo no puedo volverme con esta niña; además estará mejor aquí que entre los demás esclavos. Cuídala, haz lo que quieras o no hagas nada, ahora es tuya por orden de Sila.

La tomó de un brazo y la empujó contra Musa y se perdió tambaleándose en la noche. Una vez dentro Musa y Adelphos sentaron a la joven en una silla y le preguntaron algo de la historia de su vida. Se llamaba Pandora, su familia había sido vendida tras la toma de Macedonia por los ejércitos silanos, algunos habían tenido la fortuna de morir, otros habían sido vendidos como esclavos, ella había sido seleccionada por el propio Sila para ser entregada como premio a algún hombre de las tropas. Pero lo que más maravilló a Adelphos y a Musa era que su padre era un farmacéutico macedonio, y que todos los integrantes de su familia trabajaban en la tienda preparando medicinas, ungüentos, aromas, pigmentos. Podía serles de gran ayuda. Mientras conversaban Pandora no dejaba de temblar y retorcerse las manos. Su cuerpo era redondeado como el de una niña pequeña, el maquillaje con el que la habían adornado no le quitaba belleza, aunque le daba el triste aspecto de una víctima sacrificial. Cuanto terminó su relato se tapó el rostro con las manos y comenzó a llorar en silencio. Adelphos no pudo evitar derramar algunas lágrimas.

—Basta ya de tristeza, tranquilízate niña, que mientras vivas junto a nosotros dejarás de ser virgen cuando tú lo quieras y con quien quieras. Adelphos déjale tu catre hasta que consigamos otro que tú has descansado ya esta mañana. Juntemos algunas mantas para ti para que te acuestes en el suelo y todos a descansar, que mañana nos espera un día impredecible.

Y así fue. Las horas del día siguiente pasaron como un relámpago, ni Musa ni Adelphos fueron llamados a la tienda de Sila. Visitaron a varios enfermos, incluido al amable artesano, quien sería mi bisabuelo Aulio Celso, padre del joven Aulio. El movimiento en el campamento era demencial. Se decía que Sila había ordenado talar todos los árboles de cien millas a la redonda, que habían arrasado los bosques sagrados de la Academia por cuyos senderos había paseado Platón junto a sus discípulos, porque el tirano Aristón había quemado hasta el último trozo de madera para evitar que los romanos pudieran disponerla en sus maquinarias de asalto. En las horas más profundas de la noche un silencio sepulcral dio paso a gritos ensordecedores, choques metálicos, ruidos sordos, el calor del fuego, un humo asfixiante. El olor de su amada Atenas en llamas franqueó la distancia hasta llegar a la tienda de Musa y Adelphos.

En la madrugada, cuando ya el sol comenzaba a despuntar sobre un cielo gris cargado de una intensa niebla provocada por el humo, el joven Aulio entró como un torbellino. Sobre su rostro y sus manos bañados de sangre el sudor y las lágrimas dibujaban los surcos del horror. Su boca se abría y se cerraba sin poder o sin saber qué decir. Musa lo sacudió de los hombros y el Aulio calló a sus pies de rodillas. Musa asió sus manos y lo levantó cuidadosamente y apresando su rostro con ambas manos lo exhortó:

—¡Vamos Aulio, mírame y habla, dinos lo que has visto, ya todo ha pasado, estás vivo amigo!

—¡Perdónanos Musa, perdóname, no he podido traértelos, no he podido! Entramos por el lienzo caído de la muralla de Temístocles. Manio Gelio cayó antes de entrar, alcanzado en el pecho por una flecha de los arqueros de las torres aun antes de poder atravesar la muralla. Marco Ateyo, enloquecido por del odio al ver a su amigo perdido, fue el primero en lanzarse sobre la ciudad, hundió su espada en el primer cráneo enemigo que encontró con tanta fuerza que ya no pudo recuperarla, y tomando la espada del griego caído mató hasta el último ser, hombre o mujer, que se cruzó en su camino. El propio Sila entró poco tiempo después, engendrando el terror y el espanto con el sonido de los clarines y de las trompetas, con los gritos ensordecedores y la locura descontrolada de los soldados romanos hartos del hambre y la espera de todos estos meses. El general nos dio total libertad para el robo y la matanza. Corrimos por las calles con las espadas desenvainadas, no sé cuántos griegos he matado para salvar mi vida, es imposible imaginar cuántos he matado, cuántos han muerto en el asalto. Logré llegar a tu casa Musa, pero las llamas lo cubrían todo. Dicen que por fin fue Cafis el focio, que acompañaba a Sila quien le rogó clemencia, porque los dioses de Roma eran los dioses de Atenas, porque debía perdonar a los vivos por respeto a los muertos. Lo siento Musa…

—Cálmate ya amigo Aulio. ¿Sabes que pienso? Que tal vez Dina ya no estaba allí. Es probable que una vez que nos hubiéramos marchado, cuando el silencio llegara al escondite en que los dejamos, el anciano sirviente Meles, mudo como una sombra, hubiese hecho una incursión por la casa. Entonces podría haber regresado a por las mujeres y todos juntos se habrían desplazado en la noche hacia la casa de algún paciente mío con buenas relaciones con los romanos. Cuando esta guerra finalice volveremos a intentarlo, revolveremos cielo y tierra hasta dar con ellos.

Entonces Musa abrazó a Aulio como se abraza a un hijo, y Aulio abrazó a Musa como quien se abraza a una última esperanza y salió de la tienda. Ni Musa, ni Adelphos, ni Pandora deseaban hablar, se acostaron callados junto a sus mutuos duelos, solidarios a través del silencio. Cuando el sol alcanzó el día mi abuelo Musa despertó sobresaltado. Sintió en el humo el olor de la muerte que le recordaba dónde se encontraba. Se levantó y se vistió como un autómata, perdido y sin rumbo como un animal herido. Cuando buscó los cuerpos de Adelphos y de Pandora los descubrió tendidos en el suelo, juntos y abrazados sobre las mantas. La cabeza de ella reposando sobre el hombro de él, el brazo de él cubriendo el pecho de ella, los pies durmiendo sobre los pies. Una paz incomparablemente humana embellecía sus rostros. Invadido por una oleada de pudor los cubrió con una sábana y pensó que tal vez simplemente eso fuera el amor, la necesidad de un cuerpo de un único cuerpo. Dina.

* * *

lunes 21 de septiembre de 2009

El Rostro de la Muerte


“¡Ah, puerto de Hades nunca purificado!

¿Por qué a mí precisamente, por qué me aniquilas?

¿Qué palabras dices?

Nueva muerte has dado a un hombre que ya estaba muerto.”

(Creonte, en Antígona de Sófocles)



A partir de aquella noche en que soñó con los ojos de mi abuela, Cecilia Metela, durante muchos días y noches el desfigurado rostro de Sila volvió a asaltar la memoria de mi abuelo Musa. Cada vez que intentaba conciliar el sueño, la imagen de aquel romano muerto asomaba entre una niebla espesa que traspasaba la vigilia. Después de muchos años una mujer volvía a perturbarlo; ese sentimiento le recordaba que alguna vez había sido un hombre capaz de deseo.

Mi abuelo Musa había nacido en Atenas, en el año en que el rey de Pérgamo, Atala II, dejó como legado su reino a Roma.[1] Se había casado a los veinte años, una edad relativamente normal para un joven griego. Su esposa, Dina, entonces una bella muchacha de dieciséis años, había sido una mujer sencilla y delicada que no sólo disfrutaba de las tareas propias del gineceo,[2] sino que había sabido ser una gran compañera. Era Dina una secretaria muy especial, que había ido escribiendo a lo largo de todos aquellos años que habían compartido juntos un herbolario en el que compendiaba todas aquellas hierbas que mi abuelo utilizaba, así como sus combinaciones y resultados. Por las noches, después de cenar, con voz cálida pero obstinada, solía atiborrar de preguntas al pobre médico, tomando las notas que luego volcaba en su minucioso sumario. Pero no creáis que a Musa le desagradaba aquel acoso. Aquel intercambio solía ser el preludio del ejercicio amor, pues cuantas más notas tomaba Dina más apasionadas eran las noches. Cada día, antes de salir a trabajar, se acercaba a Dina para preguntarle:

— ¿Y qué dicen “nuestros rollos”, hermosa esposa mía?

Y ella con los ojos iluminados de satisfacción le leía sus nuevas anotaciones, que mi abuelo escuchaba con los ojos entornados, con el recuerdo aún tibio por la confusión de los cuerpos que se habían encontrado. Dina provenía de una familia de fabricantes de ánforas que se había esmerado en brindar a su hija una digna educación. Desde que mi abuelo Musa pudiera recordarlo, ellos siempre habían estado destinados el uno al otro. Y jamás lo había lamentado: ella era para él la mujer perfecta, aunque no hubiese tenido tiempo de soñarla, aunque casi hubiesen nacido teniéndose.

Mi abuelo, de familia de médicos, podía considerarse un buen partido, ya que en aquella época los médicos atenienses tenían en la ciudad de Atenea un estatus mucho mayor que en la sociedad romana. Marido y mujer nunca se habían cuestionado el amor, pues siempre había estado allí y la fortuna nunca los había abandonado demasiado. Cuando las huestes de Sila se cruzaron en su camino era imposible saber si los dos hijos engendrados por la pareja continuaban con vida. Ambos habían sido reclutados por los ejércitos del tirano Aristón. Lisipo, de dieciocho años, y Poliarco, de veinte, se habían despedido en las primerísimas horas de una mañana clara. Dina les había preparado sus bolsas con todo el detalle del que una madre puede ser capaz; mi abuelo había dispuesto, a su vez, una talega con distintas drogas que pudieran serles útiles para distintas dolencias, y sobre todo el antídoto para la mayor de las dolencias: una muerte deshonrosa o una vida sentenciada a la esclavitud. Musa recordaba una y otra vez aquella despedida casi con ensañamiento, como una forma de mantener viva la imagen de sus eternos pequeños hombres. Dibujaba la última imagen de sus hijos en la memoria: Lisipo y Poliarco irradiaban una mezcla del orgullo del guerrero y una inconciencia juvenil que los hacía aún más hermosos a los ojos de su padre.

— ¡Sonreíd padres, acabaremos con los romanos antes de que podáis llorar tres veces!, exclamó Lisipo con tono bravucón y desenvainando la espada al aire.

Poliarco, el más joven aunque el más conciente de los dos, extendió un brazo hacia su madre y otro hacia su padre. Y cerrando los ojos dijo:

—Haremos cuanto esté a nuestro alcance por salvar nuestra patria y por salvar nuestros pellejos, queridos padres…

Lisipo envainó su espada y se unió al abrazo. Y mi abuelo habló.

—La patria ya está perdida, hijos, luchad por vuestras vidas. Sea lo que sea lo que nos suceda a los cuatro no olvidéis que Atenas no es libre ni en manos de Mitrídates ni en manos romanas. Estamos del lado en que los dioses nos han arrojado, pero ninguno de estos dos lados sea tal vez justo. Sólo os pido y me comprometo ante vosotros, a quienes amo por sobre todo lo que existe, a luchar por lo que nos quede de libertad, no la de nuestra patria que ya hace tiempo se ha perdido, sino la de nuestras conciencias. Intentemos mantenernos vivos siempre y cuando podamos ser libres. Y si no, ya sabéis el camino, a veces la muerte puede ser el más preciado de los bienes, no permitáis que os la roben.

Sus brazos no podían transmitir lo que los cuatro sentían. Hasta entonces habían disfrutado de muchos momentos de felicidad. Las retinas del abuelo Musa retuvieron las fuertes y jóvenes espaldas de sus hijos partiendo hacia la muerte, hasta que fueron dos puntos imperceptibles perdidos en el horizonte. Tal vez ese y no otro había sido el comienzo del fin.

El origen de la guerra entre Atenas y Roma había sido una disputa entre Mitrídates VI y Nicomedes IV, rey de Bitinia, por el control de Capadocia, una antigua provincia de Asia. Mitrídates VI, llamado Eupator, era rey del Ponto Euxino y un apasionado de la cultura helénica tanto como del poder. A la muerte de su padre Mitrídates V, siendo aún muy niño, hubo de huir para salvar su vida, llevando durante siete años una vida salvaje. Con veinte años regresó para vengar a su padre, asesinando a su madre Gespaepyris y a su hermano Mitrídates Chrestos, el Ungido, casándose con su hermana Laódice. Pero Mitrídates no era exclusivamente un hombre decidido e implacable con sus enemigos, poseía además formidables conocimientos: políglota, conocedor de veintidós lenguas, gran lector, estudioso de las ciencias y de las artes. Desde muy joven estaba decidido a encontrar un antídoto universal contra los venenos. Cada día sus médicos le suministraban pequeñas dosis de las más diversas sustancias. Mi abuelo Musa estaba seguro que era de esa generosa pócima diaria que se auto procuraba de dónde provenía el magnífico brillo que veían en sus ojos cuántos le conocieron.

Mitrídates comenzó apoderándose de la Cólquida, país que había sido recuperado por Alejandro Magno de las garras persas.[3] Aquella zona era un excelente comienzo para el despiadado monarca: sus orígenes míticos le daban un aura de protección divina. Se decía que de allí había tomado Jasón el Vellocino de oro, verdadero símbolo de realeza, obsequio de los dioses que aportaba la prosperidad a quienes lo poseían. Según la leyenda, a la Cólquida había acudido Jasón junto a sus argonautas, en busca del vellón del carnero alado Crisomallo. El rey de la Cólquida, Eetes, había prometido cedérselo a cambio de ciertos trabajos. Tenía Jasón que uncir dos bueyes que exhalaban fuego por la boca y arar un campo con ellos. Una vez arado, debía sembrar en los surcos los dientes de dragón que Eetes previamente le había entregado. Jasón no tuvo más remedio que aceptar aquellas increíbles condiciones. Medea, hija del rey y de la ninfa Idía, conocedora de las artes mágicas a través de su tía, la hechicera Circe, amó a Jasón desde el primer momento en que lo vio. Por ello visitó su tienda aquella misma noche ofreciéndole las pócimas y ungüentos necesarios para realizar sus hazañas, además de su propio cuerpo. Cumplidos sus encargos reclamó Jasón su premio al rey, pero Eetes enterado del fraude, se negó a entregar el vellocino. Medea, empleando nuevamente sus oficios mágicos, intervino durmiendo a la serpiente eternamente insomne que custodiaba el vellón. Sabiendo que ya nunca sería perdonada, huyó junto a Jasón y sus argonautas.

Mitrídates se complacía en decir:

—¡Reino sobre una verdadera terra mitica!

Con la ayuda del reino de Armenia Mitrídates se hizo finalmente con Bitinia y Capadocia. Cuando Manio Aquilio, gobernador romano del territorio griego de Anatolia, llegó para imponer las condiciones de Roma ante el avance descarado de Mitrídates, éste accedió a retirarse. Pero cuando Aquilio le pidió que le cediese parte de sus tropas e indemnizase al rey Nicomedes contestó:

—Mis tropas son tan escasas como mis bienes, Marco Aquilio. ¿Con qué quieres que le pague a Nicomedes, si mi dinero está en manos de los senadores que he tenido que sobornar vanamente en tu maldita Roma?

Como resultado de las negociaciones, mientras Aquilio empujaba a Nicomedes a invadir el Ponto, Mitrídates instalaba a su hijo en Capadocia.[4] La guerra total contra Roma había sido así declarada. Aquilio frente a su ejército fue finalmente vencido; el gobernador romano fue entregado por la ciudad de Mitilene y ajusticiado por los vencedores. La mayoría de las ciudades de Asia Menor recibieron a Mitrídates como al justo liberador del yugo romano.

Sin embargo, Mitrídates fracasó en el asedio de Rodas. Y fue tan atroz su resentimiento ante este primer fracaso de importancia, que en un ataque de furia desbocada hizo matar a los ochenta mil habitantes itálicos y romanos que residían en la zona. Familias enteras fueron masacradas sin piedad. La ironía del destino se ensañaba con ellas, pues la gran mayoría no eran romanas sino itálicas. Ellas mismas ya habían sido víctimas de la expansión imperial de Roma en su propia tierra, y habían huido hacia Oriente en busca de paz y seguridad. Así, los vapuleados itálicos, por la mera similitud de sus costumbres, fueron inmolados en honor a sus opresores históricos.

Cada tarde, miles de niños, mujeres y hombres eran arrojados de sus casas, alineados en la plaza pública y sentenciados a ser traspasados por anónimas espadas. Aquella matanza se haría tristemente célebre con el nombre de las "Vísperas asiáticas".[5] A partir de aquella masacre las ciudades griegas sabían que no podían escapar a su suerte: si Roma vencía, su venganza sería directamente proporcional al horror cometido por Mitrídates. El pacto con el rey del Ponto quedaba así sellado con la sangre de las víctimas.

Una de las grandes razones de que todos estos pueblos odiasen a los romanos eran los publicani,[6] quienes ahogaban la economía de las ciudades dependientes del imperio desde hacía décadas. Estos actuaban como intermediarios entre las colonias y el estado, cobrando impuestos o realizando cualquier tipo de explotación que les pareciera interesante. Mientras a Roma llegaran los excedentes que mantuvieran el nivel de vida de sus ciudadanos, tenían carta libre para cobrar a sus súbditos cuanto y como quisiesen. Con lo cual Mitrídates no necesitaba demasiado para seducir a los pueblos que deseaba someter: perdonó los tributos de Asia durante cinco años y abolió la mitad de las deudas. Acuñó tetradracmas de oro y se puso en contacto con los sublevados de Grecia continental, igualmente explotada por Roma.

En Atenas, el jefe de los conspirados fue el pseudo pensador y filósofo Aristión, quien asumió la función de estratega, al servicio de Mitrídates, prometiendo restablecer el antiguo sistema democrático, así como la manumisión de una gran cantidad de esclavos. La base social de las revueltas eran los sectores más desfavorecidos, pues la aristocracia desde hacía tiempo había alcanzado grandes prerrogativas públicas y privadas, llegando incluso a adquirir cierto poder en Roma. A estas alturas la guerra había adquirido el carácter de una insurrección de todo el Oriente contra la explotación romana.

La flota de Mitrídates, al mando de Arquelao, se apoderó de la sagrada Delos y fue bien acogida en todo el Pireo. El gobernador romano de Macedonia, Sencio, a través de su legado Bretio Sura, intentó intervenir.[7] Enfrentando a Arquelao en tres sangrientas batallas, Bretio Sura demostró gran valor y prudencia, logrando la victoria en todos los casos. Expulsó rápidamente al comandante de Mitrídates de Queronea, arrojándolo nuevamente al mar. Pero Lucio Licinio Lúculo, legado de Sila, le pidió a Bretio que se mantuviera al margen: esta no era su guerra, sino la de Sila. Y fue Sila quien con cinco legiones, logró recuperar toda Beocia, y cercar por fin al puerto del Pireo y Atenas.

Atenas, la ciudad sitiada, se estremecía mientras sus ciudadanos intentaban conciliar el sueño. Mi abuelo Musa pretendía dormir en el andrón[8] echado en su kliné[9] preferido; su asistente Adelphos hacía lo propio en otro. A veces conversaban en voz baja en la oscuridad, como si no quisieran despertar ni a los vivos ni a los muertos.

— ¿Piensas que estarán vivos mis queridos muchachos, Adelphos?

— Que aún no hayas tenido noticias de ellos es muy bueno Musa…

—Nada bueno puede sucedernos amigo. Los romanos no perdonan a un enemigo en armas. Nuestras vidas, o mejor dicho, nuestra muerte es sólo cuestión de tiempo.

—Con suerte nos hacen esclavos. ¡Tú serías un buen esclavo, Musa, a ti no te matan seguro! Eres demasiado buen médico para que acaben contigo…

Mi abuelo rió, iluminando levemente el silencio.

— ¿Eso crees? No estaría tan seguro, a lo mejor me matan antes de saber lo que soy o lo que sé mi querido Adelphos. Además, ya lo sabes bien, me prefiero muerto a esclavo. Cada uno de los que habitamos en esta casa ya tenemos nuestro frasquillo preparado, tenemos nuestro viaje al más allá asegurado.

— ¡Pero Musa, tú puedes salvar muchas vidas, no deberías morir! Posees demasiada sabiduría para que las moiras aprueben tu muerte. Y yo sé bastante de la profesión médica, ¿no me dices siempre que tengo grandes dotes para la cirugía? Si no hubiera sido por esta maldita guerra hubiera viajado a Egipto a aprender tantas técnicas milenarias... ¡Ahora con suerte podría ser un buen médico de esclavos!

Adelphos soltó su risa cristalina, era uno de esos hombres capaces de bromear ante la precisa mirada de la propia muerte.

— ¿Y por qué no te alistaste Adelphos?

—Imagínate, me hubiese tocado estar en las tropas auxiliares, curando a todos esos asesinos amigos del Eupator ése, violadores, matricidas, fraticidas y enfermos mentales que copulan con sus hermanas. ¡Por todos los dioses que habría estado tentado de dejar morir a más de uno! Aunque no me hago demasiadas ilusiones, porque en cualquier momento me vienen a reclutar a la fuerza. Además, Musa, bien sabes que nunca me gustó ese imbécil de Aristón, no es más que un demagogo, no le creo una sola palabra de lo que promete. Sólo intenta salvarse a sí mismo. Y ese Mitrídates, es un monstruo de mil cabezas, ¡tiene una por cada veneno que se embute!

Musa sonrió a pesar de sí mismo. Volvieron a sumergirse en un mutismo que pretendía imitar al sueño. Ninguno de los tres sirvientes que quedaban en la casa descansaba en sus habitaciones. Dina, permanecía en el gineceo junto a la cocinera y su ayudante personal, y el anciano Meles se había atrincherado en la puerta de entrada, como si pudiese hacer algo para impedir la entrada de algún fantasmal invasor.

En medio de la noche unos golpes atronadores hirieron el simulado reposo nocturno. Las seis personas que entonces habitaban la casa corrieron aterradas hasta el patio central. Mi abuelo hizo un gesto con su mano derecha instándolos al silencio.

— Si golpean no es una mala señal, demasiada amabilidad para pasarnos por la espada. ¡Ocultaos!, ordenó en voz baja pero firme.

Sólo Adelphos acompañó a mi Abuelo. Los dos recorrieron rápidamente el pasillo que llevaba a la puerta de entrada, mientras el anciano Meles se apresuraba a esconder a las mujeres.

— ¡Quién llama!, preguntó Musa a viva voz.

— ¡Médico Musa, abre, soy Cafis! ¿Me recuerdas? ¡Soy Cafis, el focio!

A pesar del tiempo que hacía que Musa no escuchaba el acento jónico y el peculiar tono agudo de aquella voz, lo reconoció al instante. La mente de mi abuelo ató cabos en una décima de segundo. Se decía que Cafis estaba del lado romano, luego: los romanos estaban buscándole. Se apresuró a abrir la puerta. Tres hombres con capas griegas oscuras escoltaban a Cafis, igualmente cubierto con una sencilla clámide. Descubrió su rostro a Musa y con la velocidad de un rayo uno de los que venían atrás empujó a Cafis hacia el interior de la casa y los otros dos hicieron lo propio con Musa y Adelphos.

Los seis hombres se encontraron en un instante en el patio central de la casa. Los tres que acompañaban a Cafis se despojaron de las prendas griegas, mostrándose como lo que eran: tres recios milites romanos. Bajo la tenue luz de las antorchas Musa podía verlos al descubierto. Eran decididamente soldados de distintas categorías. El mayor de unos treinta y tantos años, era quien con sus gestos dominaba la situación; el segundo más joven, de unos veinte tantos, de cabello castaño rizado y vivaces ojos oscuros, con aspecto de gladiador, no perdía el más mínimo movimiento de Cafis, de Musa o de Adelpho y no separaba su manaza derecha de la empuñadura de la espada, su cara se veía surcada de antiguas y flamantes cicatrices; el tercero era casi un adolescente, aunque mucho más alto que los otros dos, un Apolo con un rostro de rasgos inconfundiblemente galos, se mantenía expectante en un tercer plano. Cafis habló espaciando cada una de las palabras que pronunciaba.

—Perdónanos Musa por esta visita tan inesperada… Estos amigos que me acompañan son romanos, como habrá notado…

— ¡Imposible ignorarlo Cafis! Pero disculpa que te interrumpa, amigo, hay algo que me intriga sobremanera… ¿Cómo es que habéis logrado cruzar sin problemas la muralla?

Cafis sonrió. Era uno de esos hombres de sonrisa fácil, pero no cualquiera, sino la justa, la precisa. La gentileza de su trato confería a Musa una cierta tranquilidad. Mi abuelo Musa intentaba parecer relajado, procuraba mirar lo menos posible a los otros tres, quienes no presentaban una imagen demasiado alentadora, con sus músculos alerta, eran tres lobos expectantes, al acecho del peligro o de una posible presa. Fue el mayor de los tres soldados el que respondió:

—Aquí, el joven milite Aulio Celso ha descubierto en su ronda por las inmediaciones el derrumbe de un lienzo de la muralla sudeste de la ciudad. ¿No es verdad Aulio Celso?

El enorme pelirrojo, el más joven de los tres romanos, se puso aún más colorado todavía de lo que era. Miró al más viejo, quien asintió con la cabeza, como dando su consentimiento para que tomase la palabra. Con una voz grave, que intentaba ocultar su naturaleza todavía juvenil, y que dejaba traslucir su orgullo por el descubrimiento, Aulio contestó con sinceridad:

—En realidad escuché casualmente por la tarde a unos ancianos que comentaban que era una locura que hubieran descuidado aquella zona, que no entendían por qué no se había reparado aún. Así que me acerqué con el caballo desde la zona de la muralla de Temístocles, donde me encontraba, hacia la puerta Sacra y encontré en el trayecto el derrumbe del que hablaban los viejos. ¡Lo bueno es que por allí no sólo somos capaces de pasar nosotros, sino cualquier ejército!

Un escalofrío recorrió la espina dorsal del médico Musa. Esa simple frase del muchacho confirmaba la sentencia de muerte de su amada Atenas.

—Esto que ha descubierto Aulio Celso es muy importante para el fin de esta guerra, que es lo que todos queremos, se apresuró a agregar Cafis.

A pesar de intentar enfriar la situación, Musa pudo ver la angustia que reflejaban los ojos verde esmeralda del focio. Sabía que era sincero, que deseaba el fin de la guerra. Incluso lo envidiaba, pues Cafis había decidido de qué lado estar, y él sólo se había atrincherado entre las paredes de su hogar a esperar que lo cazasen como a una pobre rata. Quiso persuadirse: ¿y si los romanos eran el mal menor? ¿Acaso alguna vez el cónsul romano Flaminio no había sido capaz de declarar a Grecia libre de todo impuesto[10] y de toda guarnición, siendo aclamado por el pueblo griego como liberador de las garras de Filipo de Macedonia? ¿No podría ser acaso Lucio Cornelio Sila, ese patricio romano, una suerte de libertador?

—Dime Cafis, ¿qué queréis de mí?

—Lucio Cornelio Sila necesita de tus servicios como médico.

—¡Vamos Cafis, no juegues con mi dignidad! ¿No me dirás que le faltan médicos a este gran noble romano?

—Los que tiene no dan en el clavo, Musa. Empeora día a día… Me disculparás que te haya mencionado, pero no conozco un médico mejor que tú en Atenas. ¡Aunque los haya mucho más ricos, claro!

A pesar de lo tirante de la situación los dos sonrieron. Musa acotó:

—Me ha parecido escuchar algún corrillo popular que decía…

—“¡Si una mora amasaras con harina hallarás entonces el retrato de Sila!”, respondió el joven Aulio rematando a Musa con un griego ático perfectamente imitado. Los tres milites soltaron unas fuertes carcajadas que volvieron a estremecer la columna del acorralado médico.

— ¡Si que eres listo muchacho!, dijo el mayor de los milites admirado, y agregó:

—Permitidme presentarme, médico Musa, soy el centurión Marco Ateyo, éste fortachón es mi sombra, el soldado Manio Gelio y el muchacho que nos mira desde arriba ya te lo han presentado; este Aulio Celso es el cerebro que los dioses se olvidaron de darnos a Manio y a mí mismo en el cuerpo de un futuro coloso. Soltó otra carcajada, festejando sus propias palabras, e instantáneamente miró a mi abuelo a los ojos e infló su pecho acorazado. Puso su pesada mano sobre el hombro de Musa y lo presionó con sus dedos.

—Si Cafis de Focea cree que puedes ayudar a Sila es que puedes, médico Musa. Ni se te ocurra escapar, ni se te ocurra hacer algo para acabar con tu vida hasta que nuestro Imperator no esté en condiciones de presentar batalla. Si lo haces, volveremos aquí y quemaremos tu casa con los que hay adentro. Es más: si no logras que nuestro comandante pueda ponerse en pie en cuarenta y ocho horas te incluiremos también en la fogata. ¿Entendido médico griego?

—Entendido Marco Ateyo. Ahora necesito saber todos los síntomas de Sila para cargar la medicación conveniente: ¿tiene fiebres, picazones…?

Fue Cafis quien respondió procurando aliviar la tensión:

—Todo eso y un gran estado de… locura. Es necesario por el bien de Atenas y de Roma que lo cures para poder poner fin a este sitio lo más pronto posible, Musa. Estoy seguro, confío en que puedes aliviarlo.

—Bien, os suplico que me deis algunos minutos...

—Sabes que cuantos menos mejor, respondió el focio.

—Bien Musa, adelante –asintió Marco Ateyo. Acompáñalo Aulio Celio, a partir de ahora tú serás su sombra. Si él muere o escapa, tú mueres, su familia muere y la tuya, que está en el campamento, a lo mejor muere también.

El muchacho inspiró e hizo un leve asentimiento con su cabeza. Mi abuelo sintió una espontánea corriente de simpatía por el pobre muchacho, le recordó a su hijo más pequeño, y un nudo le traspasó la garganta. Dirigiéndose a Adelphos, que se había mantenido alerta en todo momento, le indicó:

—Trae todo lo que consideres necesario, mientras yo recojo algunos enseres personales y otras drogas que puedan sernos útiles, Adelphos. Enseguida estoy con ustedes señores…

Musa caminó rápidamente atravesando el patio, con el joven Aulio pegado a sus talones. Mi abuelo era un hombre de estatura mediana, un poco más alto que un romano medio, muy delgado, se movía como una gacela. Cuando Musa daba cuatro pasos Aulio daba dos, con sus largas, increíbles piernas. Casi al unísono ingresaron al andrón; Musa abrió una pequeña puerta que había en una esquina. Entraron a una especie de despensa en la que algunas hileras de vajillas y jarrones se exponían cuidadosamente en estanterías, junto a frasquillos muy pequeños casi diminutos, recipientes de fármacos diversos. Musa corrió una cortina y atravesó un estrecho pasillo, en el fondo del mismo se hallaba una portezuela de la mitad del tamaño de una puerta normal. Mi abuelo dio tres golpes pequeños, luego dos, luego uno. La portezuela se abrió. Allí estaban los demás habitantes de la casa, pero sólo Dina salió a gatas. Musa le ofreció su mano para ayudarla a incorporarse y la abrazó unos segundos en silencio.

—Este joven es mi guardia personal, Dina, se llama Aulio Celso y nuestras vidas dependen una de la otra. Si me deja morir ustedes morirán y él y su familia también, así que podemos hablar con confianza delante de él. Me llevan donde Sila, parece que el romano está muy enfermo. No sé cuándo volveré, pronto las tropas atravesarán las murallas…

—Qué extraño me resulta todo esto. ¿No tiene acaso médicos romanos ese gran señor?

—Lo mismo les dije yo. Pero parece que no dan con la cura correcta. Fue Cafi de Focea quien les habló de mí, ¿lo recuerdas?

—Por supuesto, un hombre agradabilísimo, muy bien relacionado, sobre todo con los romanos.

Aulio Celso se separó un par de metros con la madurez de un joven anciano, comprendiendo lo delicada de la situación, se puso casi de espaldas confiando en que mi abuelo no haría nada por escapar. Musa sabía que el joven hablaba un griego bastante bueno, así que intentó bajar la voz todo lo que pudo. Marido y mujer se susurraban al oído, con los cuerpos muy cerca, casi abrazados uno al otro.

—Ve tranquilo esposo. Ya lo hemos conversado con Meles y las mujeres. Todos ellos son mayores y no quieren cambiar de amo y yo jamás seré una esclava. Si nuestros hijos no están muertos pronto lo estarán...

— ¡Por todos los dioses, Dina, no os apresuréis ni cometáis locura alguna! Esperad a que regrese…

— Mi querido Ariómico…

Antes de continuar, Dina le tomó el rostro con ambas manos para poder ver sus ojos mientras le hablaba. ¡Hacía tanto tiempo que al médico Musa no le llamaban de aquella manera! Una sensación de vértigo le subió por las piernas. Era ese su apodo de niño, así le decían su madre y su padre; Ariómico: “el jefecito” de la casa. Dina continuó:

—Me dices: “no sé cuándo volveré, pronto atravesarán las murallas”, luego: “esperad a que regrese”. Tú sabes mejor que yo lo que harán de nosotros los romanos cuando atraviesen las murallas. ¿Crees que te dejarán salvarnos antes? ¡No delires Ariómico! Nuestra ciudad no se ha rendido, cuando se harten de matar, si acaso tienen ganas, nos venderán como esclavos. No me pidas lo que no somos capaces de darte. Si puedes conserva la vida de ese joven, hazlo, hasta soy capaz de pedírtelo por favor, querido mío, la de él y la de su familia; después de todo tu vida es lo único que él necesita ahora mismo para evitar la muerte. El destino ha querido que este muchachito esté del lado de los vencedores, pero su suerte bien podría haber sido la de nuestros hijos. Permíteme emigrar a ese otro lugar a donde sólo se encuentran los justos, y si como decía Platón no hay mal alguno para los buenos cuando se vive o cuando se muere, ¿no crees que haya sido lo suficientemente buena para librarme de más dolor?

Un silbido agudo interrumpió a Dina.

—Es Marco Ateyo, médico Musa, hora de irnos –dijo Aulio Celso. Me voy adelantando para que se despida de su esposa, pero de prisa, se lo ruego.

—Gracias muchacho.

Cuando Aulio comenzó a andar Musa abrazó a Dina.

—¡No hay otra mujer en el mundo que haya sido más buena para mí! Musa la besó en los labios; sus ojos, de un gris más oscuro que el acostumbrado, se cargaron de lágrimas contenidas. El recuerdo de infinitas noches atravesó su piel con el mismo filo de una daga romana.

—Y no me pidas tú tampoco lo que no puedo darte, querida, no sé cuánto tiempo me dejaré llevar como a un imbécil. Te quiero. Perdóname si no te lo he dicho más a menudo. No termino de comprender lo que nos está pasando, esta pesadilla…

—Mi Ariómico, has sido mi hermano, mi hijo, mi padre, mi esposo, mi amante. Has sido mi sino y me has hecho feliz. Si me hubiera sido dado elegirte, te hubiera elegido. ¡Haz lo correcto y vete antes de que esa mora amasada con harina se impaciente y se cargue a ese chiquillo y a su familia! Después de salvar su vida, salva la tuya de manera que te sientas en paz. Y si tienes la oportunidad de vivir con dignidad no les regales tu vida.

Aulio Celso chistó desde el fondo del pasillo e hizo un gesto con su mano derecha apurando a Musa. Musa sonrió a Dina por última vez, le besó ambas manos, la abrazó atrapando el olor de su cuello. Se besaron y acariciaron de memoria. Dina le entregó una pequeña bolsa de cuero y le sonrió rozando los labios de su esposo con los dedos por última vez. Musa se alejó, apurando la marcha, mientras Dina lo miraba deshacerse en la oscuridad. Como un autómata, el médico fue echando frasquillos en aquella bolsa a medida que recorría las estanterías que iba dejando atrás.

Desde el preciso instante en que Musa dirigió sus pasos camino del campamento romano, intentó borrar todo vestigio de su vida anterior, se transformó en un mero instrumento de un destino impropio. La casa de Musa quedaba en las inmediaciones del Ágora. A diferencia de Roma en que los barrios estaban perfectamente discriminados en cuanto a la jerarquía social de sus habitantes, en Atenas los hogares de los ricos se mezclaban con las casas más humildes. La vivienda de Musa no era excesivamente espléndida, pero poseía una sencilla dignidad. Herencia familiar, su hogar había sido embellecido por años de mediana prosperidad y escrupulosa reputación. Algunas pocas obras de arte y sobre todo sus amados libros eran sus mayores tesoros. No podía ni quería imaginar que su mundo pudiera transformarse en apenas un recuerdo.

Los seis hombres salieron a la calle dispuestos por Marco Atreyo en tres grupos de a dos: el propio Marco Atreyo junto a Cafis, Manio Gelio junto a Adelphos y mi tío abuelo Aulio Celso junto a mi abuelo Musa. Se dirigieron a pie y en absoluto silencio por el Dromos en dirección a la Puerta Dipylon, aunque se desviaron mucho antes de llegar a la misma, previendo que la vigilancia estaría reforzada en aquella zona. Pero de la totalidad del grupo era el joven Aulio quien se manejaba entre las calles de la ciudad de Atenea como si fuera un hijo de la propia diosa, decididamente era el guía perfecto. Una vez transpuesta la zona en que la muralla estaba semidestruida, un grupo de diez soldados los esperaba junto a los caballos para cabalgar hacia el final del itinerario. Habían atravesado la ciudad cubiertos por el manto de la noche, protegidos por los dioses o tal vez por el espectro moribundo de Lucio Cornelio Sila, quien esperaba en el campamento romano que mi abuelo Musa lo devolviera por fin a la vida. Si la totalidad del tiempo no era más que una única noche, éste no se había acabado aún para el médico Musa.

Por Viviana Cecilia Atencio

[1] Año 129 a. C.

[2] gineceo (gynaikeíos, de “gyné”, mujer): área de la casa destinada a las mujeres (libres y esclavas).

[3] Año 330 a. C.

[4] Año 89 a. C.

[5] del latín vesper: tarde.

[6] Cobradores de impuestos.

[7] Año 87 a. C.

[8] Habitación de los hombres, sala de reuniones, simposios o banquetes.

[9] Sofá muy similar al triclinum romano.

[10] Año 197 a. C.

martes 18 de agosto de 2009

Destino Roma


"Son pocos los que esperan la libertad, lo que desea la mayoría son amos justos”

Cayo Salustio Crispo, (86 -34 a .C.)

Quien escribe soy, Antonia Musa Caliópila, nacida libre y romana. Gracias a mi padre y sobre todo gracias a mi madre. Como mi segundo nombre es de origen griego, podéis deducir correctamente que alguno de mis antepasados fue, o bien un esclavo liberto, o bien un extranjero que pasó a engrosar la clientela de un romano. El extranjero, que se salvó por muy poco de ser esclavo, fue mi abuelo paterno, el médico ateniense Musa. Perteneció por algún tiempo a esa clase de habitantes de Roma cuya patria de origen había sido derrotada, a ese grupo clientelístico de la capital del Imperio conformado por los extranjeros sin patrón. Pero aunque no se le permitía residir en su ciudad, y fue obligado a emigrar a Roma, nunca había sido declarado oficialmente esclavo. Por fin obtuvo su ciudadanía y pasó a formar parte de la clientela de Cayo Antonio Crético, padre de Marco Antonio el Triunviro.

Escribo en el duodécimo consulado de Augusto, annus 749 después de la fundación de Roma, y en el 772 después de la primera olimpíada.[1] Hace unos treinta y nueve años que Augusto, venerado por muchos y no tanto por otros, dejó de ser Cayo Octavio para transformarse en Cayo Julio César Octaviano, hijo adoptivo del asesinado dictador popular Cayo Julio César.

Soy conocida en mi ciudad como Musa gnata,[2] aunque en la intimidad sea simplemente Caliópila, que es uno de esos apodos híbridos entre el griego y el latín, muy comunes en Roma. Con lo cual, sin padre o madre de orígenes patricios tengo, gracias al destino, tria nomina.[3] Con las leyes augustas podría haber sido Cornelia, como mi madre, en lugar de Antonia Musa, puesto que los Cornelio son de mayor alcurnia que los Antonios (mi abuelo materno es un Lucio Cornelio Celso). Pero mis padres sintieron siempre gran debilidad por las Musas. Que yo fuera una Musa era para ellos algo muy especial. Además, después de todo, la familia de mi madre se transformó en Cornelia gracias al patronazgo de Sila. ¡Desde Sila Roma está plagada de Cornelios libertos, manos ejecutoras de sus proscripciones, eficaces cortadores de cabezas! Las miles de cabezas que coronaron los rostra en el foro fueron el siniestro remate de la primera gran guerra civil entre romanos. Aunque tampoco parece que mis ancestros Cornelios hayan sido esclavos, y mucho menos pertenecientes a aquellas famosas bandas de decapitadotes silanos.

Los Cornelios Celso casi con seguridad eran de origen galo. Según pude saber se unieron a las tropas romanas en la Galia Transalpina, en la época en que fuera ocupada por el procónsul Domicio Ahenobarbo, quien construyera la vía Vía Domicia[4] para asegurar el camino hacia Hispania, y no contento con ello fundó la ciudad de Narbo Martius.[5] Esto sucedió allá por el consulado de Quinto Marcio Rex, ni más ni menos que el bisabuelo de Julio César.[6]

Mi tatarabuelo, el primer Aulio Celso, se alistó por entonces en las legiones, o tal vez lo reclutaran a la fuerza. Sea como fuere, las razones tendrían que ver con su supervivencia. Siempre me he preguntado: ¿cómo sería su nombre galo? Imposible saberlo. A través de lo que pude preguntar a quienes lo conocieron sólo me ha llegado que se le llamaba Aulio Celso. El “Aulio” podría haber surgido de un mote, que le vendría por su aspecto: de estatura elevada, sobre todo comparándola con la de un romano. Y el “Celso” no haría más que rematar la misma idea de altura, pero agregando un sentido de excelso originado en su perfección como copista de obras de arte. Al parecer era un artesano de exquisito talento. Aún hoy conservamos, después de tanto tiempo, algunas pequeñas obras que se han salvado de ser vendidas. De bronce o de hierro, representan extraños dioses que seguramente jamás conoceré, pero que en la niñez suscitaban en mi imaginación historias de bosques lejanos. Aquel galo y primer Celso pronto aprendió a hablar, a escribir y a leer en latín, lo que probaría aún más el sentido predestinado de su nombre.

Mi bisabuelo nació poco después en un campamento romano; como corresponde a la tradición del primogénito, también fue un Aulio Celso, y heredó de tal forma la pasión por la escritura que con el tiempo se transformaría en un excelente escribiente. Mi abuelo Lucio nacería también en un castrum,[7] siendo el menor de cinco hijos varones, de los cuales sobrevivirían sólo dos: él y el mayor, el tío Aulio.

Lucio demostró de pequeño tantas dotes para las letras y las ciencias como todos los Celso. En época de Sila, siendo apenas un niño de doce años, ya trabajaba en el campamento como alfabetizador de los soldados. Su padre Aulio llegó a ser asistente de Crisógono, el secretario liberto de Sila, quien al volver a Roma y transformarse en dictador le concedió la ciudadanía.[8] De todas formas, sus hijos ya eran ciudadanos romanos, e incluso Cornelios, pues su concubina, mi bisabuela, era una romana pobre, pero romana al fin. Cornelia tuvo que ganarse la vida como artesana en las legiones, pues su padre había estado muy cerca de ser esclavizado por deudas. Formar parte del gran grupo femenino de los castra fue para ella una gran fortuna: era una opción mejor a la esclavitud, a la prostitución, o a ambas cosas.

Mi bisabuelo Aulio y mi abuelo Musa se conocieron durante el sitio de Sila a Atenas.[9] Y casualmente juntos reiniciaron sus vidas en Roma. Inmediatamente surgió entre ellos una amicitia que se haría extensiva a sus jóvenes hijos, Aulio y Lucio. Aquella amistad se nutriría de intercambiar información sobre literatura, filosofía, ciencias… Mi bisabuelo Aulio moriría dos años después de llegar a Roma; mi abuelo Musa honró su amistad protegiendo a sus hijos como si fueran propios.

La diferencia de edad entre mis dos abuelos era, por lo tanto, considerable: ¡por lo menos tres décadas! Por eso mismo Musa pudo ayudarles a los dos hermanos huérfanos a pasar el trance que significó para ellos situarse en la que era la urbe más importante del mundo. Musa venía de una gran metrópoli como Atenas, los Celso habían vivido siempre circunscriptos a los límites de los campamentos militares. Los tres se encontraban diariamente, hacia la hora novena o décima del día,[10] en los alrededores del foro para visitar alguna taberna y comer algo ligero después de trabajar. Tras compartir la deliciosa rutina de los baños se dedicaban a su mayor vicio: un paseo por las librerías de los alrededores del foro. Por aquella época mi abuelo Musa vivía en el barrio del Subura, y los muchachos le acompañaban desde el foro, por el Argileto, hasta su casa. Durante toda su vida les llamó “mis lictores”,[11] pues cuando el sol caía sobre la ciudad, no era fácil la soledad en Roma. Siempre que debía visitar pacientes a deshoras en rincones inhóspitos lo hacía acompañado de sus elevados y jóvenes amigos pelirrojos. Era complicado, aún lo es, encontrar la entrada a los callejones de Roma, pero aún más difícil lo era hallar la salida.

Ya entonces la zona del Argileto comenzaba a ser un paseo codiciado por el pequeño sector de aficionados a la lectura e intelectuales de la ciudad. Muchas veces los tres hombres se detenían a la salida del Vicus Tuscus, junto a la estatua de Vertumno, el dios etrusco de las estaciones, a comentar sus hallazgos librescos. No era secillo para los ciudadanos que no pertenecían a la primera clase comprar algún volumina. La mayor parte de las veces lo adquirían reuniendo los ahorros entre los tres; otras, simplemente, tomaban anotaciones en humildes codex o cuaterni de ocho hojas rectangulares, cocidos en los bordes. Mi abuelo Musa acostumbraba conseguir libreros entre sus pacientes, especialmente para que le permitieran copiar durante un par de horas al día los textos a los que le sería imposible acceder de otra forma. Para aquella tarea contaba con la inestimable ayuda de los Celso, quienes tenían una rapidez y una claridad en la escritura que él no poseía. Mientras Aulo leía Lucio copiaba, y el médico Musa escuchaba embelesado, ya que la presteza de los hermanos era ciertamente asombrosa.

El abuelo Musa había tenido la desdicha de perder a su familia a manos de los soldados de Sila. En el contexto de la lucha de Roma contra Mitrídates, rey del Ponto, Atenas, gobernada por el tirano Aristón se había transformado en un títere de los pónticos. Después de un durísimo cerco el mismo Sila, a la cabeza de sus tropas, atravesó a medianoche las murallas de la ciudad causando el terror y el espanto con el sonido de los clarines y de una infinidad de trompetas, entre los gritos y la satisfacción de los soldados, a los que dio entera libertad para el robo y la matanza. Las legiones entraron corriendo desbocadas por las calles, con las espadas desenvainadas. Fue imposible saber cuál fue el número de muertos…

Los Celso eran ahora toda su familia, y para ellos él también lo era de algún modo. Sin padre y con una madre inmersa en un luto que llevaría de por vida, la compañía de mi abuelo, un hombre sabio con una increíble energía que se alimentaba de salvar vidas humanas, era una parte trascendente de su existencia. Cuando mi abuelo Musa pisó Roma por primera vez tenía cuarenta y seis años. Creía que era el fin de su vida y lo era, por lo menos de una de sus vidas. Le habían arrancado todo cuanto había poseído: a quien fuera su mujer y compañera durante veintiséis años, a sus dos hijos, su casa, su patria, su prestigio como médico, hasta su nombre ya no era el mismo. Sin embargo no era fácil descubrir el dolor en su rostro. Sólo algunas veces sus ojos, de un verde otoñal, miraban hacia el cielo, como si quisieran buscar o recuperar algo de todo cuanto se había desvanecido.

Durante diez años visitó a los enfermos de Roma y veló por sus vidas haciendo honor al juramento hipocrático:

Juro por Apolo el Médico y Esculapio y por Hygeia y Panacea y por todos los dioses y diosas, poniéndolos de jueces, que este mi juramento será cumplido hasta donde tenga poder y discernimiento. A aquel quien me enseñó este arte, le estimaré lo mismo que a mis padres; él participará de mi mantenimiento y si lo desea participará de mis bienes. Consideraré su descendencia como mis hermanos, enseñándoles este arte sin cobrarles nada, si ellos desean aprenderlo. Instruiré por precepto, por discurso y en todas las otras formas, a mis hijos, a los hijos del que me enseñó a mí y a los discípulos unidos por juramento y estipulación, de acuerdo con la ley médica, y no a otras personas. Llevaré adelante ese régimen, el cual de acuerdo con mi poder y discernimiento será en beneficio de los enfermos y les apartará del perjuicio y el terror. A nadie daré una droga mortal aun cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin. De la misma manera, no daré a ninguna mujer pesarios abortivos. Pasaré mi vida y ejerceré mi arte en la inocencia y en la pureza. No cortaré a nadie ni siquiera a los calculosos, dejando el camino a los que trabajan en esa práctica. A cualesquier casa que entre, iré por el beneficio de los enfermos, absteniéndome de todo error voluntario y corrupción, y de lascivia con las mujeres u hombres libres o esclavos. Guardaré silencio sobre todo aquello que en mi profesión, o fuera de ella, oiga o vea en la vida de los hombres que no deban ser públicos, manteniendo estas cosas de manera que no se pueda hablar de ellas. Ahora, si cumplo este juramento y no lo quebranto, que los frutos de la vida y el arte sean míos, que sea siempre honrado por todos los hombres y que lo contrario me ocurra si lo quebranto y soy perjuro.

Cuando algunos de sus pacientes pertenecientes a altos cargos o al orden senatorial lo impelían a alistarse en las legiones para acrecentar su fortuna, Musa decía ser demasiado viejo para ello. La verdad era que no podía soportar el ambiente de la guerra sin recordar las consecuencias que habían tenido en los suyos, los cuerpos desgarrados, el sonido del chocar de las espadas, el olor de las ciudades ardiendo, los gritos, el llanto impotente de las mujeres y los niños, muchedumbres enteras corriendo enloquecidas entre las llamas. O tal vez fuera que no deseaba volver a curar a quienes habían acabado con todo cuanto había amado. Se dedicó a sanar a los enfermos de esa ciudad que lo había absorbido, sobre todo niños, mujeres y ancianos. No sólo asistía a los ciudadanos medios y pobres, sino también a muchas de las familias acomodadas. Fue en una de ellas, la de los Cecilio Metelos, donde conoció a mi abuela Cecilia.

Aquel había sido un año trágico para Roma. Un grupo de gladiadores se había sublevado en una escuela de Capua,[12] en la zona de Campania, dando comienzo a la llamada “guerra de los esclavos”. Aunque no era la primera vez que algo similar sucedía, la última había sucedido hacía más de cincuenta años, en la lejana provincia de Sicilia. La rebelión se hallaba ahora demasiado cerca de la urbe como para que el terror se apoderara de la ciudad. Mientras Pompeyo y Quinto Cecilio Metelo Pío acababan con los últimos focos de la facción de Mario en Hispania, Roma temblaba ante la perspectiva de una invasión de esclavos.

De los supuestos setenta y cuatro gladiadores iniciales fugados, la suma se había ido multiplicando de una manera asombrosa. Sus líderes eran unos tales Espartaco, Criso y Enomao; el primero de aparente origen tracio y los dos últimos de supuesto origen galo. Otros nombres sonaban, eran los de Cánico y Casto. Habían huido de la escuela matando a los guardias con lo que encontraron a mano: desde cuchillos de cocina hasta utensilios de limpieza. La fortuna les había sido tan propicia que en la fuga se toparon con una caravana que transportaba cientos de armas para gladiadores. Se comentaba que rápidamente el liderazgo de Espartaco había ganado fuerza, que el tracio había militado en las tropas auxiliares romanas y que, habiendo desertado, se le capturó y fue convertido en esclavo. Fue vendido en una subasta a Léntulo Batiato, comerciante de gladiadores, dueño de la conocida ludus de Capua. Con buen ojo y conocimiento elegía a esclavos con formación o antecedentes militares. La crueldad de este comerciante en la instrucción de sus gladiadores era tan afamada como la calidad de sus espectáculos.

Se decía de los hombres de Espartaco que tomaban las decisiones como bárbaros, en consejos de iguales, que repartían equitativamente los botines entre sus seguidores, que los esclavos de las haciendas por las que pasaban se sumaban por centenares a sus filas, acabando primero con las vidas de sus antiguos amos. Se comentaba acerca de la capacidad de liderazgo de Espartaco que era incomparable a la de los anteriores líderes rebeldes, ni siquiera al profeta de los esclavos siciliano, el mago Euno.

Los rebeldes, por fin, se habían atrincherado en la boca misma del mons Vesuvius. El Vesubio era un monte consagrado al héroe y semidiós Hércules. Pensar que ese lugar divino era profanado por una horda de sublevados de servii producía aún más recelo en los romanos. ¿Qué pensarían los dioses de todo aquello? Las laderas de aquel monte estaban cubiertas de viñedos y flores, pero su ascenso hacia la cima era escarpado, y presentaba una suerte de anfiteatro de precipicios perpendiculares. Lo remataba en la cumbre un llano lo suficientemente espacioso como para situar el campamento del ejército de los esclavos. El primer grupo de soldados que fue enviado en su captura fue barrido rápidamente. La consecuencia inmediata fue que los esclavos cambiaron las armas de gladiadores por los sólidos pertrechos del ejército romano.

Alarmado, el senado envió a tres mil hombres bajo el mando de Clodio Glabro, quien estableció el campamento a los pies del Vesubio justo donde terminaba el único camino que descendía del monte. Pensando que lograría rendirlos de hambre y menospreciando al ejército servil, Glabro no tuvo la precaución de establecer una barrera de contención, tal como lo hubiera hecho cualquier general que se precie. Los esclavos fabricaron cuerdas y escalas con las parras y arbustos que crecían en las laderas del Vesubio. Por la noche, se descolgaron desde el precipicio del lado opuesto al campamento de Glabro. La sorpresa fue decisiva, ocasionaron numerosas bajas al ejército senatorial, obligando a los sobrevivientes a dispersarse en una desordenada fuga.

En un tercer intento Roma asignó la represión de los insurrectos al pretor Varinio con dos legiones,[13] que no sólo no pudieron derrotar a rebeldes, sino que además el propio Varinio pudo escapar por un pelo de ser capturado. Los esclavos fugitivos se fortalecían tras las batallas sumando más armas y más seguidores a su causa. Finalmente, con un ejército de setenta mil hombres se prepararon para la lucha futura. Jamás un ejército de esclavos había humillado de tal forma a los representantes del senado y del pueblo de Roma. La ciudad fundada por Rómulo y Remo temblaba de expectativa ante lo que sucedería. El ambiente era pesimista, apocalíptico. En ese marco mi abuelo Musa visitó la casa de Lucio Cecilio Metelo en una de las zonas más aristocráticas del Palatino. Su madre agonizaba. Acompañado del cirujano de origen griego Erasistro Apolonio, y de su asistente, el romano Marco Acilio, se presentó muy temprano por la mañana.

— ¡Golpea tú Marco, que eres el más joven y el más fuerte!

Un esclavo de edad avanzada les abrió después de largo rato de espera y los acompañó a través del vestíbulo y del atrio hasta el peristilo. Allí los recibieron dos mujeres, sentadas y sombrías. La mujer mayor les pidió, en un murmullo casi incomprensible, que la acompañaran hasta el cubículo en donde una anciana acurrucada en posición fetal agonizaba. El olor a muerte se abría paso a través del aire, nauseabundo, a pesar del incienso, la mirra y el especial aseo de la habitación.

—Ya no come ni habla. Sólo se queja. Hemos traído a los mejores médicos romanos y nos han dicho que queda muy poco por hacer. Han decidido no suministrarle medicina alguna. Pero es que a veces comienza a gritar y se retuerce como si un dolor insoportable se apoderara de su cuerpo.

Después de revisarla durante más de media hora, y hacer varias preguntas de rigor, el médico Musa fue conducido al tablinum.

–No quisiera defraudar la confianza que vuestra familia ha puesto en mí. Sé que soy su última esperanza, pero es evidente que algún tumor maligno ha avanzado provocado esta situación. Sólo su corazón resiste, seguramente ha sido una mujer que ha llevado una vida muy sana. Estos tumores malignos pueden ser tremendamente dolorosos. Creo lo mejor que podemos hacer por la señora es quitarle el dolor y el sufrimiento con jarabe de adormidera.

— ¿Insinúa usted que lo único que podemos hacer por ella es suministrarle un jarabe para niños?

—Así es. ¿Acaso no es esa la muerte que todos desearíamos? Vivir todos los años que la señora ha vivido, y deslizarnos en un sueño infantil hacia el mundo de los dioses.

—Déjeme pensarlo unos días…

—Muy bien, tal vez desee consultarlo con médicos más romanos que yo. Pero, a pesar de que su suegra se está muriendo, debemos compadecernos de su dolor. A veces el dolor puede ser mucho más terrible que la muerte.

—No, por favor, médico Musa, no piense que no confío en usted. Terencia, la sobrina de su amigo Terencio Varrón me ha hablado mucho de usted. Sé que es usted un médico de una gran dignidad. Si usted fue capaz de salvar a Sila de la muerte después de lo que él hizo con su familia y su ciudad, sé que sería incapaz de mentirme.

A mi abuelo no le gustaba que le recordaran aquella historia. Pero después de todo a él se también se le había escapado su situación de “pseudo romano”.

—Simplemente temo no tomar la decisión adecuada, médico Musa. Mi marido llega en pocos días y…

—Señora, un día ya puede ser demasiado tarde.

—Bien, médico Musa, haré lo que usted juzgue conveniente. Y puede usted llamarme por mi nombre, Flavia.

—Flavia: ¿Cultiva usted adormideras en su jardín?

—Sí, médico Musa, por supuesto, y de las mejores, las de flores blancas. Además tengo un esclavo médico que es un excelente recolector.

—Me gustaría conversar con él acerca de la concentración del preparado.

—Llamaré a Epícteto.

— ¿Epícteto, el ateniense?

—Si, ¿lo conoce usted?

— ¡Pero si estudiamos juntos en Atenas!

Flavia (mi bisabuela) acompañó a Musa hasta el atrio, hizo llamar a Epícteto y dejó, con gran sentido del pudor, solos a los hombres.

—Os dejo para que os pongáis de acuerdo sobre el preparado.

Cuando se retiró ambos hombres se abrazaron y seguramente algunas lágrimas rodaron por sus mejillas.

—He oído hablar de ti Musa, me alegra saber que no eres esclavo. ¡O es que debo llamarte Antonio, ahora que eres un romano!

—No seas cínico Epícteto, por favor, apenas soy un maldito híbrido.

—Eres un médico ateniense, amigo, que ha podido conservar su libertad gracias a la caridad de un buen romano. No te sientas culpable.

—Es tanto lo que quiero saber de ti, amigo. ¿Tienes algún rato libre como para juntarnos en algún sitio?

—Es muy difícil, pero dime algún lugar y una hora fija e intentaré escaparme algún día de estos.

—La estatua de Vertumno, a la hora décima. Y del preparado para la anciana Cecilia ni hablar, ¡si tú lo conoces mejor que yo! Sólo dime: ¿quién te ha hecho esclavo?

—Yo mismo Musa. Me era imposible sobrevivir en Atenas, me he vendido y enviado el dinero de mi subasta a mi hermana que tiene tres niños. Su marido, ¿lo recuerdas?, el pedagogo Ágaton, también se ha vendido.

Musa suspiró y e intentó sonreír.

— ¡Me alegra saber que estáis vivos Epícteto, tú y ese maestro cabezón con voz de trueno!

— ¡Me alegra tenerte cerca querido Musa!

Marco Acilio y Erasistro Acilio miraban la escena en silencio, como si de una ceremonia religiosa se tratase. Luego de ser presentados los cuatro hombres se separaron y ya estaban accediendo al vestíbulo cuando alguien chistó suavemente desde el peristilo. Era la joven mujer de rostro agradable que estaba junto a Flavia en el jardín.

—Disculpe, médico Musa…

— ¿Perdón?

—Me gustaría hablar un momento con usted. Primero: eso que usted dijo de deslizarnos hacia el mundo de los dioses con el sueño de un niño, me gustó, es una bella metáfora. En fin, que lo que usted quería era que mi madre comprendiera que, para poder morir en paz, mi pobre abuela debe dejar de sufrir. A muchos médicos romanos sólo les preocupan los enfermos cuando tienen cura, porque son rentables. Los que están con un pie en el inframundo ya están muertos para su bolsa. Usted profesa un humanismo que sólo un helénico puede sentir. Le confesaré: yo fui quien primero le habló a mi madre de usted. Mi amiga Terencia me había hablado muchísimo de usted, así que le pedí que hablara con mi madre...

— ¿Con que fue usted? Algo me comentó su madre.

Mi abuelo se miró la punta de las sandalias, y luego miró a la mujer a los ojos. Y entonces la descubrió. Sus ojos irradiaban una fuerza extraña, que no acababa de descifrar.

—Entonces… ¿Eres la hija de Lucio Cecilio?

—Así es, encantada de conocerlo médico Musa, dijo mi abuela Cecilia mientras esbozaba media sonrisa.

—Igualmente. ¿Cecilia?

— ¿Es usted adivino? ¿De que otra forma podría llamarme? Médico Musa, admiro lo que usted hace por sus pacientes. Hay algunas preguntas que me gustaría hacerle sobre mi salud. En realidad, quisiera que cuando regrese mi padre nos reunamos para consultarle sobre mi enfermedad.

—Si a su padre le parece bien.

—Le parecerá, le parecerá...

Entonces se paró y mi abuelo puedo ver que tenía una bella figura, pero que una de sus piernas se adivinaba deforme bajo la larga túnica color crema. Anduvo unos pasos, muy despacio, simulando elegancia, tratando de parecer lo menos torpe posible, pero el balanceo era inevitable.

— ¿Entonces, nos visitará usted mañana para ver a mi abuela?, preguntó la joven Cecilia.

—Por supuesto. A la misma hora de hoy, si le parece bien.

—Me parece perfecto. Hasta mañana a la hora segunda del día, médico Musa.

—Hasta mañana, Cecilia.

Cuando salió por fin a la calle sentía que sus mejillas ardían, su corazón latía a un ritmo más acelerado que el normal. Sus pies querían correr por sí solos. Tanto que Erasistro como Marco Acilio se apresuraban sin aliento detrás de él.

— ¿Y qué sucedió con la muchacha? ¿Qué quería?, preguntó Marco Acilio.

Pero mi abuelo no lo escuchaba… ¡Qué mujer, por todos los dioses! ¡De dónde habrá salido!

— ¿Y qué te ha dicho que te has echado a correr como Perseo?, lo apuró el joven.

—Me ha dicho que cuando vuelva Lucio Meteleo tenemos que volver a ver a la joven Cecilia.

— ¿Para pedir su mano, viejo Musa?

— ¡Que dices pedazo de romano idiota!, respondió mi abuelo con una carcajada.

Y agregó:

—Volveremos para hacer algo por su pierna enferma. Y me he puesto las sandalias de Perseo porque de lo contrario no veremos ni a la mitad de nuestros enfermos de hoy. Así que: ¡a volar mei medici!

Lo cierto es que durante el resto del día la imagen de Cecilia lo asaltaba una y otra vez. Por la noche grabó en su memoria todas las preguntas que pensaba hacerle cuando sucediese la consulta. ¿Había nacido con ese defecto? ¿O era el tipo de parálisis flácida que aquejaba a los niños y niñas menores de quince años durante la época estival? Sin embargo, no fue con su pierna con lo que soñó aquella noche, sino con sus ojos. Soñó que despertaba en medio de la oscuridad y que sus ojos estaban allí velándolo. Cecilia, acostada a su lado, lo miraba mientras sonreía, con la misma sonrisa de por la mañana. Acariciaba su rostro mientras le susurraba:

—No temas, Musa, aquí estoy, vuélvete a dormir…


[1] Año 5 a.C.

[2] gnata: adj. nacida; sust. hija.

[3] Ver en este blog: “Nacer mujer en la Roma augusta”.

[4] Año 118 a.C.

[5] Carbona.

[6] Narbona: Julio César la convertiría en la colonia romana de Nemausus (“desde el Nilo”), seguramente porque allí se asentaron muchos de los veteranos de sus campañas en el Nilo.

[7] 98 a.C.

[8] Año 83 a.C.

[9] Año 86 a.C.

[10] Tres o cuatro de la tarde.

[11] Funcionarios públicos de la Roma Republicana que escoltaban a los magistrados curules, garantizaban el orden público y custodiaban prisioneros.

[12] Año 73 a.C.

[13] Unos diez mil soldados.

Por Viviana Cecilia Atencio

martes 21 de julio de 2009

Nacer mujer en la Roma de Augusto


“No podemos decir cuál fue el tercer nombre de Gayo Mario, al modo que no se sabe tampoco el de Quinto Sertorio, que mandó en España, ni el de Lucio Mumio, que tomó a Corinto, porque el de ‘Acaico’ fue sobrenombre que le vino de sus hechos, como el de Africano a ‘Escipión’ y el de ‘Macedonio’ a Metelo. Por esta razón principalmente parece que reprende Posidonio a los que creen que el tercer nombre era el propio de cada uno de los romanos, como Camilo, Marcelo y Catón, porque quedarían sin nombre- decía- los que sólo llevasen dos. Mas no advierte que con este modo de discurrir deja sin nombre a las mujeres, pues a ninguna se le pone el primero de los nombres, que es el que Posidonio tiene por nombre propio para los romanos. De los otros, uno era común por el linaje, como los Pompeyos, los Manlios, los Cornelios, al modo que si uno de nosotros dijera los Heraclidas y los Pelópidas, y otro era sobrenombre de un adjetivo que indicaba la índole, los hechos, la figura del cuerpo o sus defectos, como Macrino, Torcuato y Sila, a la manera que entre nosotros Mnemón, Gripo y Calinico. En esta materia, pues, la anomalía de la costumbre da ocasión a muchas disputas.” (Vidas Paralelas, Plutarco)


En tiempos de Caliópila el origen de una mujer romana era su destino y el de sus hijos. Aun cuando no estuvieran casadas con romanos siempre engendraban hijos romanos. Se decía que en Roma “los niños seguían a su madre”, formaban parte de sus entrañas. Los recién nacidos conservaban invariablemente la condición de aquella que los había procreado. Si al ser concebidos su madre era esclava, serían esclavos; si era liberta, libertos; si era ciudadana serían ciudadanos o ciudadanas… La denominación legal era origo (origen). Con la expansión del Imperio, y gracias a las leyes augustas, fueron considerados romanos todos aquellos que hubieran nacido bajo la condición de ciudadanos en cualquiera de las ciudades incorporadas a la supremacía imperial. Quienes nacían de un ciudadano romano poseían la origo de su padre, pero quienes nacían fuera del matrimonio conservaban la de su madre. Aunque el origen paterno no era su lugar de nacimiento, sino la ciudad de la cual lo extraía. La ciudadanía de los ascendientes se prolongaba como un largo tentáculo en la de los descendientes.

Desde el punto de vista materno la madre proporcionaba la prima origo. El hijo o hija, desde el momento del parto, tomaban la ciudadanía que la madre poseía en ese instante. Pero al ser la “primera”, la ciudadanía local sólo le venía a partir de la madre, no iba más allá. Lo que provenía de la mujer no se situaba en una sucesión temporal, sino que representaba siempre un comienzo absoluto. Con respecto a la adopción, las mujeres romanas estaban incapacitadas para hacerlo, ya que ni siquiera tenían bajo su potestad a los niños que habían parido. El hecho de que siendo solteras pudieran dar la ciudadanía a sus hijos no significaba que tuvieran su custodia. Las madres, de acuerdo a la lex romana, estaban siempre privadas de la tutela de sus hijos menores. En el caso de no poseer marido legal esos niños quedaban bajo el amparo del pater familias de su madre, sea quien fuere este hombre: el padre de la mater, o si éste hubiera muerto algún familiar paterno (abuelo, tío, hermano, sobrino…). Libertad, esclavitud o ciudadanía eran transmitidas en el nacimiento como señal de que una vida emanaba de la otra. Y eso era todo. A partir de allí cada uno llevaría su propia existencia…

Aunque esta norma aparentemente rígida no lo era en la práctica. Los padres del derecho occidental también, una vez hecha la ley, organizaban las trampas. Aun sin ser alterada la ley podía ser escamoteada. Desde la época republicana, más allá de la norma, las viudas criaban solas a sus hijos, controlando su manutención y educación hasta su emancipación en la edad adulta. Igualmente era bastante común que, en caso de divorcio, la mujer obtuviera de su marido la custodia de sus hijos. Ya en el 100 a.C. una fórmula testamentaria citada por Quinto Mucio Escévola prescribe que “se críe a los hijos y las hijas allí donde su madre quiera que se eduquen”. La historia nos brinda innumerables ejemplos de romanos criados por sus madres, desde los hermanos Graco, pasando por Catón de Utica, hasta el propio Augusto. En todo caso estas “licencias” legales no eran más que eso.

Mientras era el pater familias de cada fémina quien elegía a sus esposos, los hombres no se cortaban a la hora de elegir mujer por el hecho de si estas eran o no romanas. Si un romano tenía suficiente dinero para comprar la libertad del padre de una mujer, aun siendo ésta una esclava, más tarde o más temprano podía transformarla en su esposa legal. Esposa que engendraría romanos y romanas. Aunque esto no estaba del todo bien visto, sobre todo en las primeras clases, las leyes y costumbres continuaban admitiendo excepciones. Y transgresiones. Como en todas las épocas, existían entonces “grandes hombres”, casi próceres en vida, que se sentían lo suficientemente poderosos como para pasar por encima de lo que la gran tradición mandaba.

Citemos al ultra conservador Catón el Viejo (234 a.C-149 a.C) –¡Marco Porcio Catón Priscus el Censor!–que se casó en segundas nupcias con una joven y voluptuosa esclava pelirroja llamada Salonia. Toda una vida de virtud y conservadurismo tirada a la basura en su cenit en pos de un cuerpo tierno y bello. Los hijos del primer matrimonio dejaron bien claro para el porvenir que eran los “catonianos licinianos” (descendientes de su primera difunta esposa, una aristócrata romana de la gens Licinia) y que los de la segunda camada eran los “salonianos”, simples descendientes de esclavos. No volvieron a dirigirle la palabra ni al pater Catón ni a sus descendientes pseudo romanos. Pero, por esas compensaciones de la diosa Fortuna, será un retoño de la nueva rama el que hará historia: Catón el joven –Marco Porcio Catón el Uticence– (95 a. C.-46 a.C.). Este biznieto del Censor fue inflexible, escrupuloso como senador. Jamás dejó de asistir a una sesión del senado, criticando públicamente a aquellos que no lo hacían. Desde el primer día se alineó con los optimates (los mejores), la facción más conservadora del Senado. Muchos de los optimates de aquel momento habían sido amigos personales de Sila, a quien Catón había desdeñado desde su juventud, pero el pelirrojo saloniano se forjó un nombre devolviendo a la facción a sus raíces republicanas originarias. Enemigo acérrimo de Cayo Julio César (quien fuera por largo tiempo amante de la hermanastra de Catón, Servilia Cepionis, madre de uno de los futuros asesinos de César, Marco Junio Bruto) prefirió arrojarse sobre su espada a la indignidad de soportar la clemencia del dictador populista.

Si comparamos las leyes romanas con las griegas observamos que las ciudades helénicas nunca transmitieron su estatus a los hijos ilegítimos. En estas ciudades un ciudadano y una extranjera daban luz a bastardos, un extranjero y una ciudadana a extranjeros. Sólo más tarde se concederá el derecho a la ciudadanía a los hijos bastardos de padre ciudadano y madre extranjera. En Grecia la transmisión se daba únicamente a través del padre. Serán, por lo tanto, los romanos (también los judíos) de la antigüedad quienes revaloricen a la mujer a través del estatus natural que ésta transmitía a sus hijos al nacer.

Los romanos creían en la fuerza del nombre propio y crearon complejos rituales y ceremoniales a la hora del nacimiento. ¿Cuándo se proporcionaba el nombre a los recién nacidos? En primera instancia el recién nacido debía ser reconocido como persona, y lo era si reunía tres requisitos: a) nacer vivo: respirar, hacer algún movimiento, emitir algún sonido; b) poseer un cuerpo completamente separado del cuerpo de su madre una vez cortado el cordón umbilical; c) tener forma humana.

El niño o niña debía ser legitimado primero por su pater familias, en el curso de una ceremonia que tenía lugar delante del hogar doméstico: la tollere filium. Para las niñas sucedía en el octavo día de existencia, para los niños, en el noveno; en ambos casos se denominaba dies lustricus (día de la purificación). Durante esta ceremonia, el pater familias –padre, abuelo paterno, bisabuelo paterno o en su ausencia, la persona que ocupe su lugar– debía elevar al niño o a la niña desde el suelo (tollere filium: sostener tomar al niño; no obstante consideremos la pluralidad de significados del verbo “tollo”: levantar, elevar, cobrar o infundir valor, educar, engendrar, matar, aniquilar, anular…) hacia los cielos. En ese gesto, a viva voz y ante testigos, indicaba que lo reconocía como hijo propio, aunque el niño no fuera necesariamente hijo natural suyo. Non tollere filium significaba condenarle a la muerte por exposición. A continuación el niño era purificado (lustratus) y se le ponía alrededor del cuello la bulla (medallón con amuletos), que podía ser de oro (aurea) o de cuero (scortea). Recién entonces se le imponía su praenomen.
El recién nacido (pupus) adquiría el praenomen (equivalente al nombre de pila actual) al nacer, además de un nomen (el nombre de la gens, familia o linaje a la cual pertenecía) y un cognomen (que indicaba la rama familiar dentro de una misma gens), si era patricio. Así Cayo Julio César, pertenecía a la rama de los Julios denominada César, los de buena cabellera, o “peludos”; algo irónico si pensamos que César era bastante calvo. En caso de ser plebeyo sólo poseía los dos primeros. Algunas veces se añadía además un agnomina, agnomen honorario o cognomen ex-virtue. Éste se transformaba en el tercer nombre, en caso de ser plebeyo o cuarto nombre, en caso de ser patricio. Si era patricio diferenciaba aún más una sub rama familiar de otra y se daba producto de alguna hazaña o característica de algún miembro de la familia, al cual se le permitía engalanarse con un cuarto nombre, transfiriendo el orgullo a su descendencia, aunque en la mayoría de los casos no era transferible o heredable. Por ejemplo Publio Cornelio Escipión luego de sus victorias militares en África pasó a llamarse Publio Cornelio Escipión el Africano. Como éste era un agnomen su hija, la madre de los hermanos Graco, llegó a ser conocida como Cornelia la Africana. Sin embargo los hermanos Graco no heredaron dicho agnomen. En el caso de Cneo Pompeyo, éste no tenía orígenes patricios, sino que provenía de una familia de ricos caballeros rurales. Una vez hubo ascendido en la escala social pasó a llamarse Cneo Pompeyo Magno, es decir que agregó un agnomen honorario a sus praenomen y nomen.

Con relación a los nombres femeninos originariamente sólo se les daba el nomen del padre en su forma femenina, si tenían padre romano, o el del abuelo materno si sólo la madre era romana. Así que si era hija o nieta de un Antonio la llamaban Antonia, y si tenían más de una hija las numeraban: Antonia Prima, Antonia Secunda y así, sucesiva y monótonamente, hasta la última. Si eran sólo dos podían ser Antonia Maior y Antonia Minor. Cuando alguien externo a la familia se quería referir, por ejemplo, a la Julia hija de Julio César, para diferenciarla de otras Julias, lo hacía indicando el caso posesivo del cognomen paterno, y si el padre carecía de uno utilizaba el nomen del esposo, en caso de estar casada. Así que, si se referían a la hija de Cayo Julio César, la llamarían Julia Caesaris (Julia de César).

Hacia finales de la República, y sobre todo durante la época de Augusto, se produce un cambio significativo en los nombres de las mujeres, quienes pasarían a heredar el cognomen paterno en su versión femenina, como ya lo venían haciendo los hijos varones. Un ejemplo clásico que se utiliza para referirse a este cambio lo tenemos en Livia, la esposa de Augusto. Livia Drusila era hija de Marco Livio Druso y heredaría tanto su nomen como su cognomen en la versión femenina. Otro cambio iniciado por Augusto consistía en que el nombre de la mujer reflejara sus conexiones familiares más importantes, sin importar que ésta se casara. Si la mujer había sido hija o nieta, por ejemplo, de un hombre distinguido su nomen no cambiaría por el de la gens de su marido al contraer matrimonio, reflejando así en su nombre la importancia de su linaje; pero si se casaba con un hombre de estirpe más distinguida podía, si le apetecía, cambiar su nombre y ganar más estatus. Sucedió con Julia, la hija del emperador Augusto, que mantuvo su nombre a pesar de haberse unido en matrimonio con Marco Vipsanio Agripa, gran amigo de su padre, perteneciente a una rica familia ecuestre, pero de rango inferior. Dentro de la misma línea legal, la primera hija de este matrimonio es llamada Julia Agripina y no Vipsania. Con el tiempo sería conocida, sin embargo, como Agripina La Mayor. La nieta de Augusto –a diferencia de su madre Julia, que terminó exiliada en la isla de Pandataria, acusada de libertina por su propio padre– fue una mujer ejemplar. Condenada al exilio por Tiberio, a quien acusaba como principal inductor de la muerte de Germánico, su esposo, murió en el 33 d.C. en la misma isla que su madre. Aunque tal vez su gran mácula para la historia fuera parir al cruel Emperador Calígula (el botitas)… Es importante esta innovación producida durante el gobierno de Augusto, ya que el sistema para designar el nombre familiar de las mujeres y de sus hijos deja de basarse estrictamente en el sexo de sus antepasados, pasando a considerarse la distinción del linaje. Desconocemos por las fuentes qué sucedía exactamente con las clases inferiores, aunque a través del las memorias "Romanas" de Antonia Musa Caliópila encontraremos algunas respuestas que pueden resultar interesantes…


Por Viviana Cecilia Atencio


martes 14 de julio de 2009

En torno a la Venus Calipigia


"La estatua de Venus Calipigia, la de las hermosas nalgas, se miraba el trasero mientras se desvestía o vestía, nunca lo supe bien del todo. Pero lo que más me gustaba de ella era que había sido un regalo de mi abuelo Celso a mi madre en el día de su boda. Mi madre me contó que aquel día, en brazos de su padre (como es la costumbre en nuestra ciudad), al atravesar el atrio mi abuelo no la entregó rápidamente a su flamante esposo –mi padre, el médico Musa– sino que, casi corriendo, se acercó hacia el patio iluminado por antorchas y le susurró al oído:;

— ¡Que Venus te sea propicia, a ti, mi pequeña, digna hija de Venus!

Cuando mi madre, apartando su velo color azafrán con una mano y sosteniendo su corona de verbenas de flores blancas con la otra, miró por encima de su hombro izquierdo, vio una Venus que, con gesto descarado en su inocencia, se miraba las nalgas desnudas. Su risa espontánea contagió a mi abuelo, y mi padre salió también al patio sumándose a las risas. Cuando por fin se detuvieron mi padre preguntó.

— ¿No os estaréis riendo de mí verdad?

Y los tres volvieron a reír.

El abuelo Celso decía haber traído la estatua de Siracusa en donde estaba su templo original. Pero mi madre nunca le creyó, aunque le encantase la estatua. Tal vez tuviera razón, pues a lo largo de mi vida he visto en nuestra ciudad otras tantas estatuas romanas de esta Venus, muy similares a la que tenemos en nuestro jardín… Cuando hace algunos años, pude visitar el templo de origen griego de la diosa en la ciudad siciliana observé, por ejemplo, que la Afrodita Calipigia, no era de mármol sino de bronce, aunque la similitud en los rasgos era extraordinaria, al igual que el gesto de la versión romana: sostener la túnica para mirarse o exhibir las nalgas.

El origen del culto de esta Afrodita de las Bellas Nalgas (no sé si sabréis que en griego “kalos” significa bello y “piges” nalgas) es controvertido. A mi me gusta aquel corrillo popular según el cual el templo fue erigido por dos acaudaladas hermanas de dotadas nalgas. Cuentan las antiguas que las dos hijas de un granjero relativamente próspero, bellas, alegres y de agudo ingenio, apostaron un atardecer de estío siciliano por la belleza de sus traseros, a ver cuál de los dos era merecedor del primer premio.

—Salgamos y enseñemos nuestras retaguardias al primer muchacho guapo que pase por el camino, dijo Aspasia, la más joven.

—Pero tú le hablas primero, aclaró Helena, la mayor.

— ¡Y tú le enseñas primero las nalgas!, contestó Aspasia.

— ¡Hecho!

Las muchachas vivían en las afueras de la ciudad, por lo cual debieron esperar mucho tiempo hasta dar con el juez apropiado. Dejaron pasar a un par de transeúntes: al primero porque era demasiado viejo, al segundo porque era demasiado feo. Por fin apareció por la cuesta del camino un hombre joven, de anchos hombros y túnica cuidada. En el preciso momento en que llegó hasta donde ellas estaban y las vio, Helena se levantó la túnica y sonriendo se miró las nalgas. Pero él no vio sólo sus nalgas, sino a toda ella: vio su gesto descarado, su mirada divertida y sin lascivia, el mohín de su boca, el verde en sus ojos iluminados por la puesta de sol asomarse bajo oscuras pestañas, la piel dorada dibujar sus piernas, las manos sosteniendo la túnica…

Así es que cuando Apasia le contó sobre la apuesta y a su vez le enseñó las propias nalgas, él ya no podía pensar más que en el culo de Helena. Por supuesto que votó a favor de ésta. De hecho se enamoró de ella (con sus nalgas incluidas). Tanto que cuando volvió a la ciudad le contó a su hermano menor lo que había sucedido. El hermano menor, muerto de curiosidad, fue a las afueras de la ciudad tan pronto como pudo para ver a las muchachas, y se enamoró de la hermana pequeña, incluso mucho antes de tener la suerte de ver su trasero desnudo. Así fue que cuando el padre de los muchachos, un caballero acaudalado, intentó hacer que sus hijos se casaran con mujeres de su posición, no pudo persuadirlos. Por fin trajo a las hermanas desde el campo, con el permiso de su padre, y las casó con sus hijos.

Cuando Helena y Apasia se casaron decidieron construir un templo en honor a Afrodita y llamaron a la imagen de la diosa Afrodita Calipigia, tal vez porque creyeron que una intervención de la divina fue lo las llevó a mostrarse y encontrar así el amor.

Lo cierto es que cuando mi abuelo entregó mi madre a mi padre lo hizo con una advertencia casi religiosa:

—Aunque parezca mortal, ésta que te entrego es una diosa…

Por lo que sucedió después coincidiréis conmigo que mi padre lo entendió justo al revés.


Por Viviana Cecilia Atencio

*Extraído de las memorias "Romanas" de Antonia Musa Caliópila (44 a.C - 40 d.C)

lunes 13 de julio de 2009

Bienvenidos

Bienvenidos a las notas de Caliópila.
Personaje, mujer, romana, que un día se atrevió a escribir unas memorias...
¿Existió Caliópila en realidad? ¿Podremos recuperar su testimonio?
Este cuaderno lleva su voz y la de un deambular por los textos de una Roma de finales de la República hasta la desaparición de Augusto.